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NÚMERO
62 - AGOSTO 2008
Colombia y el ocaso de la infancia
LOS CHICOS DE LA GUERRA
Unos 14.000 menores integran hoy, en la tierra del café, algún grupo armado: pasan días enteros sorteando hambre, tormentas e insectos; tutelan el frente de combate; colocan minas antipersona; son explotados sexualmente o forzados a torturar “niños enemigos”; conviven con la muerte. La Pulseada dialogó con la psicóloga bogotana Nancy Bustamante, ex asistente de chicos que salieron de esta guerra de grandes.
Por Josefina López Mac Kenzie y Carlos Gassmann
Fotos: Ángela Herrera
-No hay carne fresca -lamentó el tipo mientras terminaba de revisar los papeles de los pasajeros que viajaban de los Llanos a Bogotá. Y, de un salto, se descolgó del ómnibus.
-Qué pena... Estamos buscando gente que no haya cumplido su servicio militar -agregó el uniformado que coordinaba el operativo en la ruta.
La alusión animal flechó a Nancy Bustamante, psicóloga del programa estatal de rehabilitación de menores desvinculados de grupos armados que regresaba a su hogar por el fin de semana. El clima estaba espeso aquel sábado de 2006. Se vivían las jornadas previas a los comicios para la reelección del presidente Álvaro Uribe, que en la víspera había dicho: “Vamos a rescatar a los secuestrados a sangre y fuego”. De inmediato y con avidez, su Ejército había salido a reclutar mano de obra para esa tarea.
“Creo que la mayoría de la gente tomó ese comentario como si fuese cualquier pavada -cuenta Nancy-. Pero a mí, que estoy sensibilizada con esas generaciones de chicos rurales que están creciendo como desmovilizados o como parte de grupos armados en mi país, me dejó helada”. Cuando el ómnibus llegó a Villavicencio, un pueblito intermedio, otro operativo del Ejército acababa de llevarse de la plaza principal a un montón de “pelados” (chicos) sin documentos. “Estas cosas pasan todo el tiempo, pero no en entornos urbanos; allí nadie del Ejército va a ir a hablar de carne fresca –compara-. La mayor cantidad de pelados que reclutaron las fuerzas armadas esas semanas, obviamente, no fueron de las ciudades”.
Bajo fuego
De las Cordilleras hacia el norte de Colombia, por donde tienen salida los productos de exportación, están los polos de desarrollo del país. En el sur, en cambio, la topografía y el clima hacen difícil la supervivencia y la producción comercial y, junto a la baja densidad poblacional y la mínima presencia del Estado, configuran una región potencialmente atractiva para los grupos armados. La zona paramilitar fuerte es el Llano, que abarca más de la mitad del territorio nacional, desde la vertiente este de los Andes. Es una extensa sabana salpicada de bosque y selva -donde hay desde monos, leopardos y osos hasta tucanes, iguanas y cebúes- que se deja lamer por ríos impetuosos llenos de pirañas, caimanes, tortugas, boas, garzas y zancudos. La guerrilla, en tanto, históricamente ha controlado las cordilleras, sobre todo, la oriental, y algunas zonas de selva tupida.
Los vértices del triángulo bélico en que se desangra el país son los diversos grupos paramilitares de derecha (las Autodefensas Unidas de Colombia –AUC- y las autodefensas regionales, como las de Casanare), la guerrilla de izquierda (las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia-Ejército del Pueblo -FARC-EP- y el Ejército de Liberación Nacional –ELN-) y las fuerzas de seguridad gubernamentales (Ejército y Policía). “Como una forma de mostrar su presencia, los militares hacen constantemente ‘retenes’: se paran en los puentes, detienen a los vehículos, piden documentación y revisan los equipajes -describe Nancy-. En parte, el éxito del plan de seguridad de Uribe es que ha protegido las carreteras, entonces la gente puede viajar más tranquila, si es que a eso se le puede llamar seguridad”, amplía. Y agrega que la reciente liberación de Ingrid Betancourt, la más famosa entre los secuestrados de las FARC, tendrá como consecuencia altamente probable una nueva reelección de Álvaro Uribe.
