NÚMERO 51 - JULIO 2007

Juan Carlos Cáceres
EL TANGO ES COSA DE NEGROS
Radicado en París desde el '68, vino a presentar su último disco, “Murga Argentina”. Desde un bar de la porteña calle Pueyrredón, a pocas cuadras de “La Cueva” que supo regentear, el heredero del “tangombe” hace un racconto de su trayectoria como músico de jazz, instrumentista, artista plástico, investigador del origen negro del tango y compositor de música rioplatense con gusto a tambor y redoblante.
Por Mariana Fossati

Juan Carlos Cáceres deambula por Buenos Aires con unos inmensos lentes negros y gorra. Cualquiera podría decir que se trata de un turista, pero esas calles que pisa también son suyas. Ha caminado un buen rato por la avenida Pueyrredón buscando el local donde funcionó “La Cueva”, aquel místico reducto de jazz que más tarde se convertiría en la cuna del rock argentino y que él mismo regenteó durante un tiempo. “No queda ni el aroma de aquello”, sentencia, “pasaron muchos años y todo ha cambiado; la ciudad se ha modernizado”.

Cree que el mito de “La Cueva” no le hace justicia al movimiento del que formó parte y aclara: “Fue el segundo fenómeno de lo que empezó un año antes, en Mogador, que fue el primer club de jazz. Abría a las 5 de la tarde para poder atraer a los estudiantes y tocábamos hasta las 10 u 11 de la noche”. Cuenta que “hasta ese momento el jazz se movía en ambientes privados, en chalets de Olivos, Belgrano o Barrio Norte donde la gente progre de la época, los jóvenes existencialistas, tocaban jazz, tomaban whisky y bailaban. Mogador era lo mismo pero democrático, para todo público”. Más tarde le ofrecieron trasladar su negocio a un sótano que había sido un cabaret; allí nació La Cueva de Pasarotus.

Por esos años, principios de los ’60, Cáceres tocaba el trombón y estudiaba Bellas Artes. Fueron sus compañeros de estudio, martillo en mano, los que le ayudaron a romper los reservados que había en el local y a decorarlo a la francesa: con papel de diario, graffitis y algunos versos de los poetas malditos.

Con el tiempo, músicos de jazz legendarios, del tenor de Jorge Navarro, Fats Fernández, el Gato Barbieri, Néstor Astarita y Norberto Minichilo, coparon el local con largas jam sessions. Dos años más tarde llegó un grupo de jóvenes liderado por Billy Bond y La Pesada del Rock, entre los que estaban Moris, Tanguito, Miguel Abuelo y Litto Nebbia, que comenzaban a gestar el rock nacional. “A mí no me interesaba esa música pero les daba lugar para que tocaran. Unos años antes nosotros escuchábamos Elvis Presley, pero esa generación que vino después nos parecía extremadamente grasa; era un problema de gusto, de afinidad”. Poco a poco los músicos de jazz fueron abandonando La Cueva y dejaron espacio a los nuevos rockeros criollos. El “Gordo” Cáceres, como lo llamaban por esos años, ya tenía un nuevo destino en mente.

Anclao en París
Su estadía en Barcelona para grabar tres discos y hacer música de películas desembocó en un contrato como instrumentista de la cantante y actriz francesa Marie Laforêt. Fue entonces que llegó a París, el 18 de mayo de 1968, en medio de un clima revolucionado, el germen de lo que luego pasaría a llamarse el “Mayo Francés”. A Cáceres aquello le resultaba casi un juego de niños: en Argentina gobernaba la dictadura de Onganía y en México los estudiantes exigían cambios sin obtener respuestas precisamente pacíficas. El músico argentino recién llegado, se abría paso entre las barricadas del barrio latino donde los estudiantes atacaban a la Policía a adoquinazo limpio, y no dejaba de sorprenderse. “Mis amigos franceses me preguntaban qué opinaba de la revolución, pero más que revolución era una joda; ellos jugaban a los revolucionarios y al mismo tiempo se asombraban cuando veían los noticieros de México donde barrían con ametralladoras a los estudiantes. En París no pasaba nada, no hubo muertos y sin embargo el gobierno estuvo a punto de caer”, recuerda.

