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NÚMERO
61 - JULIO 2008
UNA VUELTA MÁS
Ocurrió una medianoche durante los últimos días de mayo. En Villa Elvira, cerquita de donde el gobernador sube y baja con su helicóptero, se incendió una casita de madera. Murieron cinco hermanitos y sólo Gonzalo de 11 años pudo salir. La muerte que se puede evitar da vueltas en nuestros barrios y siempre vuelve a los pobres. Por un día, los diarios mostraron un camioncito de plástico entre cenizas, que no estaba al costado de la ruta protestando contra nada.
Por Javier Sahade
Una perra en celo se acuesta debajo de un árbol. Una decena de perros se babean ansiosos. Se escuchan los pájaros y se huele a eucaliptos en 6 y 97.
“La mayoría de las mamás tienen que dejar a sus chicos para ir a trabajar; no hay otra”, dice Romina Pelayo, de la Casa de Los Niños del Hogar de Cajade, a pocas cuadras de ahí.
La línea ESTE por 7, rebalsa de chicos que van y vienen del colegio. Gorritos de lana, bufandas, sucios guardapolvos, manitos en los pasamanos y tierra en las zapatillas.
“Yo también los dejo solos”, dice una madre, subida en una bicicleta, cargada de bolsas, mochilas y un nene y una nena esperando para subirse. “No puedo pagarle a alguien para que me los cuide... Pero no les cierro la puerta, hasta las ventanas abiertas les dejo, ¿o no? –le pregunta a su nena de unos 12 años-... Fue terrible, escuchar a los chicos gritar ‘¡me quemo, me quemo!’. No se podía hacer nada, nada. Uno era chiquito, cuatro años nada más”.
-Como yo, Ma, comenta el hijo que pasa corriendo.
Hace algunos meses que en la 97 hay asfalto. “Mejoró el barrio”, dice una señora en la parada del micro. Una casa de césped verde y prolijo con tranquera barnizada y techo de tejas, convive con casitas construidas con una madera apenas más dura que la de los cajones de verdura.
“Hay tantas casas así, hechas con esfuerzo y con lo poco que alcanza para comprar. Una tragedia así podría haber pasado muchas veces y puede seguir pasando. La culpa no tiene que ver con que si la puerta estaba cerrada o si el televisor explotó. No puede haber gente pobre”, lo dice Alicia López, bastante más allá, en el Comedor que Cajade construyó en 630. “La madre se vino para este barrio, al otro día. Tiene familia: está su hermana con sus hijos. Se la escuchaba llorar, tenía las manos quemadas... Los chicos nos decían ‘¿viste que mis primos se murieron quemados?’”.
“Todavía siento los gritos”, cuenta la mayoría. Nadie se saca de la cabeza esa noche, cuando se escuchó una explosión y después la desesperación de los nenes. La casita estaba cerrada, segura. “Yo le soldé una reja”, se lamenta un joven. “Mi hijo les dio unos materiales para la construcción”. Estaban contentos, tenían su terreno y su casita para los seis hijos. “No somos indigentes; somos pobres, sí, pero iban al colegio y los padres trabajan. Se hablan muchas pavadas, eso nos da bronca.”, dice Nora, la tía de los nenes.
Pasó de nuevo. Parece que en los márgenes, la vida no vale. Como Joel, el nene que murió al tocar un cable después del granizo o Alex Bazán y los tantos desnutridos. En el costado del costado -como decíamos en revistas pasadas-, en la tierra de tierra, se nos están muriendo los chicos. Cuesta caro el olvido. “No somos indigentes”, aclaran. Es cierto. Lorena Meza trabaja en una parrilla y Juan Carlos Bustos, en una gomería. Sus hijos iban a la escuela. Tenían un techo de chapa, paredes de madera, una estufita eléctrica, televisor y comida. Lorena y Juan estaban separados. Los distanciaban unos metros, un fondo de yuyos y un alambre caído. Desde hacía un tiempo que Lorena tenía esa casita para ella y sus hijos. “La peleaban… No es fácil, no es fácil”, explica Nelly, desde una casa vecina y tratando de no agitarse por el asma. Pero es cierto, eso no es indigencia. Se puede estar peor en Argentina. Hay quienes no tienen siquiera paredes, quienes no tienen siquiera techo, quienes no tienen siquiera esas ganas de “pelearla”.
