NÚMERO 55 - NOVIEMBRE 2007

De Gennaro siente a Carlitos luchando desde arriba

A LA MISMA ALTURA

Fue una noche cargada de emociones fuertes la que se vivió en la Facultad de Trabajo Social para recordar al cura. Miguelito, Lidia y Marcelo Santillán lo hicieron desde el corazón. Su amigo Víctor De Gennaro también habló desde el alma, pero con la voz cargada de las mismas ideas con las que recorrieron el camino de militancia social. Como Carli, dijo que el hambre es inmoral y advirtió que no se parará la lucha hasta que todos los pibes tengan padres con trabajo y una infancia feliz.  

Por Carlos Fanjul

Casi como un símbolo de que otra vida es posible -o de que la relación con el otro, basada en el amor y no en el maltrato, da frutos más sabrosos- el encuentro se realizó donde antes existía el Distrito Militar y hoy funciona la Facultad de Trabajo Social. Aulas viejas, pero acogedoras, patio grande y con fresco lugar para el abrazo. Un lugar ideal para una charla en la que se habló de sentimientos, de recuerdos entrañables y del convencimiento de que es imprescindible seguir luchando por un país más justo. Por esos senderos transitó la reunión programada como uno de los homenajes de la Obra al cumplirse dos años de la muerte del cura…Y por esos mismos caminitos anduvo el cura durante toda la noche.
En las palabras emocionadas de Miguel Cabrera o Lidia Cantero, dos de los primeros pibes criados en el Hogar y que hoy, ya sin Carlos, lo lideran y sostienen desde su faceta de educadores.

O en las de Marcelo Santillán que sabe que hay que seguir peleando para “darle mucha fuerza a Carlitos. Pero en estos días, estoy muy bajoneado sin mi amigo y muchas veces no estoy bien en el Hogar. Sé que hay que estar bien, para poder seguir dándole fuerza, pero muchas veces no puedo…”, asegura llorando y desata un mar de lágrimas.

O en las de Víctor De Gennaro, el líder de la Central de Trabajadores Argentinos, el hermano en la militancia de Carlitos, que no por casualidad fue el orador invitado, pero que, también, no de pura casualidad, y siendo tan charlatán, a veces se queda con la garganta hecha un nudo a la hora de hablar de su amigo.
O en frases que hacían achicar hasta al más guapo como “yo, otro padre no tuve” o fue “un papá que nunca nos trató como a extraños, sino como si fuéramos sus hijos propios”, lanzadas por sus pibes.

O en la voz de Mario, igualita a la de su hermano Carli que, por edad, fue el ladero más fiel del cura y que, ahora, como maestro de ceremonias trató de que sobrara onda positiva y luchó a pura sonrisa contra el “moquerío” que inundaba la sala.

En cada rincón de la Obra
El encuentro fue eso, un reencontrarse de amigos que se ven todos los días, pero que, en ese momento, lo hacían para levantar la bandera del amigo que los juntó. Y Mario Cajade condujo por el camino al que todos querían ir.

Contó que a su hermano se le rompía el corazón de orgullo cuando la maestra de algún pibe le decía que “el mejor alumno no fue para nada, pero sí fue el mejor compañero”, o recordó que Carli siempre decía que “al pibe cuanto más ternura le das, mejor persona será y este objetivo siempre es posible”. Y a manera de bandera levantada al frente de una marcha, aseguró que “Miguel y Lidia son la mejor muestra de eso que decía mi hermano. Los dos llegaron de muy chicos al Hogar, fueron de los primeros, y, luego de pasar historias de vida realmente duras, hoy son dos de los verdaderos sostenedores de la Obra”.

