NÚMERO 55 - NOVIEMBRE 2007

Reclusión perpetua para Christian von Wernich

NO CURA PERO ALIVIA

La condena al sacerdote que cometió decenas de delitos “en el marco de un genocidio” respondió a un reclamo de justicia que se inició hace décadas y a un proceso judicial que llevó cuatro años. Von Wernich tuvo un rol clave en los centros clandestinos de la dictadura. Durante tres meses, La Pulseadavivió cada jornada del juicio oral. Aquí, algunas historias de un caso que poco tiene que ver con un cura descarriado.

Por Daniel Badenes y Lucas Miguel

 

Salió del trabajo al mediodía y regresó a su casa donde lo esperaban para almorzar. Volvió a la calle para comprar pan y bebida en el almacén del gallego Manolo, desde donde vio la llegada de las fuerzas represivas. Tenía 22 y no había sido más que un militante de base de la Juventud Peronista. Hacía tiempo que la ciudad se había colmado de operativos.

–Mirá si me vienen a buscar a mí –dijo en broma, crédulo.

Pocos minutos después estaba en el piso de uno de los coches. Ya tenían a alguien en el baúl. Rubén Schell llegó a ver el rostro turbado de su madre, detrás de la reja, contemplando el secuestro. Más tarde, en el Pozo de Quilmes, sufrió un simulacro de fusilamiento. El martirio continuó más de tres meses. Cada tanto lo llevaban a una letrina. Cada tanto podía bañarse. Cada tanto los verdugos entregaban una pasta desagradable que llamaban comida. Lo único que ocurría diariamente era las sesiones de tortura, propias o ajenas. Unas se sentían en la piel, otras entraban por el oído.

Schell perdió varios dientes en los interrogatorios. Querían saber si participaba en Montoneros; a quién conocía. Dio el nombre de algunas personas que sabía secuestradas y zafó. En febrero de 1978 llegó un hombre de saco que usaba clerigman, ese cuellito blanco que distingue a los sacerdotes. Tenía una risa cínica.

–¿Por qué estás acá?
–Por pelotudo.
–No me cabe la menor duda, pero ¿qué cagadas hiciste? ¿No estarás poniendo bombas?
–No, yo odio las armas, nunca estuve en la parte armada...
–¿Pero vos sabés que estabas haciendo las cosas mal?
–No. Yo sé que llevarle remedios a un enfermo que necesita, está bien... Hay que ayudar al prójimo; usted como sacerdote debe saberlo.

Sobrino-nieto de un obispo, Schell había ido a la Iglesia desde chico. Los tres meses en ese Pozo rezó pidiendo “que Dios les aclarara la mente a esta manga de asesinos”. El hombre del cuellito blanco quiso saber a qué Iglesia iba y qué cura lo confesaba. Luego le preguntó si tenía novia y el joven asintió.

–Cagaste, te va a cerrar la puerta en la cara, no te va a querer más...
–Señor... Con mi novia hay un amor que es tan grande como Dios. Yo sé que me está esperando.
–No, la familia de tu novia te va a echar, los vecinos te van a cerrar la puerta en la cara, tu familia te va a rechazar cuando salgas... Si salís.

Schell se crispó y lo insultó, arriesgando su vida: “Un cura que bendice armas para que la gente mate, no es un sacerdote, es un reverendo hijo de puta”. El verdugo de traje repuso su risa cínica, dio media vuelta y se fue.

Decenas de desaparecidos y sobrevivientes de los campos de concentración recibieron visitas de ese tenor. 41 de esos casos quedaron acreditados ante el Tribunal Oral en lo Criminal Federal Nº 1 de La Plata, que condenó a ese sacerdote a reclusión perpetua por “delitos de lesa humanidad cometidos en el marco del genocidio que tuvo lugar en la República Argentina entre los años 1976 y 1983”. Su nombre, Christian Federico von Wernich, se había difundido a partir de testimonios recogidos en 1984 por la Comisión Nacional sobre la Desaparición de Personas (CONADEP). En julio de ese año hizo tenebrosas declaraciones en una entrevista que publicó Siete Días con el título “Yo fui el cura de confianza de Camps”. El asunto derivó en un sumario que lo dejó sin sueldo en la Policía. También cumplió un breve arresto en la alcaidía del Congreso, por decisión de los diputados nacionales –a quienes había llamado “diputaditos”–, que se valieron de una atribución legislativa tan discutible como poco usada en la historia.

El nombre reapareció en los Tribunales desde 1998, cuando se iniciaron los Juicios por la Verdad. En suma, según testimonios de sobrevivientes, von Wernich fue visto entre septiembre de 1976 y febrero del 1978 en siete centros clandestinos. “En ese lapso fueron secuestradas 1258 personas”, calcula Adriana Calvo, a partir de la recopilación hecha desde la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos. Ubicados en tres distritos y en diferentes áreas militares, esos centros dependían de distintas direcciones del organigrama policial de entonces. El sacerdote se presentaba “no para traer auxilio y recuperación de la dignidad humana, sino actuando como agente de la represión”, según indicó el fiscal Félix Crous en febrero de 2003 al solicitar su detención, que se demoró unos meses hasta que la Cámara Federal ratificó al juez Arnaldo Corazza, que se había declarado “incompetente” en la causa.

En el ínterin, von Wernich tuvo que presentarse en el Juicio por la Verdad. Tras escuchar las imputaciones que pesaban sobre él, durante más de una hora, se negó a declarar, miró de reojo al público y reeditó su cínica sonrisa. Exasperados, tres jóvenes burlaron la custodia y lo zamarrearon. El cura recibió insultos de todo el público y un yogurt de frutilla que manchó su campera azul y su camisa celeste. “En el nombre del Padre torturaste a los hijos”, decía un cartel exhibido en la sala. En septiembre, por fin, Corazza dispuso su detención. A fines de 2005 fue indagado a pedido del fiscal Sergio Franco por una nueva causa, en la que también quedó procesado.

A pesar de su involucramiento con el terrorismo de Estado, en dos décadas sólo había pasado una semana detrás de las rejas y fue en el subsuelo del Congreso. El mes pasado, cerrando un proceso que duró casi cuatro años, el Tribunal integrado por Carlos Rozanski, Horacio Isaurralde y Norberto Lorenzo dispuso que permanecerá así el resto de sus días.

Osvaldo Lovazzano debió esperar todos esos años para sentir la sensación de Justicia. Curiosa coincidencia: le tocó declarar exactamente 30 años después de su secuestro. Fue el 30 de agosto de 1977 en su casa cercana al Parque Saavedra, donde estaban su mujer y su hijo. Tres hombres de civil, armados, lo habían esperado durante varias horas. Le dijeron que lo llevaban por poco tiempo, por averiguación de antecedentes; fueron cuatro meses y en la más completa ilegalidad. Estuvo en la Brigada de Investigaciones de La Plata y recibió un trato similar al que narraron todos los sobrevivientes que testimoniaron en el juicio: torturas físicas y psicológicas, el llanto interminable de un bebé.

