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NÚMERO
56 - DICIEMBRE 2007
Esta basura se está pudriendo
SE VIENE EL ESTALLIDO
Nos tapó la basura. Las ciudades revientan de desperdicios, con sus pestes y su contaminación. La política del ta-te-ti va paseando los residuos por el mapa provincial. Muchos protestan para exigir soluciones; otros tantos sobreviven del basural; y algunos mantienen un súper negocio. Centros y periferias de un agujero social antiguo, síntoma y metáfora del capitalismo, que no soporta más parches. Y algunas rendijas de esperanza
Por Milva Benítez; Erica Aisa; Noel Jolivet;
Candela Albariño Silvano; Josefina López Mac Kenzie
María Elena cumplió 59 años el 19 de noviembre, el mismo día que la ciudad que orilla a diario para poder comer. Trabaja de cartonera desde muy joven, y sigue tirando del carro pese que le robaron el caballo y está enferma del corazón. “El médico me dijo que deje el carro porque sino el carro me va a dejar a mí”, cuenta. Cada mañana, muy temprano, sale a rescatar basura por La Plata, Villa Elisa, City Bell. “Por donde venga”, sonríe. Y al anochecer, cuando la luna platea las calles, vuelve a Berisso. Allí, en el fondo de su casa de aglomerado y chapa, separa el plástico del hierro, el papel y los vidrios que juntó, para vender en los depósitos del barrio.
Así, obtiene algo de dinero para ella y su numerosa familia, y evita que esos desechos se sumen a los 15 millones de kilos de basura que se acumulan por día en el área metropolitana, que abarca la región de La Plata, el Conurbano y la ciudad de Buenos Aires.
Lo que María Elena y los demás cartoneros, carreros, cirujas, botelleros, chatarreros o recuperadores de residuos no llegan a rescatar, engrosa las montañas de desperdicios que contaminan y enferman a los vecinos de González Catán, Ensenada y José León Suárez, los inmensos basurales oficiales. A esos lugares, elegidos como dañinos parches, llegan los desechos que producimos los más de 12 millones de habitantes del área metropolitana. En esos sitios no hay estudios de impacto ambiental ni hay familia que no tenga un miembro con neumonía o hepatitis, o con escamas, ampollas y llagas en la piel. En Catán, por ejemplo, “a metros de la gente, las montañas de basura llegan a 40 metros de altura. Visto de cerca, asusta. Es impactante verlo… Al amanecer, hay una fluorescencia sobre esas montañas: son los gases que despide el relleno. El olor es insoportable”, describe Horacio Gómez Lenti, de la Asamblea de Vecinos Autoconvocados de esa localidad.
El drama de la basura ha alcanzado dimensiones inquietantes para la salud y el medio ambiente. Los chicos y adultos que día y noche hormiguean por las sobras urbanas para sobrevivir, así como la dura pelea que vecinos de las localidades-vaciadero vienen sosteniendo contra las autoridades, son elocuentes al respecto.
Un viejo tormento
El conflicto entre el hombre y el monstruo de los residuos urbanos no es nuevo. En la Buenos Aires del siglo XIX, la disposición final de la basura fue un problema para las autoridades y para los vecinos, que convivían con mugre y olores nauseabundos. Para resolver la cuestión, aparecieron inicialmente los "huecos" (baldíos donde se volcaban los residuos), y tiempo después se optó por la quema o incineración a cielo abierto. Según la socióloga Verónica Paiva, alrededor de 1860 la municipalidad de Buenos Aires contrataba a empresarios para que trataran la basura que recogían los carros de limpieza, y 20 años después, el vaciadero de la ciudad ya recibía 230 toneladas por día, que luego se quemaban a cielo abierto. Hace cientos de años ya asomaba el agudo problema de hoy: en la actualidad, la Ciudad Autónoma genera y expulsa hacia la provincia de Buenos Aires 5 millones de kilos de basura por día.
