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NÚMERO
52 - AGOSTO 2007
“Versos aparecidos”, los únicos 30 poemas de Carlos Aiub
Nuevos detectives en la poesía
El pasado 13 de julio, se presentó el libro de Carlos Aiub, poeta desaparecido en junio de 1977. Los únicos treinta poemas que su hijo encontró, casi diez años después de su desaparición. Se editó en una colección nueva de poesía, dirigida por Julián Axat, poeta platense, que promete unir la brecha que provocó la dictadura entre una y otra generación.
Por Ramón D. Tarruella
“Qué pasa vieja ciudad?
acaso vas perdiendo el invicto a manos
anónimas que salen de noche y te agarran dormida”.
Agosto 1975
Poema 16, Carlos Aiub
Juan Aiub habla despacio, con pausas, escucha cada pregunta, con esa misma pausa retiene bajo su mano el libro del padre, Carlos, desaparecido en junio de 1977, un libro de poemas. El encuentro, en un bar de la esquina de 9 y 50, se concretó el mismo día en que comenzó el juicio contra el cura Christian von Wernich, a una sola cuadra del bar.
Juan habla de la historia del libro, de su historia, de los treinta poemas de Carlos Aiub, su padre. Con su propia pausa, Juan ofrece el libro, Versos aparecidos, muestra la tapa, explica cada uno de sus detalles, abre la primera página del prólogo, escrito junto a su hermano, Ramón, dos años mayor que él.
La tapa, explica Juan, reproduce el cuaderno Éxito donde fueron encontrados los treinta poemas. En verdad, Juan los encontró doce años atrás, luego de que su abuelo paterno falleciera y las cosas del padre llegaran a sus manos. En una caja de zapatos, debajo de la libreta universitaria, de la cédula de identidad, y una carta, descubrió el cuaderno con los treinta poemas. A doce años de ese hallazgo, a treinta del secuestro de Carlos Aiub, los poemas se publican.
El poeta
Carlos Aiub, al licenciarse en Geología, comenzó la carrera de docente en la Facultad de Ciencias Naturales y Museo de La Plata. Acompañó a su trabajo como docente, la militancia. Desde 1974 se sumó al Movimiento Revolucionario 17 de Octubre, fundado por Gustavo Rearte, un histórico dirigente gremial de la resistencia peronista. El MR 17 fue un desprendimiento del Peronismo de las Bases, donde Carlos también militó.
Durante los años de estudio, y después de haber egresado, trabajó vendiendo libros usados, tarea que le permitió un acceso fluido a la literatura. Lo que se desconocía de Carlos era su condición de poeta. Ni siquiera lo sabía su amigo Alberto Fernández, con quien hablaba casi con exclusividad de libros y autores. Descubrió la literatura en La Plata, una vez que abandonó Coronel Dorrego, donde nació en 1949. Y la poesía, la rabia de escribir, “aunque sólo se trate de escribir buscando /escupir toda esa bronca amontonada todo el odio toda /esa necesidad que te invade por momentos de acabar /con medio mundo y un poco más si querés de mandar todo a la mierda”, dice en el Poema 17, titulado “Trelew y uno”, fechado en agosto de 1975, en homenaje a los fusilados de Trelew, tres años antes.
En ese mismo poema, Carlos advierte, sentencia, “morir a manos de los señores/ defensores oficiales del amor que empuñan su /civilización y democracia calibre 9/ morir manos de la historia”. La muerte es posible, cercana, idea que se repite en otros poemas. A manos de la historia inaugurada en marzo de 1976, el 10 de junio de 1977 Carlos Aiub fue secuestrado en el centro de La Plata. Un día antes, secuestraron a su esposa, Beatriz Ronco, y a su hermano Ricardo Aiub, en una casa de Los Hornos. La vivienda que Beatriz y Carlos alquilaban en Tolosa, cerca de la esquina de 528 y 19, la allanaron a los días. Las pertenencias que sobrevivieron al saqueo y al robo fueron a parar a Dorrego, a casa de los padres de Carlos. El padre conservó cada una de las cosas que le llegaron: ropas, juguetes, cada uno de los papeles, documentación, trofeos de la adolescencia. Cuando el padre falleció, en 1995, esas pertenencias pasaron a sus nietos, Juan y Ramón, que ya vivían en La Plata, en casa de los abuelos maternos, la familia Ronco.
