NÚMERO 53 - SEPTIEMBRE 2007

Una experiencia desde Radio Universidad de Veracruz, México

RADIONOVELAS PARA QUE HABLEN LAS COMUNIDADES

En varias comunidades rurales aledañas a la ciudad de Xalapa, en el Estado de Veracruz, sobre la costa este de México, una experiencia de radionovelas comunitarias con contenido educativo y ficcional, protagonizadas por los mismos vecinos -niños y adultos- plantea soluciones colectivas frente a la pobreza, las enfermedades pulmonares y los problemas ambientales. Además de la eficacia para transmitir contenidos y crear conciencia, las radionovelas, que se emiten por Radio Universidad de Veracruz, y otras, demuestran que la creación artística no depende sólo de especialistas: la radio puede estar al alcance de todos.
Por Patricio Féminis

“¿Qué pasa, Doña Charo? ¿Por qué llora?”. Eloísa Diez se le acercó lentamente, en medio del silencio del enorme estudio de Radio UV, donde, luego de ocho horas continuas, acababan de finalizar la grabación del nuevo episodio. Doña Charo tenía una mano en la frente y parecía mover un poco los hombros: estaba casi reclinada sobre la mesa, debajo de ese micrófono aparatoso, como un brazo que nacía del techo y podía atraer todas las miradas, aunque luego se volviera prácticamente invisible cuando cada uno decía su línea en el guión. O se apuraban un poco, y vamos de nuevo, desde aquí... ¡Aire! Hacía un momento, los demás -los niños, inquietos o entusiasmados; las niñas, siempre con preguntas nuevas- habían salido del estudio a las carreras: estarían correteando en la otra sala, desandando con la mente los minutos de regreso a la comunidad, pensó Doña Charo y percibió que Eloísa Diez avanzaba un poco más, hasta que le oyó preguntar de nuevo...

Levantó la vista, despegó con esfuerzo el codo de la mesa y su mirada cansina describió una corta parábola, hasta que posó sus ojos brillosos en los de la productora radial. “Es que mi marido, hoy a la mañana, me dijo que por qué me meto en estas cosas si yo no puedo hacerlo. Que no doy para esto”, expresó, y podía oírse, a través de la puerta entreabierta, la voz grabada de la otra Doña Charo: la de unos minutos atrás, rodeada de niños y ya transformada en un personaje: una voz que parecía viajar, debajo del micrófono inmóvil, para que la comunidad, todo Coyopolan, comenzara a hablar a través suyo. Y ella ahora, frente a Eloísa, qué mas da, empezó a reírse, entre lágrimas, al recordar la discusión con su marido por la mañana, en la cocina, mientras él le aseguraba, intentaba prevenir: que no podrías. Que no sabías. Que... ¿qué era eso de una radionovela donde actuaría su mujer? ¿Qué era lo que tenían que andar contando en la radio acerca de la comunidad?

Lejos de la visión pintoresca, palaciega y estridente del México de las postales turísticas, los vecinos de distintas comunidades aledañas a la ciudad de Xalapa, en el Estado de Veracruz, hacen oír su voz a través de la radio. Las radionovelas que emite Radio Universidad (XERUV), cuentan cada semana las historias, las problemáticas, las luchas cotidianas de los vecinos de Coyopolan, Molino San Roque o El Conejo, tres de las comunidades donde están emplazadas las casas de la Universidad. Allí, de acuerdo a los objetivos de los Programas de Vinculación Social de la casa de estudios, los alumnos de las distintas carreras -en su rol de brigadistas universitarios- realizan las prácticas requeridas para su formación, pero orientadas al servicio social: un intercambio concreto entre la realidad de la academia y la de las comunidades, que confronta con varios de los preceptos individualistas que el neoliberalismo derramó en el plano educativo, hace ya demasiado tiempo.