Luego de un año de trabajar como músico de Marie Laforêt y de girar por varios lugares de mundo, Cáceres se aburrió, renunció a ese trabajo y se empleó como ilustrador y profesor de arte. Más tarde llegaron nuevas propuestas y en los primeros años de la década de los ‘70 formó el grupo Malón, con el que editó dos discos. Al momento de grabar la segunda placa, su suegro le presentó a un músico argentino de mirada profunda y melena ondulada, recién llegado a París, y le pidió que le diera una mano. El muchacho hizo coros y tocó la percusión en el segundo disco de Malón. Cáceres no sabía que ese músico que andaba “dando vueltas por París” iba a pasar a la historia de la música argentina como Miguel Abuelo.

Juan Carlos tocá tangó
Años más tarde a Cáceres le llegará el tiempo del tango, que hasta ese momento era solamente el recuerdo de su mamá, el alma de Buenos Aires, la música que tocaba para los amigos. Hace 30 años le pidieron que diera conferencias sobre tango en la radio y en varias universidades, y empezó a investigar. Decidió buscar al tango en la historia argentina no oficial, “ahí descubrí otro aspecto del pasado que tenía que ver con la negritud y el tango”, dice en un bar porteño, muy cerca de la que fue su Cueva. “Esa investigación, a pesar de las evidencias, sigue siendo discutida por ciertos irrecuperables, gente que tiene mala fe y continúa negando las pruebas, le quitan a lo africano todo tipo de intervención en la cultura argentina”. Igualmente lo reconforta que en los últimos años varios investigadores le hayan devuelto al componente negro su protagonismo social, artístico e histórico en la Argentina.
Cáceres tiene evidencias de sobra y las tira sobre la mesa: “Por empezar, la palabra tango quiere decir sitio de reunión de negros, es una palabra que viene de Angola y se traslada a toda América Latina, o sea que tango es todo lo referente al negro”. Cuenta que en Buenos Aires los candombes empezaron a escucharse antes del Siglo XIX con un sentido religioso y “cuando se empezó a bailar en pareja, los hijos o nietos de negros, que estaban más alejados del ritual africano, integraron los pasos de candombe a todo lo que se bailaba en ese momento”.

El toque africano y los tambores se fueron mezclando con otras músicas que entraban a Buenos Aires por el puerto. “La milonga que llega del Brasil, la habanera de Cuba y el candombe, dan como resultado el ‘proto-tango’ que más tarde se va a transformar en el tango-milonga a través de músicos negros como Posadas y Mendizábal, que van a escribir los primeros tangos de la ‘Guardia Vieja’”. En palabras de Cáceres, la progresión parece natural, casi obvia: “Luego vienen los inmigrantes y la música se va diluyendo, aparece el bandoneón que hace todo más lento y Francia crea un tango distinguido. Pero hay documentos sonoros de orquestas que hasta los ´40 tenían tambores, como Sebastián Piana y su orquesta candombe, Lomuto, Castillo, Enrique Maciel -autor de ‘La Pulpera de Santa Lucía’- que era negro y tenía su orquesta que se llamaba ‘Tangombe de Buenos Aires’”.
El último exponente del tango negro fue Alberto Castillo, quien se acompañaba con tamboriles y tenía su ballet de candombe, además de un repertorio compuesto por tangos-candombe y milongas que fueron muy difundidas como Siga el baile o Negra María. El heredero de ese estilo es, sin dudas, Juan Carlos Cáceres, quien con su voz de león –según la metáfora de Sergio Makaroff- interpreta y compone respetando la negritud del tango y la música rioplatense. En 1989 su productor discográfico lo convenció de que grabara ese tango que había investigado y desde ahí no paró. En Argentina editó, entre otros discos, Tocá tangó, Sudacas, Tango clásico, Maquinal Tango y Murga argentina. Su milonga-candombe Tango Negro marcó la reaparición de ese género en las bateas y en las pistas de baile. Según Cáceres, el futuro de la música rioplatense está en la murga: “Creo mucho más en la gente joven que no viene del palo del tango sino de cosas afines como el rock and roll, la murga o las músicas de fusión”.

