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NÚMERO
53 - SEPTIEMBRE 2007
Arte en las fábricas
IMAGINACIÓN DE OBRERO, TRABAJO DE ARTISTA
El artista plástico Alejandro Marmo, con el apoyo de organismos del gobierno provincial, trabaja junto a operarios de empresas, algunas recuperadas, para convertir herrumbrados pedazos de chatarra en flamantes obras de arte. La Pulseada muestra los resultados y reproduce los testimonios del artista, de algunos de los trabajadores que se transformaron en coautores de sus creaciones y de los funcionarios que hicieron posible esta iniciativa.
Por Carlos Sahade
Freddy Gutiérrez, con sus 58 años, ríe como un chico. Mira a los ojos y saluda con mano firme. Transmite alegría, optimismo, orgullo por lo que hace. Es obrero naval pero el país lo mantuvo 27 años alejado de su actividad. Hoy se siente un “trabajador recuperado”, porque “al recuperarse el país yo pude volver a trabajar en un astillero y recuperé la alegría. Además, me ‘choqué’ con Marmo (Alejandro) que me dio la posibilidad de generar estas cosas que espero que les guste porque están hechas, más que nada, con amor, mucho amor, muchas ganas y mucha esperanza”.
“Estas cosas” son las obras que el artista plástico Alejandro Marmo realiza junto con obreros, especialmente de fábricas recuperadas, y que forman parte de la muestra itinerante “Arte en las fábricas” que promueven el Ministerio de Trabajo bonaerense y el Instituto Cultural.
Es día de inauguración y la Dirección Provincial de Servicio de Empleo resulta más que pequeña para que estén juntos Alejandro Marmo, los obreros con los que trabaja, los funcionarios que le dieron pista, invitados, docentes, periodistas, otros artistas, militantes, y las obras de arte, grandes, ubicadas en la escalera, en los pasillos, en la entrada y en cualquier rincón disponible, hasta afuera, en la calle.
Eduardo Fernández, el anfitrión y generador de esta iniciativa, “es un chapita interesante”, al decir de Alejandro Marmo. Y desde su cargo de director de Servicios de Empleo, opina que “la cultura es la madre de todas las instituciones” y que lo que se busca es generar trabajo, pero también transformar la realidad. Y define “arte en las fábricas” como una forma de llegar y de generar desde adentro, “no como un snobismo o como un cartel, sino realmente como algo que sale de la gente misma”. También se están emplazando obras de arte en varios lugares de la provincia: En Tigre, el Monumento al Trabajador que Alejandro realizó con alumnos, docentes y padres de la Escuela 9 de Islas; en Miramar, el “Sol Niño”, porque “es la ciudad de los niños y nosotros trabajamos por la erradicación del trabajo infantil”, explica Fernández y agrega que también se está pensando en llevar al interior expresiones artísticas asociadas con la cosecha, “y en Guaminí, algo vinculado con el pescado lagunero, porque queremos que los íconos de Alejandro queden como parte de una cultura popular que nunca se tendría que haber ido”. También se está trabajando en un homenaje al padre Carlos Mugica, en la calle que lleva su nombre en Retiro porque “los pibes que cuidan coches al lado de Retiro, no saben quién era el Padre Mugica” y porque “como Angelelli y otros personajes de la Iglesia, deben ser rescatados porque realmente son santos”.
Desde el silencio, el miedo y los desechos
Alejandro Marmo nació en 1971 en una zona fabril del conurbano bonaerense donde había movimiento y olor a fábrica: “Yo vengo de un universo obrero: mi vieja fue zapatera y mi viejo, un obrero metalúrgico. No fui a la academia; mi mundo se hizo jugando con montañas de hierro. No tenía soldaditos sino hierro y pintura que sobraban de la obra de mi viejo. En mi niñez viví ese mundo del trabajo. Cuando era pibe salía a mi barrio de Tres de Febrero y estaba lleno de fábricas, de ruido. En los 90 me di cuenta de que en el cielo no había humo y no había ruido ni a cacatúa. No había nada. No había sonido, o había un sonido triste. A través del arte quise transformar esa tristeza industrial en una poesía que se vincule con los obreros y la producción”. Era difícil en el conurbano de los 90 conseguir trabajo: “Me dediqué desde a vender zapatillas en la calle hasta a vender puertas, ilusiones; vendía lo que podía para sostenerme, pero no podía sostener un trabajo porque tenía una gran angustia, una angustia existencial que me llevó a encerrarme en mí y en mi propio taller. Ahí empecé a tener una vida paralela donde la imaginación superaba la realidad; todo lo que me angustiaba también era imaginario. Tenía la cabeza y el cerebro lleno de monstruos. Y caí en el arte. La única manera de sostener un trabajo, de sostener mi alma, era expresando este mundo imaginario y la angustia que tenía de sentirme afuera. Estaba angustiado y tenía miedo, pero de esa angustia y de ese miedo saqué la fuerza necesaria. Transformé la fuerza del miedo en una carrera”.
