NÚMERO 48 - ABRIL 2007

Enrique Angelelli
UN VÍA CRUCIS LATINOAMERICANO

Por Carlos Gassmann

El vía crucis de Cristo es un camino que continúa en el vía crucis del cristiano. Allí donde hay un cristiano que sufre, allí  esta viviendo con el Crucificado una de las estaciones del vía crucis. Si es condenado a muerte injustamente, revivirá con Cristo la primera estación. Si es traicionado por un amigo, aprende a sentir lo que Cristo sintió al ser traicionado por Judas o por Pedro. Si sucumbe bajo el peso del dolor, está acompañando a Cristo en sus tres caídas camino del Calvario. Si en su tribulación alguien lo ayuda y lo consuela, hace revivir en la historia a las piadosas mujeres de Jerusalén, que con su amorosa solicitud aliviaron el camino del Condenado hacia el Calvario. Si es despojado de su dignidad de modo inhumano y brutal, está reflejando en sí mismo el despojamiento del Nazareno.
Antonio Izquierdo

En la primera estación surgen la vocación y el compromiso

Había nacido en 1923, en una humilde chacra de las afueras de Córdoba. Los Angelelli, italianos e inmigrantes, lo bautizaron Enrique Ángel, como si se tratase de una premonición. Cuando a los 15 años ingresó al seminario, lo apodaron “Canuto”, porque ya era prácticamente calvo y “le salían en la cabeza unos pelitos como los canutos que tienen los pollos, antes de que les aparezcan las plumas”. Con el tiempo sería, simplemente, el Pelao.

Como era un alumno brillante, lo enviaron a completar sus estudios en Roma y a los 26 años se ordenó sacerdote. Ofició su primera misa nada menos que en la Basílica de San Pedro, en el Vaticano. De regreso en Córdoba, pasó a cumplir tareas en una parroquia y en un hospital. Sin embargo, su predilección por los pobres lo llevaba a visitar las villas y las barriadas. Él se mostraba tan dispuesto a dictar clases de teología como a convertirse en el asistente espiritual de todos los artistas de circo que pasaban por la ciudad.

En 1960 el Papa Juan XXIII lo designó Obispo Auxiliar de Córdoba y recibió su consagración episcopal en una catedral atestada de obreros y de gente humilde. Se convirtió en el obispo más joven de la historia argentina. Por supuesto, desoyó a quienes le aconsejaron que dejara de usar su moto Puma porque eso no era digno de su cargo.

En 1962 acudió presuroso a Roma para participar del Concilio Vaticano II, esperanzado en esa refundación de la Iglesia que la comprometía en la búsqueda de la paz y la justicia social. Por ese entonces, encargado de la dirección del seminario de Córdoba, propició que los futuros sacerdotes completaran su formación en las parroquias de los barrios populares y salieran del  aislamiento total en el que vivían. Mientras tanto, desde el púlpito, denunciaba la desocupación, la pobreza y la explotación reinantes, convencido de que “callarse es convertirse en cómplice”.
Ante el aire fresco que traía el Concilio, la Iglesia cordobesa sufría el enfrentamiento entre sectores ortodoxos y renovadores. “Presentar un rostro más evangélico y ser una comunidad auténticamente cristiana –decía Angelelli– significa comprometernos vitalmente con quienes padecen hambre, miseria o injusticia”.

El ala más retrógrada del clero, que conservaba su poder,  lo miraba con recelo.  Por eso cuando en 1965 renunció el arzobispo, pese a que lo lógico hubiese sido que Angelelli lo reemplazara, los canónigos eligieron a su Deán, Edmundo Rodríguez y Álvarez. Dolido, el Pelao dejó de residir en el obispado y se dedicó al trabajo pastoral con los chacareros y quinteros. Como el conflicto persistía, poco después, al hacerse cargo de la Arquidiócesis de Córdoba, Monseñor Primatesta decidió rehabilitar a Angelelli como Obispo Auxiliar, aunque lo relevó al frente del Seminario Mayor.