El actual tratamiento, por relleno, empezó a emplearse durante la dictadura que se adueñó del país en 1976. Se creó entonces la Coordinación Ecológica Area Metropolitana Sociedad del Estado (más conocida como Ceamse), una empresa estatal con capital accionario compartido entre los gobiernos de la provincia de Buenos Aires y de la entonces Capital Federal, para que se encargara de los residuos (ver cuadro “Ceamse, el gigante de la basura”). Pero la basura no para. Un habitante de nuestra región produce, en promedio, 1 kilo de basura por día (aunque los que más generan son los sectores de mayores recursos). En el primer trimestre de este año, el volumen de desechos que ingresó en los rellenos superó en 12 millones de kilos al de igual período del año pasado. Las grandes concentraciones urbanas y los países más desarrollados, encabezan el ranking de cantidad de basura producida, y el de los residuos más contaminantes. Saturadas de gente y consumo, las ciudades rebasan de desperdicios mientras se multiplican los intentos para hacer invisible lo imposible: los cartoneros, la basura y su impacto ambiental, y las escasas soluciones de los gobiernos, que no encuentran alfombra donde esconder el problema.
Rellenos “sanitarios”
Desde que se impuso el modelo vigente de gestión de la basura (vertederos administrados por la Ceamse), las comunas del área metropolitana se ven obligadas a entregar los residuos y pagar a la empresa entre 20 y 40 pesos por tonelada. Alfredo Peñalva, de la Asamblea de Vecinos Autoconvocados de Punta Lara, sintetiza: “Esa entidad tiene el monopolio de los residuos en el GBA, establece las pautas de tratamiento y recolección y tiene la facultad de cobrar por ese servicio una tasa de depósito de disposición de residuos. Está prohibido que un municipio pueda establecer una pauta de reciclado o de tratamiento propia sin su autorización” (ver cuadro: “Negocio asegurado”).
Hasta 2003, el Conurbano tenía en Villa Domínico el basural oficial más grande y activo de América Latina. Su clausura fue un logro de las Madres de las Torres, de un barrio populoso de Wilde, que durante años lucharon para demostrar que sus hijos morían de cáncer y leucemia, y sufrían ampollas en la piel y enfermedades respiratorias por convivir con plomo, níquel y restos de residuos peligrosos que ingresaban sin control al relleno que tenían a metros de sus casas. Pero la contracara de esa victoria popular fue que los otros tres rellenos que la Ceamse tenía en funcionamiento (Ensenada, González Catán y José León Suárez), se convirtieron en los anfitriones de la basura que recibía Domínico. “En abril de 2003, en Punta Lara vimos llegar camiones de Capital Federal, Avellaneda, Quilmes, Florencio Varela, Berazategui…”, recuerda Peñalva.
Los vecinos de los rellenos saben como nadie lo que es la vida al lado de un megabasural. Por eso se organizaron y se pusieron a estudiar. “Hemos tenido que aprender procedimientos técnicos, métodos de reducción, normativa, un montón de aspectos, para defendernos. Y seguimos haciéndolo”, se enorgullece Sergio Conlon, vecino de Brandsen (una de las localidades que el gobierno saliente barajó como posible nuevo relleno). Desde Punta Lara denuncian que la Ceamse estuvo “más de 25 años contaminando, depositando residuos sin cumplir normas para evitar, por ejemplo, filtraciones hacia las napas. Y nadie controló. Encima violan la ley de residuos sólidos urbanos, que establece que no se puede depositar desperdicios en zonas bajas”. También dicen que la Ceamse se comprometió a hacer una planta de tratamiento y reciclado, y a plantar árboles para sanear las consecuencias de la contaminación, y no cumplió.
