NÚMERO 59 - MAYO 2008

Reflexiones sobre el conflicto por la renta agraria
A DISTRIBUIR SIN RESERVAS

“El 1 de abril, en Salto, partido de Mercedes, a muy pocos kilómetros de donde los agricultores de la zona cortaban la ruta 5, falleció por ‘desnutrición severa’ el hijo de Gustavo Rafaelli y Alejandra Mancinello. Ahogado de hambre en medio de un océano verde de soja, maíz y trigo. Ante tanta cosecha récord, ante tanto récord de reservas, ¿para cuándo una distribución récord? ¿Para cuándo el record de que ningún chiquito se nos muera de hambre?”. Esto lo escribieron nuestros colegas de la Agencia Pelota de Trapo al informar sobre un hecho que, de no haber sido por ellos, hubiera pasado totalmente inadvertido. Ninguno de los interrogantes que puedan plantearse hoy son más acuciantes que esas preguntas. Para contribuir a entenderlo vayan las siguientes opiniones y consideraciones, planteadas en un orden no del todo caprichoso.
Por Carlos Gassmann

1. El carácter protogolpista de lo ocurrido. No puede llamárselo “paro”, porque ese término alude a las huelgas, que por definición sólo pueden efectuar los trabajadores, no los dueños de los medios de producción. Tampoco fue un simple lockout patronal, porque no se limitó a la paralización de la producción propia sino que incluyó el bloqueo de las principales rutas del país. A través de la amenaza de desabastecer a las ciudades, se consumó un chantaje que tomó como rehén a la población. Paradójicamente, la medida fue apoyada por los mismos que hace años reclaman represión para los piquetes de los desheredados. La situación revistió una gravedad institucional que es independiente de las intenciones declaradas o reales de los responsables. Aunque no es posible obviar, claro, que entre los impulsores se contó la Sociedad Rural, una institución cuyos antecedentes democráticos pueden resumirse recordando el apellido de su fundador: Martínez de Hoz. Tampoco puede desconocerse que con los “caceroleros” porteños se mezcló el grupo convocado por Cecilia Pando. O que hubo manifestantes reunidos frente a la quinta presidencial de Olivos que gritaban: “¡No queremos otra Cuba!” y “¡Que se vaya esa montonera!”. Cierta proporción del brazo urbano de la protesta rural, no repudió al gobierno por sus déficits –que son muchos- sino por sus aciertos. Es decir, por todo lo que lo separa del Proceso y el menemismo.

2. Hay que celebrar la decisión política de no recurrir a la represión. Tal como viene haciéndose con las protestas sociales durante los últimos 4 años, se instruyó a gendarmes y policías para que evitaran a toda costa el derramamiento de sangre. No fue lo que ocurrió en la etapa de la Alianza, que debutó con muertos en Corrientes y se despidió con una treintena de cadáveres, ni con el interinato de Duhalde, recordado por los asesinatos de la estación de Avellaneda. Sin embargo, los medios de comunicación, machacando hasta el hartazgo con figuras como la de D´Elía, protagonista de hechos reprobables pero comparativamente anecdóticos, lograron instalar la idea de un gobierno “matón” y “prepotente”.