Mario llevó a todos a “recorrer” cada rinconcito de la Obra. Así, vimos fotos de cada uno de los emprendimientos sociales y productivos, y del Hogar. Contó de los 75 pibitos de hasta 5 años que asisten a la Casa de los Bebes y que, como decía Carli, nos dejan tranquilos porque si “a la noche no comen, por lo menos ya sabemos que están alimentados”. De otros 200, de entre 5 y 12 años, que en la Casa de los Niños hacen los deberes, se alimentan y van a la escuela. De las 300 raciones de comidas que se hacen en el Comedor, para que las familias de la zona las lleven a sus casas para compartir en familia. Del trabajo en la Panadería, donde se hace el pan y las facturas para toda la Obra y la barriada. De los 70 chicos que viven en el Hogar y que son criados, amados y educados por Olguita, Miguel y su esposa, Lida y su esposo, Tony y Cecilia, Julio y Yessica, el Chino o Nievas. Contó también de la Granja y la Huerta, donde, entre otras cosas, se cosechan tomates mil veces más baratos que en el mundo mercantilizado que nos cuentan por la tele. Y nos habló de del orgullo que representa la imprenta Grafitos, donde los chicos criados en el Hogar “tienen muchísimo trabajo, porque las cosas se están haciendo muy bien” y porque, por ejemplo, ellos mismos hacen La Pulseada. También habló de los kioscos de la Legislatura y la Gobernación, en los que otros pibes también le pelean a la vida desde un trabajo digno.

Después habló el Tano De Gennaro y, para rematarla, miramos el video en el que el propio Carlitos cuenta los detalles de su Obra –el mismo que tiempo atrás fue repartido por esta revista- y mediante el cual, con la propia voz del cura, todos pudimos constatar que lo dicho en esta noche mágica tenía la misma dirección… Aquella que nos lleva a un mundo digno y con igual suerte para todos. Para los que más tienen y para los que no tienen nada.

Esta vez sí pudo
No fue una mera casualidad haber convocado a Víctor De Gennaro para que hablara de Carli. El Tano representa aquella idea del cura de que hay que dar pelea desde antes de que ocurra la derrota de que un pibe quede sin familia y en la calle. Y esta vez, sí pudo decir todo lo que tenía adentro: “Una vez, la esposa de mi compadre, Carlos Casinelli, otro Carlitos a quien yo quise mucho y que fue uno de las personas fallecidas en el accidente del avión de Austral de hace 10 años, me escribió que estaba sorprendida de que me hubiera quedado callado en el entierro de su marido. Yo que estaba tan acostumbrado a hablar. Y la verdad es que fue así. Me pasó con muy pocos compañeros y una muerte que también me dejó sin palabras fue, justamente, la de Carlitos. Estoy sintiendo que el recordarlo nos hace bien al alma. Es que yo lo quería mucho. Fue de esos tipos a los que uno conoce y a los diez minutos siente que lo conoció desde toda la vida. Desde ese mismo día empezamos un acompañamiento, una amistad que para mí es un orgullo”.

Al referirse a los valores personales de Cajade, señaló que “siempre me asombra esa ternura y esa alegría que tenía. Yo lo conocí en los ’90 cuando nos estaban inventando el hambre y querían que todos aceptáramos que estaba bien, que era lógico que algunos no tuvieran ni siquiera para comer, porque total pobres hubieron siempre, y que había que aguantarlo de esa manera. Lo conocí en movilizaciones y actos con muy poca gente. Como cuando con Alberto Morlachetti denunciaron el ataque a los pibes y los salvó la presencia de Joan Manuel Serrat. Como siempre decía Carli ‘menos mal que vino porque hasta ese día parecíamos un grupo de personas cruzando la calle’. Era un momento en el que sólo la fe te mantenía en la lucha. Me sorprendía la fe de Carlitos. Nos arrastraba su sonrisa, su convicción para hacer cada cosa”.

Le devolvió la fe
“Yo en ese momento –añadió el dirigente social- no estaba bien con los curas, para qué mentir. Carlos me hizo sentir otra vez la presencia de este tipo de curas, como los que yo había conocido en los ’70 pero que ya no estaban. Carlitos me hizo sentir que otra Iglesia era posible. Y la casualidad, o la providencia, hace que este homenaje lo podamos hacer en La Plata, en este mes de octubre, para decir con mucha alegría ¡¡¡que todos los curas no son von Wernich, sino que hay tantos curas como Carlitos y como otros que dieron la vida por nuestro pueblo!!!”.