La muerte de Melina de 12, Tamara de 9, Joana de 7, Patricio de 6 y César de 4, nos llegó a todos. A cinco cuadras, en la Casita de Los Niños, Romina explica que “prácticamente todos los chicos se tienen que quedar solitos porque sus padres se van a trabajar”. En casas de madera, con conexiones eléctricas precarias, con calefacciones que pueden llegar a ser simples tachitos de lata y leña.
Desde que se vino de Misiones, Lorena no tuvo muchas oportunidades para trabajar. El día del incendio estaba en una parrilla, donde había conseguido convertirse en ayudante de cocina. Llegó a casa pasada la medianoche, cuando las llamas hacían imposible hacer algo. Sus manos se quemaron en la desesperación. “Algunos la culpan por haber cerrado con llave. Ella quería cuidar lo poco que tenía. Una vez le robaron hasta el lavarropas con ropa adentro”, cuenta Maria Emma Zapata, una vecina que no sale de aquella noche en la que su marido salió al patio a fumar y vio el fuego con la casita perderse en él.
“Esto es nuestra realidad, la pobreza y el riesgo terrible al que se ven sometidos nuestros hermanos –continúa María Emma, mirando desde su fondo, las huellas del fuego-. Este accidente no es negligencia de los padres, no es descuido. Nos está pasando a todos: las mamás que salen a trabajar, los hermanitos que cuidan hermanitos, las casas precarias, la falta de todo y el esfuerzo que nunca alcanza. Estos son nuestros niños a los que se les roba todo. Es el horror que nos toca cerca. Son dos papás que de seis hijitos sólo tienen uno. Mientras la pobreza siga lacerando a tantos hermanos, no podemos dormir en paz”.
“Al otro día vinieron unas camionetas enviadas por el Municipio para llevar a los familiares al velorio. En 630 se comentaba mucho el hecho de la pérdida. ‘tenía seis hijos y ahora tiene uno’. Eso comentaba la gente. Y después mucho miedo, miedo a que les pase a ellos. También se habló de la puerta cerrada y que los chicos estaban solos. Una mujer me dijo ‘yo también siempre los dejo solos, ahora voy a ver qué hago’”. Preguntas, causas, culpas. Lo que cuenta Alicia, educadora y coordinadora del comedor de nuestra Obra, en 630 y 8, donde se les hace comida a cientos de personas como a Lorena y se les da apoyo escolar y talleres de teatro a chicos como a Gonzalo o sus hermanos, es el comentario generalizado. Culpas. En La Pulseada de abril hablábamos de trabajo infantil y comentábamos de uno de los típicos prejuicios del que mira de afuera: juzgar a los padres que salen con sus hijos. Acá es al revés, pero se juzga igual.
La Meli, la Tami, la Johana, el Patri y el Cesar escuchaban cumbia, jugaban con gomeras. Quizás tenían más suerte que algunos de la zona y a veces usaban zapatillas.
Gonzalo tiene 11 años. Cuando se escribe esta nota, continúa internado en el Hospital de Niños con el 30 por ciento de su cuerpo quemado. Quiere seguir viviendo en su barrio, allá donde lo conocen como “Pepito”. Espera que le den de alta, pero sólo va a salir cuando su mamá tenga casa para recibirlo. No quiere estar con nadie más.
Pocos entienden cómo hizo “el Pepi” para escaparse del fuego, cruzar el fondo, pasar el alambre y llegar a lo de su abuela. Pocos saben cómo va a escaparse del recuerdo y las ausencias... Ausencias.
Decían los diarios, entre fotos de Lorena llorando, cenizas, un camioncitos de plástico y una calesita: “Todavía se desconocen las causas del siniestro”; “La causa fue caratulada como ‘averiguación de causales de muerte’”; “No hay una hipótesis firme respecto de cómo pudo producirse la tragedia.”