3. Ni el “gobierno” ni el “campo” son actores homogéneos. Dentro del oficialismo se alinean desde dirigentes de movimientos de desocupados hasta el senador por Córdoba Roberto Urquía, propietario de Aceitera General Deheza, una firma con tren y puerto propios que está entre las diez empresas que en el 2007 se quedaron con el 55% de lo pagado en carácter de compensación a los productores. Ante figuras como estas, es inevitable pensar que no se puede ser parte de la solución cuando se es parte del problema. El mundo rural también es amplio y variopinto. Los integrantes de la Sociedad Rural suelen repetir que la “oligarquía terrateniente” ya no existe. Efectivamente, la situación ha cambiado mucho en las últimas décadas. Pero no en la dirección de que la tierra esté mejor repartida. Al contrario, la concentración se agudizó: el 20% de los productores detenta el 80% de la tierra. Y nada menos que el 58% tiene menos de 100 hectáreas y controla apenas el 2,8% de la superficie explotada. Ocurre que junto a los tradicionales latifundistas ganaderos surgieron –con el boom de la soja- otros actores dominantes, como los pools de siembra. Son sociedades productivas que, aunque no necesariamente tienen la propiedad del suelo, manejan capital, tecnología e insumos. De modo que comprando o arrendando campos se han transformado en los ejes del negocio. Algunos casos: Cresud (del Grupo Elztain) explota 400.000 hectáreas; Adecoagro (Soros), 200.000; Grobocopatel (“los reyes de la soja”), 118.000 (con un 90% de campos en alquiler). Apenas 2.000 productores cosechan el 60% de la soja. Y sólo en la última campaña, los 30 mayores jugadores del negocio obtuvieron una renta neta de 7.500 millones de dólares. Se ha ido consolidando una nueva oligarquía. También hay, por supuesto, numerosos propietarios de campos medianos y pequeños. Su peso relativo dentro del sector, ya no se mide sólo por la cantidad de hectáreas sino también por el tipo de actividad. En ese sentido, las ganancias de los que cultivan soja contrastan con las dificultades que hoy atraviesan, entre otros, ganaderos y tamberos. El panorama regional también es muy distinto. En el norte, por ejemplo, abundan las pequeñas comunidades campesinas y los asentamientos de pueblos originarios a los que les ha tocado la peor parte. Como vienen denunciado organizaciones como el MOCASE (Movimiento Campesino de Santiago del Estero), la ambición de los empresarios de la soja los ha expulsado de sus tierras por la fuerza o a través de argucias judiciales. Último pero no menos importante: el campo también es el escenario donde desarrollan sus tareas un millón y medio de peones rurales. Muchos de ellos fueron forzados por sus patrones a sostener los cortes, pese a que la protesta no tuvo nada que ver con sus reivindicaciones: la mayoría están en negro, sus jornadas laborales superan a veces las 15 horas y hay más de 200 mil casos de trabajo infantil.

4. La unión de desiguales. El gobierno cometió el error garrafal de tomar una medida indiscriminada, haciendo que se unieran en su contra productores de tamaños muy diversos. Por un lado, hubo muchos grupos que se autoconvocaron y actuaron al margen de cualquier encuadramiento. Por otro lado, hay que señalar que la Sociedad Rural o Confederaciones Rurales, que aglutinan a grandes propietarios, sostienen un pensamiento reaccionario, que no coincide con las posiciones históricas de CONINAGRO (Confederación Intercooperativa Agropecuaria) y, sobre todo, de la Federación Agraria, que nuclea a ruralistas medianos y pequeños. Es a los dirigentes de esta última institución a los que les caben los reproches más severos. Aunque Eduardo Buzzi se cansó de proclamar que “no sería funcional a los grandes grupos dominantes”, objetivamente lo fue. Sus afiliados le pusieron mayoritariamente el cuerpo a los cortes y le dieron fuerza a la medida. Paradójicamente, los descendientes de los humildes gringos arrendatarios que en 1912 protagonizaron la epopeya del Grito de Alcorta, terminaron aliándose ahora con los descendientes de sus explotadores. Sin embargo, tarde o temprano saldrá a la luz que sus intereses son incompatibles.

5) Los eslabones más fuertes de la cadena quedaron fuera de la discusión. Más aún que en otros negocios, en el de la soja existen los que ocupan posiciones dominantes y los que tienen un lugar subordinado. Entre los primeros, además de los terratenientes y los pools de siembra, se destacan los proveedores de insumos y los exportadores. Monsanto, transnacional de origen norteamericano, monopoliza la producción y comercialización de las semillas genéticamente modificadas y de los agroquímicos. Ha sido denunciada en foros internacionales por su estrategia extorsiva, consistente en dejar utilizar libremente la variedad “RR” hasta que lo invada todo y, a partir de entonces, empezar a reclamar los derechos de patente, bajo amenaza de embargar los embarques de granos en los puertos de destino. El mismo procedimiento empleado contra la Argentina por esta gigantesca corporación –que gira al exterior miles de millones de dólares-, está siendo seguido actualmente con Paraguay y Bolivia. La exportación, en tanto, es controlada mundialmente por cinco multinacionales: Cargill, Dreyfus, Bunge & Born, Andre y ADM. Cargill, con oficinas centrales en los Estados Unidos, es la primera a nivel internacional y nacional. En nuestro país es dueña de más de 40 acopiadoras regionales, 5 puertos cerealeros, plantas de oleaginosas y molinos de trigo. Se estima que las exportadoras se quedan con más de un cuarto de la renta agraria total.