Y hasta, desde su entrañable afecto y con mucha gracia, le otorgó ciertas gestiones divinas: “Una vez veníamos en una de las marchas de los Chicos del Pueblo –relató- y había una tormenta impresionante. Yo le gritaba ‘¡¡¡Carlitos, a ver si corrés las nubes!!!’…Y lo más grande era que las corría… No era joda… (risas). Como él decía, ‘tenía línea directa con el cielo’. Con Miguel y con los demás chicos veníamos marchando y la lluvia era torrencial. Es más, hubo un momento en que discutimos si había que seguir, porque no podíamos seguir mojando a los pibes en una marcha que hacíamos para defenderlos. ¡Los pibes querían seguir sin hacernos caso a los grandes! Y Carlitos dijo ‘vamos a caminar que va a parar de llover’. Como la mayoría no teníamos tanta fe como Carlitos, hicimos marchar los micros por delante de la columna porque, si se hacía más fuerte el diluvio, enseguida subíamos a los chicos para que no se siguieran mojando. Estas cosas sólo las puedo contar con ustedes, porque si no me creen a mí, le van a creer a Carlitos… Pero lo cierto es que seguimos y ¡a los pocos pasos se paro la lluvia!... Al rato, se ponía feo otra vez, y yo le gritaba ‘Carli arreglá esto’ y él me tranquilizaba: ‘Quedate tranquilo que ya lo arreglo’, y volvía a parar. Hubo un momento que a mí me pareció de fantasía: adelante estaba lloviendo fuerte y cuando llegábamos ya había parado, y llovía atrás. Era maravilloso lo que ocurría. Ahí entendí que estábamos custodiados por alguien especial. Llegamos a Plaza de Mayo, bendijo el pan, se dijo lo que había que decir y cuando el último terminó de hablar, las gotas que empezaron a caer eran tan grandes como el mismo palco. Salimos todos corriendo, sin tiempo ni para despedirnos, pero ya no importaba, Carlitos lo había arreglado…”.

Con la misma seriedad, pero con igual tono risueño, el dirigente no escatimó palabras para hablar de la valentía del cura: “En la CTA fue el primer secretario de Derechos Humanos cuando éramos ilegales, cuando nadie nos reconocía. Y él, que era cura y sabía que no tenía ningún permiso de la Iglesia, se arriesgó y estuvo a nuestro lado para cobijarnos, para darnos un paraguas. Yo me alegré, porque él se alegró al hacerlo. Recuerdo que nos preguntó si él podía serlo en una central de trabajadores porque era un cura, no un laburante como otros, y que en broma le decíamos ‘bueno ahí vas a tener que elegir porque si sos cura no laburás’ y como lo dejamos afiliar se dio cuenta de que siendo cura también podía trabajar” (carcajadas generales).

El hambre es inmoral
Más adelante, De Gennaro miró al futuro, desde las propias enseñanzas de su amigo: “Es difícil sacar toda la fuerza que necesitamos para enfrentar el desafío de vivir con amor y amistad, y con justicia. Nos metieron tanto miedo, tanta desconfianza que hasta vemos peligrosos a los pibes. ¡Hasta ellos, que son las víctimas de todo este tiempo, pareciera que son los victimarios! Tanto miedo a creer tenemos, que nos cuesta mirar la vida como la miraba Carlitos. Por eso siempre transmitía su militancia con alegría, aunque estuviera tan golpeado como los demás. Una vez nos contó que el único momento de su vida en el que había sentido hasta una crisis de fe, fue cuando se le murió Nazarena, esa nenita que falleció en La Plata por desnutrición. Fue su peor momento porque no lo podía entender. Y recuerdo que Carlitos nos dijo: ‘La única manera de mantener la fe, de creer y de seguir adelante fue estar convencido de que arriba también están peleando. De que arriba también la pelea es dura y, entonces, a veces Dios se tiene que llevar a las almas puras para emparejar un poco allá y así poder ayudarnos acá’”.