En las radionovelas se integran lo artístico, lo social y lo pedagógico: aunque la experiencia, en su carácter comunitario -y su poder transformador de la realidad- es inédita en México, el formato radionovela se arraiga en la tradición cultural del país. Con una alta carga melodramática, a través de lo emotivo -y de historias apasionantes- puede verse involucrada toda la sociedad: al interior de su mirada poética, sin necesidad de eufemismos, las radionovelas despliegan la creatividad colectiva para contar problemáticas comunes en demasiada gente: bajo la supervisión de una actriz y una comunicadora social, los niños y los adultos participan con sus voces en guiones de no más de quince minutos, que transforman sus historias silenciadas en materia prima para abordar distintas temáticas: derechos de la mujer, violencia familiar, contaminación, discriminación contra el indígena: la memoria colectiva, que reverdece semana a semana a través de la radio.
Betania Benítez y Eloísa Diez, las coordinadoras de una experiencia que nació a partir de un taller de teatro en la Casa de la Universidad de Coyopolan -en el municipio Ixuacán de los Reyes- estuvieron en la Argentina y repasaron el proceso, las expectativas para este año, luego de la última radionovela, que desarrollaron en otra de las comunidades donde se emplaza una Casa de la Universidad: El Manglar, en la periferia de la ciudad-puerto de Veracruz.

Hacia las propias historias
Benítez es una joven actriz recibida en la UV; de tez cobriza y cabello negro, lacio, que recae sobre sus anchos hombros, sonríe al hacer memoria y sus ojos grises parecen alargarse; los pómulos se redondean, pierden rigidez, y, cuando separa los labios, algo resecos, las palabras se enciman, se separan y reordenan en un ritmo sostenido. Como brigadistas de la carrera de Teatro -recuerda- ella y Julián Loredo -quien ya no forma parte del proyecto- conocieron la realidad y las problemáticas de los vecinos de Coyopolan, una comunidad semirural asentada en medio de un tipo de bosque único en el mundo: el bosque de niebla, en el que se desarrolla una inmensa variedad de especies florales. En ese ecosistema húmedo y frío, que propicia todo tipo de enfermedades -entre ellas la tuberculosis-, el cultivo de gladiolas se erigió como una alternativa a la pobreza: uno de los símbolos de una comunidad que no se resigna a que su historia, su futuro, sean un designio trazado de antemano.

La comunidad es un desprendimiento de otra, que abandonaron varias familias “por violencia, peleas y muerte”. Aunque sus miembros todavía mantienen “el amor hacia el campo, la familia”, y establecieron como regla comunitaria “que no se podía tomar alcohol, ya no es tan así: los jóvenes ya lo están haciendo”, dice. En la localidad no hay escuela secundaria y los niños, que salen a trabajar desde muy temprana edad, rápidamente se transforman en “adolescentes con responsabilidades de adultos”.
Todo lo que vivía la comunidad serviría de materia prima para motivar el proceso creativo: en el Taller de Teatro Comunitario que iniciaron casi en forma natural, orientado a los niños, comenzaron a trabajar a partir de la propia experiencia de los pobladores, de cada familia: los relatos, las historias de una comunidad -sabían- definen su sensibilidad, la identidad siempre en construcción. Pero no aplicaron al principio una única metodología: en vez de seguir las líneas propias del teatro comunitario mexicano -más vinculado a danzas antiguas y fiestas patronales-, ahondaron en su carácter escénico: buscaban que los niños, “pudieran explorar, recrear, reinventar sus propias historias, que tenían que ver con sus mitos, sus leyendas, sus cuentos”, dice Benítez. Pero no apuntaban a lo formal-teórico: “se entra por el juego, la pintura, los cuentos, el despliegue del cuerpo, y así se va llegando al saber más técnico”, amplía Eloísa Diez.