6. Las retenciones deben debatirse como parte de un plan agropecuario integral. El agro es el octavo sector económico en importancia dentro de nuestra economía (con un aporte –durante el último año- de un 5,3 % del PBI), detrás de otros rubros como la industria, el comercio, el transporte y la construcción. El cobro de derechos de exportación –cuyo aumento detonó el conflicto- es imprescindible. Las retenciones constituyen un instrumento eficaz para captar rentas extraordinarias -que no son consecuencia del esfuerzo del productor sino del aumento de los precios internacionales- y para desacoplar los precios internos de los externos. Pero el sentido último de esta herramienta depende del contexto general de la política en la cual se inserta. En el esquema actual, las retenciones han servido sobre todo para lograr superavit fiscal y seguir pagando la deuda pública, para mantener la cotización del dólar –de modo de garantizarles rentabilidad a los exportadores- y para subsidiar a sectores concentrados de la economía. Ahora se ha abierto una gran oportunidad para diseñar un programa de desarrollo rural global. Dado que hoy no existe una relación social de fuerzas que permita pensar en una reforma agraria, ese programa debería incluir medidas que frenen y reviertan la concentración de la propiedad de la tierra. Con leyes que desalienten los latifundios e impidan que continúe la extranjerización. Que tendría que retomar, además, el manejo estatal de las exportaciones, a través de la recreación de organismos como las Juntas Nacionales de Granos y de Carnes, como hacen países insospechables de anticapitalismo como Australia o Canadá, que no dejan la venta de granos al exterior en manos privadas. En fin, un auténtico plan de desarrollo agropecuario debería apuntar a combatir los desequilibrios demográficos, facilitar el acceso a la tierra, aumentar el número de productores, restituirles lo robado a los pueblos originarios y profundizar la agregación de valor. Por ahora se avecinan medidas como retenciones diferenciales según el tamaño de la explotación, reintegros a los productores pequeños, subsidios a los fletes para las zonas alejadas, puesta en marcha efectiva de la Subsecretaría de Desarrollo Rural y Agricultura Familiar. Van en buena dirección, pero deben ser acompañadas por muchas otras decisiones de fondo.

7. Es crucial revertir el proceso de sojización. El sometimiento a las imposiciones del mercado, empujó al país hacia el monocultivo. Los últimos gobiernos han sido cómplices de este proceso, que ya lleva dos décadas. Incluida la administración de Néstor Kirchner, que se limitó a aprovechar la coyuntura de altos precios internacionales para obtener más recursos fiscales por la vía de las retenciones. Ahora resulta vital que el país recupere su soberanía alimentaria. La Argentina producía alimentos en variedad y calidad suficientes para proporcionarle a su población una dieta equilibrada. Eso cambió con la expansión del modelo sojero. Fuimos especializándonos en la producción de forraje barato (pasto-soja) destinado a China, India y la Unión Europea, en vez de tender nosotros mismos a la agregación de valor, exportando proteínas animales en lugar de vegetales.

Retrocedió entonces la ganadería, lechería, cría de porcinos, frutas, verduras y diferentes producciones regionales. Además, la paulatina invasión del poroto significó la pérdida de gran cantidad de empleos. Una sola persona puede atender 500 ó 600 hectáreas de soja, mientras que una explotación familiar de otros cultivos genera hasta 35 puestos de trabajo cada 100 hectáreas. Asimismo, hay que tener en cuenta que la economía de escala propia de la soja favorece la concentración de la riqueza. Se basa en un uso extensivo de la tierra y en el manejo de un costoso paquete tecnológico (siembra directa, semillas transgénicas, agroquímicos). Instala una lógica económica que lleva a los productores pequeños a venderles o alquilarles sus tierras a los grandes. Por otra parte, este pingüe negocio aceleró la expansión hacia el norte de la frontera agrícola, con su secuela de expulsiones violentas de comunidades campesinas e indígenas.

