NÚMERO 55 - NOVIEMBRE 2007

Por una sociedad sin hambre

Los argentinos volvimos a elegir a quienes queremos que nos gobiernen y ese solo hecho ya nos colma de alegría y esperanza. Estamos fuertes como democracia, más allá de que, a poco de hurgar, veamos que todavía no hemos podido hacer valer a rajatabla aquel precepto fundacional del sistema que dice que “todos somos iguales”.

Por desgracia, en nuestra sociedad no todos son iguales, no todos tienen las mismas oportunidades, ni están incluidos en el concepto de justicia e igualdad distributiva. Sigue habiendo hambre y, como un dato patético de la realidad, en nuestro Hogar existe una lista de espera, de chiquitos que fueron olvidados por el sistema y que aún hoy nos necesitan.

Durante todo el mes de octubre recordamos mucho a Carlitos, al cumplirse dos años de su partida. Lo escuchamos seguido en nuestros corazones, transitamos con intensidad por sus mismos gestos solidarios.

Con nosotros estuvo su amigo Víctor De Gennaro, quien recordó que en la Marcha de los Chicos del Pueblo de este año, uno de los pibes dijo algo que lo impactó tremendamente: “Espero que esta sea la última”. La frase  nos lleva a esperar que los nuevos gobernantes escuchen a los pibes, como no lo hicieron los anteriores, y que hagan todo lo necesario para que, efectivamente, no debamos realizar más marchas para reclamar por ellos.

También estuvo en la Obra el saliente gobernador Felipe Solá, quien, acompañado por el ahora nuevo intendente, Pablo Bruera, dijo de Carlos que "es el Mugica de este milenio" y que "su obra no murió con él, sino que sigue en manos de sus militantes y sus hermanos". Solá nos entregó un subsidio de 30 mil pesos y dijo algo muy interesante: "El presupuesto es del Pueblo. Nos gusta saber que, cuando entregamos dinero, no puede estar mejor puesto que ahí. Y esto me pasa a mí con este Hogar".

Hacemos votos para que las nuevas autoridades también sientan que administran los dineros del pueblo y que lo pongan en práctica en cada unos de sus actos, para que no existan nunca más pibitos que requieran de un Hogar como el nuestro.
Y aquí nos sale volver a recordar a Carlitos. Sus llamamientos por un mundo de iguales, sus reclamos hacia quienes nos dirigen. Y lo encontramos fácilmente, en anteriores editoriales: 

“Dios quiera que sigamos construyendo un país donde el overol del niño sea su guardapolvo; sus herramientas de trabajo, las pinturitas, las gomas y los lápices y que sus tiempos libres estén llenos de muñecas y de pelotas de fútbol, con papás cansados después de un día de trabajo donde han traído a la mesa de su casa el pan ganado con sus propias manos”.

“Todo el pueblo, y no sólo los dirigentes, tendremos que educarnos en estos saberes. Para poder distinguir a un mafioso de un hombre digno… Para saber que, aunque necesitamos dirigentes con mucho de lo que pide la hinchada, no podemos respaldar caudillismos machistas que terminan persiguiendo a la vida. Para no creer más que esto se arregla con planes Trabajar. Para no pensar más en mi seguridad en lugar de pensar en la seguridad verdadera, que es el trabajo digno para todos”.
“Para no equivocarnos nuevamente vamos a precisar tener el corazón caliente, ya que la vida de nuestros hijos dependerá del futuro que le demos al país, y la cabeza muy fría, para saber hacia dónde orientar el destino de nuestra patria. Tenemos que usar nuestra inteligencia no sólo para distinguir al corrupto del que no lo es, sino también para saber qué tipo de política, qué proyecto de país queremos”.

“Ojala que Nazarena (murió por desnutrición a pocas cuadras del Palacio Municipal), que vivió crucificada como Nazareno, nos ilumine desde el cielo a los hombres de buena voluntad de esta tierra para que la infancia en nuestro país no sufra más esta mierda escandalosa para la humanidad y para Dios, que es la muerte por hambre de nuestros niños. Esta es la gran pulseada que tenemos que seguir dando”.

Los pibes y educadores del Hogar del padre Cajade

 

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