-¿Cómo elegís los motivos de tus obras?
-Con una búsqueda interna: trabajé mucho el tema de los corazones porque no podía sentir; llegó un momento en que mi mente había absorbido toda posibilidad de sentimiento y de emoción. Entonces, empecé a buscar mi corazón que estaba lleno de hierro y de basura, de rencor, de cosas despreciables, y me empecé a amigar con mis emociones. Después trabajé mucho la mirada, porque me parecía que la mirada que uno tiene de las cosas no debe ser sólo desde un punto sino de forma circular. Y siempre son temas que me generan alguna inquietud. Por ejemplo, yo le tenía muchísima fobia a los insectos y empecé a hacerlos gigantes en espacios públicos para desafiar y enfrentar el miedo a los insectos. Siempre es una suerte de sublimación con respecto a lo que me paraliza; busco que el miedo no me frene y entonces todo lo que me genera un tormento interno lo expreso en la escultura o en la pintura.
-Decías que tu corazón estaba lleno de “cosas despreciables” y justamente vos trabajás con desechos y ponés tu mirada en los sectores marginales que podrían considerarse como los “desechos” de la sociedad.
-En todos los lugares hay desechos y no sólo en los espacios marginados. El desecho espiritual me parece que es el testimonio de esta época y yo trabajo fundamentalmente donde percibo que el arte puede llegar a curar y a sublimar ese rencor de la desigualdad que estamos viviendo. No siempre es el rincón marginado aquel que no tiene recursos. Los marginados somos todos; todos somos marginados de algo en un sistema. Mi arte trata de acercar la sensibilidad a una manera de expresar el alma y a valorar el universo propio, es decir, el mundo imaginario que todos llevamos dentro, con los obreros, con los alumnos desertores, con la gente que no sabe qué hacer con su vida. Mi trabajo se basa en testimoniar y en fortalecer el mundo imaginario de todos los que necesitan expresarse desde el alma.
-El arte te sirvió a vos. ¿Sentís que le sirve a otros?
-El primero que se ayuda soy yo. Sería hipócrita negar que el primer beneficiado soy yo. Primero porque aprendo de la gente que convoco porque tiene un mundo imaginario fuertísimo y ahí pasamos al tema de “arte en las fábricas”. Probablemente yo tenga mucho más de obrero que de artista, y ellos tengan mucho más de artista de lo que piensan, porque el obrero vive 8 horas trabajando dentro de una fábrica y su única melodía son los balancines, las máquinas. Y desarrollan una imaginación muy fuerte; generan una metáfora interna muy intensa. Yo exploto esa posibilidad. Tal vez sea el instrumento para que ellos puedan expresar esa vida imaginaria y esa metáfora.
-Cómo se define lo que hacés, porque tal como lo planteas, todos seríamos artistas.
-Hace 20 años en Buenos Aires no había tantos chicos en los semáforos y ahora si te sentás en un café, detrás del vidrio… Ese vidrio es el reflejo de la exclusión porque pasa toda la gente indigente y te mira desde ese vidrio. Para mí el arte tiene que reflejar eso. Ojalá este proyecto se pueda sostener en el tiempo y que genere un concepto: todos somos artistas y todos estamos incluidos en la medida en que también nosotros nos podamos incluir en la sociedad y que tomemos la decisión de incluirnos; que no nos marginemos solos porque a veces uno se margina solo.
-¿Tu obra tiene algo que ver con la Antonio Berni que trabajaba con desperdicios y que representaba a los sectores más olvidados de la sociedad?
-Claro. El arte que valoro es el de Berni, el de Ricardo Carpani, sobre todo. Es el arte que muestra un trabajo, un oficio, un mensaje social. En el país últimamente veo que la propuesta de arte es más glamour y colágeno. Y después que desaparecieron estos dos grandes, el arte argentino tiene una gran deuda: en los 80 y en los 90 se mostró un arte social bastante snob.
-El hecho de contar con apoyo oficial de la Provincia, ¿no te aleja de eso que querés reflejar?
