NÚMERO 61 - JULIO 2008

ESCENAS DE LA VIDA EN PERIFERIA
Del centro al suburbio porteño sólo hay unos cuantos minutos en bondi. En “Periferia” -el libro de Diego Jaimes, periodista y militante del territorio desde hace años- el centro es el Obelisco, o por ahí; y la periferia es el Bajo Flores, entre otros tantos bajos. Las veintiséis ficciones que narra son recortes de realidades que cinturean las grandes urbes; esas no vistas por quienes van con anteojeras por barrios chicos y patrias grandes.
Por Verona Demaestri

“A media hora del Congreso Nacional, a cuarenta minutos del lujoso Puerto Madero y a una hora en taxi desde Aeroparque existen casas con pisos de tierra”, dice Diego Jaimes en su recientemente publicado libro “Periferia”, por si a alguien le faltase el dato.

Es en ese escenario que Jaimes pincela las veintiséis historias cortas de ficción; historias agridulces, que abarcan la escala cromática; historias con matices, ni blanco ni negro. Es que Jaimes aprendió a ver con gran angular, ampliamente, su entorno. Ese mismo entorno que lo tiene a diario como coordinador del Proyecto Adolescentes de Bajo Flores –un programa surgido desde las organizaciones del barrio y financiado por el gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires-; como docente en el Club de Jóvenes; y como miembro del equipo de comunicación del Culebron Timbal para el que coordina la Radio Fm La Posta 96.5 en Cuartel V, de la localidad de Moreno.

Todo ese territorio pateó Diego para escribir tantas historias; y lo hizo a partir de muchos aprendizajes que tuvo desde chico y ahora recupera: “gracias a las mujeres de mi familia, que me aportaron una sensibilidad propia de su género. Mi vieja, en particular, me transmitió una energía casi increíble para ir para adelante, además de cierta inclinación por abrir los ojos frente a las vidas de los demás. Mis hermanos me hicieron vivir desde chico un mundo de grandes, y creo que eso me ayudó a entender lo que pasa con un poco de anticipación. Y mi viejo aportó la cuota necesaria de argumentos para contradecirlo cada tanto”.

Infinito particular
“Periferia nació por necesidad literaria; es decir, humana”, afirma Jaimes. “Durante varios años trabajé en el Bajo Flores realizando talleres de periodismo con grupos de jóvenes de la zona, desde donde fuimos editando distintas publicaciones: Mundo Aparte, La Otra Cara del Bajo, Los Re Piola. También fui caminando por otros barrios de la capital y el conurbano, de algunas ciudades y pueblos del interior. Conocer las particularidades de ciertas historias y toda la belleza que en ellas habita, me empujó a comenzar a escribir relatos que pudieran dar cuenta. No para ‘mostrar su exotismo’, o hacer una ‘exhibición de la pobreza’, sino para hacer visibles muchos aspectos de belleza, de esperanza, de sueños y de apuestas, que están vivos a pesar de los modelos económicos y sociales que confinan estas realidades al silencio y la ausencia”: Hace bien Jaimes en enfocar lo que en muchos medios no se muestra, tan ocupados en hacer negocio con estos sectores. Imágenes esas, que dejan sabor a impotencia de policías en acción, y muestran las sinsalidas de los barrios en los que habitan chorros, villeros, malvivientes, lacra, en tantos otros programas que se dicen periodísticos.

“Estos textos son de ficción, sin embargo hay varios de ellos que se basan en personas de carne y hueso. No son biografías. No son crónicas. Ni siquiera son cuentos. Las imaginé en un principio como fotos, imágenes, o breves escenas de una película, donde uno puede asomarse a un modo de vida que para muchos jóvenes de los barrios más pobres son cotidianos. No tienen introducción, nudo, ni desenlace. Porque la vida siempre sigue, a pesar de todo”.  Diego habla de barrios enteros que no aparecen en los mapas más que como espacios verdes, de calles y esquinas no oficiales, muchas de las cuales no tienen nombre a pesar de que miles de personas las transiten a diario. Así los nombra él cuando construye estas “escenas que no pretenden enseñar nada, ni dejar una moraleja, ni pegar un golpe bajo. Escenas que surgen de la necesidad de expresar sentimientos, imágenes, voces y sueños, de quienes creen -creemos- que estos territorios todavía contienen experiencias por las cuales vale la pena apostar”.