Restablecido en el cargo, emprendió constantes visitas a las parroquias y a las capillas de los caseríos más alejados, donde era la primera vez que llegaba alguien de su jerarquía. Los pobladores lo recibían con arcos de flores y le brindaban lo mejor que tenían, mientras él conversaba largamente con ellos acerca de sus problemas y los alentaba a trabajar en comunidad para resolverlos.
En 1965 concurrió a la última sesión del Concilio y a su vuelta dijo exultante, sintiéndose respaldado en sus propias opciones: “Ahora el lenguaje es otro, un lenguaje cristiano, fraterno, de búsqueda sincera de la verdad”.


En la segunda estación arriba a las tierras de La Rioja

En 1968 el Papa Pablo VI lo designó Obispo de La Rioja. “Les acaba de llegar   –dijo en su primer mensaje- un hombre de tierra adentro, que habla el mismo lenguaje, que quiere identificarse y comprometerse con ustedes, que no viene a ser servido sino a servir, que quiere ser un riojano más”.  En esa misma oportunidad definió cuál sería su programa: “No podemos seguir declamando que existe hambre en el mundo, ni teorizar  acerca de la falta de educación, ni insistir en que hay hermanos que no tienen techo. No: hay que buscar darles el techo, el pan, el trabajo, la salud, la cultura, para permitirles ser seres humanos como Dios manda”.

Esta nueva orientación se vio fortalecida por la encíclica “Populorum Progressio” y por las directivas de la Segunda Conferencia del Episcopado Latinoamericano de Medellín. Angelelli se convirtió en uno de los principales impulsores de este llamado a la renovación, contra la resistencia de muchos otros obispos que decían que “Medellín no es para la Argentina”.

A bordo de una Estanciera que le habían regalado sus colegas cordobeses para festejar su designación, Angelelli recorría los caminos polvorientos de la diócesis. Al llegar a cada lugar, visitaba los ranchos, tomaba mate en las casas y se informaba de los problemas más graves que padecían. A muchos, como a los habitantes del departamento  Castro Barros, les decía: “El agua es para todos; la tierra es para todos; el pan es para todos. Y esto no es subversión aunque afecte algunos intereses. La Iglesia sólo puede estar comprometida con el desarrollo del hombre”.
A partir de 1969 la misa de los domingos desde la Catedral comenzó a difundirse por radio y eso le permitió llegar con su palabra a todos los rincones de la provincia. El 6 de abril publicó una Casta Pastoral en la que decía que “el grito del hombre de hoy por su liberación y salvación se hace cada vez más agudo y penetrante”. Luego, frente al estallido popular del Cordobazo contra el gobierno militar de Onganía, señaló: “Asumamos este grito en todo lo que tiene de verdadero, auténtico, dramático: la Argentina no puede sentirse satisfecha mientras en los grandes centros urbanos y fabriles existen hombres que se mueren de hambre, sufren marginación material o moral o son excluidos por los factores de poder”.

Angelelli se sentía cada día más consustanciado con la consigna que había adoptado: “Con un oído puesto en el Evangelio y otro en el pueblo”. Al cumplir su primer aniversario como obispo riojano dijo: “Uno de ustedes me ha dado la lección más estupenda, lo ha sintetizado al mismo tiempo que me ha trazado todo un programa de vida. Me dijo un simple hombre de la calle: Vea, Monseñor, vea mi amigo, yo le pido un favor: no se canse nunca de ser el obispo de los pobres, sea el padre de los pobres, porque de esa manera es un buen obispo”.