-Yo era un tipo muy prejuicioso con respecto a la dirigencia política, pero la dirigencia política son personas y uno no puede meter a todos en la misma bolsa. Con Eduardo (Fernández) gané un amigo y una fortaleza espiritual para generar proyectos dentro de la política. Si hubiera tipos como él en cargos tan lejanos al arte… Aunque para mí es un artista un tipo que en una Agencia de Empleo pone una muestra de arte contemporáneo, arriesgándose a que le digan: “Loco, por qué no te ponés a laburar”. Y justamente estamos laburando para que la cultura sea una política de Estado y que esté al lado del trabajo. La figura de él en este proyecto es fundamental. La Universidad de Bologna me apoya desde hace tiempo pero en proyectos del exterior; en la Argentina es la primera vez que siento el respaldo de una institución fuerte. A su vez, Eduardo me conectó con el Instituto Cultural para que financie parte del proyecto. En estas personas confío en un ciento por ciento pero por la manera de laburar.
Trabajadores recuperados
Freddy Gutiérrez y Jorge Medina, llegan a la inauguración de la exposición de las obras de Alejandro Marmo, ¿o de sus propias obras?
Freddy: -Haberlo conocido a Marmo hizo que aflorara en nosotros la parte artística. Somos trabajadores recuperados porque mi oficio es el de obrero naval y hacía 27 años que no estaba dentro de lo que yo hago. Al recuperarse el país yo pude volver a trabajar en un astillero, volví a tener la alegría de poder crear. No soy ni trabajador ni artista. Soy una persona.
-¿Qué hiciste en las obras? ¿Cómo participaste?
-Con Marmo participamos en la creación de un monumento al Trabajador que está emplazado por ahora en el Sindicato de la Madera; luego en el caballo y en un Sol. Todas estas cosas fueron hechas con lo que mayormente se llama “chatarra”. Somos quienes poníamos las piezas en el lugar donde nos indicaba Marmo y de a poco íbamos viendo que se convertía en obra; de vez en cuando sugeríamos si esta pieza podía ir ahí o no. Entonces, quiérase o no, somos cómplices de la obra.
-¿Antes habían hecho algo como artista?
Jorge: -No, nunca.
Freddy: -La supervivencia te obliga a ser artista. Si uno tiene la posibilidad de tener las herramientas, termina haciendo una mesita, una repisa, a la que le has puesto algo más y que son únicas porque dos veces no la vas a hacer igual. Entonces uno, cuando tiene herramientas, tiene la posibilidad de hacer.
Jorge habla poco, aunque en realidad parece expresarse a través de Freddy, porque permanentemente alimenta la charla con él: “Y escribe”, apunta y Freddy arranca: Bueno, a veces me da por escribir algunas cosas, generalmente alusivas a lo que uno hace. También tengo algo escrito referente a lo que fue la supervivencia en una época muy jodida y no estamos hablando de muy lejos sino de 4 o 5 años atrás, cuando uno realmente tenía que ser un artista para sobrevivir. Éramos obreros de la industria naval y terminamos haciendo autopistas, supermercados grandes… Tipos que podían haber estado construyendo cosas importantes para el país, nos dedicábamos a hacer esas cosas porque era el único modo de supervivencia. Por eso digo que de una u otra forma somos artistas. Ver hoy como una obra a estas chatarras que se han juntado, a uno lo alegra porque antes mis compañeros juntaban esas chatarras para poder sobrevivir. Hoy convertir eso tiene un valor muy grande. Creo que es una alegría para el trabajador poder hacer estas cosas y que un obrero pueda sonreír habla de que estamos pensando en un país diferente. Hay que agradecer a la gente del Ministerio de Trabajo que acepte el arte y el arte en las fábricas. Hay compañeros de empresas recuperadas que nos vinieron a dar una mano… Es como volver a encontrarnos. Eran hermanos perdidos y posiblemente un tiempo atrás estábamos peleando por ver quién carajo encontraba un poquito más de cobre o un poquito más de plomo para poder venderlo. Hoy lo estamos volcando en obras”.
-¿Cuántas horas trabajás en el astillero?
-9 horas, pero la mayoría de mis compañeros trabajan 12 horas por el problema de los sueldos, porque las condiciones están mejorando pero todavía falta revertir la condición de la dignidad del trabajador. Hoy todavía se trabaja con alegría, pero no estamos ganando lo que tendríamos que ganar. El sueldo es muy bajo.
-¿Cuánto ganás?
-Unos 1600 pesos y tengo la categoría de “oficial maestro”, es decir que tengo la categoría máxima. El trabajo del obrero naval es a la intemperie: frío, calor… Es un trabajo insufrible, pero uno ama eso porque está en libertad, estás afuera, no estás dentro de un galpón y el precio es ese.