Los rellenos "sanitarios" (paradójica forma de nombrar a focos infecciosos de los peores, que no fueron higiénicos ni en sus inicios como "solución" para la basura) generan más de 67 tipos de gases -muchos, cancerígenos- y líquidos con contaminantes orgánicos y sustancias tóxicas. De ahí las diversas medidas de fuerza que protagonizaron las asambleas de Catán y Punta Lara, que instalaron en la agenda temática el riesgo que constituyen los rellenos y obligaron a las autoridades a reconocer la saturación del sistema. Si se cumple lo pactado, algo casi imposible a esta altura, este mes cerrarían esos dos rellenos, y la totalidad de la basura metropolitana iría a parar a José León Suárez. Pero Catán decidió seguir con los reclamos: “El cierre es algo en lo que nunca creímos —asegura, escéptico, Gómez Lenti—. Exigimos el cierre pero también una nueva política de tratamiento de los residuos. No creemos que la solución sea, ni para Catán ni para ningún otro pueblo, seguir enterrando basura”.
Los rellenos no dan abasto
En los últimos meses, y en más de una oportunidad, la firmeza popular mantuvo bloqueado el acceso al relleno de Ensenada y el drama de la basura se hizo visible para todos. En las calles del Gran La Plata se acumulaban las bolsas que solemos olvidar una vez cruzado el umbral de la puerta. Se extendió al centro un problema que, en los lugares más alejados de la ciudad, allí donde los camiones de ESUR no llegan, o lo hacen esporádicamente, es una constante: los basurales clandestinos. Y la queja por los malos olores y el paisaje afeado creció en boca de todos.
Según la Ceamse, en el área metropolitana hay 105 basurales no oficiales, que acumulan residuos domiciliarios e industriales. La mayoría de ellos se identificó hace más de 10 años pero los municipios poco hacen para erradicarlos, porque no les conviene: hacerlo significaría pagar a la Ceamse por esa basura “extra”, y aumentar así la deuda que muchas comunas ya tienen con la entidad. Igual que en los rellenos, en todos esos basurales pueden encontrarse envases de agroquímicos y todo tipo de residuos peligrosos. Y también en todos hay adultos y niños hurgando por algo para alimentarse o vender.
María Elena está prohibida
Cuando María Elena entrega sus residuos en lo de Rodríguez, el depósito del barrio (los nombres fueron alterados para preservar la identidad de los entrevistados), vienen las camionetas “y se lo llevan y lo venden en las fábricas de Buenos Aires”, cuenta. Por lo que recoge, gana poco: “$0,35 el kilo de cartón; el diario, $0,25 y el papel blanco, $0,85; las botellas plásticas, $0,30; las sillas plásticas, $1.20; el cajón y el vidrio, $1.10”, detalla sentada en la puerta de su casa junto a una de sus nietas. Trabajar con los desechos ajenos es una actividad que la expone a peligros concretos (heridas y enfermedades, por la manipulación de hierros, vidrios y químicos, y accidentes de tránsito) y la muestra como representante de una clase excluida. "Yo ando con el carro porque me da de comer, pero no quiero que mi hija salga a cartonear... Ella es muy bonita", sentencia.
En los últimos años se multiplicaron las personas que, en carros tirados por caballos o con esfuerzo propio, deambulan las calles en busca de algo para vender o comer. Un caso emblemático es el de los “quemeros” de José León Suárez: unas 500 personas que recogen basura del relleno de la Ceamse, que está rodeado de asentamientos y villas miseria. A diferencia de lo que sucede en Ensenada y González Catán, los cirujas de este relleno conocido como "Norte III", quieren la basura y el acceso a ella, pues es su principal modo de subsistencia. Inicialmente, las autoridades provinciales y la Ceamse les prohibieron la entrada al relleno, pero ellos soportaron la represión policial e implementaron diferentes modos de lucha, desde ingresar clandestinamente de noche hasta asaltar los camiones antes de que entraran en el relleno o cortar el camino del Buen Ayre. Pero desde que, en marzo de 2004, Diego Duarte, un chico de 15 años, desapareció en ese basural (ver La Pulseada Nº 20 de mayo 2004) cuando intentaba protegerse de la persecución de los guardias de seguridad, los quemeros tienen permitido entrar una hora por día y llevarse lo que encuentren, ante una importante vigilancia policial. El paisaje se repite en diferentes ciudades, donde, a pesar de las prohibiciones, por la grieta de la basura asoma un sistema paralelo a la recolección formal, hijo de la pobreza y la indigencia.