Diego se refiere a Mantecol, el capanga, que siempre está “guardado”; a Amalia que se clava los auriculares para escuchar Shakira; a El Bicho, un jipón que se olvida la bici atada en árboles día por medio; a Isavel, con ve corta, que no cumple aún los 18 y piensa en cómo ser madre y joven a la vez porque tiene un bebé de seis meses y otro en camino; a Wilson que ríe con toda la cara; a El Yeti que sube a la torre de agua de su barrio para tener una “mirada estratégica”; a Pepe que limpia el fusil todos los días antes de dormir; a Chupete que metió las seis balas y se tomó el palo…

Aquí van cinco -de las veintiséis ficciones- de la vida en Periferia:

Escenas con gran angular
 “Visión Periférica: Capacidad de percepción de la visión humana, que permite desarrollar el sentido de la mirada ampliando el foco del centro mismo de la escena. Mayor visión periférica, mayor posibilidad de leer el objeto de atención junto con su entorno. A su vez, la visión periférica permite anticiparse a los movimientos de los componentes del espacio, aportando elementos para diseñar una estrategia posible. Desarrollar la visión periférica es, entonces, dimensionar tiempo y espacio como un todo, dando relevancia tanto a los elementos que aparecen en la superficie como a aquellos que se encuentran –por causas históricas y sociales concretas- ocult(ad)os”. Periferia, Diego Jaimes

Adrián
“Nunca una madre dio a luz unos ojos tan negros como los de Adrián. Ojos que miran y esperan, sentados en la bici, alguna idea que aparezca para juntar un billete y entrar en carrera hacia delante.

Adrián conoce el barrio como si antes de nacer le hubieran dado un mapa y él hubiera podido estudiarlo, como un marinero antes de emprender un largo viaje. Por dónde ir, por dónde ni a palos; por dónde pisan éstos, por dónde ranchan aquellos. Sabe a ciencia cierta cuál es el índice tolerable de peligro.

Camina a diario por la serpiente infinita que son los pasillos de la villa y hay algo allí que lo atrae. Conocer, en parte, es que lo conozcan.

Sabe por dónde ir aunque no haya motivo para pasar por allí, más que el hecho de que lo vean. Estos ojos oscuros conocen bien el borde. Conocen cómo se camina de un lado y del otro, y saben por qué prefieren estar más del lado de acá que de allá. Pasó demasiado cerca de la parca y no le gustaría volver allí.

Adrián sabe que sus diecisiete son ideales para reclutarse al muleo. Mulean quienes transportan las sustancias que otros gatillan en sus mentes para ver espejitos de colores. Se gana bien muleando, aunque se sabe que es difícil volver de allí. Los vínculos que se tejen son tan sagrados como traicioneros: valés lo que vale lo que llevás.

Por eso, Adri no. Otros ojos negros que vienen en camino en el vientre de su cumpa le dicen que no”.

Edu
“Edu sabe que levantarse todos los días a las seis es como una patada en los dientes. Lo sabe pero hay algo que tapa esa sensación por otra de que no me coman los bichos. Esto es, cada fin de quincena el bolsillo agradece.

Edu se levanta a las seis, se calza su campera de jean escrita en la espalda y camina hasta la parada del bondi. En el camino a veces compra unas tortillas paraguayas y va con la boca seca hasta el laburo, donde un poco de agua de la canilla remienda la garganta.

Aunque no siempre va hasta la parada: los últimos días de la quincena, antes de cobrar, camina las setenta y cuatro cuadras que hay desde la puerta de su casa hasta el taller.

Laburo: sería un halago llamarlo así. Catorce horas por cada día de la semana salvo franco, está más lejos que cerca de un trabajo.

