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NÚMERO
57 - MARZO 2008
Dale Abue, contame un cuento
Había una vez…
Un grupo de abuelas y abuelos desarrollan una experiencia en la que, a través de la lectura de cuentos, introducen a los más pequeños en el placer de la literatura. Con un fuerte contenido social, lo hacen en escuelas de la zona y hogares infantiles, y también llevan su arte hasta chiquitos internados o personas adultas imposibilitadas de ver o de escuchar. La idea no pretende ocupar el propio tiempo vacío, sino envuelve la firme convicción de seguir dándole a los demás.
Por Carlos Fanjul
“Mucho se habla de la tercera edad, de generar actividades para llenar las horas del sector pasivo, y yo digo que de pasivos no tenemos nada, y, en cambio, esto no lo hacemos para llenar nuestras horas, sino para, activamente, seguir entregando cosas a los demás, en especial a la comunidad más desvalida”. Esther Dolían habla cuidando cada término, cada idea. Como si en la charla con La Pulseada estuviera contando uno de sus cuentos, sabiendo por lo intenso del relato que la platea goza de la trama y se resiste a que llegue el temido “colorín, colorado”.
De eso se trata el andar de este grupo de mayores que al paso del almanaque lo acompañan con una tarea cargada de aspectos artísticos y literarios, pero, también, de un fuerte sentido social. Son las Abuelas y Abuelos Cuentacuentos, que desde la Biblioteca Euforión parten en todas las direcciones imaginadas, con sus libros debajo del brazo y la inclaudicable propuesta de llevar contenido y placer a los pibes de las distintas barriadas platenses.
Junto a Esther, también participan de la rueda de mate Mabel Cosentino, Beba Santillán y Hugo Petró, quienes son las cabezas visibles para la nota de un grupo que también integran Maria Rosa Rodríguez, Lucía Tirone, Marta Reclusa, Liliana Benítez, Mirta Santoro, Marta Santillán y Graciela Bernasconi.
“Aquí no hay cargos. Somos todos vocales, porque no hay consonantes. Es un grupo maravilloso en el que no existen las envidias, ¡y eso es raro habiendo tantas mujeres!”, enfatiza Beba Santillán y lo que al instante suena como una fuerte autocrítica al género, de inmediato, desmalezadas las palabras, invita a meterse en el objetivo cotidiano que propone este grupo de personas de la tercera edad, como algún político calificó alguna vez a quienes desde los sesenta y pico pelean por sus ideales desde la sabiduría que da el tiempo vivido.
Y lo demuestran con un enorme empuje. Son muchas horas de trabajo previo. Cada integrante del ocupa mucho tiempo en leer y leer, buscar y buscar, hasta encontrar el cuento a interpretar. El que diga algo, el que mueva alguna cuerda interna de quien escucha y, como coinciden todos, el que provoque placer. “Al comienzo buscábamos el que dejara alguna enseñanza, alguna moraleja, pero luego vimos que tenía que provocarle algo a uno para poder provocarlo en los demás. Queremos que el niño o el adulto sientan el placer del relato. Es un momento de mucha comunicación entre el que cuenta y el oyente. Es un ida y vuelta fantástico. Los chicos se quedan escuchando, maravillados, quietitos, disfrutando”, coinciden.
Los cuatro explican que el trabajo de base, desde siempre, fue ir a las escuelas con el propósito de que los chicos gusten de los libros, a través de los cuentos: “Incentivar el hábito de la lectura y acercarle al chico una posibilidad que tal vez no tenga en su casa. Y también generarles la idea de redactar ellos su propio cuento. Lo hicimos por ejemplo en tres escuelas del Barrio Mondongo y, a su manera, con faltas de ortografía y con problemas de expresión, ya que eran muy pequeños, ellos también hicieron su experiencia”.
El grupo surgió allá por noviembre de 2000 y a sugerencia de quien en aquel momento presidía la Bibliotecta Popular Euforión, Héctor Santillán, hermano de Beba. La histórica entidad de la cultura platense venía trabajando activamente con su Bibliomóvil, una biblioteca ambulante con la que ofrecía visitas a escuelas de la periferia con un stock de libros para prestar, así como también videos educativos. La idea de sumar a la movida un grupo de personas que contaran cuentos a los pibes, generó que varias “muchachas” se pensaran a si mismas en esta nueva actividad. Se sumó Esther y algunas pocas más, que pudieron vencer ese primer impacto de presentarse en público para leer-actuar los textos elegidos.
Lentamente el grupo fue aumentando en el número y también en la diversidad de objetivos: “Eramos todas abuelas hasta que se sumó Hugo”, el primer y hasta ahora único abuelo del grupo.