Con el tiempo comprendió por qué lo habían llevado. “Antes del golpe yo trabajaba en el Hipódromo. Era delegado. El 11 de enero del 76 nos echaron a todos porque estábamos en huelga desde noviembre”, evoca Lovazzano, y explica que siguió trabajando en la Policlínica de Turf, que actualmente es el Hospital Rossi. Fue el comisario retirado que llegó como interventor a esa institución quien lo despidió por “activista” y lo denunció. Una vez liberado tuvo un altercado con él ante un Tribunal de Trabajo, donde consiguió que lo indemnizaran.

Lovazzano pasó por tres centros del “Circuito Camps”. En la Brigada compartió la celda con Alberto Canziani, con quien trabaja en un kiosco, y otras dos víctimas. Fue allí donde recibió la visita de von Wernich, vestido con camisa y su característico cuellito blanco. Cuando se acercó, Canziani reconoció su condición y le pidió una estampita, pero el sacerdote le respondió que “no se usaban más”. Lovazzano explicó que su compañero había sido torturado ese día y que estaba muy dolorido.

–No se hagan problema. Es por la corriente eléctrica; le va a durar dos o tres días pero se le va a pasar. Son dolores musculares, eso pasa porque los músculos se contraen con el paso de la corriente. Háganle masajes...–instruyó von Wernich.
“Me llamó la atención que hubiera un sacerdote ahí, si bien en esa época la cúpula de la Iglesia estaba a favor de los militares”, recuerda Lovazzano. Detrás suyo, el público observa su cabeza brillosa y el pelo gris casi en el cuello, y mientras habla, varios asienten: “La gran mayoría de la jerarquía eclesiástica actuó y colaboró con el régimen... Así como periodistas, jueces, políticos... Porque muchos de los políticos que están ahora, que se rasgan las vestiduras de los derechos humanos, en ese entonces trabajaban y hacían la vista gorda de esas cosas. No es que nacieron de un repollo ni que fueron cuatro locos los militares. Había muchos civiles y nunca se investigaron, no sé por qué...”
–Está entendido, pero ahora volvamos... –tras admitir la opinión, Rozanski intenta ceñirse al objeto del proceso.
–Discúlpeme porque es algo que me quería sacar, que lo tenía atragantado.

“La Justicia no debería ser selectiva castigando a algunos y eludiendo la persecución de otros, ya sea que usen armas, sotanas o corbatas”, escribió Alejo Ramos Padilla en un pedido de detención que salió a la luz en pleno juicio, a mediados de septiembre. El representante de los hijos de Jacobo Timerman reclamó esa medida para tres civiles que colaboraron con la dictadura que estaban citados como testigos y fueron “desistidos” por la posibilidad de “autoincriminarse”. Mientras aguarda los tiempos de la Justicia, se dio el gusto de advertirlo recién cuando estuvieron sentados en la Sala de Audiencias. Sólo uno se enteró a tiempo y zafó del escrache: Roberto Durrieu, ex Presidente del Colegio de Abogados porteño y representante legal de Juan Carlos Blumberg. Los otros imputados son Alberto Rodríguez Varela, ex ministro de Justicia de la dictadura, y Jaime Smart, ex ministro de gobierno bonaerense.

“Esta fue una dictadura cívico-militar y no cabe duda que hay que juzgar a todos los integrantes de la estructura del terrorismo de Estado”, dice Félix Crous a La Pulseada. La posibilidad de juzgar civiles fue uno de los temas que instaló públicamente el último juicio: “Yo creo que está muy bien y pone las cosas un poco en orden. Todos los tipos de la jauría de Camps y Etchecolatz eran capaces de transformarse en asesinos seriales y aterrorizar a una sociedad que iba a ser diezmada en sus recursos económicos, pero eran personajes que trabajaban para otros, aunque no lo supieran. A lo mejor Smart y Rodríguez Varela tenían un poco más claro para quién trabajaban”, agrega Crous, que intervino en el proceso oral contra von Wernich como jefe de la Unidad de Asistencia a los Juicios sobre Terrorismo de Estado de la Procuración. Por su parte, Miriam Bregman opina que el sacerdote integraba “una institución que, como gran parte de los medios de prensa, como el conjunto de los grandes empresarios del país, apoyaron la dictadura”.
En rigor, corresponde avanzar en todos los planos. Aunque parezca broma, tampoco hay militarescondenados. En los últimos años recibieron condena el médico policial Jorge Antonio Bergés, los policías Julio Simón –“el Turco Julián”– y Miguel Etchecolatz, y ahora el sacerdote. El juicio que se está realizando por delitos de lesa humanidad cometidos en la ESMA involucra a Héctor Febres, de la Prefectura. Alguien podría invertir los términos del debate y denunciar que la dictadura también fue militar.

“La del 76 fue una situación de golpe de Estado compuesta por civiles, militares y clérigos”, resume Jesús María “Tito” Plaza, sobrino del arzobispo platense que acompañó a la dictadura, y vuelve el foco sobre la Iglesia Católica: “históricamente tuvo participación directa en cuanta toma del poder por las armas hubo”. Plaza detalla: “Cumplió la auténtica función que siempre tuvo la confesión. Nunca tuvo calidad de sacramento: la confesión se inventó en el medioevo, cuando la Iglesia tenía el poder terrenal para conocer de actividades que fueran en contra del poder. Siempre fue una medida delatora... Está muy claro: así como sectores de los taxistas eran servicios que levantaban información, también se usaban los confesionarios de las Iglesias de todo el país...”.
–Lo que no lograba la tortura...
–Lo lograba la confianza, exactamente.

Esa sospecha carga Eugenio Ambrosio Lugones, que conoció muy bien a von Wernich: “De la persona que conocí pienso que no queda nada”, comienza su declaración, para la que viajó desde Alemania, donde vive desde 1981.
De los 75 testigos del juicio, Lugones es el que conocía más datos de la historia personal y anécdotas que pintan de cuerpo entero al sacerdote. Sólo con el tiempo, y con un hermano desaparecido, ató todos esos cabos.