Juan Aiub tenía 18 años cuando le llegó la caja de zapatos, con otras tantas cosas de su padre. Juan, entonces, encontró el cuaderno Éxito, anillado, tamaño oficio, 96 hojas. En su interior, con letra prolija, en mayúscula e imprenta, descubrió treinta poemas, uno por cada hoja. Esa tarde, con 18 años, Juan también descubrió que su padre había sido poeta.
La aparición de los poemas de Carlos, azarosa casi, guarda cierta similitud con la aparición de sus hijos Juan y Ramón. El 9 de junio de 1977 Beatriz y su cuñado Rodolfo llegaron al barrio de Los Hornos a la casa de un compañero, sin saber que en su interior los esperaba un grupo de tareas. Lo que se llama una ratonera. A su hijo Juan, con dos meses de vida, lo abandonaron en la casa del fondo, en el mismo lote, familiares del compañero que visitaban. La familia de Beatriz Ronco de inmediato recuperó a Juan.
Al otro día, el 10 de junio, Carlos paseaba junto a Ramón, su hijo mayor, de dos años. El grupo de tareas dejó a Ramón en una casa cercana al lugar del secuestro, al azar. Por la búsqueda del padre de Beatriz, docente influyente en la Facultad de Ciencias Exactas, una semana después encontraron a Ramón.
A los días de los secuestros, llevaron a los chicos a Dorrego, a la casa de los abuelos paternos. A María, la abuela de los chicos, la secuestraron en el mes de julio del mismo año, en Dorrego. La liberaron, luego de ser torturada.
Los poemas
Desde que la madre de Carlos Aiub falleció, en 1986, los nietos Juan y Ramón se mudaron a La Plata, a casa de la familia Ronco. Allá, en Dorrego, el abuelo quedó sólo, sin esposa, sin los nietos, y sin los hijos, Carlos, Rodolfo y Marita, los tres desaparecidos. Nueve años después, el abuelo falleció. Y fue entonces que las cosas de Carlos Aiub pasaron a manos de Juan y Ramón. Muchas de las cosas guardadas se regalaron, como la ropa, los juguetes. Juan se quedó con la caja de zapatos, y allí, debajo, el cuaderno Éxito con los poemas. Ramón, docente químico en un colegio, con dos hijos, actualmente vive en Borrego a donde regresó a los 18 años.
“Son pocos los poemas que tienen tachaduras o correcciones, la letra es muy prolija, por lo que seguramente los había pasado en limpio de otras versiones”, deduce Juan Aiub, militante de la agrupación HIJOS de La Plata, ingeniero químico, sentado en el café de 9 y 50, junto a Julián Axat, director de la colección Los detectives salvajes. En el allanamiento se llevaron, entre otras cosas, los cuadernos de Carlos Aiub. Hay conjeturas sobre la existencia de esos cuadernos, no datos precisos.
Otro detalle, intrigante, que Juan describe a su modo, es la secuencia de los poemas en el cuaderno, que no responden a un orden cronológico. Por ejemplo, el Poema 12 está fechado en abril de 1975, y el 18, en diciembre de 1972. Y la edición respeta el orden original.
“Leer esos poemas significó un doble encuentro: uno, leer a mi viejo, y después, leer poesía en sí. Aunque no pude hacer un valor estético, evaluar su calidad”, aclara, lector de novelas, sobre todo latinoamericanas, sobre todo Osvaldo Soriano y Cortázar.
Leer los poemas de su padre significó un desafío, lo mismo que conocerlo por la letra, descubrir su oficio de poeta, descubrir el amor a su esposa, Bea, madre de Juan, un amor distinto y parecido por el compromiso político y por los compañeros. Todo eso retrasó, aquietó la posibilidad de editar los poemas. “este poema (y los que luego siguen) es/ a cuenta de tus pequeñas ofrendas cotidianas/ a cuenta de aquel chocolatín y la/ revista Coronados con un garabateo ‘te amo’/ a cuenta de tus lágrimas chiquilinas/ y de tu imagen permaneciendo tras la ventanilla...”, sincera Carlos Aiub, en el Poema 19, su amor por Beatriz, uno de los tantos dedicados a su esposa.