¿Qué sucede? ¿A los hombres les da más vergüenza? “Yo creo que a todos nos provoca una sensación diferente -toma la posta Esther, profesora de música y habituada a tener una clase por delante- porque es un momento de mucha exposición y hasta es muy diferente al dictado de una cátedra, ya que se mezclan una lectura correcta con ciertas formas de interpretación, que a veces cohíben un poco. Yo por ejemplo, tenía mucho miedo al comienzo y comprendía lo que le podía estar pasando a los demás. Fijate que, si lo mirás bien, estás más expuesto con lo que antes yo hacía de tocar el piano y cantar delante de muchos chicos, que de leer un cuento, pero, sin embargo, aquel era un nerviosismo distinto”.
Sonriente, y siempre dispuesta a “meter la cuchara”, Mabel, que es ciega, hace una observación muy profunda: “Yo en eso corro con ventaja… Es que no veo la cara de quienes me están observando y sus miradas no llegan a inquietarme. Además, el ser ciega y desinhibida en ese momento, me hace más monigote, más expresiva. Revoleo brazos y hago gestos, y, al no verme, no me avergüenzo”.
Beba, que como Esther fue docente, y hasta directora de escuela, aporta que “hay que pensar que los que están enfrente son amigos, no que nos están evaluando”.
Aunque no le resulta sencillo, Hugo “pelea” a favor de la masculinidad y trata de que su voz se entremezcle entre las de tantas féminas: “Yo había ido a la presentación de un libro de Mempo Giardinelli, “El Placer de Leer” y, al final de la charla, una de ellas menciona al grupo de Abuelas. Me acerco y le digo a Beba “por qué sólo Abuelas” y ella me dijo que simplemente porque hombres no se habían sumado nunca. Me gustó el desafío y rápidamente me incorporé a las reuniones”.
“Me sentí muy cómodo desde el primer día –agrega-. Las fui conociendo a todas y siempre fue un grupo bárbaro. Muchas veces me pregunté el por qué los hombres no se acercan y no encuentro una respuesta definitiva. Contra todo machismo, a veces pienso que es porque el hombre es más pasivo y, en cambio, las mujeres, más activas, viven haciendo cosas, se animan más. Mirá, yo soy de ir a las marchas sociales y políticas, y ahí de cada diez, ocho son mujeres. Están en todos lados”.
Con los ojos del alma
Como queda expresado, el objetivo inicial fue difundir la literatura y acercar el material a quienes no lo podían tener. Sin embargo, en la propia marcha se fueron encontrando con otras necesidades a satisfacer. Leerles a los ciegos o armar jornadas de relatos con pibes de hogares, como el del Padre Cajade y de Pantalón Cortito, empezaron a cargar la agenda O llevar también la belleza de la narrativa a los chiquitos internados en el Hospital de Niños, para quienes la lectura toma forma de una caricia.
“Cuando Mabel se acerca y nosotros empezamos a leerle –cuenta Beba-, lo hizo con otros compañeros de la Biblioteca Braile, pero al final ella se quedó como una de nuestras principales integrantes”. “Yo soy una enamorada de los textos –añade Mabel-, lo fui siempre cuando veía y ahora lo sigo siendo. Para mí, las historias entran por el oído y se hacen mágicas. Cuando me enteré de la existencia de Abuelas, en el 2003, vine desesperada por escuchar lecturas. Me maravilló tanto, que me dije que yo tenía que hacer eso. Y aquí estoy”.
Y tanto está involucrada Mabel que ha pasado a ser una de las más activas. Tampoco ella lo hace para recibir, sino para dar. La mecánica es sencilla y también de gran confraternidad dentro del grupo. Beba es generalmente la encargada de grabarle los relatos para que ella los memorice, los interprete y se largue al ruedo, y ya en medio del “escenario” pase a ser la más histriónica de todos.
Y aquí aparece aquella otra faceta que irrumpió en el grupo en el medio de su andar: el trabajo con los chiquitos internados. Allí la cosa agrega a la difusión literaria, un profundo sentido maternal. Miércoles por medio, las Abuelas van al Hospital de Niños y “trabajan” de eso, de abuelas. La tarea se hace mucho más difícil porque a ellas las invade casi siempre el dolor y una sensación de angustia que, a veces acompaña a las contadoras por el resto del día. Por eso no van todos los miembros sino sólo aquellos que puedan vencer ese tremendo momento de dolor.
“A muchas de nuestras compañeras les hace mucho mal ese instante, por recuerdos o situaciones personales muy de adentro, y por eso preferimos que lo haga quien sienta que le puede hacer bien y que, entonces, lo pueda hacer bien”, explica Beba.