“Hay un tema que tengo acá, hace más de 30 años”, dice y lleva sus dedos hacia el cuello, cerca de la garganta. A mediados del ´76, cuando falleció su padre, von Wernich fue al entierro en la localidad de América y llevó en su auto al hermano y la cuñada de Lugones, quien supone que tuvieron una discusión política por un comentario: “Este es un reaccionario de mierda”, le dijo César, que desapareció unos días después. Su paso por la ESMA, que no pertenecía al Circuito Camps, hace pensar que el sacerdote no tuvo responsabilidad en ese caso. Lugones duda y sufre: “Son demasiadas circunstancias casuales, quisiera equivocarme... Él decía que me tenía que olvidar del tema”.

El testigo conoció a von Wernich a principios de los ´70 en el Ateneo de la Juventud, donde iba a nadar. El represor pasó por esa institución cuando era seminarista. “Su vida no era la de una persona religiosa”, aclara. Y evoca el comentario que le escuchó cuando estaba por ordenarse: “La Iglesia es un buen trabajo: son dos changas por domingo y tenés seis días libres en la semana”. Lugones siguió viéndolo varios años. Tenía un negocio nocturno “de música, striptease y copas” al que von Wernich asistía cada vez que iba a Buenos Aires.

Una vez el capellán le pidió que lo ayudara con un muchacho al que había querido seducir. Se había hecho pasar por comisario de la Federal. Solía jactarse de su vínculo con la Policía: llegaba en un Toyota amarillo en el que usaba una sirena. También poseía una credencial de comisario con su foto, pero con otro nombre. Y en una conversación que tuvieron, Lugones llegó a la conclusión de que “von Wernich sabía exactamente a quién iban a levantar, dónde, cuándo y cómo, que conocía cómo eran los operativos”.

La revelada homosexualidad de von Wernich se convirtió en el gran tema de la prensa el día que declaró Lugones, aunque era un dato sabido para quienes conocían la causa. No es una condición que deba ser juzgada, y sería irrelevante, salvo en cuanto contradice a su afinidad con un núcleo duro de la Iglesia Católica. También rebaten a esa estricta moralidad las dudas que algunos testigos echaron sobre su ordenación como sacerdote.

–¿Usted sabe leer y escribir, ha ido al colegio? –le había preguntado Rozanski en la primera audiencia, antes de que se negara a declarar. Combinaba su clerigman en la camisa gris con un chaleco antibalas manchado de pintura roja: la que le lanzaron a Miguel Etchecolatz justo después de ser condenado a perpetua por este mismo Tribunal.
–Sí –contestó el acusado.
–¿Hasta qué grado?
–Todos... Primario completa, secundaria completa y después todo completo los nuestros, los eclesiásticos.
–¿Cuánto comprende?
–Son diez años.
En eso también mintió.

Según Lugones, habría falsificado documentación de la Facultad de Filosofía y Letras para “zafar” materias, al regreso de una suspensión o expulsión del Seminario. “El derecho canónico exige, para ser sacerdote, tener seis años de estudio mínimo: cuatro teológicos y dos de filosofía. Y de este cristiano está acreditado un sólo año en el Seminario Mayor de La Plata”, advierte Marcelo Ponce Núñez, abogado de una de las querellas.

Esa preocupación fue una cosa distintiva de tu intervención en el juicio. ¿Por qué la insistencia en tratar de demostrar que von Wernich no era sacerdote?
No creas que para salvar a la institución, por cierto que no. Todo lo contrario, aunque es cierto que hay una parte de la institución que se salva. Quise demostrar que no era sacerdote para acreditar que esos obispos hacen cosas en contra de las reglas que ellos mismos imponen. Técnicamente von Wernich es sacerdote: hubo un obispo que lo impuso así. Para eso debió analizar si cumplía las condiciones necesarias. Hay un sector de la Iglesia que se caga en las reglas... Además se trataba de demostrar que von Wernich tiene carretadas de irregularidades e ilegitimidades en el cumplimiento de la ley. Estaba designado en 9 de Julio... Esa regional tiene una demarcación geográfica que está lejísimo del Pozo de Banfield, de la Brigada de Investigaciones de La Plata, de Arana. ¿Qué hacía acá?
Según quedó probado, era un personaje clave del aparato represivo montado por Ramón Camps, a quien había conocido a través de su cuñado, el coronel Manuel Alejandro Morelli, que llegó a ser jefe de Coordinación Federal. Fue Susana von Wernich, su hermana, quien los presentó. El sacerdote terminó siendo su confesor personal y Camps lo designó empleado policial, capellán de la tenebrosa Bonaerense.

Ambos integraron “una unidad operativa que se conoció como el Grupo La Plata, una implacable entente que creía protagonizar una cruzada contra el demonio”, tal como lo caracteriza Hernán Brienza en su libro Maldito tú eres. Allí estaban también el comisario Miguel Etchecolatz –segundo de Camps–, el general Ibérico Saint Jean –ex gobernador– y monseñor Antonio Plaza, que había falsificado su título de abogado para cobrar un adicional en su sueldo como policía.

Capellán general designado en 1976, Plaza también fue visto en centros clandestinos. Llegó al extremo de entregar a su sobrino, Juan Domingo “El Bocha” Plaza, hermano de “Tito”. Y durante años sometió a las madres que buscaban ayuda en la Catedral a los interrogatorios de un policía disfrazado de cura.
En la Comisaría 5ª la comida llegaba del Seminario Mayor, ubicado a media cuadra. El juicio contra von Wernich incluyó una inspección ocular a esa seccional, que ya había sido reconocida el año pasado por Jorge Julio López. Esta vez uno de los testigos fue Lovazzano, que antes de irse de allí escuchó las palabras de la desaparecida Lidia Fernández:
–Avisá que la chica de la Cuadra tuvo un nene.

Ana Libertad no sabe que se llama así, ni que nació en la Comisaría, ni que su abuela “Licha” la busca hace 30 años.

Sus padres, Héctor Baratti y Elena de la Cuadra, fueron secuestrados junto a Roberto Bonín, Humberto Fraccaroli y Norma Campano de Serra en el consultorio odontológico de esta última, en 33 entre 24 y 25. Todos están desaparecidos. Elena estaba embarazada de 5 meses. Cuando nació Ana, le pusieron como segundo nombre lo que querían para ella.

–¿A mi hija de qué la acusan? –increpó Héctor con valentía.
–Los hijos deben pagar por la culpa de sus padres. Qué quieren, que se los entregue a los abuelos para que críen terroristas como ustedes –sentenció von Wernich.

El Tribunal que juzgó al sacerdote recibió el testimonio de Estela de la Cuadra, hermana de Elena y miembro de una familia diezmada por la dictadura. Con dos hijos desaparecidos, sus padres hicieron gestiones en cuarteles, comisarías y juzgados. Un cura les recomendó visitar al secretario del Vicariato, Emilio Teodoro Graselli, que recibió a los familiares de las víctimas del operativo en el consultorio. Les pidió una semana. En la segunda reunión, Graselli increpó a “Licha”:
–Señora, no me dijo que Elena estaba embarazada.