La ruta de la basura siempre trazó el surco entre quienes viven y quienes sobreviven, entre quienes recaudan y quienes habitan la cruel zona ilegal, por su actividad. A principios de 1870, los concesionarios de la recolección y la quema de la basura en la ciudad de Buenos Aires comenzaron a presionar a las autoridades públicas para que persiguieran a los “rebuscadores” de residuos. Claro, los desechos comercializables eran el botín. En la actualidad, el asedio y la represión de que muchas veces son víctimas los cartoneros tiene sustento en el decreto-ley de creación de la Ceamse, que impide cualquier tipo de “separación o reciclaje previo, incluso por quienes tengan a cargo la concesión del servicio de recolección”, al tiempo que prohíbe taxativamente el cirujeo.
Desigualdad, legalidad y ecología se codean de diversas formas con la basura. En González Catán y Ensenada, Ceamse es sinónimo de “asesino”. En José León Suárez, los quemeros defienden la basura pero la Ceamse considera que ellos se apropian de recursos económicos que no les pertenecen, y los acusa de “intrusos”. Pero estos “ladrones” de comida en mal estado y chatarra son, en una sociedad que no para de consumir y excluir, agentes recicladores. Al juntar residuos sólidos urbanos, María Elena mitiga la incineración o el entierro, porque esos materiales reingresan al sistema productivo. "Todo después viene de nuevo -grafica ella-. El diario lo hacen de nuevo, al cartón roto lo hacen nuevo, y a las botellas plásticas también. Así es todo”. Pero, expuestos al riesgo, los más pobres siguen revolviendo las sobras de otros para hacer equilibrio en las periferias del consumo y de un mercado laboral que los deja al margen.
Decisión política y cambio cultural
Pasó el vendaval de elecciones y promesas, y el problema de la basura sigue. ¿Cómo salir a flote, cuáles son las alternativas para contrarrestar el colapso del sistema?
Ante la decisión de la Suprema Corte de Justicia de cerrar este mes el relleno de Punta Lara, el gobierno de Felipe Solá había propuesto perpetuar la política del ta-te-ti: tenía en vista la probable habilitación de predios en Brandsen y General Rodríguez para los "polos ambientales" (los “PAPS”) que establece la Ley de Tratamiento de Residuos Sólidos Urbanos, aprobada en diciembre de 2006. Pero apenas se conoció esa posibilidad, los vecinos organizados pusieron el grito en el cielo y la medida se detuvo; al menos, por ahora.
El tema queda pendiente para las gestiones del nuevo gobernador, Daniel Scioli, y del jefe de Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri. El primero se comprometió a definir cuestiones estructurales, advirtió que “la Provincia no quiere ser el basural de la Capital” y reclamó a los porteños reducir sus desechos. El segundo, anunció la posible instalación de hornos para incinerar parte de la basura que produce el área metropolitana y reciben los rellenos de la Ceamse; un viejo y controvertido sistema. Los que defienden esta alternativa sostienen que se emplea en el “primer mundo” como complemento a los rellenos, y que puede servir para generar energía eléctrica. Sin embargo, además de ser más costoso, el mecanismo no es menos contaminante: el combustible que utilizan los incineradores despide óxido de azufre, y por la combustión de la basura se emanan dioxinas y furanos, todos gases tóxicos. Al mismo tiempo, esta propuesta desalienta el proceso de separación y reciclaje de la basura; si bien se habla de crear programas que incorporarán a los cartoneros al proceso de tratamiento de la basura, es un hecho que con la quema no son agentes necesarios.