T.E.G.
“Alguien llega a una vereda (caseríos de las periferias municipales) y dice: Necesitamos cinco jornaleros. La familia es pobre y el niño ya tiene capacidad física para trabajar, entonces: Mami, me ofrecieron trabajo en otro municipio, en una empresa que recoge plátano y arroz. Pero cuando él llega, ¡qué finca de plátanos ni de arroz!: se lo llevó un grupo armado y el chico nunca vuelve”. Así sintetiza Nancy una típica forma engañosa de entrada de un chico colombiano a la guerra. “Estábamos jugando en una cancha, llegaron en una camioneta, armados, y nos llevaron. O sea, o te vas con nosotros o te matamos -Nancy tipifica el método forzoso de reclutamiento-. Y está el ingreso, entre comillas, por elección. Algunos chicos cuentan: De este lado del río estaba el grupo X y del otro, el grupo Y. El conflicto estaba tan álgido que en algún momento uno de los dos me iba a venir a llevar. Entonces decidí que era menos malo el grupo X y, antes de que alguno me llevara a la fuerza, preferí sumarme solo. Pero yo cuestiono que esos chicos hayan tenido verdaderas opciones y capacidad para decidir”.
Según la organización Human Rights Watch (HRW), el grueso de los chicos que ingresan a alguna fila lo hace por voluntad y, en los grupos paramilitares, la atracción suele radicar en que les ofrecen un salario “financiado con los ingresos del narcotráfico, la extorsión y las contribuciones”. La guerrilla, según Nancy, es más proclive a “seducir, con ‘la militancia’, ‘el pueblo’, la reivindicación de ‘la lucha’. Empiezan por algo simple: el chico ha crecido viendo al grupo hacer su ronda por la vereda. Un día le preguntan: ¿Eh, cómo van las vacas? Y comienzan a pedirle información: ¿Has visto pasar a fulano? Y siguen: ¿No sabes leer ni escribir? Ah, nosotros acá les enseñamos a los chicos. También hay quienes entraron a la guerrilla casi por casualidad -amplía Nancy-: el chico desde los 7 años los veía, empezó a estar con ellos hasta que, en un momento determinado, ya no hubo que vincularlo: ya era parte”.
Pequeños, pobres y campesinos
La mayoría de los chicos entrevistados por HRW para el informe “Aprenderás a no llorar” que habían entrado a grupos por métodos no forzosos, venía de un hogar violento o hambreado. “Esas ‘familias expulsoras’ no son un espacio de contención para un adolescente. Tienen una situación económica precaria, muchos niños pequeños, gran presión para que los más grandes vayan creando sus ingresos y difusos límites de autoridad. Les falta un proyecto para poder salir adelante como familia -enumera Bustamante. Y completa-: Si en un entorno urbano todo eso contribuye para que el niño se vaya a la calle, en el campo favorece que, si pasa alguien y le ofrece irse a otro lado... agarre viaje”.
Los “pelados” más pequeños que Nancy vio entrar en el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) tenían 12 años, ya habían pasado por un grupo armado y eran muy pobres. “Es raro que haya chicos de otros estratos sociales -describe la psicóloga-. En general, no tienen educación ni demasiadas perspectivas de futuro. Y, aunque el conflicto se adapta a cada lugar -en Medellín, por ejemplo, organizaron a los chicos de bandas delictivas para formar bloques paramilitares-, siguen siendo mayoría los chicos rurales vinculados al conflicto”.
Carne de cañón
Los chicos varones (alrededor del 80% de los grupos) no hacen tareas distintas de las de los adultos: vigilan, manejan explosivos, rifles, revólveres, morteros y fusiles; también combaten y siembran minas antipersona, dispositivos letales que emplean todos los contendientes y que matan a miles de personas por año en Colombia. “Los adolescentes siempre buscan el riesgo y son apetecibles para labores como ésas -evalúa Nancy-. Incluso los más chiquitos, a veces son los primeros en ofrecerse, según narran adultos desvinculados”. Ex miembros de grupos paramilitares le contaron a HRW cómo los obligaron a mutilar guerrilleros con una sierra eléctrica o arrojándoles ácido en la cara, o cómo se entrenaron presenciando torturas, realizando “limpiezas sociales” de ladrones y adictos a drogas, y asesinando a “chicos-enemigos” o amigos desertores.