Era cierto. El clérigo agregó que estaba “en las afueras de La Plata” pero no podía revelar dónde. Y que lo del otro hijo “era muy viejo” y no podía hacer nada. Roberto José había desaparecido en septiembre de 1976, perseguido por su militancia gremial contra la extensión horaria en YPF. En suma, hay seis desaparecidos en la familia, sin contar la apropiación de Ana, cuyo nacimiento se supo por sobrevivientes de la Comisaría 5ª. Otro hijo de Licha se había exiliado en Europa antes del golpe.
Estela cuenta que también hicieron gestiones ante el jefe de los Jesuitas, Pedro Rupe, que los derivó al provincial de esa congregación en Argentina: Jorge Bergoglio. El actual cardenal y titular de la Conferencia Episcopal se entrevistó con su padre y le dio “una pequeña notita sin logo, sin sello, sin nada” para que visitara a Mario Picci, obispo auxiliar de La Plata, quien hizo averiguaciones con allegados que integraban las fuerzas represivas: “Es cierto, la chica tuvo una nena pero fue dada a un matrimonio que no puede tener hijos”, informó tiempo después.

“La Iglesia contuvo y canalizó hacia un lado: la desinformación. Trató de frenar a los familiares que iban tomando ímpetu”, interpreta Estela de la experiencia con Graselli, Picci y compañía. Y larga todo lo que tiene adentro, igual que Lovazzano, sin dar tiempo a que el Presidente del Tribunal la interrumpa:

–Me irrita muchísimo y me indigna que Bergoglio siga hablando de su preocupación tan cristiana por las personas NN por nacer y por nuestro caso nunca abrió la boca. Nunca se comunicó, nunca dijo algo. Yo me pregunto: ¿Jorge Bergoglio no sabe que von Wernich está siendo juzgado por sustracción de menores? ¿No le conmueve? ¿No sigue siendo cura von Wernich? Todos sabían. Acá hubo un plan sistemático de apropiación de hijos de desaparecidos –prosigue Estela, y su voz denota cada vez más indignación-. Y no estoy encuadrada en un organismo, en ninguna querella: hablo por todos. Este es un delito que se continúa. ¿Qué tiene Jorge Bergoglio que decir de eso? Hay un silencio que es atronador y ensordecedor.
No ocurre el mismo silencio en la sala, donde el público estalla en aplausos.

“Por supuesto que sabían todo”, asegura a La Pulseada Martín Obregón, autor de Entre la cruz y la espada: “La Iglesia tenía una mirada global de lo que estaba ocurriendo; tal vez haya sido la institución mejor informada. Por un lado tenía nexos con los militares a partir del Vicariato y por otro, cada obispo en su territorio recibía las denuncias de familiares. A veces hasta tenían ficheros con los casos. Imaginate: cuando se juntaban en la Asamblea Episcopal y se hablaba de estos temas, todo el mundo decía ´a mí me llegaron tantas denuncias´. Yo creo que hasta llegaron a tener una estimación global de la cantidad de víctimas”.

En el juicio, la madre de Plaza de Mayo María del Rosario Carballeda de Cerruti relató las tramitaciones que los familiares hicieron, incluso ante Juan Pablo II, que “tampoco nos escuchó”. Sin falta, las madres asistieron cada año a la Conferencia Episcopal en San Miguel: “Una vez nos dejaron bajo la lluvia como a perros apaleados...”. Nunca las recibieron. “Incluso se discutió en la asamblea y por votación se decidió no recibirlas. Mientras que sí se recibió al ministro Martínez de Hoz y a los generales que estaban a cargo de lo que era inteligencia militar”, agrega Obregón y explica que, tras el Concilio Vaticano II, la Iglesia católica argentina tuvo “una crisis interna muy profunda que se saldó en un sentido fuertemente conservador”.

El historiador ejemplifica con dos nombres: Adolfo Servando Tórtolo, que conocía a Videla desde chico y fue elegido presidente de la Conferencia Episcopal, reconocido como el “enemigo número 1” de los sacerdotes tercermundistas; y Victorio Bonamín, su segundo, que se desempeñó como provicario del Ejército. “Tenían un modelo fuertemente clerical-militar. Para ellos la Iglesia y el Ejército eran sociedades perfectas y los males de la modernidad estaban en la sociedad civil, que incluía a los partidos políticos, los sindicatos, etcétera”. Ambos invocaron el golpe. Luego, Tortolo llegó a justificar el uso de la tortura con argumentos teológicos. Para no ser menos, Bonamín escribió en octubre de 1976 en el diario La Nación que “la lucha antiguerrillera es una lucha (...) por la moral, por la dignidad del hombre, en definitiva es una lucha en defensa de Dios”, y pidió “la protección divina en esta ´guerra sucia´ en que estamos empeñados”.

El Vicariato, hoy denominado Obispado castrense, jugó un papel fundamental: ahí el vínculo con los represores era directo. La presencia en todo el país implicaba una ventaja respecto de otros sectores, porque “la estructura de la Iglesia es fuertemente territorial: un Obispo tiene autoridad sobre su diócesis solamente”. En aquella época se contabilizaban unos 250 capellanes, entre un total de 5000 sacerdotes que había en el país. “Hubo una especie de doble poder porque el Vicariato funcionaba con una autonomía importante”. En aquellos años se dieron varios conflictos entre los religiosos castrenses y las diócesis, particularmente en La Rioja y Neuquen, conducidas por obispos progresistas.

Von Wernich no tuvo ese problema: tanto la diócesis de 9 de Julio, de la que dependía, como la platense, donde se movía con naturalidad, eran afines a la dictadura, aún cuando no tuvieran una concepción integrista. En ambos lugares es posible observar cierta continuidad: “Uno podría decir Plaza y Aguer son la misma línea...”, sugiere Obregón. Y sintetiza la convergencia de capellanías y diócesis: “De un lado y del otro von Wernich contaba con una gran cobertura institucional”.

“Era uno más de la patota”, dice un testigo. “Una persona habitué del lugar”, otro. “Conocía, incluso promovía las torturas”. “Si un cura trabajaba para ellos, no le podíamos creer a nadie”.

Los testimonios son coincidentes, complementarios y abundantes. “Guardo la expectativa de que la defensa evite el bochorno de traer la teoría de la conspiración de los testigos”, pidió Felix Crous en su alegato: “Hubiera sido el milagro de que en la República Argentina hubieran convergido en un argumento común ex Montoneros, militantes maoístas, empresarios lácteos, ministros del gobierno de Calabró, perseguidos por el gobierno de Calabró, personajes de la JP que deploraban a los Montoneros, sindicalistas del Turf, jefes de prensa de Isabel Martínez y también el jefe de Ceremonial del gobierno de la Provincia de Buenos Aires, empresarios periodísticos, algún miembro de la Confederación General Económica y también levantadores de quiniela”.

