NÚMERO 49 - MAYO 2007

El libro de Ramón Tarruella sobre la ciudad; una película de los hijos de Malvinas

OTRAS VOCES PARA CONTAR LA HISTORIA

Hace unas semanas, La Pulseada anduvo de presentación en presentación. Primero, nuestro compañero Ramón Tarruella anunció la salida de Mitos y leyendas de La Plata, un libro de distribución gratuita editado por La Comuna. Luego, hijos de ex combatientes de Malvinas mostraron una película hecha por ellos y sobre ellos. Ambas iniciativas comparten un elogio: invitan a prestar atención a testimonios que siempre estuvieron pero que pocas veces fueron escuchados.

Por Daniel Badenes

Quizá Agustín, Laurentina, Martín, Juliana y Celina hayan dicho sus primeras palabras públicas en La Pulseada Nº1, allá por abril de 2002. Tenían entre 13 y 19 años. Ahora están más grandes, se juntaron con otros compañeros y se animaron a más: hicieron una película. “Muchos se preguntarán por qué hablamos nosotros, pero la pregunta podría ser: ¿por qué nunca antes habíamos hablado?”, justifican.
El gran mérito del audiovisual que presentaron el mes pasado es proponer otras voces: las que aún no habían hablado o, quizá, no se las había atendido. Está en juego, en fin, la legitimidad de las palabras: ¿quiénes tienen derecho a hablar del pasado? ¿sólo los historiadores? ¿sus protagonistas directos? Cada respuesta posible a aquella pregunta autoriza unas voces y silencia otras.

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Ramón Tarruella tiene la virtud de saber escuchar. La investigación que emprendió hace unos años, plasmada ahora en Mitos y leyendas de La Plata, avanzó entre archivos y contadores de historias sin atenerse a ningún ranking de palabras autorizadas.
“Si los mitos más conocidos me gustaron, me condujeron a mitos no tan conocidos y eso es lo más rico que puede llegar a tener el libro. Te encontrás con personas que les gusta recolectar historias y tienen mucha riqueza propia”, les contó Ramón a los chicos de Baruyo (La Pulseada Nº 14) cuando recién terminaba la pesquisa.
Nunca buscó verdades absolutas. Su exploración de mitos urbanos, escribió, tiene como objeto “esas historias que perduraron en el tiempo” y “colorearon la ciudad, anécdotas que llenaron sus calles de murmullos, rumores, misterios”.
Ramón dice que la tarea fue de recopilación: “no creo que quepan, para este libro en particular, palabras como autor, historiador...”. Podemos aceptárselo. No parece acertado, en cambio, hablar de una “una indagatoria pasiva en la memoria colectiva”, como se le escapa en el Prólogo. Saber escuchar no equivale a pasividad.

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El recopilador se sienta en una mesita junto al director de la editorial, ante la sala llena, en el Centro Cultural Islas Malvinas. Pudo haber escrito sobre ese sitio. Alguien, en cualquier momento, podrá hacerlo.
Durante mucho tiempo, por atropellos de la “seguridad nacional”, en 19 y 51 funcionó el Regimiento 7. Ahí los primeros golpistas llevaron al presidente radical Hipólito Yrigoyen y lo forzaron a firmar su renuncia. Fue también el foco platense del levantamiento encabezado por el general Valle, luego de que la autodenominada Revolución Libertadora depusiera a Perón. Armaron barricadas con tranvías y ómnibus. Dos de sus responsables fueron fusilados ahí mismo y apenas los recuerda una placa desatendida, en un rincón junto al pasto.
Otros recuerdan la convocatoria a los colimbas que fueron a Malvinas. Finalmente, ya desprestigiados, los milicos dejaron el lugar –se mudaron a donde poco antes tuvieron un centro clandestino de detención– en vistas a que volviera a ser plaza, como el trazado fundacional manda. Los ´90 arrasaron con el borrado de huellas, pero con el tiempo se multiplicaron las placas y las intervenciones. Hoy, el centro y la plaza son un popurrí que incluye recordatorios de militares y homenajes a desaparecidos, una virgen de Luján y una obra artística hecha con armas desactivadas.
El lugar, en fin, está lleno de historias. La Plata lo está. Y Ramón, sentado en el frente, invita a “extraviarse, a perderse en los relatos que esconde la ciudad”.