En cuanto a las chicas, “algunas te dicen fui ‘contraguerrilla’, en la primera línea de batalla, con un arma, tres años”, cuenta Nancy. Peroellas (entre el 25% y el 50% de las guerrillas, y porcentajes inferiores entre los “paras”) en general hacen inteligencia, enfermería o cocina. Agrava su atadura al grupo la estructura de los campamentos: éstos se van expandiendo por la maraña selvática en anillos de seguridad que sólo conocen quienes se desempeñan en los últimos anillos y tienen que ir a comer hasta el núcleo. “Y son explotadas sexualmente, claro, eso es así”, responde Nancy, que cada tanto se lleva una mano al corazón.
Bustamante cuenta que muchos pequeños combatientes y, en especial, las nenas desvinculadas de grupos paramilitares, crean con sus superiores una relación muy fuerte. Se genera un vínculo de identificación y de protección. En cuanto a los chicos ex guerrilleros, “traen del monte el lenguaje del grupo: cierta terminología, como ‘compañero’, que denota estatus jerárquico, organicidad -sostiene Nancy-. Pero los luchadores de base de las guerrillas tienen cada vez menos formación ideológica: como van perdiendo mucha gente en sus enfrentamientos con el gobierno, tienen que reclutar cada vez más integrantes y entrenarlos en tiempos cada vez más cortos. Así, la posibilidad de formación ideológica es cada vez menor. Y si la persona que está en la base no se siente atada desde otro lugar, crece también el nivel de deserción”.
Fumar para aguantar
“Ellos no lo dicen abiertamente, pero cuando uno les pregunta qué hacían cuando pasaban tanto tiempo caminando y no había comida, contestan: ¡pues se fumaba! -relata Nancy. Y amplía-: Es diferente en el ámbito urbano y en el rural. Para mis compañeras de Medellín era un desafío cómo manejar a chicos que, además de desmovilizados, eran consumidores de droga. Que incluso antes de entrar al grupo armado, ya habían pertenecido a una banda delictiva. El consumo depende de cada grupo (porque algunos lo penalizan y otros no) y de qué se considere droga. Ciertos hongos de zonas selváticas, por ejemplo, son psicoactivos que producen alucinaciones y adicción”.
La guerra devuelve a sus pequeños soldados -cuando logran regresar- con secuelas físicas irreversibles. Corazón verde del continente y magnífico arsenal de la biodiversidad de la Tierra, la selva es un tapiz pantanoso de insectos y hongos que contagian patologías sin cura. Los desarreglos digestivos crónicos que resultan de la vida en combate son otra consecuencia habitual en los desvinculados. “Son problemas que nunca se les van a quitar”, lamenta Nancy. Además, muchos entran al programa del ICBF porque los llevaron de urgencia al hospital: estaban plantando una mina, explotó y les voló una mano o un ojo, o les desfiguró la cara.
Entierro de chulos
“Me impactó mucho la historia de una vereda adonde fuimos a trabajar porque había tres chicos desvinculados y nos dijeron que, cuando se los llevaron, eran quince en total -cuenta Bustamante-. Siempre trataba de preguntar qué había pasado con mi hijo y me decían que, si había caído en combate, había tenido entierro de chulos (así se denomina a dejar los cadáveres a merced de animales carroñeros, como los chulos, unos “pájaros de mal agüero” que el saber popular asocia a la muerte).De ese modo narraba una mamá lo que pensaba cuando a su vereda seguían yendo los grupos armados. Aunque el suyo había regresado, ella decía: No sé qué sentirán las personas con hijos que no volvieron; seguramente piensan que han tenido entierro de chulos. Porque, obviamente, si no volvieron es porque se murieron -reflexiona Nancy-. A esa vereda le robaron su juventud: doce familias cuya historia de dolor nunca había sido verbalizada asumen que sus hijos tuvieron entierro de chulos. Son los desaparecidos del conflicto: el grupo armado no reconoce su pérdida y ni siquiera hay un cuerpo”.