“Las condiciones generales de detención constituyen en sí misma una tortura”, aclaró Guadalupe Godoy en su alegato. “No sólo el que fue picaneado fue torturado”, agregó Marta Vedio, de la APDH.

Sin contacto físico, la presencia de von Wernich implicaba otro tormento, el último paso en un sistema que buscaba quebrar la voluntad de los secuestrados. Por eso el caso del denominado “Grupo de los 7” es paradigmático. Por eso y por su final.

Juan Cristóbal Mainer fue secuestrado el 29 de septiembre de 1976 junto a su madre, su hermana Maricel y su cuñado. Pasó por tres lugares de detención hasta que recayó en la Unidad 9 de La Plata. A mediados de 1977, sin ser horario de visita, lo fueron a ver sus hermanos Pablo Joaquín y María Magdalena, de quienes sabía que habían sido secuestrados: “Me llamó la atención que mi hermana llevara una gran cruz pese a que era atea. Me dijo que el capellán que los asistía espiritualmente los había hecho cambiar de actitud, que había que vivir con Dios”, declara. En un momento, cuando su hermana se retiró junto a un capitán del Ejército, escuchó de boca de Pablo: “Todo esto es una locura, no sé en qué va a terminar”.

Al rato volvió Magdalena:
–Vos vas a venir con nosotros y vas a salir del país y no vas estar más preso.
–No, yo me quedo acá.
Juan Cristóbal pudo contarlo ante el Tribunal. Sus hermanos están desaparecidos y von Wernich fue condenado por la coautoría en sus homicidios. Fueron parte de un grupo de siete jóvenes –en algún momento, nueve–, militantes de Montoneros que fueron quebrados por la tortura y obligados a dar información a los represores. Algunos, incluso, llegaron a participar de secuestros y torturas. Domingo Héctor Moncalvillo, Cecilia Luján Idiart, María del Carmen Morettini, Liliana Galarza y Nilda Susana Salomone integraban aquél grupo. Habían sido secuestrados entre septiembre y diciembre de 1976.

Galarza estaba embarazada de tres meses cuando se la llevaron. El 3 de abril de 1977 dio a luz a María de las Mercedes en el garaje de la Brigada de Investigaciones, iluminada por los faros de un auto. Su pareja Ricardo Molina fue secuestrado días después y al tiempo de sobrevivir tabicado y torturado en La Cacha, lo llevaron a la Brigada, lo introdujeron esposado en una habitación y le quitaron la capucha: “Había una cunita bastante precaria y estaba Liliana con María de las Mercedes en brazos”, describe. “La vi muy pálida y delgada. Se notaba que la alimentación y el estado de nervios no era bueno. Me refirió que había un grupo de detenidos a los que trataban bien, pero eso es relativo porque estaban los represores presentes cuando lo dijo. A mí me generó mucha duda. Ella era culta, muy educada. No sé hasta qué punto ellos la hubieran convencido”. La visita duró 10 minutos. Fue la última vez que vio a Liliana. Varios años después se reencontró con su hija, entregada por los represores a sus abuelos maternos.

Había sido bautizada en la misma Brigada. El acta consta en la causa: von Wernich figura como párroco y los padrinos fueron María Magdalena Mainer y Luis Héctor Vides, alias “el lobo”, comisario y jefe de uno de los grupos de tareas que azoló La Plata.

Ese “régimen especial” llegó a incluir a nueve jóvenes, según consta en una carta remitida por Camps al comandante del Cuerpo I de Ejército, Carlos Suárez Mason, el 10 de octubre de 1977 (ver facsímil). Hacia fines de noviembre sólo quedaban siete. Nunca se supo qué pasó con Graciela Quesada de Bearzi y Guillermo García Cano.

También los otros fueron vistos por última vez a fines de ese año, aunque les habían ofrecido dejar el país o permanecer detenidos a disposición del Poder Ejecutivo. Como la elección fue irse a Uruguay, Brasil y Chile, el cura se contactó con las familias para recaudar el dinero necesario. “El hecho de que fuera un cura el que se contactara era tranquilizador, generaba mayor confianza. Se presentaba como organizador de la logística que hacía falta para que salieran del país”, recuerda el hermano de Liliana.

El juez Lorenzo no admite “poner en tela de juicio a aquél que pasó por la tortura, porque yo no pasé por la tortura. Yo no sé qué hubiera hecho si me hubieran torturado bárbaramente”. Crous opina en el mismo sentido: “hay una cuestión humana muy profunda que exige suspender cualquier evaluación moral, política o ética”.

“Este grupo fue quebrado; no fueron colaboradores”, remarca Maricel Mainer, con el doble dolor de ser familiar de dos víctimas que muchas veces fueron mencionadas entre los victimarios. Y no puede olvidar su visita a la Brigada tiempo antes del viaje: “Me voy a morir con los ojos desesperados de mi hermano, porque me quería decir otra cosa que lo que pasaba, que era ficticio”.
El relato que suele faltar en las desapariciones, para completar la verdad, lo aportó en este caso Julio Alberto Emmed a la CONADEP, en 1984. El policía, que un año después intentó desdecirse en el juicio a las Juntas y que en 1989 fue muerto durante un robo, narró su participación junto a otros policías en operativos en los que fueron ejecutados dos hombres y cuatro mujeres.

“En la brigada nos esperaba el padre Christian von Wernich, quien había hablado y bendecido a los ex subversivos, y les había hecho una despedida en la misma brigada”, relató Emmed y aseguró que el sacerdote los acompañó en el primer viaje. Las descripciones no dejan dudas de que se trata de aquel grupo y que la ocasión de los homicidios fueron los supuestos traslados a las terminales portuarias. El represor agregó que, al regresar, “el comisario Etchecolatz nos felicitó efusivamente por nuestra acción” y “el cura von Wernich me habla de una forma especial por la impresión que me había causado lo ocurrido y me dice que lo que habíamos hecho era necesario, para bien de la Patria, que era un acto patriótico y que Dios sabía que lo que estaba haciendo era para bien del país”.

Antes de la condena, el acusado tuvo la última palabra: “Voy a hacer reflexiones sobre temas bíblicos”, dijo von Wernich y no se privó de elogiar a Bergoglio por la claridad de su discurso sobre la reconciliación. Y habló de los “falsos testigos” como encarnación del demonio: “están preñados de malicia”.