7. Debe atenderse al daño ecológico y al impacto sobre la salud de la población. Como denunciaron muchos, como el biólogo Raúl Montenegro, el modelo sojero entraña gravísimos riesgos ambientales y sanitarios. El ganador del Premio Nobel Alternativo 2004 advirtió que la expansión del monocultivo ha ido destruyendo los  montes y la yunga. “Los suelos –explica- son gestados por los bosques y ambientes nativos. Para fabricar 2,5 cm. de suelo en ambientes templados hacen falta de 700 a 1.200 años. Pero los cultivos industriales los están rompiendo en muchísimo menos tiempo. Las cuencas hídricas donde se fabrica agua, también están siendo invadidas. El 80% de los bosques nativos ya fue destrozado por el avance de las topadoras. Hemos olvidado que la única forma de tener un país sustentable es conservar superficies equivalentes de ambientes naturales y cultivos diversificados”. A la pérdida de la biodiversidad se suma el empobrecimiento de los suelos explotados, ya que la soja extrae mayor cantidad de nutrientes que cualquier otro cultivo. Mientras las topadoras siguen avanzando hacia el objetivo –ya casi cumplido- de alcanzar las 19 millones de hectáreas sembradas con soja, se levantan voces que reclaman desandar el camino, reforestar lo devastado y sanear las áreas contaminadas por transgénicos y agroquímicos. También deben considerarse las consecuencias sobre la salud de la población, ya que aún se ignoran los efectos de los alimentos genéticamente modificados. Sí se conocen ya los serios riesgos que entrañan los agroquímicos. “Las bajas dosis de plaguicidas como el endosulfán, 2,4 D, y, sobre todo, glifosato –señala Montenegro-, pueden alterar el sistema hormonal de las personas, aunque no sabemos cuántos enfermaron y murieron por esta causa porque el Estado no realiza estudios epidemiológicos”.

8. Hace falta un proyecto de país más justo. La Argentina tocó fondo después del vaciamiento de los años ’90. La devaluación fue apresurada y le hizo pagar altos costos a determinados sectores, aunque fue imprescindible para pasar de un régimen de valorización financiera a una economía de producción. Pero el tipo de cambio alto, por sí solo, no alcanza. Más cuando vino a cristalizar una situación caracterizada por la precarización laboral, los salarios bajos, la pobreza y la indigencia. Quedó atrás el tiempo donde sólo cabía salir a apagar incendios.

Después de varios años de crecimiento macroeconómico, no quedan más excusas para eludir replanteos de mediano y largo plazo. El Estado debe ser el encargado de intervenir y planificar. Ya sabemos adónde nos conduce dejar las “decisiones” en manos del mercado. El crecimiento debe traducirse en menor desigualdad, lo cual no se logra a través de un ilusorio “derrame” sino por medio de la acción del Estado. La pauta que debería regir la negociación con el agro –recortar los beneficios de los grandes y favorecer a los pequeños- tiene que hacerse extensiva al conjunto de la economía. En el sector industrial, por ejemplo, hay que captar parte de las rentas extraordinarias que están obteniendo los grandes grupos nacionales y transnacionales para alentar el desarrollo de pymes y cooperativas. Hoy se ha puesto sobre la mesa el más crucial de los debates: el de la distribución de la riqueza. No se avanzará demasiado en ese sentido sin una profunda reforma tributaria basada en un simple principio: el que más gana, más paga. Y así sustituir una estructura impositiva regresiva, sustentada en gravámenes indirectos, por otra que gire en torno de los directos, como el impuesto a las ganancias. La propia Presidenta ha reconocido que el mayor porcentaje de la recaudación depende hoy del IVA, que paga hasta un desocupado cuando compra un kilo de pan. La inequidad tampoco disminuirá si los salarios no crecen por encima del costo de vida y la productividad. Y los aumentos de los sueldos serán apenas nominales si no se logra contener la inflación. Fenómeno que, entre nosotros, dado el carácter oligopólico de los mercados, es otra expresión más de la puja entre sectores dominantes por adueñarse de porciones más grandes de la torta. La estrategia del gobierno para contener el alza de precios ha fracasado doblemente: no logró frenar los aumentos y, por otro lado, la decisión de negociar con los pocos que ocupan posiciones dominantes en la producción y comercialización, terminó fortaleciéndolos aún más. Entre los temas a revisar también está la coparticipación. Desde 1853 las aduanas son nacionales y los impuestos al comercio exterior son percibidos por el Estado central. Sin embargo, así como las provincias petroleras perciben regalías, sería justo que parte de las retenciones vuelvan a las provincias y municipios donde viven los productores agropecuarios.