Volver a casa
Cuando un chico regresa al hogar se encuentra con que su familia sigue siendo pobre: “Y no se le puede hacer terapia al hambre. Antes de hablar con la señora de cómo le afectó que su hijo se fuera, había prioridades”, plantea la psicóloga. Pero la familia también sufrió cambios: “Por ejemplo, la mamá era viuda y ahora tiene un esposo y otro hijo, los hermanos crecieron, etcétera.”, ilustra Nancy, cuya labor era brindar apoyo psicosocial durante el regreso de chicos desvinculados que hubieran pasado por una institución o no. “Teníamos que reconocer cómo el conflicto se vivía en cada zona, pues eso influye en la familia; ver si ésta tiene miedo de que le vuelvan a reclutar a su hijo; miedo de que llegue el grupo enemigo al que su chico perteneció: Doctora, me ha llegado el rumor de que la guerrilla quiere venir, ¿y si a mi muchacho, por ser desmovilizado de los paras, me lo matan? Incluso puede que tengan miedo de su propio hijo”.
El programa del ICBF es financiado por las Naciones Unidas desde hace más de diez años, cuando la atención de estos chicos se convirtió en una necesitad, tras una entrega de 86 menores al Estado. Incluye establecer mediaciones institucionales para garantizar el acceso a la educación y a la salud de los jóvenes protegidos. Chicos que tal vez amenazaron a los profesores del colegio y ahora necesitan que les vuelvan a dar cupo allí. “Había que decir: señor rector, mire, aunque a usted no le parezca, hay un derecho a la educación… Y es diferente que el chico llegue con alguien”, cuenta Nancy.
Desarmar y rearmar
“El niño trae consigo la rutina de un grupo armado. No se cepilla los dientes, ni se asea, ni duerme a determinada hora, ni come tres veces al día porque si había que caminar 16 horas por el monte, se hacía, o porque resulta que yo me turnaba para hacer vigilancia”, ilustra Bustamante. A la mayoría de los desmovilizados se los aloja en instituciones, que, en general, están en las ciudades, para “ir recomponiendo un poco el asunto e instalar rutinas de la vida civil”. Pero también por razones de seguridad: “Hay un riesgo latente de que el grupo quiera de regreso a un integrante capturado. Así, por privilegiar el derecho a la vida, se los traslada a la ciudad más lejana posible”, lamenta Nancy. “Por eso en Colombia los más afectados son los habitantes rurales. Que se le formateen las condiciones de la vida urbana a un chico del campo que, encima, fue a la guerra, implica una ruptura brutal con su dinámica de antes, durante y después del conflicto”.
Un aspecto delicado de la vida institucional, donde los chicos permanecen hasta que un defensor evalúa que están “listos para reinsertarse en la sociedad” -Nancy transmite su escepticismo con un par de comillas que imita con las manos-, es lograr la convivencia entre desvinculados procedentes de distintos grupos armados que “ahora están todos de este lado”. Desdibujar esa diferencia, romper con la lógica amigo-enemigo, es una parte esencial del proceso terapéutico.
“Los adultecieron”
“Las huellas dependen de cuánto tiempo los chicos estuvieron ahí, qué acciones cometieron y a qué edad fueron reclutados. Pero, sobre todo, los adultecieron. De la forma más brutal: enfrentándolos a la violencia de los adultos. Era común ver cómo les costaba jugar. La pregunta constante es cómo plantearles que puede haber formas no violentas de vincularse y de recuperar no el tiempo, pero sí el derecho a la infancia, a ¡puedo jugar, me puedo reír, me puedo sentar a ver a mi hermanito jugar con el carro! Algo que complejiza el asunto más aún es que estos chicos son padres muy pronto. Mi hijo es hijo de un comandante pero yo no volví a saber de él, te cuentan. Listo, fuiste mamá dentro de un grupo armado y ahora eres desvinculada. Pero tienes derecho… ¡eres niña!”, dice Nancy.