Sin embargo, por esos días, los presidentes de casi 200 países se reunieron en Roma y confirmaron que los que saben de ausencias son más de 800 millones en todo el mundo.
Diagnóstico
"Lo que allí ocurrió es claramente demostrativo de la realidad actual con la que debemos pelear, porque refleja el grado de precariedad en todo sentido en el que vivía esa familia”, dice el Ministro de Desarrollo Social de la Provincia de Buenos Aires, Daniel Arroyo consultado por La Pulseada. “Precariedad en todo sentido: habitacional, social o económico. Yo estuve ese día con la mama, el papá y los tíos. Es una situación tan al límite que sólo se modifica de manera integral, con mejor vivienda y mejor atención en todo sentido”.
“Con el nuevo esquema legal para los menores -agrega-, las Mesas Barriales que nosotros implementamos tiene que estar cerca de todas esas familias que viven de manera tan precaria, para corregir antes que este tipo de horrores ocurran. Esta catástrofe es fruto de un esquema de vida tan precario, que un desastre puede ocurrir en cualquier momento. Por eso hay que atacar esas causales”.
Cuando se terminó de escribir esta nota, el terreno donde vivían Lorena y sus seis hijos estaba comenzando a ser rellenado con tierra para construir una nueva casita. No dejemos que todo vuelva, todo vuelva como una calesita. No hay tiempo. Las llamas son bien altas.
J.S.
La ceguera del que no quiere ver
Hace muy poco la tragedia volvió a enlutar a una familia que habita cerca de nuestro Hogar. El fuego avanzó sobre la casa y cinco niños y jóvenes perdieron la vida. No importa cuáles fueron las causas precisas del incendio: lo fundamental es entender que con otras condiciones de vida ese drama no hubiese ocurrido.
Los medios de comunicación se ocuparon por unas horas del caso y después pasaron a otra cosa. Porque cuando los afectados son los pobres, a nadie parece importarle demasiado. No se trata de pedirles un seguimiento morboso, sino de reclamarles un análisis más profundo de los orígenes de estas muertes.
No hay peor ciego que el que no quiere ver y la sociedad entera parece desentenderse con rapidez. Mientras tanto, no importa cómo, la vida de los ninguneados tiene que continuar. Nadie vive en una casilla de madera porque quiere: lo hace porque nunca tuvo acceso a una vivienda digna. Los derechos humanos no pueden terminarse en el reclamo de justicia, por cierto imprescindible, respecto de las atrocidades de los ’70. Su vigencia actual es la gran deuda de esta democracia, que es urgente profundizar garantizando trabajo, salud, educación y vivienda a los más necesitados.
No puede tratarse de cinco nuevos condenados al anonimato y al olvido. “No es el paciente de la cama 14: ¡Es el señor Rodríguez!”, decía el Dr. Pacht Adams. En este caso: son MELINA, TAMARA, JOANA, PATRICIO y CÉSAR.
La Ley de Promoción y Protección de los Derechos de la Niñez establece que los intereses superiores de los más chiquitos deben primar en las acciones desarrolladas por el Estado. Un Estado que, una vez más, estuvo ausente.
El artículo 36 de la Constitución Provincial garantiza a los ciudadanos el acceso a una vivienda digna. Si a esto le sumamos el interés superior del niño, no caben dudas de que los mayores esfuerzos deben dirigirse hacia las familias con chicos, sean monoparentales o con madre y padre, que tendrán que encabezar las listas de destinatarios de las viviendas prometidas desde el poder. Será demasiado tarde para los que ya no están. Pero puede servir para que sus muertes no hayan sido en vano. “Si el mundo no se piensa desde el pobre, se construye contra Dios”, decía Carlitos Cajade. Si lo tuviésemos siempre presente, ya no podríamos mirar para otro lado.
Marcelo Ponce Núñez
Coordinador de la Obra del Padre Cajade
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