Tango: vida y vuelta
Entre los discos que se lleva de este viaje a Argentina no hay ninguno de tango, metió en su valija “producciones marginales de murgueros o músicos afines a la murga como ‘Los cometas de Boedo’, ‘Los crotos de Constitución’, Flavio Cianciarullo” y siguen las firmas. ¿Seguro que no se lleva ni un disco de tango? “No, el tango sigue siendo lo mismo que era, por más que pongan 8 bandoneones en vez de 4 o junten a las mejores figuras en una orquesta gigantesca; siguen haciendo lo mismo con más notas”, dice categórico.

A los 71 años, negando aquello de que los años hacen más conservadora a la gente, Cáceres grabó un disco de tango electrónico -Maquinal Tango-, participó de la última placa de Gotán Project, que lidera su productor, Sergio Makaroff, y es uno de los primeros cultores del tango con máquinas. “Hace más de 10 años, cuando estaba tratando de probar mi tesis, programaba los ritmos en el sintetizador para poder verificar cuáles eran las consonancias que tenían entre ellos y también tocaba tangos encima de los ritmos grabados previamente, y era perfecto”.

Sobre los tangueros que desdeñan la música electrónica, tiene una opinión muy clara: “El problema es que tienen que cuidar su negocio, entonces siguen tocando como en la década del 40. Si querés adecuarte a tu tiempo tenés que dejarte llevar por su resonancia; no podés renegar de internet y seguir usando el correo postal”. Por otra parte, cree que este tipo de variantes forman parte de la naturaleza de un género “de ida y vuelta” como el tango. “El tango siempre ha ‘vampirizado’ elementos de otras músicas, no como fusión sino como incorporación”. A modo de ejemplo, resalta la influencia del ragtime que venía en los rollos de las pianolas de los burdeles, esos pianos que tocaban solos. “El tango ‘Independencia’, que es de 1910, tiene partes enteras de ‘ragtime’”, afirma. Además cuenta que en los ‘20 muchos músicos de tango, como Juan Carlos Cobián, iban a tocar a Nueva York y traían de allá el jazz y los acordes modernos. “En los años ´40 había una pasarela entre los músicos de jazz y los de tango, nadie se privaba de hacer otras cosas”, concluye.

Ahora irá de Argentina a París, de ida y vuelta, como el tango, para pasar después por Martinica. Con itinerario programado hasta 2008, Juan Carlos Cáceres se propone seguir paseando el tango afro por todos lados, volver a cantarle en lunfa a los públicos del mundo y continuar murgueándoles a los europeos, meta milonga en el piano y puro sentimiento en la voz.

CURRAR ES UN DEBER
En esta algarabía
de nuevo milenario
con la tecnología
que nos da de comer.
La nueva economía
radiante de progreso
alcanzame un cacho ‘e queso
que quiero componer
estamo todo contentos
contando lo billete
la bolsa sube y baja
y no se puede contener
en casi todos los lados
las veinticuatro horas
la guita se desplaza
buscando a quién joder

Toda la gente se queja
la plata no alcanza esta vez
unos tienen demasiado
y otros no tienen con qué

Todavía hay muchos países
donde se cagan de hambre
todavía quedan lugares
donde no hay agua que beber.

Todavía quedan pueblos
en que los niños son esclavos
y todavía los exportan
sin darles tiempo de crecer
Tenemos la panza llena
mirando las desgracias
la guerra es un espectáculo
que se mira en la tele.
así el mundo moderno
se expresa con jolgorio
viva la gran sanata:
currar es un deber

Letra: Juan Carlos Cáceres

 

 

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