Claro, porque, como para todo, la situación en un hospital tiene sus propias particularidades, sus secretos. Contaron, por ejemplo, que hay veces en que el chico les toma fuertemente la mano y lo hace como un gesto de cariño, pero, también para que no las muevan ampulosamente. Ocurre que para los pibes allí internados, las manos representan el trabajo del médico, de las enfermeras, la colocación de una inyección tal vez…Y sienten miedo al verlas moverse. Entonces, allí el cuento tiene que volver a ser más intimista. Más compinche, como cuando nos era contado de pequeños…
Esther analiza que “el hecho de contar un cuento es un acto de amor, de comunicación total. Además esa supuesta brecha generacional que puede existir entre una abuela y un nieto, en realidad se transforma con el cuento es un gesto de complicidad inigualable. Es hermoso”.
Para Beba “cada espacio es diferente. En la escuela el chico goza con el cuento. Todo es alegría, a pesar de que también nos enteramos de muchos problemas que hay en cada establecimiento, en cada barriada. Pero en definitiva, el contexto de los pibes es de felicidad. En un hospital, en cambio, uno es el que tiene que llevar esa alegría. Buscar un cuento que irradie cosas felices. Hay que sacar a cada chiquito de su tristeza. A veces pasa que en una cama tenés a uno que quiere que le cuentes y al lado hay otro que van a operar y tiene una angustia tremenda. Hay que tranquilizarlos, darles afecto, mostrarles más cariño. No siempre es fácil”.
“Si a mí me dicen que no quieren cuentos -apunta Mabel-, me quedo y no empiezo, los respeto. El otro día uno no quiso, estaba como enojado. ‘¿Cómo te llamas?,’ le dije. ‘Gastón’, me contestó… ‘Ah, qué lindo… Yo, Mabel’, y antes de que siguiera, me mandó: ‘Qué feo’. En esos casos, empiezo a retroceder, hablo de otra cosa o voy a otra camita y me largo a contar. Y por ahí, al ratito ese pibe también se engancha”.
Con la cabeza y el corazón abiertos
Como queda claro, las Abuelas y Abuelos Cuentacuentos van haciendo camino al andar. Siempre pensando en nuevos receptores para su trabajo y, también, siempre pensando en nuevas formas de expresión. Beba grafica la idea: “Cuando se sumó Mabel y entramos en relación con los ciegos, se nos ocurrió hacer algo distinto, algo en grupo y más arriesgado. Allí comenzamos a hacer teatro leído para los ciegos, aunque luego también lo ampliamos a todo tipo de público y ya lo hemos llevado a cabo en diferentes lugares. Cada uno toma un personaje y lo interpreta, lo lee, como antes era en los radioteatros. Lo hemos hecho ante público adulto, pero ahora tenemos ganas de hacer también ante los niños. Lo pudimos hacer con la ayuda de amigos que hacen teatro y nos guiaron Es una experiencia muy linda”.
Esther añadió que “cuando la biblioteca Euforión cumplió 80 años, hicimos la vida de Carlitos Gardel durante un ciclo de cinco viernes de cuentos, al que invitamos a ‘cuenteras’ de La Plata, City Bell y Berisso. El último de los viernes nosotros hicimos esa historia de Gardel, en la que Hugo se lució interpretando a Carlitos y hasta cantando con pañuelito, sombrerito y todo. Ahí, de alguna manera también actuamos. Memorizamos el texto, gesticulamos, fue distinto. Vamos buscando nuevas formas de expresión. Y creo que lo vamos logrando por la propia esencia del grupo. Es muy integrado, nos queremos mucho. Ya es nuestro ámbito de pertenencia. Y en él reflexionamos, pensamos, nos contenemos. Imaginamos y proyectamos”.
Y de esos proyectos van surgiendo nuevas formas de dar. El mayor conocimiento público que el grupo va teniendo, hace aumentar la cantidad de invitaciones o de pedidos que van llegando y así las “cuenteras” han ido con sus libros a comedores en barrios muy humildes, o últimamente a la Cárcel de Mujeres número 43 de Los Hornos, donde muchas reclusas están internadas con sus propios niños. “Nosotras queremos ir a todos lados y a todos los pedidos les contestamos que sí. Después viene el problema de cómo afrontamos tanta tarea, pero nos gusta y de alguna manera cumplimos con todos”, explica Beba, y añade Esther: “Por eso nos gustaría ser muchas más: que más abuelas, y también abuelos se sumen a nuestra reuniones. Y se animen a recorrer lugares contando cuentos”.