La génesis del libro, Versos aparecidos, fue la publicación de los treinta poemas en una página web, a treinta años del secuestro Carlos Aiub. Esa idea surgió a fines del año pasado, con apoyo de la pareja de Juan, Verónica, hija de Santiago Sánchez Viamonte, desaparecido en octubre de 1977.
La primera tarea, entonces, ardua, otro desafío para Juan, fue pasar los poemas a PC, de la letra prolija, auténtica, personal, al formato homogeneizador, universal de la computadora. Tal vez por eso, luego de tamaña tarea, luego de ese otro desafío, no se animó al prólogo. Incluso, el primer intento de prólogo lo comenzó en tercera persona, una breve biografía de Carlos Aiub, una tercera persona por la que Juan tomaba distancia de la historia, intento que descartó, de inmediato.
Los prologuistas
Julián Axat habla con mayor prisa que Juan, como quien acumula ideas, proyectos, conceptos. Llegó el tiempo de compartirlos. Primero, comienza con la historia del prólogo en la web. Y para eso se juntaron Juan, Verónica y Julián. Una misma identidad, ser hijos de desaparecidos los tres, militantes de HIJOS, aunque Julián ahora esté distante de la agrupación. Una relación distinta, intensa, entre ellos, Verónica y Juan, pareja, Julián, amigo y poeta.
El primero en escribir el prólogo fue Julián, en marzo de 2007, listo para la publicación. En junio, a treinta años del secuestro de Carlos y Beatriz, Verónica terminó el prólogo y finalmente se pasó a la página web, www.versosaparecidos.com.ar, con los dos textos.
“Así llegaron hasta aquí, son palabras fraguadas como el rayo que atraviesa lo peor de la noche para llegar, finalmente, hasta Juan. Los versos dejan ver esa frescura militante trazada a los tumbos en un cuaderno a mano, sobre el límite de una hoja filosa que hace bisagra ante el precipicio de un agujero que si no corre rápido puede tragarlo para siempre”, advierte Julián, con la capacidad de escribir desde la mirada del poeta, del prologuista auténtico, del editor de la colección Los detectives salvajes, de austero lector de poesía.
La idea compartida en esa primer publicación, luego también en el libro, fue respetar el orden no cronológico que tenían los textos en el cuaderno. Incluso se editó el poema incompleto, el número 28, “...y en nombre de la vida/ y si es por eso todos ellos aportan a la vida y la muerte (tuya es posible)/ y ocurre que la vida es simple o sino es complicada/ y cuando la vida es simple vivir es una...”, dice el poema. La vida misma es una incertidumbre, parece decir Carlos Aiub. Tal vez para el poeta, no había palabras para definir la simpleza de la vida. Demasiadas adversidades.
En marzo de este año, en un asado, Juan le comentó a Julián Axat la idea de publicar los poemas de su padre en la web. “Hace rato venía con el proyecto de rastrear poemas de poetas desaparecidos, esa otra obra escrita, literaria, política también que dejaron”, recordó Julián. En ese asado, los treinta poemas tomaron otro rumbo: el proyecto de editarlos en papel. Y allí, también, la idea de la colección Detectives salvajes. En la página web se editó en junio de este año, respetando el proyecto original. “Nuestros viejos se nos instalan a veces en los sueños, en esos en los que te haces un bollito en la cama y sentís cómo te abrazan y que te dicen cosas al oído que no son palabras”, escribió Verónica Sánchez Viamonte, al inicio del prólogo. “Otras veces los confundimos en la calle, metamorfoseamos otras caras en las de ellos para verlos ir a trabajar, o esperar un micro, o caminar bajo los tilos; porque los queremos volver a ver, para imaginarlos en una supuesta rutina cotidiana”, concluye Verónica.