No todos los desvinculados buscan el olvido. “Cuando los sacaron de su familia, adaptaron la identidad y el soporte del grupo. Antes mi consejero era un comandante, te dicen. Me contaron personas que vivieron en directo desmovilizaciones del bloque de Cuco Banyo -uno de los jefes ‘paras’ extraditados a EE.UU. por narcotráfico-, que había carteles que decían Adiós, papá Cuco”. Incluso a los adultos desvinculados les cuesta desprenderse de los recuerdos del grupo. Nancy relata: “Tuve que llamar a un hombre de 33 años y decirle: Oiga, aterrice, lleva 3 años en la vida civil y me viene a un taller con un pantalón camuflado. No, doctora, es lo que está de moda. ¡Está de moda pero en su historia personal ese camuflado tiene un significado bien diferente!”.
La rehabilitación busca que “puedan resignificar esa situación traumática, con todo lo que aportó y todas las huellas que dejó. El grupo los expuso a cosas malas, pero era su cotidianidad, también generaron amigos, desarrollaron habilidades y cambiaron”, expresa Bustamante.
Víctimas o victimarios
Si estuvo en un grupo armado ilegal, infringió la ley: ésa era la posición inicial del Estado colombiano. PeroUnicef logró que el país avanzara hacia el cumplimiento de su “protocolo facultativo, que da a estos chicos el estatus legal de víctimas, al entender que, si infringieron normas, fue inmersos en un grupo armado, y al contemplar las condiciones por las que entraron. Entonces, a los desvinculados se les abre un proceso judicial por delitos tales como rebelión, portación ilegal de armas o asonada, pero luego el defensor solicita el cierre del proceso basándose en los derechos del niño, que consideran una víctima a todo menor desvinculado del conflicto armado. El juez, en general, lo acepta, y los chicos, a los 18 años, salen con antecedentes judiciales limpios (en casos excepcionales, el defensor tiene la potestad de mantenerlos en el programa hasta los 23 años). Por seguridad, el ICBF evita decir que esos chicos son desvinculados y se limita a señalar que están bajo la protección del Estado porque alguno de sus derechos ha sido vulnerado.
Para los adultos desvinculados existe el programa de asistencia de la Alta Conserjería para la Reintegración, cuyo marco legal es diferente: no se los considera víctimas, pero tienen beneficios legales “por haber apostado a la paz y haber dejado el lugar de victimarios”. En la actualidad, en Colombia rige la ley de Verdad, Justicia y Reparación, que posibilitó las desmovilizaciones masivas de los paramilitares y contempla el derecho de las víctimas del conflicto a recibir una reparación por parte de aquellos que les hicieron daño.
Nuevas víctimas
El enfrentamiento armado obliga a muchísimas familias colombianas pobres, de bajo nivel educativo y encabezadas por mujeres viudas, a migrar de una zona a otra. Para tener una idea, según la Comisión Colombiana de Juristas, entre 2002 y 2006 más de un millón de personas fueron desplazadas en Colombia. Así, muchos chicos, además de criarse en los cinturones de miseria urbanos, tuvieron que entrar a la guerra y salir de ella, y entonces son doblemente vulnerables: son desplazados-desmovilizados. “Se está empezando a ver que las víctimas infantiles del conflicto son más de las que se pensaba -sostiene Nancy-: niños desplazados, desmovilizados, víctimas de minas antipersona, hijos de personas desaparecidas... Esto trae más complicaciones todavía al Estado, pues debe crear programas para paliar situaciones particulares. En los próximos años van a empezar a salir a la luz nuevos tipos de víctimas que la ley no contempla, como los hijos de los desaparecidos. Un desaparecido puede ser un papá campesino que dejó a los niños para ir a vender sus productos a un pueblo, algo típico los fines de semana, y nunca más volvió. Esto está pasando, recién ahora está cobrando visibilidad. Uno empieza a encontrar casos de niños que se los dieron a un vecino hace dos años. Y esos chicos tienen derecho a toda una protección legal, porque sus papás ya no están”.