En esos encuentros se hace un poco de todo en materia organizativa, pero también el tiempo sirve para ir mejorando día a día. Según explican, la intención es ir buscando el perfeccionamiento y para eso han hecho cursos de teatro y también de lectura, en procura de pulir la técnica del relato. Esther aclara que “el cuento puede ser leído o memorizado; es tan válida una forma como la otra. Pero para todo hay que practicar, mejorar. No es sólo decir, sino también transmitir. A veces la primera vez lo leemos de una manera y luego la vamos cambiando, la vamos adaptamos a nuestras formas de decir”. Hugo agrega que “en este momento estoy leyendo un libro que me prestaron, ‘Cuentos para Jugar’. Son todos relatos con finales abiertos; cada uno te da tres finales distintos y al pie de página te sugiere uno, que por ahí no es el que elegís vos. Es como jugar con el texto y proponerle al oyente que también participe. Puede ser muy interesante, pero por ahora lo estoy trabajando”.
Las Abuelas -”Y Abuelos”, aclaran a cada momento- no paran de proyectar, de buscar nuevas posibilidades de expresar y de dar y para ello buscan también formas más modernas que abren variantes superadoras. Por ejemplo, están siendo asesoradas para incursionar en el mundo de la web. “Estamos armando un blog –cuenta Beba- para poner nuestras actividades y también para llegar a más gente, incluso a otros ciegos favorecidos por los nuevos sistemas creados para ellos”.
¿En esto de ampliarse hacia todos, estarían faltando aquellos que no pueden oír? “¡No, tampoco –salta Esther-; ya lo hicimos también! Habíamos ido a un jardín, y sus autoridades a su vez invitaron a chiquitos de otra escuela que era para sordos. Y mientras nosotros contábamos el cuento, una de las maestras lo transformaba en el idioma para ellos. Así que hemos hecho de todo. ¡Y seguiremos haciéndolo!”.
Historias de cuentacuentos
En las recorridas del grupo por distintos “escenarios”, aparecen mil historias que van también tejiendo la trama íntima del grupo. Su ideario. Aquí compartimos algunas:
- “Hace poco fui a Arturo Seguí y las maestras me advirtieron que contara cuentos sólo de perros, gatos o pajaritos, no de otros animales. Pregunté por qué y la respuesta me conmovió: Porque los chicos no conocen el zoológico. ¡No saben cómo son los demás animales! Me causó una tristeza enorme, me quedé sin reacción. Y pensé en otra cosa: en que había que conseguir un micro para llevarlos al Bosque, para que conozcan ese otro mundo. Ahí andamos organizando también eso”. (Mabel)
- “La primera vez que fuimos al Hospital de Niños, Mabel se sentó en medio de dos camas; había un chico a cada lado y uno de ellos, que estaba enyesado, le dice ‘Yo a vos te conozco, fuiste a mi escuela en Berisso y me contaste un cuento de la sardina. ¡Dale contámelo de nuevo!’. Ni se lo acordaba y tuvo que salir del paso”. (Beba)
- “Yo siempre digo un verso de Antonio Machado, y el otro día me pasó algo muy gracioso. El verso dice: ‘La plaza tiene una torre/ la torre tiene un balcón/ el balcón tiene una dama/ y la dama una blanca flor. / Ha pasado un caballero/ quién sabe por qué pasó/ se ha llevado la plaza, con su torre y su balcón/ con su balcón y su dama/ con su dama y su blanca flor’…Y un chiquito me grita: ‘Con esa harina, mi abuela me hace las tortas’ “. (Mabel)
- “Nosotros vamos y les contamos el cuento, y luego les pedimos que nos devuelvan con algo. Puede ser otro cuento, una canción o lo que sea para que también se expresen. Un día un chiquito del fondo me mandó: “¡Yo te cuento uno de Jaimito!”. Y la maestra casi se muere…”. (Beba)
- “Tiempo atrás pensamos en trasladar a la escritura Braile algunos textos para mis otros compañeros. No era sencillo hacerlo porque era mucho trabajo y nos ofrecieron que lo hagan algunos internos de un penal. Fueron algunos amigos para enseñarles, llevaban todos los elementos, un punzón por ejemplo, y en la entrada le dijeron que con eso no podía ingresar porque era como un arma. Entonces le explicaron que no, que era el elemento necesario para la escritura creada por Braile, y el guardia de la puerta le contestó: “Bueno, que venga Braile…”. (Mabel)
Las Abuelas y Abuelos Cuentacuentos se reúnen todos los miércoles a las 17.30, en la Biblioteca Euforión ubicada en diagonal 79 Nº 371. Allí, o en el teléfono 483-4270 atienden con gusto a todos aquellos que se animen a entrar en el mágico mundo de contar cuentos. También hay mates y alguna factura, para ir matizando mientras se deciden.
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