El editor
Roberto Bolaño, en el año 1998, publicó Los detectives salvajes, novela bisagra en la literatura latinoamericana. Bolaño, chileno, que murió a los 50 años, en la línea de Roberto Arlt, Cesar Vallejo, vivieron menos de medio siglo y se convirtieron en clásicos de la narrativa latinoamericana. La novela, de múltiples escenarios, como la misma poesía, describe la búsqueda a Cesárea Tinajero, escritora desaparecida en los años posteriores a la revolución mexicana. La búsqueda, lo mismo que las desapariciones, se prolongan, en escenarios, en décadas. Julián Axat retoma la figura de los dos detectives de la novela, Arturo Belano y Ulises Lima, de la búsqueda, a partir de la poesía, de una generación, de una voz que perduró, que está. Hay que rastrear.
Los padres de Julián, Rodolfo Jorge y Ana Inés, fueron secuestrados en octubre de 1977. Julián es autor de cuatro libros de poemas: el primero, Los albañiles, de 1994, y el último Médium, de 2006. El proyecto de la colección se la llevó a José María Pallaoro, creador y director de la editorial De la talita dorada y de la revista de poesía El espiniyo, tenaz luchador por la poesía en la ciudad. La colección es parte de la editorial y a la vez independiente, y se inaugura con el libro de Carlos Aiub.
“Yo respondo a la pregunta, después de la ESMA se necesita escribir; la colección apuesta a los poetas desaparecidos y a los poetas nuevos, la colección piensa unir generaciones, cubrir ese bache”, apuesta Julián, ajustando el final de cada palabra, una voz firme, dulce a la vez, tierna. En marzo de 2004, en el número 18 de La Pulseada, el poeta platense Néstor Mux, surgido en los ´60, afirmaba que con la dictadura se produjo una dispersión, el bache, entre su generación y los nuevos poetas. Evidentemente, Julián conoce el discurso de Mux, coincide. Lo mismo José María, editor de los nuevos libros de Mux, como Papeles a consideración, de 2004, o Disculpas del irascible y otros poemas, a editarse el año que viene.
La búsqueda detectivesca de Julián, desde la colección, tarea en la que lo acompañan Soledad Rodríguez Sabater, su pareja, y Juan Aiub Ronco, se piensa también como un trabajo revisionista, histórico, una mirada sobre la militancia de los ´70, una respuesta al nuevo relato, peligroso, capcioso, como la novela de Jorge Lanata, Muertos de Amor, cercana a la teoría de los dos demonios. “Había una voz romántica en la violencia política de los ´70, la idea de la rosa y el fusil, y eso hay que rescatar, la palabra poética en la militancia. Y con eso, se elude la idea verticalista de los militantes… Si hay compromiso en la poesía, había compromiso en la vida cotidiana”, define Julián Axat, concretando ideas y conceptos que acumula luego de lecturas, amistades, y su experiencia, él poeta, su padre militante de los ’70, militante Montonero.
Lo interesante del proyecto de Julián Axat es no perder el juicio estético, encontrar poesía y nombres de poetas desaparecidos, pero respetar la calidad, el arte en una palabra. Los poemas de Carlos Aiub siguieron ese camino, cuyo juicio estético le tocó a Julián. Incluso envió los poemas a la prestigiosa editorial Paradiso, de Buenos Aires, donde Julián editó su último libro, y lo aceptaron. Pero, en la demora de la respuesta, la colección Los detectives salvajes ya estaba en marcha.
La búsqueda, próxima, de los detectives, será a Jorge Mooney, poeta del que se conoce sólo un poema publicado en Palabra Viva, libro dedicado a textos inéditos de escritores y poetas desaparecidos. Por ahora, saben de ese único poema y de su profesión, periodista. Van por más. Tarea poco sencilla, adversa, como la vida misma. Tal vez por eso Carlos Aiub, en su Poema 28, dejó inconcluso el verso, “... y cuando la vida es simple vivir es una...”. Allí termina el poema. La búsqueda de Julián y compañía continúa, no tanto para completar el verso, si, quizás, para unir la brecha, de una y otra generación, desde la poesía, otra forma de política.
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