9. El durísimo conflicto que se ha desatado es de final abierto. ¿Terminará con un gobierno desgastado que en lo sucesivo cederá todavía más ante el poder económico? ¿Se producirá un realineamiento de fuerzas que hará posible emprender un nuevo rumbo? El sueño de un país más justo depende del resultado de la pelea por la distribución del ingreso. La reacción ante las retenciones demuestra lo dura que será la batalla cada vez que se avance sobre intereses que es imprescindible afectar. Lo menos que cabe reclamarles a los diferentes sectores llamados a conformar el campo popular es que no se equivoquen de trinchera.

Engranar

Periferia. 115 y 610, al sur del sur, al costado del costado. Tierra de tierra. Charcos, mosquitos y pastos largos. En la ciudad de chapas apiladas y ecos de cumbia, la vida se embarra y hasta los nenes mueren electrocutados un domingo de Pascuas, camino al almacén.

Joel tenía 6 años. Dos días después del granizo, tocó un cable caído por la tormenta y falleció con las manitos quemadas. La ambulancia llegó tres horas después y no permitió que ningún familiar lo acompañara. Joel fue velado en la casilla de un vecino porque el lugar ofrecido por la Municipalidad quedaba lejos y no es fácil pagar un taxi en el sur del sur, al costado del costado.

La mamá de Joel, Cintia, tiene 25; el padrastro, Sixto, 22. Ella, empleada doméstica; él, albañil. Quizás piensen que está bien no tener nada, que al ser paraguayos en otro país, tienen que estar agradecidos. Quizás acepten la idea de que siempre hubo pobres y que a cada uno le toca lo que le toca; que si Dios decide llevarse a Joel, por algo es. Vaya a saber uno por qué, pero cuando el diario Hoy los entrevistó una semana después, aún sin fuerzas para ir al cementerio, no hablaron de reclamos ni demandas. EDELAP, que dos días después de la tormenta no había quitado el cable caído, se excusó: “La operatividad técnica de la empresa llega hasta el medidor comunitario de 609 y 115; desde ese punto hacia aguas abajo no es responsabilidad de la distribuidora”. No había “indignación” ni en Sixto ni en Cintia, sólo dolor: “haga lo que haga, nada nos va a devolver la vida de nuestro hijo... que haya justicia”. Aunque la desidia y el desprecio, le quitaron un nene de 6 años a una familia de la extrema pobreza, sin derechos ni necesidades básicas; no hubo tapas de diarios, móviles en vivo, cortes de ruta ni “puebladas” espontáneas.

¿Qué nos moviliza? ¿Qué nos indigna? ¿Qué es lo que enciende la mecha de la bronca argentina? ¿Por qué la suba de un impuesto levanta del sillón a miles y no lo hace el precio de la salud? ¿Por qué la soberbia y los tacos aguja de la Presidenta pueden más que el hambre de millones, la desocupación de millones, el olvido de millones? ¿Por qué no dan ganas de apagar la tele y arriesgar la entereza de una cuchara y el fondo de una olla para acompañar la Marcha de los Chicos del Pueblo que denuncia que hay chicos que se mueren de hambre? ¿Qué destruye la ya acostumbrada apatía política y lleva la discusión al almacén, al taxi o a la familia?
Hay una parte de la Argentina que espera salidas espontáneas a 7 y 50 o Plaza de Mayo. Joel, Jorge Julio López... Las cacerolas, si están vacías, suenan más. Y, lamentablemente, de esas sobran.

Javier Sahade

Pampa adentro
“Habría que pasarlos por arriba con los tanques”. Era extraño oírlo decir eso. “El Pampa” no era un hombre resentido, ni partidario de las botas, aunque –como siempre aclaraba- ninguna revolución se hace sin sangre. Pero él sabía que la sangre que fluye, la que aún suspira, ancestral, desde el fondo mismo de la tierra, es la de aquellos que sólo sirvieron para poner el cuerpo a las batallas de otros. Los mismos que histórica y sistemáticamente fueron arrojados al olvido, tras los triunfos independentistas. La independencia que se les volvió en contra. Se lo veía absorto, apoyado en un tronco que estaba tirado a la vera de la ruta, observando un paisaje insospechado. Nunca, con sus sesenta y pico, se había imaginado que iba a contemplar algo así. Decenas de hombres con sus autos y camionetas interrumpían el tránsito. Proliferaban las bocinas y los celulares. Sí que metían ruido. Botas, camperas y cocodrilos en las chombas. No eran los desocupados de la quebrada Adidas ni los que sobreviven con el plan Jefes y Jefas. No eran los que cobran la pensión graciable; ni la mínima del Anses; ni los que hacen largas colas para conseguir un pasaje para ir al policlínico de La Plata. Ellos –pensó- no tienen bocinas ni celulares, ni botas, ni cocodrilos, ni vacas.