Ella, porteña de origen y radicada en México luego de haber sido durante años una de las directoras de FM La Tribu, se incorporó al taller en 2004, justo cuando se ampliaba a lo radial: Radio Universidad de Veracruz había acercado la propuesta de producir radionovelas educativas para fortalecer “el desarrollo sostenible de las familias rurales”, a través de la capacitación en el uso equitativo de los recursos naturales y materiales, junto a la prevención de enfermedades. Supieron que el proyecto podía extenderse a las otras tres casas de la Universidad a disposición: Fernando Escalante, el Director de Radio UV, las alentaba “y comenzamos”.
“¿Cómo vamos a hacer para que los niños se entusiasmen con la radio?”, se miraban entre sí los talleristas. El primer guión que habían armado, en Coyopolan, tenía una estructura más teatral, y “hubo que acomodarlo: estaba hecho el 60 por ciento y no se podía rearmar todo. El lenguaje radiofónico tiene sus diferencias: para empezar, no está el cuerpo”, dice Eloísa Diez, a la vez que se despeja un rulo dorado de la frente. Menuda y de piel levemente rosada, es delgada y de rostro fino: tiene la nariz angosta y los ojos pequeños, que parecen recubiertos por un halo de cansancio. Habla con la boca entrecerrada y algunas eses bien porteñas se cuelan en una tonada que ya es mexicana: esa forma cadenciosa, circular, de pronunciar las ideas, como si conformaran una vieja canción. Inmersa en el proceso de trabajo en la comunidad, ella comenzó a supervisar cada instancia. “La radio vino a ser una parte complementaria -señala-; descubrimos que lo que yo hacía con la radio era muy parecido a lo que hacían ellos con su elenco de teatro”.

En 2004 tomó forma la primera radionovela, Gladiolas de Amor, en la que los niños de la comunidad participaron activamente: pusieron sus voces a los personajes infantiles, en un rico intercambio colectivo con brigadistas, técnicos y actores profesionales, que trabajaron los roles de mayor densidad dramática. El argumento, que consistió en diez capítulos de 13 minutos, no podía ser más simple y concreto: la historia de Elena y José, quienes se criaron juntos en Coyopolan, y aprenden a reconocerse el uno al otro, abocados al cultivo de gladiolas; inevitablemente, entre ellos crecerá el amor, frente al rechazo de uno de los padres, las sucesivas distancias, y la búsqueda de un futuro distinto. “La confianza generada en la comunidad facilitó el proceso de actuación y grabación”, recuerdan las coordinadoras. Los niños con mayor fluidez de palabra interpretaron a los personajes infantiles; los mismos roles, pero ya en la juventud, quedaron a cargo de los actores.
El Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (Conaculta) comenzó a respaldar la experiencia. Tiempo después, llegaba la radionovela Manantial de sueños -alcanzó los nueve capítulos, de 11 a 13 minutos cada uno- que grabaron en la comunidad de Molino San Roque: los vecinos y diversos personajes cotidianos aparecen, pero bajo la forma de cangrejos y sapos, para denunciar la contaminación del agua a manos de la termoeléctrica de la región, que provoca la mortandad de los peces. “Siempre buscamos la metáfora”, dice Benítez. Lejos de un realismo crudo, opaco, los guiones siempre tienden a lo fantástico, a lo imaginario: a contar a través del juego. “A una niña, el ojo de agua, el manantial, le habla en sueños y le cuenta lo que le pasa”, repasa Benítez.

La inserción en la comunidad es central durante el proceso creativo, del que se apropian los niños en la búsqueda de poder expresar su voz. “En parte son entrevistas formales, y también es lograr que los niños nos inviten a sus cumpleaños, bautizos, fiestas familiares y comunitarias”, cuenta Benítez. Y los chicos, entusiasmados, “te cuentan su vida, se abren y no lo sienten de manera invasiva”. Saben que su historia personal, sus intimidades, no van a salir en la radio. Al representar un personaje que expresaba a su población, “se emocionan mucho”.
Pero se necesita romper con un montón de esquemas: “en las comunidades -recuerda la actriz-, agarramos a los niños para hacer ejercicios físicos y las mamás se espantaban cuando los volteábamos de cabeza: ‘se le va a caer el cuajo’, creían. Había que hacerles ver que no pasa nada; que el cuerpo es el instrumento del actor, así como la voz es el instrumento para la radio”.