Sobre todo si la hora se paga menos de dos pesos. Pero no hay otra. El único camino posible para intervenir en una relación patrónempleado pasa por ahí. Por lo menos para quienes tienen escrachado el documento con la dirección del barrio: casi como tener una entrada a la comisaría por mes.

Así las cosas, Edu calla. Su talante es el de un sobreviviente de alguna catástrofe que logró salir vivo y cada tanto expresa en palabras las consecuencias del bombardeo.

Ay, cuando Edu escribe. Una vez de su Bic salió que "somos las palabras que quedaron afuera del diccionario. Las lluvias que nunca cayeron. Las tormentas que suceden en planetas que no son éste. Somos las pesadillas que los Dioses sueñan despiertos cuando tienen insomnio. No importa cuándo hacer algo, sino por qué.”

Es muy loco pero hay algo en Edu, como en otros que andan con él, mezcla de fatalismo y optimismo extremo. No es el pobres siempre hubo, ni el por algo será. Es un  costumbramiento a la miseria que mamó desde chico, aunque distinto del de sus mayores. Es un aguantar convencido de que puede haber otra cosa. Pequeña, difícil, pero otra cosa. En el mientras tanto, él espera y construye”.

Mariano
“Mariano empieza con eme pero él no lo sabe. O casi, porque Mariano es la única palabra que sabe escribir además de mamá.

Mariano camina encorvado, como si estuviera destinado a cumplir una condena que consiste en mirar el piso constantemente, en silencio. Sus pies se arrastran por las veredas con un sonido lánguido, desencantado del andar mismo. Mariano pena y sus calles se llenan de carteles que no comprende, salvo que vengan acompañados con dibujos y símbolos.

Tiene veintidós y el mundo encima. Un crío de cuatro años que comienza a hacer garabatos en pedazos de papel, señalando el comienzo de lo que él esperaba como mayor dolor: no poder acompañar los primeros esbozos de palotes y letras sueltas, escritas al revés.

Mariano sabe que cerca de su casa hay un centro de alfabetización. Conoce a la profesora, es vecina de él. Pero la mayoría de las personas que van allí son distintas: gente de campo, del interior del país, muchos de ellos bolivianos también, que se reúnen tres veces por semana en medio de posters, juegos con tarjetas y videos educativos.

Mariano se avergüenza de sí mismo, y esa fuerza interior es un lastre que lo deja tirado en la cama mirando el techo. O a lo sumo en el sillón, encandilado por la tele de la tarde. Se siente mejor ahí que en un lugar de donde muchos conocidos lo verían salir y se burlarían.

La puerta de su casa se cierra y la de sus proyectos parece correr el mismo destino. Su mujer le insiste, pero nada. No es seguro qué cosa podría hacerlo cambiar de opinión, que se anime, que se suelte, que confíe. La palabra analfabestia resuena en él desde pequeño, cuando dejó la primaria una y otra vez. Pero nada quita que su propio hijo, al llenar más y más papeles con sus rayones iniciales, lo convoque a encontrarse con las deudas pendientes consigo mismo”.

Raulito
“Raulito tiene en su mirada la esperanza partida. En la manzana que él vive, de pendejos jugaban pasillo contra pasillo desafíos futboleros, todos los domingos. De aquellos guachines, todos menos él y dos o tres más están presos o muertos.
La pregunta golpea en la nuca cada noche. ¿Qué hace que dos pibes con las mismas condiciones familiares, de vivienda, de salud, de alimentación, que compartieron la misma canilla pública de la misma esquina de la misma villa tomen rumbos tan distintos? ¿Qué convence a uno de elegir un martillo y a otro una pistola?

Si hay algo que a Raulito lo hace sentir bien, es el olor de las salchipapas que cocina sábados y domingos en la feria. No porque le gusten -le asquearon hace rato, de tanto comerlas- sino porque ese olor suele traducirse en plata para salir el sábado, para comprarse cada tanto ropa en la feria de La Salada y para, quizás, comprar un regalo a la piba que le gusta.

Esa sartén llena de papas y salchichas fritas, fuera de toda cultura porteña, es la red que sostiene la mitad de la economía de su hogar. Basta duplicarla para conocer el ingreso real de su familia, además de los dos planes sociales que los integran a las masas de asistidos estatales.