Sí, en cambio, estaba Juanjo. Él tampoco tenía vacas, pero el pedazo de campo que le había dejado su padre -el gringo más laburante que se haya conocido en estos pagos- le daba una renta segura cada mes, al alquilarlo a un pool de siembra.
“¡Cuidémonos de los infiltrados, cuidemos esta unión entre la ciudadanía y los productores!”, vociferaba un dirigente local a un canal nacional de noticias. Era extraño ver, en la pantalla, a Las Flores como uno de los pueblos donde con más vigor se materializaba la protesta agraria. Nunca antes había habido una pueblada semejante. Ni siquiera cuando las textiles cerraron sus puertas y miles de trabajadores se quedaron en la calle. Nadie cortó la ruta por ellos. Ni por los comerciantes que quebraron. Tal vez será porque hay distintos tipos de pueblo. Hay sectores que tienen cómo meter miedo, hacer ruido, convocar a los medios.

Sectores que se sienten con derecho a los derechos. En cambio, hay pueblos silenciosos. Saben que están solos. En el 2001, cuando el trueque volvió a Las Flores, en esas largas mesas donde se ofrecían desde ropa usada hasta tortas caseras, no se vio a los que hoy están sobre la ruta exigiendo más rentabilidad. Estaban las amas de casa, los empleados, los jubilados y los jóvenes ávidos de fábricas y oportunidades. Ellos no saben de exportaciones ni de retenciones. No tienen el poder de convocar a la televisión. No tienen trabajo ni tierra. Esa tierra que sabe de sus sudores. Esas extensiones fecundas que llenan de verde los ojos de algunos y las billeteras de otros. Por unos minutos, “El Pampa” pensó en aquellos que se enardecieron cuando Perón creó el IAPI. Recordó el ´55 y los temblores que nunca dejaron de sacudir al país. Pensó, en silencio. Hizo un pozo con el talón, tiró el pucho, alisó el piso y se fue, pueblo adentro.
Margarita Torres

Tranqueras
Mientras todo el mundo hablaba del conflicto del campo, el hijo de un acaudalado terrateniente de la pampa bonaerense expresaba alrededor de una ronda de whiskies: “Yo tengo una mentalidad distinta a la de mi viejo. Si la soja destruye el campo ok, vamos a ver cómo hacemos, pero tampoco voy a perder plata por cuidar la tierra”. La convicción con que dijo lo que dijo fue aterradora. Y reveladora, tal vez, de una nueva generación de productores rurales que pretende llevar su celosa autarquía hasta límites cada vez más sórdidos. ¿Será éste el desolador futuro que le espera al país motorizado desde el generoso, valiente y eficaz impulso del campo? 
Unos días antes, junto al benjamín de una familia poseedora de grandes extensiones de tierra, pude ver por TV las secuelas de la última gran inundación en La Plata. Al muchacho le causó mucha risa el lamento de un cartonero que había perdido todo su cartón a causa de las intensas lluvias. En su divertimento había, más que otra cosa, un mórbido sentido de la sorpresa: nunca se le hubiera ocurrido que alguien podía llorar por cartón mojado. Pero sí, claro que podía.

Desde la feliz y próspera burbuja agro-ganadera, pincelada con lujos de llantas cromadas, carrocerías épicamente embarradas y llaves Chevrolet girando en cuenta-ganados, el campo (quienes llevan sus riendas) observa a los otros. Nos mira desde la soberbia de pretenderse el único y omnipotente motor de la historia productiva de la nación. Desde esta lógica, todo lo que pase fuera de su órbita es visto como cosas de parásitos que “viven del campo”. Estudiantes, obreros, empleados públicos y cartoneros, da igual.

