NÚMERO 61 - JULIO 2008

PENSAR DESDE EL POBRE

El cierre de esta revista nos encontró más angustiados y confusos que otras veces. Desde que la actualización de los índices de mortalidad infantil demostró que la inmoralidad del hambre sigue presente, desde que la miseria con formato de fuego se robó otras cinco vidas jóvenes en Villa Elvira, supimos que nuestra edición 61 debía estar más que nunca al lado de los pibes más olvidados.

Hacía allí va el enfoque central de esta revista y en esa misma dirección iba la nota editorial escrita por uno de nuestros educadores.

Sin embargo, reaparecieron las cacerolas para sostener un aparente discurso de justicia agraria pero con profundo olor a tiempos pasados de desestabilización democrática, y entonces sentimos que este espacio debía cambiar de rumbo, para poder decir algunas otras cosas.

En estos más de cien días de conflicto, amplias capas de las clases medias han hecho una “opción por los ricos”, según la certera expresión del platense Gabriel Fernández, director de la publicación alternativa “La señal”. Aunque no lo sepan, aunque a la larga sea en su propio perjuicio, hicieron exactamente lo contrario de lo que nos proponía Carlitos Cajade: “pensar el mundo desde el pobre”. Y esto significa, antes que nada, defender a las autoridades legítimas. Quienes juzgan exagerado hablar de ánimo destituyente o intentona golpista, saben bien que en los cacerolazos no se pedía “diálogo” sino “que se vaya Cristina”. Defenderlas, sobre todo, por convicción democrática. Pero también porque durante toda nuestra historia, gobierno de facto equivalió siempre a concentración de la riqueza. Y gobierno constitucional implicó casi siempre –con las excepciones del infame menemato y el final de la Alianza- redistribución progresiva del ingreso.

Aunque digan lo contrario, no piensan desde el pobre quienes creen que “cuanto peor, mejor”. Los que apuestan a la chispa que encienda una hoguera revolucionaria. Si algo demostró esta disputa, es que la actual relación de fuerzas vuelve delirantes semejantes expectativas. Lo que hoy está en juego es un intento de restauración conservadora. Un retroceso al neoliberalismo genocida de los años ’90. Es tan innegable que el gobierno está atravesado por las contradicciones como evidente que lo que irrita al establishment son sus virtudes, no sus defectos. Es decir, todo aquello que lo aleja del Proceso y del menemismo.

Pero pensar desde el pobre es también reclamarle con firmeza a ese mismo gobierno que sea coherente con lo que proclama. Que profundice en serio la distribución del ingreso. Que además de cobrarle retenciones al agro, grave también las ganancias de la especulación financiera, del sector minero, de las petroleras, de los industriales beneficiados con el dólar alto. Así sobrarían los recursos para eliminar el IVA de la canasta básica. Para congelar los precios y subsidiar la compra de los principales alimentos. Para sostener centros de abastecimiento a bajo costo de productos de primera necesidad. Para financiar una asignación universal por hijo para todas las familias carenciadas.

Algunos lamentan que “la Argentina esté dejando pasar su gran oportunidad”. Se refieren a los pingües negocios que ellos mismos se están perdiendo de hacer ante la suba mundial del precio de los alimentos. “¡Podríamos abastecer a cuatrocientos millones de consumidores del mundo!”, se relamen. No les preocupa que haya hambre entre sus propios compatriotas, que son apenas cuarenta millones. En realidad, si pensamos consecuentemente al mundo desde el pobre, esa gran oportunidad que hoy se nos presenta es otra. Es la gran oportunidad de terminar con la vergüenza de la desnutrición infantil, de permitirles a todos el acceso a una vida digna, de hacer avanzar la justicia social, de construir –por fin- una verdadera patria de hermanos.  

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