No es algo que deba dejar de resaltarse: la sonrisa de alguien que pasa su vida penando, es quizás comparable a esos pocos minutos de sol que deben existir en el Polo Sur, o en la Antártida. Esas sonrisas hechas de dientes ausentes, que brillan en medio de tonos grisados del atardecer”.

Duglas
“Duglas quiere ser el más poronga. En el deseo de esa condición se resume el noventa por ciento de sus gestos, de su manera de caminar, de las palabras que utiliza para comunicarse, de los objetos que manipula a diario. Duglas se llama en verdad Nemesio, pero desde pibe supo que ese nombre iba patrás. Entonces se bautizó a sí mismo con ese apellido inglés devenido nombre de pila con una letra menos.

Duglas tiene quince, y eso no le va. No le va porque quisiera tener un par de años más, para que los grandes le den más cabida, y de repente lo inviten a laburar. Hace dos semanas estaba por subirse a un coche para ir a hacer de campana a un supermercado, pero la movida se pinchó porque les coparon la parada. Al llegar al super, se les habían adelantado y tuvieron que seguir de largo como si nada: la avenida estaba llena de lanchas y cobanis.

Duglas es gordito, viste un camperón ancho con corderito adentro y tiene la cara redonda. Si está serio, su rostro da miedo. Si sonríe, sus ojos se achinan y sus dientes brillan como diamantes. Tiene todo para ser un buen pibe, rescatado. En su casa la plata no sobra pero su vieja se esfuerza por mantenerlo. No pasan hambre, por lo menos no ahora.

El tema es que a Duglas le gusta la acción. Le atraen los fierros y en cuanto pueda va a pegar uno. Cuando fueron hace un par de viernes atrás a un tropi de Constitución, se metieron en quilombo. Y en lo único que pensó cuando los otros mostraron plumas fue en tener una nueve. Con una de ésas pisaría re bien, dice.
Los anhelos de Duglas se resumen en la palabra respeto. Aunque ubicando este concepto en el territorio que se enuncia, más bien habría que hablar de miedo. Sí, miedo. A Duglas le gustaría que los demás le tengan miedo”.

El hormiga
“El Hormiga está de vuelta en el barrio. Nunca creyó que tomarse ese bondi y bajarse en esa, la parada de su casa, sería tan placentero, tan gratificante. Cayó con su bolsito a cuestas, una muda de ropa y unos cuantos libros de las clases de apoyo en el Instituto de Menores donde estuvo nueve meses.

El Hormiga entra por su pasillo como volviendo de un largo viaje, como sin recordar que ya su propio lugar se había vuelto insoportable antes de caer. Mejor que cayó, piensan muchos, porque había más de uno que se la tenía jurada y hasta andaba preguntando qué noticias había del pibito ese de la gorrita verde, el guachito de la casa con puerta de reja de ascensor viejo.

Casi llegando a su pasillo quiso esquivar la esquina de siempre, ésa de la birra, el descontrol y la ranchada, para llegar más rápido. Mirando de reojo desde lejos, solamente unos niños jugaban allí, como si nunca nadie hubiera tenido ese espacio como segunda casa. El banco de cemento donde se sentaban aún estaba, el techo también, pero ninguno de los pibes parecía asomarse.

El Hormi, mientras camina, hace un rewind del viaje en bondi y las cuadras que tuvo que andar por la ciudad. Antes de caer, pocas veces había estado mirando vidrieras o caminando por algunas calles de otros barrios. El alambre de púa invisible entre el centro y la periferia, esa frontera mental y por eso quizás bien real, lo había confinado a una estancia barro adentro de sus propias calles.

Atravesando esas calles hasta que se tomó el bondi se sintió perseguido aún en libertad, por ojos que miraban de reojo y por manos que agarraban fuerte sus carteras, por vidrios de autos que se levantaban raudamente en semáforos y sonidos de seguro de puerta automáticamente lockeados.

Una sociedad que había acordado, allá lejos y hace tiempo, protegerlo, se estaba protegiendo de él”.

 

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