-¿Qué les dicen sus compañeros que no participan en las obras de arte?
- … Y mis compañeros también hacen obras. No nos damos cuenta de las obras que hacemos. Y son impresionantes: reformar un barco es todo un arte, porque también es único y está hecho por obreros. Y en estas obras están nuestras huellas, y van a navegar por el mundo.
-Ahora las obras de arte también van a “navegar” un poco.
-Las obras de arte son un vínculo tan lindo que ha abierto Marmo… Creo que en el fondo él es un obrero. En algún poema que escribí para él digo: “es una semilla que se escapó”. En el fondo, es un obrero y tiene esa visión.
Alejandro Marmo
Hijo de inmigrantes, padre italiano y madre griega. Autodidacta, de hablar sencillo y abierto a la charla. A los 25 años comienza a realizar sus primeras muestras individuales y en 1999 monta un estudio en Salerno, Italia, país en el recibió el respaldo que no tuvo en la Argentina, al menos en el comienzo de su actividad. Entre sus obras se destaca un camino de esculturas gigantes que realizó con la idea federal de unir simbólicamente tres provincias argentinas. En ese camino está, por ejemplo, La Abeja, obra construida con los restos de la explosión que la Fábrica Militar de Río Tercero sufrió en 1995. En 2002 construye un paseo de esculturas de gran dimensión en el Museo de los Parques de Palermo, mediante la transformación de rezagos industriales con la colaboración de chicos de la calle y habitantes de la Villa 31. Al año siguiente en un proyecto impulsado desde la cátedra de Literatura de la Universidad de Boston, se realiza el documental Cartoneros, sobre su obra y la realidad social argentina, con dirección del escritor Ernesto Livon Grosman, sobre el concepto de la transformación de la crisis en poesía. A partir de 2003 su obra se institucionaliza, desde los proyectos Argentina Exporta y Focal Point Arte Contemporáneo de la Universidad de Bolonia con sede en Buenos Aires, como “Metáfora de Desarrollo con inclusión social a través del arte”. Se impulsan, de esta manera, diferentes muestras en museos de Europa y América Latina y el proyecto “Arte en las fábricas” en la provincia de Buenos Aires. Esculturas gigantes de Alejandro Marmo están emplazadas en diversos sitios públicos, como El Monumento al Trabajo, en Fuerte Apache; El Obrero Metalúrgico, sobre la avenida 9 de Julio; la fuente La Sirena del Río de la Plata, en la Recova; un Patio de Esculturas en el Museo de los Parques en Palermo; un parque de esculturas en la Escuela EGB Nº 9, en las Islas de Tigre, entre otros trabajos.
Su estudio, declarado de interés cultural por la Municipalidad de Tres de Febrero, se encuentra en el mismo lugar donde su padre instaló su herrería en 1947, cuando arribó a la Argentina.
La lotería de la vida
Freddy Gutiérrez y Jorge Medina son delegados de los trabajadores de Mestrina, pero reniegan de los dirigentes del gremio naval y sufren el descuento en sus haberes por los días que no concurren al astillero como consecuencia de esta nueva actividad artística. Sin embargo, Freddy renueva minuto a minuto su optimismo: “Me encanta la vida. Soy muy alegre. Todos los días me siento feliz. Todos los días nazco. Durante el día te amargás, te llevás mal… Pero a la mañana hay una nueva esperanza. Estas cosas se hacen así, con alegría”. Jorge disfruta escuchando, ríe y fogonea nuevamente: “Contale lo de la quiniela”. Freddy que no se hace rogar: “El jueves juego a la quiniela. El viernes vivo como si lo hubiera ganado, el sábado lo festejo, el domingo estoy de fiesta. El lunes me voy a trabajar esperando que me llame mi mujer y me diga: ¡ganamos! Y no lo ganamos. Entonces, lo que hago es no atenderla en el trabajo. Voy postergando recibir la noticia, hasta que el miércoles me dice: ‘mirá, seguís pobre’. Y el jueves vuelvo a jugar. Es una renovada esperanza”.
-¿De dónde sos?
-Soy un argentino nacido en Bolivia.
-¿Cómo es eso?
-Vivíamos en Bolivia. Yo era chico; tendría 7 u 8 años y a mi viejo le llega, no sé cómo, un libro de Perón. Entonces imaginaba este país, pero nunca había soñado con tener la posibilidad de venir. Mi padre era dirigente del gremio textil en Bolivia y un buen día apareció una beca para mí. Tenía once años y no podía venir porque era menor. Era una beca para estudiar en el Otto Krause y vine pero no llegue ni siquiera al Otto Krause. Me junté con una manga de vagos... Parecían amigos míos de todo el tiempo. Y yo digo que uno es de donde está su juventud, donde se hace tu juventud, donde están tus amigos. Ese es tu lugar. Por eso digo que soy un argentino nacido en Bolivia.