Por el lado de los vecinos, todos piden, como una solución a corto plazo, la implementación en cada municipio de plantas de transferencia que suplanten los rellenos sanitarios: los residuos recolectados por los camiones se transfieren a otros de mayor capacidad que los compactan y los transportan a un Centro de Disposición Final (CDF) ya existente, como el de Campo de Mayo. Pero sigue acumulándose basura, sólo que en otra parte. Horacio Gómez Lenti sostiene: “En este momento está aprobado un subsidio de 27 millones de pesos para construir una en González Catán. Son 27 millones de pesos para aplastar un poquito más la basura, sin ningún control. O sea, 27 millones más para ellos y ninguna solución para nosotros”.
Es por eso que los vecinos de Punta Lara creen necesario implementar paralelamente un programa de manejo integral de residuos sólidos en cada localidad que incluya la separación en origen, la minimización de la basura, su reciclado y compostaje, e incorporación al trabajo formal a los recuperadores urbanos. En ese sentido, en Brandsen, además de lograr frenar la instalación de un nuevo relleno, los vecinos asumieron la responsabilidad de intentar dar curso al reciclado de la basura. Suele decirse que este sistema requiere financiamiento externo, por sus costos. Sin embargo, esta comunidad se propuso el desafío de fomentar un cambio cultural: desde sus casas, los vecinos separan los desperdicios húmedos de lo que los recuperadores urbanos pueden vender (vidrios, papel, etc.). Afirman que así se reduce notablemente la basura que se lleva la Ceamse. Aunque aclaran: “La solución superadora es muy clara pero no la podemos dar nosotros: el gobierno tiene que dar fondos para que cada municipio pueda tener sus plantas de tratamiento de residuos y no tenga que llevar la basura a ninguna parte”.
Todos coinciden en que el proceso debe ser organizado a escala provincial y los municipios deben ser parte de ese proceso. “Para eso tiene que haber una decisión política de disolver la Ceamse y crear la Dirección Provincial de Reciclado, la única salida: que haya un servicio público, garantizado por el Estado, que no dependa de un negocio, que sea una actividad como la educación y la salud, que no dependa de la renta, algo que garantice un funcionamiento que no perjudique a la gente y que haga riquezas que se puedan recuperar y trabajo para mucha gente”, sostienen desde Punta Lara.
Negocio asegurado
La creación de la Ceamse, a fines de los 70, significó la privatización de un servicio público que puso los beneficios en manos de unos pocos y terminó por endeudar a las administraciones locales. En la región metropolitana, sólo 20 empresas privadas se dedican a la recolección y/o gestión de los rellenos adonde va a parar la basura que las comunas están obligadas a entregar. Es así, por ejemplo, que la Unión Transitoria de Empresas (UTE) Benito Roggio e Hijos y ORMAS SAICIC, que opera el relleno de José León Suárez, también tiene sus patas en el Grupo CLIBA que está a cargo de la recolección en regiones de Buenos Aires, Córdoba, Rosario, Neuquén, Bahía Blanca, Quilmes, Santa Fé, Ituzaingó, Tres de Febrero, San Isidro, Costa de Oro y Las Piedras -República del Uruguay-, según datos publicados por la propia empresa (www.roggio.com.ar).
El año pasado, los antropólogos Pablo Schamber y Francisco Suárez llegaron a calcular que los municipios del Conurbano pagaron a estas empresas alrededor de $270 millones, el gobierno de la Ciudad de Buenos Aires otros $140 millones sólo por recolección y, en su conjunto, los otros municipios de la región gastaron $80 millones por disponer de los residuos. Esto significa que la mayoría de las administraciones locales destina entre el 7% y 20% de su gasto total a engrosar los $500 millones anuales que se manejan en el circuito que, Ceamse mediante, le garantiza un negocio millonario a un grupo de empresarios.