“Yo hubiera preferido –reconoció- que no se tenga que llevar a Carlitos; lo queríamos acá. Pero cuando lo vi pararse esa tarde en el sanatorio mientras estaba internado, cuando casi no podía ni hablar, pero igual caminó hasta la ventana para transmitirles a todos sus chicos y a sus compañeros que él iba a seguir peleando, yo creo que nos estaba diciendo que no sólo iba a pelear mientras estuviera acá… Sino que siempre iba seguir peleando arriba. Porque necesitamos que él ahora pelee por nosotros, y nuestro desafío es que todos peleemos a la misma altura de su pelea”.
Y para rematarla, enfatizó que “por eso lo que digo delante de los pibes, es que es una inmoralidad que haya hambre en nuestro país. Siempre sentí que todas las marchas de los chicos eran un cachetazo para los gobernantes. Nunca ninguno nos recibió para escuchar a los chicos, porque, claro, cuando los pibes hablan después no se les puede mentir. Pasamos por todas la provincias, de todos los partidos políticos, con distintos presidentes en el país y nunca ninguno los recibió. ¡Les tienen miedo! Y entonces siempre sentí que cada marcha era un cachetazo para ellos. Pero en esta última marcha uno de los pibes dijo algo tremendo: ‘¡Espero que esta sea la última!’. Es la primera vez que escuché eso y ahí empecé a sentir que ya no era un cachetazo para ellos, sino una interpelación para nosotros porque todo el tiempo que nos lleve cambiar esto, se medirá en más muerte para nuestros pibes. Por eso necesitamos que también nos ayuden desde arriba y nosotros comprometernos a seguir luchando desde aquí. Adelante de ustedes asumo ese compromiso, delante de mis compañeros, mis amigos, de los pibes. Y le digo a Carlitos que, como él gritaba, ¡¡¡no vamos a parar hasta que no quede ni un sólo pibe que no pueda estar en su casa, con sus padres, con pan y trabajo, y viviendo una infancia feliz!!!”

 

Un dirigente honesto y dos chicos con valores
En un momento de la reunión, Mario Cajade pidió a los presentes que aportaran historias o anécdotas que a todos les permitiera seguir conociendo a su hermano. Ricardo Moreno, uno de los laderos incondicionales del cura desde el mismísimo comienzo de la Obra, eligió referirse a los tres expositores desde el sentir de Carlitos, que tan bien conocía. Sobre Miguel relató que “fue uno de los primeros chicos de la Obra y siempre fue una persona con muchos valores. Un día, casi todos los pibes le robaron el auto al cura y se fueron al centro a pasear. Chocaron, fueron detenidos y ahí tuvo que ir Carlitos a rescatarlos. Volvieron con el cura re caliente, y como Carli era bastante didáctico con el pié izquierdo y con el derecho también, y los entró a buscar por el Hogar para pegarles un buen reto. Los pibes se subieron arriba del techo para que no los agarre. Entonces, con más bronca todavía porque veía que no se podía subir a buscarlos, el cura los bajó a cascotazos, los retó y les hizo ver la decepción que le habían provocado. Pero lo importante para destacar aquí es que el único que no había querido participar de semejante travesura, había sido Miguelito. Y Carlitos siempre lo contaba para mostrar su bondad y su lealtad”.

Cuando se refirió a Lidia, explicó que “como todos los chicos del Hogar, tuvo una infancia muy triste, tremendamente dolorosa. A Carlitos siempre le llamó la atención su carácter y su fortaleza, y decía: “La Gorda tiene una capacidad enorme; toda la tristeza que ella vivió, la convirtió en buena onda. Siempre tiene una muestra de afecto en sus gestos y siempre está haciendo una broma, alegrando a los demás. Fue la nena preferida de Carli en aquellos comienzos: su nena”.

Por último, Ricardo habló de Víctor a quien “no tuve la ocasión de ni siquiera estrecharle la mano”. Ricardo aclaró que nunca confió demasiado en sindicalistas y políticos, pero luego relató: “Todos los martes nos reuníamos con Carlitos las personas más allegadas al Hogar. Hablábamos de las cosas que rodeaban a la Obra y luego, entre mates o vinos, la conversación derivaba hacia cualquier tema. Un día se armó una gran charla sobre política y temas gremiales. Yo mucho no me metí hasta que Carli me preguntó por qué no hablaba. Y dije: ‘¡¡Pero para qué, decime uno sólo que valga la pena, que sea honesto’. Carli saltó automáticamente a contestarme para que no me quedaran dudas: ‘¡¡Víctor De Gennaro; ya lo vas a conocer!!’. Bueno, por fin hoy, después de tanto tiempo, puedo darle la mano a un dirigente honesto”.

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