“Sus palabras, con esos eufemismos literarios basados en salmos de la Biblia, me cayeron mal. Él tuvo oportunidad de decir alguna verdad... Se abstuvo de prestar declaración indagatoria y salió a lo último tratando de justificar todo lo ocurrido”, considera el juez Lorenzo. “Uno siempre imagina más de lo que después encuentra. Y acá uno imagina menos de lo que encuentra: un mesiánico, psicópata, temible”, agrega Crous.

Por su parte, Bregman lo asemeja al discurso de Jorge Bergoglio: “utilizó las mismas palabras, incluso lo citó”. La abogada querellante tiene la impresión de que toda la defensa “fue enmarcada en la posición que hoy tiene la Presidencia de la Conferencia Episcopal. Es evidente que algunos miembros de la jerarquía eclesiástica estuvieron detrás de ese alegato, que fue cuidadoso en los términos y trató de pegar en puntos neurálgicos”.

La reacción de la Iglesia frente al caso fue una preocupación para muchos. “Como ciudadano realmente me pareció muy limitada”, evalúa Lorenzo. Las tibias declaraciones de la jerarquía católica, que no incluyeron ninguna autocrítica institucional, sólo admiten el reproche a los “errores” o “excesos” de algunos de sus miembros. Por su parte, el Obispo de 9 de Julio difirió cualquier resolución sobre el condenado, que sigue habilitado para ejercer como sacerdote.

“Me hace acordar a la posición de la jerarquía de la Iglesia durante los últimos años de la dictadura, cuando el movimiento de derechos humanos ganaba la calle y se empezaba denunciar todo públicamente”, compara Obregón: “Ahí empiezan a plantear el tema de la reconciliación, el manto de olvido, el perdón, ese discurso que a esta altura suena tan vacío”. El historiador cree que la moderadísima postura seguirá por muchos años: “la Iglesia está preocupada a futuro, porque hay muchos que jugaron el mismo papel que von Wernich”.

En ese marco, la idea de reconciliación es paradigmática. El propio imputado recurrió a ella. “Pero la plantea entre él y Dios”, advierte Ponce Núñez: “Se olvidó un pequeño detalle: la Biblia dice que cuando vos cometés un pecado, primero te tenés que arrepentir, luego le tenés que ir a pedir perdón a tu hermano y recién después pedirle perdón a Dios. No hay que saltarse ningún paso. Von Wernich los salteó olímpicamente”.

De la docena de abogados que actuaron como querellantes, Ponce Núñez fue el más inquieto por esa derivación del caso. Una vez que estén los fundamentos de la condena, el Tribunal accedería a un pedido suyo de enviar la copia de la sentencia a la Iglesia, argumentado en base a un convenio de cooperación con el Vaticano: “El derecho canónico castiga estos crímenes severamente, si uno creyera que la vocación sacerdotal de von Wernich es real: la sentencia que le correspondería es la excomunión”.

Por ahora, von Wernich ya tiene una condena: pasará el resto de sus días encerrado. El veredicto se leyó un día lluvioso de octubre en una sala repleta, entre aplausos, abrazos y lágrimas de víctimas y familiares.

Fue el resultado de un largo proceso que incluyó el testimonio oral de 41 sobrevivientes, 24 familiares y amigos, y 9 testigos “de concepto”, entre ellos el sacerdote Rubén Capitanio, el teólogo Rubén Dri y el premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel. “El debate aportó en el sentido de confirmar y reconfirmar la responsabilidad de von Wernich”, evalúa Bregman. El proceso duró 27 jornadas, incluyendo la indagatoria, las inspecciones oculares y los alegatos. En suma, la causa tiene casi 40 cuerpos y miles de fojas.

“Creo que fue una condena justa”, dice Lorenzo, uno de sus autores: “Yo la calificaría de justa y adecuada a los requerimientos de los momentos que estamos viviendo, porque va terminando una época de impunidad y tenemos que avanzar en ese sentido”. Al comparar con el juicio contra Etchecolatz –que estaba entrenado para matar–, el juez hace una valoración distinta del imputado: “Es mucho más reprochable desde el punto de vista ético, moral, personal y humano, la conducta de von Wernich por su calidad de sacerdote de la Iglesia Católica”. En ambos casos se trató de delitos de lesa humanidad cometidos “en el marco de un genocidio”.

Los mismos jueces ya se preparan para tres nuevas causas del género: “están recayendo sobre el Tribunal estos juicios que resultan muy densos y difíciles...”. Lorenzo refuta que haya “jueces de mármol”, como dice un tango, y asume que este juicio lo conmovió mucho: “Uno no puede ser totalmente indemne a todo ese tipo de cosas que se ven en estas causas. La verdad es que nos afecta emocionalmente, aunque no nos priva de ser objetivos y muy serios y responsables a la hora de dictar sentencias”. Aún así, el juez cree que su labor “revindica a una generación”.

Ponce Núñez usa el mismo verbo en su balance: “me provoca alegría haber reivindicado a las víctimas, que no fueron tratadas como sujeto de derecho nunca, mientras estuvo la dictadura. Eran cosas tiradas en un lugar a las cuales se les aplicaba picana, se las desaparecía, se las mataba como nada. En esta sentencia y en este proceso hemos logrado revalorizarlas, hemos rescatado todos sus valores como seres humanos, y el dolor y la tristeza que hemos transformado en alegría”.

“Fueron 102 días y 11 horas”, dice Rubén Schell al evocar su martirio. Tiene 52 años y un hijo al que llamaron Pablo, en honor al chico que iba en el baúl del auto con el que lo secuestraron. Se juró ayudar a la Justicia tantas veces como fuera necesario. Por eso el 6 de agosto pasado suspendió su trabajo como plomero y prestó su cuarto testimonio. “La peor tortura la recibí de parte de él, la tortura moral”, dice y habla de von Wernich. Las palabras del cura aún resuenan en su cabeza. Por eso se emociona al narrar su liberación, una noche de febrero de 1978. Tuvo que bajar una escalera tabicado, mientras sus compañeros de cautiverio silbaban el Himno a la Alegría de Beethoven, pese a las represalias que podían sufrir. Lo subieron a un auto y lo tiraron en un zanjón. Tras una larga travesía entró a su casa por la ventana, pasada la medianoche. La mañana siguiente, el Gallego Manolo lo levantó en el aire de un abrazo. Otros vecinos y sus compañeros de trabajo también lo recibieron con afecto. Su suegra casi se desmaya y Ana no paró de besarlo.