Es así como se entiende que el jefe de gobierno electo de la Ciudad de Buenos Aires, Mauricio Macri, vinculado desde 1979 hasta la década de los '90 a una empresa recolectora que operó en la capital de la República, haya salido a quejarse de que los recuperadores urbanos le estaban “robando” la basura.
De una u otra manera, los cartoneros son el primer eslabón de una cadena marginal, en negro, seguidos por los depósitos o compradores de chatarra. Según Juan, dueño de un depósito creado en 1969, en Berisso y La Plata hay alrededor de 100 galpones donde se clasifica la basura hasta que llega a manos del intermediario, "que es el que simplifica un poco más la cosa". "Son el plastiquero y el papelero los que compactan la mercadería que se envía a las fábricas de Capital para que rinda más el viaje”, describe, a un paso del circuito en el que se blanquean los ingresos generados por la recuperación.
Ceamse, el rey de la basura
- La Coordinación Ecológica Area Metropolitana Sociedad del Estado (Ceamse) es una empresa estatal mercerizada, cuyo capital accionario comparten el gobierno de la provincia de Buenos Aires y el de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires. Se encarga del transporte, el tratamiento y la disposición final de los residuos sólidos domiciliarios de la Capital Federal y 32 municipios del Conurbano y del nordeste bonaerense.
- Area de influencia: 8.800 km.2 y 12 millones de habitantes.
- En la actualidad posee tres rellenos sanitarios: Norte III (en José León Suárez), Ensenada y González Catán.
- Volumen aproximado de residuos que maneja: 4,5 millones de toneladas por año, 380 mil toneladas por mes y 13 mil toneladas por día.
- Cobra por sus servicios una tasa de depósito de disposición de residuos ($20 o $40/tonelada).
- Opera desde 1978, creada por el decreto-ley 9.111 de ese año.
- Su presidente actual es Carlos Hurst.
- Sitio web: www.ceamse.gov.ar
Las ciudades-relleno
José León Suárez: el relleno Norte III recibe 360 millones de kilos de basura por mes. El acceso a este predio se encuentra sobre el camino del Buen Ayre, frente a un conjunto de barrios, asentamientos y villas miseria, en los límites de José León Suárez, partido de General San Martín. En marzo de 2004, Diego Duarte, un pibe de 15 años que buscaba restos de metal junto a Fede, su hermano menor, desapareció entre las montañas de desperdicios cuando fue corrido por los guardias de la Ceamse. Nunca se aclaró el hecho, ni se buscó a los responsables.
González Catán: en el borde del inmenso partido de la Matanza, corazón del Conurbano, donde terminan las vías del tren, los vecinos de Catán conviven con médanos de basura de 40 metros de alto. Por mes, a este predio ingresan 63 millones de kilos de desperdicios provenientes de los partidos del conurbano, como La Matanza, Esteban Echeverría, Ezeiza, Almirante Brown, Presidente Perón, Morón, Merlo, Ituzaingó y Hurlingham. En diciembre de 2005, los vecinos denunciaron a la Ceamse por contaminación y, tras la realización de las pericias, el juez a cargo de la causa, Juan Pablo Salas, del Juzgado Federal Nº 3 de Morón, aconsejó no utilizar el agua de Catán "ni para cepillarse los dientes", por la presencia de cromo, partículas metálicas, cristalinas y algas. Horacio Gómez Lenti recuerda: “Tras comprobar que el aire, el agua y el suelo están totalmente contaminados, llevamos un petitorio a la Casa de Gobierno de la Nación, y fue una vergüenza lo que prometieron. A Catán, con más de 163 mil habitantes, llevaron algo que nunca pedimos: un camioncito potabilizador, de Gendarmería, que repartía 5 litros de agua por familia, en un barrio que está pegado al predio de la Ceamse, totalmente contaminado, y pensaban solucionarles la vida así. El camión, además, estuvo una semana y se fue. Catán lo que necesita no es agua potabilizada: necesita agua corriente”. Según la promesa oficial, cuando salga La Pulseada de diciembre esté en la calle, este predio debería estar cerrado.