No hay un solo conflicto entre dos bandos. Los caminos se cruzan y se bifurcan, se fibrilan todo el tiempo en una intrincada red acorde con la  compleja conformación del tejido social argentino. Pese a esto, el campo continúa en su afán de hacer todo lo posible para preservar herméticos los candados de sus tranqueras.
Laureano Debat

Biasatti, De Angeli y la costurera de Wilde
Duele la cabeza. El control remoto de la tele no para ni un instante y lo que se ve y escucha, causa miedo, activa los recuerdos más dolorosos. Por más que parezca exagerado, y que los propios amigos más jóvenes te acusen de descolgado, siento que con el lockout del campo el país transitó por una situación pre golpista. Los que ya pasamos la barrera de los 50, vimos esas mismas imágenes en el ’66 y en el ’76. Y vimos periodistas con cara de Biasatti –ni qué decir de los lobbies de Grondona-, contarnos que un presidente era lento como una tortuga, o que, más tarde, había una desequilibrada manejada por el entorno. Ahora se trata de una “con… chuda montonera”, soberbia y que no entiende nada.

No jueguen a imparciales, si sabemos que se trata de defender a los emporios agrícolas, que aportan una parte sustancial de la facturación de los grandes medios. Por debajo de ellos, los movileros descubren ahora que hay piquetes buenos, de gente rubia y con cacerolas relucientes. Los llaman “ciudadanos” o “vecinos autoconvocados”, mientras que los que defienden al gobierno son “militantes pagos” o “fuerzas de choque”. Están con sus cámaras en Santa Fe y Callao antes de que lleguen las caceroleras, o en los cortes de rutas de todo el país con un despliegue de tecnología que no merece ninguna protesta docente o un piquete de hambrientos de tez oscura.

Reaparecen los defensores del mercado y se escandalizan como si este gobierno, apenas de centro-izquierda, fuera la reencarnación bolchevique, porque les quitan un pedacito de lo mucho que ya cobraron. Los dueños de la riqueza, los que manejan en los escritorios a los gobernantes de turno, salieron al ruedo para defender sus ganancias. Se saben dueños del país y, como siempre, utilizaron a miles de otros argentinos que pelean por otros intereses, diferentes y más pequeños, pero que les sirven para la extorsión. Esta vez con formato de “te dejo sin comida así vos también pataleás”. Claro que De Angeli no es lo mismo que Miguens: uno representa a pequeños productores y el otro sí es uno de los dueños del país y juega sus fichas para su bando de 300 apellidos que nos viven jodiendo en dictadura o en democracia. Pero lo que también quedó claro es que con su carita de preocupado, desde su trinchera de Gualeguaychú, el pequeño decidió jugar con el pez más grande, sin pensar ni un instante en los que nada tienen.

Por eso, también debe quedar claro que, a pesar de su pequeñez productiva y de que, a diferencia de Miguens, De Angeli es uno de los tantos tipos que se pelan la espalda laburando la tierra bajo el sol, el sector al que representa no es uno de los abandonados del sistema como sí lo es una costurera de Wilde, un desocupado del barrio Aeropuerto, un aborigen del Chaco o un peón rural de Añatuya. Sin embargo, a estos últimos, los dejaron a propósito sin comida durante tres semanas y, luego, con un aumento de precios, más desprotegidos de lo que estaban.
Duele la cabeza. Debe ser porque se le meten dentro, peligrosos y acechantes, otros recuerdos del pasado. Duele el alma.
Carlos Fanjul