El sol
Cuando me llamaron, fui
Eran los locos soñadores
seres humanos vivos.
Los escuché y dijeron: “hagamos un sol”
Estos son los materiales:
una rueda de carro de viejo andar oxidada por el tiempo
Junto a ella, chapas gastadas y rayadas,
una calesita antigua.
Sonrisa de niño puedo imaginar
Están sus huellas
engranajes de máquinas paradas
sueño de obrero seguro tendrá.
Caño y otros fierros con historia
sobre chapas viejas se va a erguir el sol
Un perfil, viga de alguna demolición,
será quien sustente a la rueda con historia.
A esto se le llama chatarra.
Nosotros vemos finalmente
brillantes en nuestra imaginación
rayos de chapas caminadas en el sol.
Sol de todos y material usado.
Tu caminaste por ellas,
están tus huellas.
Lo hicimos nosotros, estamos alegres.
Era un sol gris y cuando lo miras, brilla.
Es trabajo de obrero, es imaginación de artista.
Freddy Gutiérrez
El arte de educar
Mario Sadras, es asesor de la Dirección de Primaria de la cartera educativa bonaerense, y fue quien “descubrió” a Alejandro Marmo: “lo conocí a través de una nota publicada en 2005 en la revista Viva, en la que hablaba de la inclusión a través del arte, de la recuperación y puesta en valor de todos aquellos materiales que habían sido dejados de lado por el salvaje período neoliberal, que no sólo dejó materiales y fábricas en desuso, sino que a los costados del camino también quedó gente, como los pibes con los que laburamos en la Provincia. Entonces, lo que para Alejandro era la ‘metáfora del desarrollo’, a mí como docente me hizo ver que a través del arte podíamos desarrollar la ‘metáfora de la inclusión’”. Sadras, que en ese momento era director de la Escuela 9 de Islas, pensó en el arte como estrategia pedagógica, se comunicó con Marmo y montaron una muestra permanente en ese establecimiento “donde prácticamente nunca había llegado nada”.
-¿Qué les despertó esa muestra a los chicos?
-Para mí, como maestro, era fundamental que los pibes empezaran a encontrar ese mundo interno que tienen los obreros, que tienen los chicos, que tenemos todos, y que por diferentes variables del medio no sea sencillo expresar. La primera obra en la que nos detuvimos a conversar con los chicos y con Alejandro se llamaba “La obligación”, una figura humana dividida en dos que representaba una persona que asumía sus compromisos y su trabajo y otra que huía. Ese fue el primer contacto de los chicos con la metáfora y con el lenguaje simbólico. A partir de ahí no hubo más que seguir apostando al contacto de los chicos con el arte, con el discurso de la búsqueda del mundo imaginario del que hablaba Alejandro. Trasladar eso a contenidos pedagógicos fue un laburo que hicimos durante el año y que concluyó con la producción de cuatro o cinco obras en metal por parte de los chicos, que siguieron el procedimiento creativo que planteaba Alejandro: buscar en las formas sin forma de los metales arrumbados, posibles formas para incorporarlas a otro corpus; un mural de 6 metros en madera; un jardín de plástico que hicieron los chicos con las botellas que los turistas dejan en el río los fines de semana. Es decir, la reconversión de todo lo que puede parecer sancionable o malo, como la contaminación en el delta del Paraná. Los pibes recuperaron eso a través del lenguaje simbólico y le dieron la puesta en valor con la forma de una obra de arte.
Mario rescata la importancia del trabajo conjunto, “de la charla y el juego” para “romper las barreras” y permitir que “salga afuera” todo lo que tienen “los pibes y adolescentes” y agrega que “ese era el compromiso, el desafío, porque el pibe al que le enseñás tiene que saber qué es lo que quiere. Si no sabe lo que quiere, no indaga, y entonces estás enseñando a navegar a gente que no sabe a dónde ir”. Y es una forma de romper con el neoliberalismo, que “primero desistió de cualquier forma de producción, de organización, de solidaridad entre la gente, para implantar una cultura individualista. Bueno, el trabajo encarado por Marmo, además de ser creativo, fue solidario, y, fundamentalmente, colectivo: laburaban desde los pibes de jardín hasta los chicos de noveno año, junto a los maestros, los porteros… La propuesta fue rica por donde la mires”.
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