Con la cultura en el morral
Nancy recuerda haber oído decir a un niño de 6 años que su hermano mayor, desafectado de un grupo, en realidad se había ido “¡al Ejército!”. “Aunque la explicación de la mamá había sido una evasiva, seguía reforzando en esos niños el ideal de vincularse a grupos armados, el ideal de la violencia”, analiza la psicóloga. En este sentido, muchos de los chicos y las chicas sondeados por HRW dijeron haber sentido atracción por las armas, los uniformes y la guerra antes, durante y después de su estadía en los grupos armados. La violencia habita el imaginario. En las rutas colombianas no es raro toparse con carteles oficiales que dicen: El Ejército te acompaña en la vía. “Algo así como: siéntete seguro, nosotros te estamos cuidando”, traduce Nancy.
Desde hace siete años, la ley colombiana no permite que las fuerzas armadas legales tengan menores en sus filas; el único reclutamiento oficial es el de chicos mayores de edad para el servicio militar. Pero, según HRW, los miembros del ejército colombiano siguen participando del entrenamiento de chicos en filas paramilitares (una preparación descripta por HRW como “físicamente brutal”). Los vínculos entre el Estado y el aparato paramilitar son un secreto a voces. Además, el último reporte del Consejo de Seguridad de la ONU denuncia al gobierno de Colombia por usar menores para hacer inteligencia, no evitar que alrededor de los campamentos de desplazados se siga reclutando niños y por detener a chicos con participación en grupos armados. Finalmente, según el informe “Colombia 2002-2006: situación de derechos humanos y derecho humanitario” de la Comisión Colombiana de Juristas, en los primeros cuatro años del gobierno de Uribe fueron asesinadas o desaparecieron fuera de combate, por “violencia sociopolítica”, ocho personas por día; en tres de cada cuatro casos, fue “por responsabilidad del Estado”.
La mano de obra infantil en todos los lados del triángulo bélico colombiano es vox pópuli. Pero el hecho “es reconocido a medias”, responde Nancy. “La gente lo sabe, pero de ahí a que acepte la problemática y reconozca el impacto que puede tener, hay mucha distancia”, plantea. “Me gustaría creer que hay posibilidades de prevenir el reclutamiento, pero el problema es cómo trabajar frente a las limitaciones estructurales del sistema, cómo generar algún tipo de prevención en esos contextos tan complejos. Y hacerlo sin victimizarlos, sin considerarlos unos ‘pobrecitos’. Me interesa pensar qué se puede hacer desde ahí”.
Mientras media niñez colombiana permanezca en la pobreza, es probable que la guerra siga siendo una opción para muchos chicos. Chicos que se matan o se torturan entre sí.
ENTRAR
* Aunque la edad mínima establecida en la Convención por los Derechos del Niño para entrar a una guerra subió de 15 a 18 años, el umbral real de reclutamiento está bajando y la cantidad de menores crece en todos los grupos armados que atizan el fuego colombiano: las distintas facciones paramilitares de derecha, las fuerzas de seguridad gubernamentales y la guerrilla. El Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) señala que la edad de inicio cayó de 11-13 a 9-11 años. Y que incluso hay niños de 6.
* Según el informe “Aprenderás a no llorar”, publicado por Human Rights Watch y Unicef en 2003, el 25% de los combatientes de la guerra colombiana son menores de 18 años.
* La revista colombiana Semana apunta en una nota titulada “El crimen invisible”, publicada el 26 de abril pasado, que, de una muestra de 10.700 desmovilizados o capturados de las FARC y el ELN, el 42% se había hecho guerrillero siendo menor de edad.
* En Colombia, el 45% de los menores es pobre y el 17%, indigente, de acuerdo al último informe de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL) sobre ese país.
PELEAR
* La participación en guerras está incluida entre las peores formas de trabajo infantil.
* El ICBF estima que hoy 14.000 niños son integrantes activos de algún grupo armado en Colombia. Esto, sin contar muchos casos que, seguramente, no están incluidos en las estimaciones oficiales.
* Hace una década, según HRW, la cifra alcanzaba a la mitad.
SALIR
* Son devueltos en negociaciones, escapan, los capturan, llegan malheridos a hospitales. Un niño desvinculado es un menor que por algún motivo entró a la guerra y por alguna otra razón salió. “La palabra desvinculado tiene esa doble capacidad, intenta ser esperanzadora. La pregunta sería: ¿¡A qué te queremos vincular ahora?!”, reflexiona Nancy Bustamante.