Respuestas creativas
Los líderes comunitarios hacen de sí mismos y se genera una convivencia multidisciplinaria: actúa el dentista de la Casa de la Universidad, que explica a los niños “cómo lavarse los dientes; en la historia, la graduada en química les dice que se tienen que sacar sangre”. El mismo desarrollo, explica Diez, “lleva a lo escénico y al lenguaje radial” para contar historias que no involucran solamente a la realidad local. “La contaminación del agua, el cuidado de la naturaleza o del manglar, son universales”. Mediante la fantasía, el humor, lo romántico, las radionovelas pueden trascender las fronteras regionales. “Aunque no sea en Veracruz, el baño seco sirve en cualquier lugar”, evalúa Betania Benítez.

Pero demarca las limitaciones y, a la vez, la riqueza simbólica de las radionovelas: su sola existencia no podría hacer “que quitaran para siempre a la termoeléctrica y que digamos ‘ahora todos somos libres’, porque eso no va a suceder”. A aquel niño que, en una de las historias, hizo un viaje a través del manglar, no hubieran podido hacerle prometer: “‘modificamos de cuajo la realidad’, porque esto sería mentira”, insiste. El rol central de las radionovelas, asegura, es generar conciencia: en lugar de que el niño mate a los cangrejos, que aprenda a protegerlos. Que él y sus amigos aprendan a cuidar el medioambiente. “No estamos planteando una solución global, pero sí local, fantástica, porque puede ser que el niño que grabó eso en el futuro sí lo haga, u otro. Desde lo posible, buscamos respuestas creativas”, sostiene Benítez.

Durante la elaboración de Los tesoros de El Conejo, en esa comunidad de 900 habitantes ubicada en las faldas del volcán Cofre de Perote, los niños les contaron acerca de diversos personajes de la tradición oral. Ellas los aprovecharon para el guión: el conejo de la luna, o el hombre cara de mula, quien se roba todos los colores de la colonia, y los niños tienen que recuperarlos. “Y ahí descubren que uno de los grandes tesoros es compartir o ayudar al prójimo, para que la colonia (el barrio) se vuelva otra vez colorida y no gris”, dice Benítez.

Cuando los niños se peleaban por un bombón, se dijeron que simplemente reproducían lo que hacían los padres, que discutían por una cobija. En El Conejo, donde un tercio de la población es infantil, un gran porcentaje de los hombres jóvenes migran a ciudades como Puebla, a emplearse en la construcción. “Nosotras buscamos que los niños ampliaran sus horizontes: que pudieran valorar su escuela, sus amigos, lo que tienen en su comunidad, sin tener que irse”, dicen. Aún es un desafío permanente retratar los problemas sociales sin caer en el amarillismo. “¿Cómo poner en el guión que los niños son maltratados, sin lastimar los egos de nadie, de las mamás que te han contado su vida?”, indaga Benítez y aclara que “por eso, el trabajo no es sólo en las casas de la Universidad: para platicar con los padres tienes que inmiscuirte en sus vidas más privadas, sin que lo noten demasiado, porque tampoco es: ‘a ver, vamos a dar una entrevista. Ahora dígame cuáles son los problemas: ¿su marido le pega?’”.

Los procesos en comunidades marginadas suelen ser muy largos. Ellas pensaban, al principio, que en dos años podrían hacer un montaje, dar funciones, irse y dejar a los niños listos para que se manejaran por su cuenta. “Nos dimos cuenta de que no. El daño es muy grande y desde que nacen están destinados a una vida, a un mismo futuro. Es ser campesino, empleado; no estudiar”. “Mi hijo no va a llegar -repiten las madres-, no va a terminar la primaria”.