Hablan los dueños de las penas
“El que pasó fue el paro de los dueños de la vaca y nos parece bien que reclamen los derechos de ellos, pero que sepan que nosotros también reclamamos los nuestros. Nosotros tenemos puesteros en Loma Verde, por ejemplo, que cuidan 400 o 500 novillos, y les pagan 600 pesos por mes. Y a veces menos. Pedimos un aumento de salario de acuerdo al costo de vida, por eso estamos recorriendo y charlando para largar un paro nosotros. Y vamos a largarlo. Si los empleadores largaron el paro para ganar más dinero, ¿por qué no vamos a hacer paro los trabajadores rurales que estamos ganando 12 o 15 pesos por día en 12, 13 o 15 horas de trabajo? ¿Cómo puede vivir una familia tipo en esa situación? De esto se tienen que dar cuenta el gobierno y también los dirigentes del sector. Porque todos vieron cómo los empleadores llamaron a sus empleados a que los acompañen al corte de ruta. A mí me llamaron trabajadores de un vivero muy conocido para preguntarme ‘Tocho, nos están diciendo los patrones que salgamos a la calle, ¿qué hacemos?’ Y yo le dije: ‘Salgan, pero primero pidan el blanqueo y el aumento que les están debiendo desde hace años’. En la zona, Gorina, Colonia Urquiza, Olmos, en Correa, vamos recorriendo y creando conciencia. Aprovechamos para hacer reflexionar a los señores empleadores y al gobierno, y al Ministerio de Trabajo, que hay compañeros que piden a gritos inspecciones. Tenemos compañeros enfermos, porque están curando las plantas o cosechando hortalizas sin la protección que el empleador les tiene que dar. Porque sino el trabajador rural es como el burro: le muestran la zanahoria y nunca come. Los domingos, por ejemplo, llueve, truene o caigan piedras, el obrero rural tiene que hacer la carga para ir al mercado. Porque no está organizado tampoco el mercado. Y nos estamos dedicando a estudiar cuánto sale un novillo en pie y cuánto le pagan al obrero. En una hectárea de lechuga, ¿cuantas jaulas salen y cuánto le queda al obrero? Y por otro lado los chicos... Chicos de 6 o 7 años en la finca; demasiado trabajo infantil. Tienen que entender cómo son las condiciones de vida del trabajador rural: los excusados todos llenos de mierda… Una cosa es imaginar esa situación y otra muy diferente es verla. Los trabajadores del campo vamos a hacernos escuchar. Somos los que casi no tuvimos voz en esta, el que está en el surco con la cola para arriba o el mencho de campo, el mensual de campo de la estancia…Tenemos que preparar la harina, hacer la salmuera, poner el grano, amasar… Lo estamos trabajando, pero el paro se viene”.
Victoriano “Tocho” Torres
Secretario general del SITRE (Sindicato de Trabajadores Rurales, Estibadores y Afines– CTA), de la provincia de Buenos Aires.
(Testimonio recogido por Pablo Antonini)

 

El regreso de la política

Hace diez años, la palabra retención no existía en nuestro vocabulario cotidiano. Era atrevido quien cuestionaba la convertibilidad y bastaba combatir la corrupción para merecer el mote de progresista.

Retenida estaba la política; parecía pecado discutir la cosa pública. De un tiempo a esta parte, entre piquetes y cacerolas y medidas impensadas de gobiernos inesperados, la política resurgió. Lo hizo, claro, sobre los restos de una sociedad fragmentada, quebrada por el miedo y por el hambre, donde muchos reclamos se denominan a-políticos como si eso los hiciera más legítimos, y como si fuera cierto.
La política florece ahora entre los escombros de 15, 20, 32 años de silencios y eufemismos, y los resabios de su aplastamiento todavía se sienten.
Así fue que dijeron –y dejamos decir– el campo, como hace rato hablan de los mercados y la gente. Y lo dijeron como si el campo fuera uno sólo y no mil realidades, desde el peón explotado y el pequeño productor que alquila su tierra hasta los grandes especuladores de la soja y los históricamente golpistas de la Rural.

Dijeron espontáneas a marchas que como mínimo fueron convocadas por locutores de televisión. Y lo dijeron como si espontáneo fuera sinónimo de bueno y la organización fuera espuria, corrupta y peligrosa.
Dijeron caos vehicular, y ya hartan cada vez que reducen un conflicto social a un problema de tránsito.

Dijeron dueños de la tierra, pero no hablaban de los pueblos originarios (habría que hacer una historia de la propiedad de la tierra), ni de todos los ciudadanos del país, dueños de su suelo.

Pero también –entre tanto palabrerío– volvieron a escena palabras relegadas.
Se mencionó la lucha de clases, aunque más no fuera para aclarar que el peronismo cree que es posible conciliar ricos y pobres.

Se habló de generales mediáticos y de un lock out a la información, aunque lo denunciara el mismo kirchnerismo que regaló diez años de changüí a las licencias de radiodifusión basadas en una norma que parió la dictadura.

Enhorabuena; volvió la discusión política a la mesa cotidiana, y el debate amplió su agenda. Se nominó la sojización como un problema grave del país. Alguno recordó a la Junta Nacional de Granos, una herramienta de política económica que Menem y Cavallo sepultaron por decreto. Otro se animó a hablar de soberanía alimentaria. Y no fueron pocos los que dijeron y repitieron la expresión distribución de la riqueza.
Me gusta oír que plateen ese tema, aunque espere algo más y quiera gritar que no basta con sacarle a Monsanto para darle a Techint.

Por ahora, bienvenido sea que una medida fiscalista –insuficiente para distribuir riqueza y suficiente para unir (oli)garcas con humildes campesinos– haya resucitado esas palabras. En fin, bienvenida sea la política.
Daniel Badenes

 

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