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Dicen que los colimbas salieron del Regimiento 7. Es más o menos cierto. En verdad, salieron de sus casas. Y en ellas quedaron sus padres, sus hermanos, sus esposas, sus novias.
Los testimonios familiares, interrogados por los pibes, son uno de los aportes de la flamante película. Es una perspectiva sobre la aventura de Malvinas bien distinta de las conocidas. Ni la estrategia bélica ni la política de la dictadura: la vida cotidiana. Las familias cuentan, sin esconder lágrimas ni autocríticas, su propia experiencia de la guerra. El triunfalismo inicial (“hasta nos parecía bien que fuera”, dice una madre). Las escuchas de radio. La falta de noticias. Consultar la lista de bajas cada semana. La angustia ocultada a los niños. La rendición. La alegría de los regresos junto a la tristeza de las ausencias. Los que todavía buscan. Los homenajes y las espaldas. Los miedos, las sonrisas, los suicidios, los nacimientos. Una voz que dice:
–Nuestros hijos tienen la edad con la que nosotros fuimos a la guerra.
Y esos hijos, que empiezan a tomar posición. Eligen el lenguaje audiovisual, tocan rock, formulan frases cortas pero contundentes. Uno resume las intenciones de todos:
–Tomar la palabra. Tocar nuestra música. Hacer nuestra historia.

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El texto de Ramón se mofa de la supuesta perfección de la ciudad desde el día de su fundación. Cuenta que el asado planeado con majestuosidad terminó en carne podrida. Y que al final del día, varios invitados a la fiesta acabaron consultando a una bruja en Tolosa.
Recuerda también que una obra literaria, contemporánea a la ciudad, pareció describirla con lujo de detalles. La anécdota, anticipada en La Pulseada (Nº 27), le dispara preguntas: ¿El trazado de la ciudad hecho por Benoit sirvió de musa a una novela de Verne? ¿Realmente escribió Verne ese novela? (Y aún queda pendiente el espejo de esas indagaciones: ¿No fue La Plata la que se inspiró en la novela? ¿Ciertamente es Benoit el autor del trazado?)
La leyenda atraviesa la historia de la ciudad: los signos masones, tres casas atrayentes que terminaron en incendio, las golondrinas venidas de Capritano o el fantasma del Museo que conecta con la atroz experiencia de los indígenas capturados y asesinados en nombre de la ciencia (La Pulseada Nº 43). El fútbol también tiene lo suyo: el brujo que poco ayudó al Lobo, la abuela convertida en un emblema pincharrata, el gol tripero que produjo un sismo. El libro recuerda, finalmente, algunos personajes urbanos bien pintorescos. Son ocho pero podrían ser veinte. O cien. “A pesar de la perfección que tiene La Plata, posee cosas que se le han escapado... Tiene sorpresas. Sigue siendo una ciudad a descubrir. Las ciudades del conurbano no tienen esas características...”.

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La película de los hijos es despareja. Mientras en ciertos tramos apela a recursos audiovisuales interesantes, algunas entrevistas fallan en la calidad de imagen o en el sonido, como todo trabajo hecho con pocos recursos. Pero ninguna carencia técnica puede opacar su contenido, que es lo que hace que valga la pena.
“Esta película no habla por otros. Habla por nosotros”, se presentan sus realizadores/protagonistas, pertenecientes a una generación que conoció los soldaditos de plomo pero no al país en guerra; que no tuvo la colimba pero sí alguna de sus historias.
“A mi viejo le pasó la guerra por encima”, dice uno: “Hay una parte de mi papá que no conozco. Todos ellos quedaron en parte allá”. Una compañera llora al hablar del suyo, cuya cabeza se apagó un día de la posguerra: “Yo lo quiero y no lo tengo, y por eso me lo imagino como el mejor padre. No tengo recuerdos ni los voy a tener. Y si lo tengo que crear, lo creo perfecto”.

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Ramón es quilmeño y no lo oculta. La dedicatoria del libro al director técnico Gustavo Alfaro –por el ascenso– da cuenta de eso. Pero La Plata, a la que llegó para estudiar Historia, parece haberse ganado un lugar en el rompecabezas de la identidad. Mitos y leyendas es su segundo libro sobre la ciudad. El primero seguía los rastros de algunos escritores que caminaron por sus calles, desde Almafuerte hasta Piglia, pasando por Martínez Estrada, Sábato, Henríquez Ureña, Héctor Tizón, Manuel Puig y Rodolfo Walsh (Crónicas de una ciudad. Historias de escritores vinculados a La Plata. La Comuna, 2002). Ahora el autor (recopilador, corregirá él) dice que cierra un ciclo y no planea escribir más sobre La Plata, salvo quizá como escenario de alguna ficción. Nos deja sus apuntes, la traza de sus primeros recorridos, la invitación a inmiscuirse en historias que se guardan a la vuelta de cada esquina.