Por ello, buscan que los chicos entiendan que el taller no es únicamente un tiempo para la distracción. “En su casa lavan la ropa o van al campo a sembrar papa. Como es tiempo útil para la familia, a veces dicen que él no puede venir porque pierde tiempo”, apunta Diez. “Entonces aprendes a resolver en el momento, algo que ni te esperas cuando te preparas como actor profesional”, reconoce Benítez: “tienes que hacer que los papás tomen conciencia de la importancia que tiene el arte en la vida de los niños, como una posibilidad de vida. Quizá no meramente que estudien teatro, danza o cualquier carrera. Pero que puede cambiarles la vida el poder expresarse, y no solamente estar siempre cortando café”.

Garantizar la difusión
El proyecto tuvo una continuidad mayor en Coyopolan. “No sabemos si con todas las comunidades va a seguir; quizá no con todas ni con nosotros: queremos incluir más gente porque no podemos con cuatro casas. Es difícil”, dicen. La perdurabilidad de los programas en el aire, es una dificultad permanente. ¿Cómo asegurarse de que los episodios puedan volver a la comunidad que los generó? ¿Y la difusión en otros estados? Radio UV tiene poco alcance y “en las comunidades donde trabajamos no llega”, reconoce Eloísa Diez. En tiempos de la primera radionovela, la Universidad, a través de su cuerpo directivo, posibilitó que se emitieran en distintas radios gubernamentales: Radio Más, Radio Teocelo, Radio Perote. “Yo quiero que la radio de los universitarios sea para los que más la necesitan, para darles oportunidades”, se oía decir a Fernando Escalante, Director de Radio Universidad, quien alguna vez, hasta llegó a acercarse personalmente a Coyopolan.
Otro funcionario “ni siquiera hubiera asomado su cabecita por la comunidad”, asumen Betania y Eloísa casi al unísono. La visión de Radio UV se enmarcaba en la política de la Universidad veracruzana que, en el ’93, con el lema “distribución social del conocimiento”, promovió las casas de la Universidad en las distintas comunidades. “Antes -dice Benítez-, Radio UV acordaba con alguna radio estatal para la difusión, pero ahora parece que a las radios no les interesa un producto universitario”.

Este año tendrán listas cinco radionovelas, y planean imprimir unos cuadernillos para las escuelas de Veracruz, con los guiones transformados en historietas, y con actividades para el aula. Los niños, luego de leerlas, podrán escribir un final o actuarlo. “La clave de este año es la distribución”, sostiene Eloísa Diez, y revisa su pequeña cartera, de hilado artesanal, que adquirió en alguna comunidad de México, aunque no recuerda en cuál. El año pasado, dice, durante seis meses no tuvieron ningún apoyo: aún dependen del financiamiento de varias instituciones, “para que más gente escuche las radionovelas”: aunque seguirán trabajando en la radio universitaria, apuntarán a una mayor difusión a través de las radios comunitarias. Si no consiguen apoyo estatal para los cuadernillos, irán “de a poquito”: publicarán una revista en las escuelas de las colonias en las que se grabaron los episodios.
“Como esto es novedoso -dice Eloísa Diez-, no hay un camino escrito: la radionovela es un producto muy fuerte pero su dinámica genera huecos: cuando nos retiramos a escribir, en los ensayos, en la edición”. Ellas desean que, en ese lapso, otros brigadistas sigan trabajando con los niños, “para que no haya un ruptura. Para escribir el guión tenemos que alejarnos, porque es tiempo y no puedes hacerlo con ellos, ni en la comunidad. Trabajamos en la noche, en la mañana, a la hora que se pueda”, cuenta Benítez. “Siempre que te alejas, aunque sea por dos semanas, los niños piensan que no vas a volver, y la gente también. Y cuando regresas con el guión, lo ensayan y recuperan la confianza tanto en nosotros como en ellos: eso también nos lleva unos días”, agrega Eloísa Diez.

Por ello, lo que planificaron es “’Chiquiticlán de los bajitos’, una serie de microprogramas, no tan a largo plazo, para desarrollar junto con los niños. El proyecto se va transformando”, se entusiasma Betania Benítez y sus mejillas se tensan, se endurece su rostro moreno: alza la voz y -asegura- no pierde la confianza en Radio UV: “La universidad se debe vincular: para eso estudiaste, para eso haces el servicio social, que debiera ser una práctica profesional, en vez de un requisito. Y para eso, también, debe servir Radio Universidad”.