* Después del año 2000, la cantidad de menores desmovilizados se duplicó. Sólo en el primer trimestre de este año, el ICBF incorporó a cien chicos desvinculados de las FARC.
SEGUIR
* Para la mirada de los otros, estos chicos son “desvinculados”; “ex para”, “ex FARC”. Este pasado configura un estigma que convoca prejuicios y miedos, y puede poner en riesgo la seguridad del menor.
* Colombia está entre los únicos diecisiete estados del mundo que permiten o hasta impulsan el reclutamiento de menores por parte de grupos armados.
TRABAJO DE CAMPO
Nancy Bustamante es de Bogotá, tiene 27 años y a los 23 egresó como psicóloga de la Universidad Nacional de Colombia. En 2004, cuando estaba adquiriendo experiencia en intervención clínica, sintió que la atraía más la tarea psicosocial, “en terreno” y con jóvenes. “Relacionarse con ellos implica un reto profesional, porque se cansan y te modifican todos los esquemas del consultorio”, explica. Comenzó a trabajar en el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) que, mediante el financiamiento que otorga Naciones Unidas, articula, con Unicef y diversas ONGs, programas de asistencia a menores de edad que vuelven de la guerra.
Su primera experiencia fue en Vichada, un departamento inmenso y despoblado, eslabón entre la montaña y la selva, en el límite con Venezuela. Mezcla de causa y azar (en una semana le llovieron tres ofertas de trabajo en el conflicto), Nancy volvió al ruedo para su segunda oportunidad, luego de un intervalo de trabajo en un albergue bogotano para chicos de la calle. “A mi familia se le pusieron los pelos de punta porque mi experiencia en Vichada había sido muy dura”, recuerda. Se fue a Casanare, en los llanos orientales, zona controlada por los paramilitares, tras las desmovilizaciones masivas de varios de esos grupos de ultraderecha. “No puedo negar mis raíces urbanas, ni que también hay problemas sociales en las ciudades, pero irme era una necesidad personal. En el Llano me enfrenté a una dinámica de vida semirrural que me enseñó otras cosas y me dio otra sensibilidad”.
Nancy no sufrió violencia directa pero sí solapada: “Ay, doctora, es mejor que no pregunte esas cosas, te dicen; te marcan los límites. Aprendes con quién hablar y a escuchar a los campesinos. A veces llamábamos para coordinar las visitas y nos decían: Esperemos a la otra semana, está complicado, hemos visto gente rara. Transitar zonas de conflicto ya es un riesgo, aunque uno no ande diciendo trabajo con desvinculados.Una vez, a una compañera la pararon en un retén guerrillero y le pusieron una granada en la cabeza mientras revisaban si en efecto trabajaba para el ICBF. Hay experiencias que te desbaratan emocionalmente —dice, y hace una pausa para buscarse el corazón—. Se trata de asumir el riesgo de forma racional pero también de asumir el riesgo emocional de estar en una zona de conflicto”.
“El acierto de este proyecto es que, por la complejidad de la situación, contempla plazos mayores al promedio de los programas. En problemáticas tan profundas —dice la especialista— puede llevarte meses que la persona se abra y confíe. En el acompañamiento psicosocial no es posible apurar los resultados. Son procesos complejos y fluctuantes: puedes lograr un avance en una cosa y un retroceso en otra. Implica un altísimo grado de tolerancia profesional a la frustración. Hubo momentos difíciles en los que me dije: Llevo casi tres meses y este caso sigue como al principio. Llegué a un punto de escepticismo: No voy a ver los resultados. Pero de lo que se trata es de brindar espacios y abrir reflexiones que, aunque no sirvan en ese momento, puedan ser aprovechadas después”.
A fines de octubre de 2007, Nancy Bustamante pasó a trabajar en el programa oficial para los desvinculados adultos y en marzo de este año decidió viajar a la Argentina. En La Plata, es alumna de la maestría en Ciencias Sociales de la UNLP. “Necesitaba darle una estructuración teórica a toda esta experiencia”, explica.
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citando la fuente y remitiendo un ejemplar de la publicación
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