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Otra de esas historias, que todavía espera curiosos como Ramón, está en 51 entre 9 y 10, en la manzana del Eje Cívico donde iba una Biblioteca y terminó habiendo un teatro construido por privados. A la empresa no le fue bien y en 1890 tuvo que rematar los palcos para terminar la obra. En 1977 se prendió fuego. Hacerlo a nuevo, décadas más tarde, fue una de las grandes obras (aunque inconclusa) del despilfarro duhaldista.
En su sala Ginastera, testigo de una y mil inauguraciones, se presentó la película de los hijos de Malvinas, como parte de un acto-homenaje organizado por el Gobierno bonaerense, a un cuarto de siglo de la guerra. Había de todo: el Gobernador y sus ministros, ex combatientes y sus familiares, comitivas de escuelas. La pluralidad se notaba, incluso, en el escenario. Teresa Parodi cantó después de los discursos y antes de la película. Primero, el padre de un caído habló de los Héroes y terminó vivando a la Patria. Luego Felipe Solá habló de todo y hasta cuestionó a su par neuquino por la muerte del maestro Carlos Fuentealba: “Un gobernador tiene que ser capaz de controlar a su policía”, dijo, para indignación de quienes recuerdan los asesinatos de Santillán y Kosteki, o saben de los cotidianos casos de gatillo fácil acá nomás.
En ese clima, las palabras de Juliana Carrizo fueron una bocanada de aire fresco:
“Fue posible la guerra como fue posible el golpe. Y no debemos olvidar que Malvinas también tuvo sus desaparecidos”.
“Ayer fueron los militares y hoy es la policía. Ayer fueron los desaparecidos, hoy son los excluidos”.
La memoria, tantas veces invocada, no es otra cosa que la elaboración de relatos sobre el pasado. Es un debate continúo que ocurre en tiempo presente y en el que participan activamente diversos grupos. Las voces de los hijos de ex combatientes, y con ellos de una generación, aportan miradas nuevas, críticas, necesarias.

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Escribir Mitos y leyendas fue un desafío: “me costó encontrar el estilo; yo no escribo así”, cuenta Ramón y confiesa que el texto tuvo dos versiones. El así refiere a un tono de leyenda que implicó “pecar de ingenuo” y “acompañar al lector”.
Además, aclara, el libro no busca confirmar ni refutar historias: la verdad no está entre sus objetivos principales.
Aún así, algunos fragmentos del texto delatan el oficio de historiador. Los impecables apuntes sobre las mil casas de Tolosa, el primer barrio obrero de Latinoamérica, son un gran aporte en ese sentido.
En esas dos manzanas de casas populares pensadas para los albañiles de la ciudad naciente, vivieron inmigrantes que trabajaban en los Molinos “La Julia” y los talleres ferroviarios. Pero las cuentas no cerraron y fueron a remate. Abandonadas, sin comprador, recibieron a los sin techo de la zona: artesanos ambulantes que vendían sus productos en edificios públicos. “Los nuevos habitantes eran de Medio Oriente, sirios-libaneses, árabes, albaneses. Otras voces, otros hábitos”, escribe Ramón. Los prejuicios sobre esas culturas disímiles produjeron el mote de Leonera y la idea de un barrio peligroso. A nadie se le ocurrió mirar o escuchar qué pasaba realmente. Ignorar y excluir todo aquello que incomoda es, en fin, un hábito de larga data.

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Los hijos aciertan al presentar su búsqueda con la metáfora de un ovillo que empiezan a desenrollar. Muchos hilos aparecen enredados, o cortados por silencios. Ellos buscan fotos, preguntan lo que nunca habían preguntado, conocen a sus padres como nunca habían podido solos. Hablan de las luchas sociales de hoy. Discuten y mucho.
“No vale la pena luchar por un pedazo de tierra”, dice Juliana, discrepando con su propio hermano: “En la guerra se pierden vidas, historias, personas, artistas, jugadores de fútbol, arquitectos, poetas... Una guerra no tiene sentido. Y menos... No, y menos nada: no tiene sentido”.
“A nosotros también nos cuesta ponernos de acuerdo”, concluyen de esa escena, pero entienden que más vale exponer sus diferencias que callar, por ellas, todo lo demás.
Por su parte, en el Regimiento convertido en centro cultural, antes de ofrecer una copa de vino, el recopilador también insiste con la propuesta de escuchar otras voces, esas que disuenan con el relato de la ciudad perfecta: “No busquen verdades, busquen perderse”.

 

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