El valor del melodrama
Uno de los rasgos clave de las radionovelas, pensadas en forma comunitaria, es la participación de los mismos pobladores implicados, que cuentan sus historias y su realidad diaria en los guiones, a los que luego aportarán sus voces. “Esas voces cotidianas se vuelven públicas y, al cobrar esa dimensión, cambian -dice Eloísa Diez-: Doña Charo deja de ser ella, en la cocina, hablándole al marido, a ser el personaje Doña Charo en un medio de comunicación, hablando para un público mucho más grande”. Las problemáticas que en apariencia pertenecen al ámbito de lo privado, se vuelven universales, sin perder su origen local. Es lo que logra la radionovela: “hacer pública esa voz privada, íntima, silenciada por los grandes medios”, enfatiza.
En torno a las radionovelas reside cierto prejuicio, que se extiende a lo melodramático en general: una mirada de reojo que, asume Eloísa Diez, circula en las carreras de Comunicación y refrendan los estudiantes, al ver a las novelas “como la peste: dicen: ‘¡no! ¡mala palabra! Es llenarle de caca la cabeza a la gente... Les mentís. ¡Es venderles rosas!’”. Todo lo contrario, sostiene ella: hay que indagar qué es lo que genera tanta identificación en el oyente, y aprovecharlo: “es un gran género que no opera con lo racional, como un programa periodístico o un documental. No trabaja con ideas, sino con lo afectivo... no concientizás, sino que buscás que la persona se pueda identificar con el personaje y, de paso, que escuche otra información. Después, cada quien sabe qué hace con lo que oyó”.

A dónde está lo colectivo
¿En qué instancias de la elaboración de las radionovelas adquiere vigor lo comunitario? ¿En cuáles se interrumpe en pos del trabajo individual? Lo creativo, asegura Eloísa Diez, no obstaculiza sino que permite que ambas instancias puedan complementarse, enriquecerse entre sí: “El primer punto en que lo comunitario se corta -relativamente- es en el guión: para llegar a él se trabajan un montón de entrevistas hechas en la comunidad; de ellas surgen las ideas, los ejes temáticos, la forma de hablar, las historias, los sueños. De la entrevista con una señora tomás un hilo, de otra agarrás otro y vas tejiendo. Son las voces de ellos, claro, con un tejedor que no es de la comunidad; pero los hilos vienen de la comunidad y no sólo de la gente: también de los profesionales que trabajan ahí, que tienen otra mirada, que también es parte de la vida de esa comunidad”. Se podría pensar en un proceso comunitario de escritura: una vez que estuvieran listos los guiones, ponerlos a jugar, en los ensayos con los chicos, como una forma de rescribirlos. Aunque -dice- aún no lo han intentado. “Nuestra experiencia de trabajo es una fase profesional-individual, pero a partir de bases comunitarias”.

Lo comunitario entra y sale permanentemente del proceso: Betania Benítez observa que ya se activa desde la misma instancia teatral, debido a que las escenas las arman entre todos: “a los niños les das un personaje y ellos aprender a respetar ese rol y a convivir”, dice. Entonces, “ya no hacemos radio o teatro exclusivamente, y se vuelve a lo comunitario, que se ha separado en teatro, danza, música. Cuando entras a una carrera de teatro, haces sólo eso: nosotros tratamos de volver a unir esas instancias, de regresar a esa base comunitaria”. A las grabaciones asisten los niños que participaron activamente en el taller y, además, se incluyen las voces de los referentes de la comunidad: el maestro, el médico, el sanitarista. “Convocamos a actores profesionales porque a veces la carga dramática de un personaje es muy fuerte y lo necesitás; sino, la radionovela se te cae. Si tenés un personaje, la madre de la protagonista, a quien la abandona su marido, requerís que sea muy sólido: ahí llamás a un profesional”.

 

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