Cada abrazo, cada beso, lo hizo pensar en aquel represor:
–Mirá, cura hijo de puta, esto es para vos. Esos son los que me iban a cerrar la puerta en la cara. Fijate, vení a ver.
La noche de octubre en que se leyó la sentencia, cuando la Iglesia argentina se declaró “conmovida” en un brevísimo comunicado, fue von Wernich quien vio cerrarse las puertas.

Los halcones
“Tengo una persona que puede dar fe de los distintos lugares que estuvo el señor Timerman, porque lo visitó en todos esos lugares: es el padre Christian von Wernich, que era el sacerdote que yo tenía porque los detenidos recibían asistencia espiritual (...) Incluso fue condecorado (...) Creo que una acción cabal de cuál era mi preocupación por el estado de los detenidos, es ponerle un sacerdote”, declaró ante la Justicia en los ’80 el ex jefe de la Bonaerense, Ramón Camps.

Jacobo Timerman estuvo secuestrado en los centros clandestinos COTI Martínez y Puesto Vasco, utilizados para la represión de ex funcionarios y empresarios, cuyos testimonios se escucharon antes de las vacaciones de invierno. Allí, el fundador del diario La Opinión compartió el cautiverio con miembros de la gestión del gobernador Victorio Calabró y del Grupo Graiver.

Todos fueron secuestrados a raíz de un plan de los denominados “duros” del Ejército para vencer en la interna a los “blandos” –o “palomas”, encabezados por los generales Jorge Rafael Videla y Roberto Viola. Los “halcones”, conducidos por los generales Genaro Díaz Bessone y Carlos Suárez Mason, conformaban el Grupo La Plata. Brienza cuenta en su libro que el objetivo era “catapultar a Saint Jean a la Presidencia” y destronar de la línea de sucesión a Viola: “la interna estalló abiertamente a mediados de 1977, cuando el Grupo La Plata se desbocó, se tornó incontrolable y amenazó los propios intereses de la cúpula del Ejército. Y el caso Graiver fue el detonante”.

“Ex funcionario de Lanusse y amigo personal de Monseñor Plaza –reseña Brienza–, Graiver era además, propietario del 45 por ciento del diario La Opinión, dirigido por Jacobo Timerman, quien tenía excelentes relaciones con Viola. Los platenses presumían que los Graiver eran el contacto económico de los Montoneros y quienes guardaban los millones del secuestro de los hermanos Juan y Jorge Born. Su jugada era de alta estrategia: se alzaban con un millonario negocio y al mismo tiempo golpeaban a dos protegidos de los moderados: Lanusse y Timerman”. En esa jugada cayeron funcionarios de Calabró, a quien los halcones vinculaban con Viola.

 

“Hablen, así no los castigan más”, le dijo von Wernich al ex jefe de Ceremonial de la Gobernación, Héctor Ballent. “Este es un taquero que se consiguió ropa de cura”, comentó el ex funcionario con sus compañeros de celda.

Para Osvaldo Papaleo, ex secretario de Prensa del gobierno de Isabel Martínez y hermano de Lidia Papaleo de Graiver, había un “cuerpo colegiado de la tortura”: “la sensación era que von Wernich estaba en el interrogatorio pero de otra forma”.
“Von Wernich se sentaba cerca de Camps y veía las torturas”, reveló el actual cónsul Héctor Timerman, quien supo del rol del capellán por posteriores charlas con Jacobo, hoy fallecido. El caso de su padre puso de manifiesto, además, el antisemitismo de los represores, comentado por varios sobrevivientes. Rubén Schell, que era rubio y “como un tarado” se había tatuado una svástica a los 12 años, pudo sacarle provecho:

–Con esa pinta, vos tenés que ser un SS. ¿Qué hacés entre esta manga de negros? A este trátenlo bien –dijo un interrogador que, cree, era el propio Suárez Mason. “Seamos claros: le salían nazis de adentro”, concluye Schell.


La otra cara
“Quiero hacer la salvedad: no fueron todos. Por ejemplo, mi señora lo fue a ver monseñor Novak, que la atendió e hizo gestiones”, aclaró Lovazzano tras vilipendiar a la cúpula eclesial. Aunque estaba circunscrito a los delitos de lesa humanidad cometidos por von Wernich, no faltaron en el proceso oral menciones a “la otra Iglesia”.

“También tuvo su cuota de mártires”, dijo Rubén Capitanio y los nombró uno a uno. 17 sacerdotes católicos y dos obispos fueron asesinados o desaparecidos entre 1974 y 1983. La dictadura también asesinó a seis seminaristas y otros pasaron varios años en prisión. Ya antes del golpe, 43 sacerdotes habían sido apresados por su militancia y varios, expulsados del país. Otro caso sobresaliente es el de las monjas francesas Alice Domon y Leonie Duquet, secuestradas en diciembre de 1977.

“Yo no me lo imagino a Cajade al lado de von Wernich celebrando misa. No me lo puedo ni imaginar pero ni de pura casualidad”, reflexiona Ponce Núñez, comparando a su amigo con el represor al que querelló: “Me parece que tienen visiones de la vida totalmente opuestas. Es imposible compartir. Hablando a niveles de obispo, no me lo puedo imaginar a De Nevares compartiendo algo con Tortolo”.

El abogado, que representa a la Central de Trabajadores Argentinos (CTA), relaciona su participación en el juicio con Cajade: “Carlitos, desde su pensamiento, su ideología y su forma de ser, se metió en el juicio. Y como él no podía porque no era abogado, me metió en el juicio. Carlitos es el primero que firma nuestra participación en el Juicio por la Verdad. Allí nos transformamos en querellantes...”.

“Olvídense”
Ricardo Antonio Sangla (19), Rodolfo Emilio Pettiná (23) y Héctor Oscar Manazzi (19) estudiaban Medicina y convivían en la Casa del Estudiante de Trenque Lauquen, en 41 entre 10 y 11, con otros once chicos coterráneos. En la madrugada del 15 de junio de 1977 irrumpieron represores vestidos de civil y se los llevaron. José Daniel Hilgert, que vivía en la casa, escuchó “cómo con voces de mando preguntaban ‘dónde están Sanglá, Manazzi y Pettiná’; después los hicieron poner como estaban, semidesnudos, con los brazos en alto, mirando a la pared, sobre los pasillos”. Y escuchó a Pettiná decir: “Llévenme a mí y dejen a los chicos porque no tienen nada que ver”.