Ensenada: en el relleno ingresan más de 31 millones de kilos mensuales de basura, y las montañas que los acumulan superan los 23 metros de alto. Ubicado sobre diagonal 74 en la Localidad de Punta Lara, el predio recibe basura de La Plata, Ensenada, Berisso y de distritos como Magdalena, Brandsen, Florencio Varela y Berazategui, pese a que por la ley de creación de la Ceamse estos ingresos estarían prohibidos, por la distancia que deben recorrer. Este basural oficial está a 800 metros de los barrios Villa del Plata, Piria, El Molino y zona Costera y de la Selva Marginal; a un kilómetro y medio del barrio Vareadores y Autonomía, de El Dique; a 2 kiómetros de Tolosa, Ringuelet y Villa Castells, y a 5 kilómetros de Plaza San Martín de La Plata. La zona es inundable y de bañado por lo que, tras la insistencia de los vecinos, estudios realizados por la Autoridad del Agua bonaerense detectaron presencia de plomo y cadmio en la napa freática, que está a 40 centímetros de la superficie. Al igual que González Catán, en diciembre debería estar cerrado.
Villa Domínico: fue cerrado el 31 de enero de 2004, tras ser fustigado por la comunidad aledaña. Era el relleno más grande y activo de Latinoamérica. En cuanto al manejo de las tierras, las organizaciones de vecinos cuestionaron que la empresa Saneamiento y Urbanización SA (SyUSA), a cargo del control en el procesamiento de la basura, se quedara (tras el cierre y como indemnización) con las 230 hectáreas que estaban libres de basura cuando se había acordado que recibirían como parte de pago un tercio de las parcelas utilizadas como rellenos.
Una rendija de esperanza
En el interior bonaerense, donde no se imponen los rellenos de la Ceamse como destino para la basura, algunos municipios han impulsado experiencias piloto de reciclado para evitar la formación de basurales a cielo abierto.
A principios de la década de los '90, en Laprida, al sur de la provincia de Buenos Aires, se construyó la primera planta de clasificación y reciclado de la Argentina. En el programa participan los más de 10.000 habitantes de la comuna: los grandes se encargan de separar los residuos orgánicos e inorgánicos en bolsas de distintos colores y los chicos integran patrullas ecológicas que informan a los adultos sobre los problemas derivados de la basura.
Otros municipios, como Trenque Lauquen, se sumaron a dicha experiencia colectiva. Allí se reciclan los 18 mil kilos de basura que diariamente generan sus 30 mil habitantes, y las escuelas cumplen un papel fundamental. En los inicios, la tarea de concientización estuvo a cargo de 3.000 alumnos primarios y secundarios: no sólo realizaron una acción educativa en sus hogares, sino que encuestaron a los vecinos para conocer sus opiniones y su disposición ante el emprendimiento, ya que la adhesión al proyecto es de carácter voluntario.
Los resultados, hasta el momento, son óptimos. En ambas comunidades las plantas de separación y tratamiento, que recuperan el 40% de sus costos de lo obtenido por el reciclado, son manejadas por operarios municipales, que también sostienen las actividades anexas de recolección, barrido y limpieza, moliendas de escombros (reutilizados en obras municipales) o recuperación de los residuos orgánicos para abono. Son este tipo de experiencias las que echan un poco de optimismo, y las que miran los vecinos de Brandsen cuando le reclaman a su municipio que dé verdadero impulso a la política de reciclado que habían acordado, “porque suele pasar que las propias autoridades no asumen la responsabilidad, pero en este caso los vecinos hemos salido a la calle a hacer algo que es fundamental para esto: la educación”. A contrapelo de la política del ta-te-ti del Conurbano y la Ciudad Autónoma, que busca nuevos lugares para enterrar más desperdicios, he aquí un haz de luz.
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