Mery Luisa López, la madre de Ricardo, se trasladó desde la zona rural donde vivía hasta la capital bonaerense, al igual que otros familiares. Presentó habeas corpus sin resultados. Cuando todas las gestiones oficiales fueron en vano, la señora López le escribió una carta al obispo de 9 de Julio, Alejo Gilligan y éste le envió un emisario, que resultó ser von Wernich. “Pidió que le contáramos todo lo sucedido”, recuerda López. “Le contamos, y dijo que volvía después”. El cura regresó a la noche. La mujer relata que tuvo “la impresión de que fue a ver a los chicos, porque volvió horas después (...) Dijo que eran inocentes, que la subversión se los llevaba, que podía pasar. No nos explicó a quién fue a ver”.En cambio, sí les dejó una advertencia a los familiares de los desaparecidos: que “nos fuéramos ‘para las casas’, que cuidáramos lo que nos quedaba, porque podían pasar 3 meses, 6 meses, un año sin verlos, como podía pasar que no los viéramos más”, indica López, que al día siguiente regresó a su casa del campo y todavía duda si tomó aquellas palabras “con miedo o como un consejo”.

A la madre de Pettiná, Elena Taybo, von Wernich directamente la amenazó: “señora, le pido que se vaya a Trenque Lauquen y lleve a sus hijos, porque a usted le puede pasar algo y sus hijos pueden desaparecer”. Cuando salía de la casa, el capellán se cruzó con Julio, hermano de Rodolfo, que venía de hacer gestiones en Buenos Aires ante organismos de derechos humanos: “Ah, ustedes se juntan con eso; olvidate de tu hermano y de los otros dos chicos”, le espetó.

Después de López
La desaparición de Jorge Julio López, testigo un año antes cuando el mismo Tribunal juzgó a Etchecolatz, marcó al juicio contra von Wernich. Varios testigos lo mencionaron. Las abogadas de Justicia YA! insistieron en lo siniestro de su ausencia. En cada audiencia había, entre el público, pañuelos con su rostro.
La realidad impuso al Tribunal prever un sistema de protección de testigos. La fiscalía pidió convocar al Centro de Protección de los Derechos de la Víctima (CPV) y al Comité para la Defensa de la Salud, la Ética Profesional y los Derechos Humanos (CODESEDH) para la contención a través de los psicólogos. También estuvo disponible el Programa Verdad y Justicia para el monitoreo de testigos en riesgo. Otros, como Rubén Schell, tuvieron la protección del Ministerio de Seguridad bonaerense. Además, el Tribunal decidió convocar a los declarantes a su sede de calle 47 entre 10 y 11, desde donde fueron llevados, con custodia y acompañados por profesionales, hasta la entrada de la sala de audiencias.

“Sin tener todo un esquema de evaluación profesional, tengo la sensación de que la protección de testigos funcionó razonablemente bien”, valora Félix Crous: “Me consta que muchas personas han hecho un esfuerzo serio para que esto funcione”.
Miriam Bregman, en cambio, considera que “el sistema de protección de testigos es completamente inexistente” y evita enumerar las “decenas de hechos” que lo prueban: “Es evidente que el concepto de seguridad sigue siendo el tradicional. Sigue siendo el de vallar el Tribunal y restringir el acceso al público. No se protege así a las víctimas. Varios vinieron a declarar e incriminaron a Eros Tarella, que está en su casa mirando por televisión. No hay protección de testigos posible si el testigo va decir cosas que le pueden costar la cadena perpetua a personas que lo están mirando desde su casa, que son miembros de agencias de seguridad, y muchos todavía tienen funciones en el Estado”. El Tribunal permitió la difusión de imágenes del juicio sin otro resguardo que el planteado por cada testigo. Es decir, quedó en manos de cada persona la evaluación del riesgo que corría por declarar.

Un pariente lejano que estuvo muy cerca
En tres meses, el único testimonio que von Wernich quiso escuchar fue el de Luis Velasco. Incluso pidió, por única vez en el proceso oral y público, prestar indagatoria antes de que el testigo pudiera contar su historia. Intentó desacreditar a Velasco, tachándolo de colaborador de los represores, pero la versión resultó inverosímil: dijo que en la cárcel Miguel Etchecolatz le contó que “el señor Velasco pertenecía al Batallón 601 y fue pedida su detención por el batallón para meterlo en las comisarías a buscar informes entre personas alojadas. Y gracias a esos informes se produjeron varias detenciones”. El sacerdote no aceptó preguntas de los jueces ni de las partes y se sentó junto a su defensor. Libreta en mano, tomó nota durante toda la declaración del sobreviviente.

Velasco tiene un parentesco lejano con el represor: una prima del capellán es la segunda esposa de su tío. Monona von Wernich estaba entre el público.
En la medianoche del 7 de julio de 1977 Velasco fue secuestrado de su casa de la calle 56 entre 5 y 6 por policías bonaerenses y fue llevado a la Brigada de Investigaciones, a pocas cuadras de allí. Después de dos días de tortura, alguien entró en la celda:

Sacate la venda y miramele dijo.
–No te quiero mirar.

“Me habían dicho que si miraba me mataban”, explica Velasco a los jueces: “Él me bajó la venda. Iba a la celda a hablar con los prisioneros de lo que los prisioneros quisieran. Me tocó el pecho y hacía bromas, decía que en la tortura se me habían quemado todos los pelitos”. En la celda estaba también el estudiante de Periodismo Néstor Bozzi, que se puso de rodillas:

–Padre, yo no quiero morir.
–La vida de los hombres depende de Dios y de tu colaboración –le respondió el cura.
El periplo de Velasco siguió en el Pozo de Banfield y en la Comisaría 5ª. En esta última volvió a ver a von Wernich: “Tranquilo, soy primo de Monona”, quiso entrar en confianza. “Le pregunté por mi familia; me dijo que mi madre estaba bien y después me pidió que no le preguntara más”. Días después presenció la discusión del cura con Héctor Baratti (ver nota principal).

Después de su liberación el 8 de agosto de 1977, Velasco supo que su tía le había llevado una foto suya al capellán para que averiguara su paradero: “En todo el mes que estuve detenido no le pasó información a ella ni a nadie de mi familia”.

En Carlos Casares, de donde era oriundo, el sobreviviente fue visitado otra vez y prosiguió con la tortura psicológica: “Yo estaba solo y me invitó a tomar un café”. En la conversación, el cura le dijo: “No tienen que preocuparse cuando están bajo los efectos de la tortura porque no son ustedes. Además, hay gente que no canta. Sos un boludo…¿Por qué te hiciste hacer mierda en la parrilla? Después cayó gente por tus conversaciones en la celda”. Velasco le preguntó si había influido en su liberación: “Lo único que les dije es que a éste lárguenlo o mátenlo, porque sino nos mata a nosotros”.

Poco tiempo después se fue al exilio. Primero a Perú y después a España. Hasta 2006, volvía una vez por año al país, para Navidad y Año Nuevo. Pero las últimas fiestas las pasó en Madrid temeroso de que pudiera ocurrirle lo que a López.

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