Entrevistado por un periodista de Buenos Aires, Angelelli declara: “Me acusan de ser un obispo rojo, marxista, de extrema izquierda. De llevar a la Iglesia por caminos tortuosos y no por los verdaderos caminos del Evangelio. Quienes dicen esto están desconociendo la naturaleza de la Iglesia y la profundidad de los problemas que vive la comunidad riojana. En La Rioja somos menos de 150.000 habitantes en 94.000 kilómetros cuadrados. El hombre concreto de hoy es aquel que no tiene casa y entonces tiene que emigrar, aquel que padece Chagas, aquel a quien no le alcanzan los pesos para vivir y no tiene más trabajo que el empleo público. Es el hombre que no tiene tierra por la estructura del minifundio y del latifundio, aquel que ve que la poca agua que hay está mal administrada y mal repartida. Es el chico que tiene que ir a clase haciendo leguas y leguas en burro, o el que no da más porque tiene hambre. Es el porcentaje alarmante de mortalidad infantil y de problemas de salud. Ése es el hombre concreto y yo no puedo ir a predicarle la resignación. Dios no quiere hombres resignados. Si la Iglesia pretende ser fiel al Evangelio, debe jugarse hasta las últimas consecuencias. Cristo nos da el ejemplo. El suyo no fue un camino de rosas: lo mataron en nombre del orden establecido. ¿Y qué es lo que estamos haciendo nosotros? Tenemos, por ejemplo, aquello que se convirtió en el gran cuco, porque parece que las 94 familias de Aminga hacían trastabillar al país. ¿Qué pasó? Un día Caritas decidió crear una cooperativa en el latifundio de Azalini. Se solicitó esto con todas las leyes y papeles: que se expropie el latifundio para conformar una cooperativa de trabajo. Bajo un signo: el Evangelio. Pero no, nos decían que eso era hacer política,  ser marxistas, subversivos.  ¿Cuál era la finalidad? Que las familias más pobres de la comunidad no se vean obligadas a ir a una villa miseria de Buenos Aires o de Córdoba, que se queden en su tierra, que esa tierra produzca, que sirvan de ejemplo y de aliciente. ¿Para qué? ¿Para la lucha de clases? ¿Para enfrentar a los ricos? Aquí no es donde se propicia la lucha de clases. El gran desequilibrio existe en la realidad. Existen unos que no tienen voz, que son marginados y explotados. Y existen otros que tienen privilegios y explotan a los demás. ¿Eso lo quiere Dios? Claro que no. Les doy otro ejemplo del proceder de la Iglesia riojana. Dos monjitas, que ya llevaban dos años en la provincia, buscaron ser más consecuentes con la gente que sufre. Entonces se fueron a vivir a Los Cardales, a un rancho con lona, donde tienen una piecita para dormir, una letrina lejos, como todos,  y un pico de agua en común. A pesar de que son profesoras, trabajan de sirvientas. ¿Con el fin de hacer demagogia y política? No. Con el fin de poder hacerse carne con aquel que más sufre, para ayudar a esas mujeres que son tiradas, despreciadas y usadas. Para que la sociedad las ponga en el lugar que les corresponde. Entonces las monjitas ayudaron a formar el sindicato de empleadas domésticas. Y ya son 150 afiliadas, incluidas las monjitas, por supuesto”.


En la tercera estación se inician las persecuciones
Esta prédica social le costaba el desprecio de las autoridades y de los sectores católicos anticonciliares que lo acusaban de ser “un comunista rodeado de curas tercermundistas”. Con motivo de estas quejas, Angelelli se entrevistó con el gobernador de facto Iribarren, pero al término del encuentro declaró: “Se me ha invitado a un diálogo pero aquí apenas hubo un monólogo”.

El compromiso no disminuyó y, hacia 1971, la acción del obispo comprendía, además de la catequesis popular y el trabajo en los barrios, el apoyo a los reclamos de los mineros, la promoción de la formación de cooperativas y la denuncia de la usura y la prostitución en manos de las familias poderosas de la provincia.

El hecho de impulsar la formación de un movimiento rural para mejorar la situación campesina le significó la enemistad del nuevo gobernador militar y de los grandes hacendados, quienes recurrieron a la violencia arrojando bombas contra las sedes de la organización y las casas de los dirigentes. Hasta que en diciembre de 1971 la misa radial fue prohibida. A partir de 1972, el diario “El Sol” se hizo eco de la campaña de difamación contra el obispo, a quien llamaba “Satanelli”.

En agosto de 1972 fueron detenidos dos sacerdotes y Angelelli respondió con la lectura frente a la Casa de Gobierno de un documento, firmado por todo el clero de la provincia, donde decía: “Cuando la Iglesia responde con fidelidad a la palabra del Evangelio, cuando comparte las angustias y esperanzas de los pobres y oprimidos, cuando se hace pueblo y se compromete con su liberación, la persecución es inevitable”.

Aquel incidente no fue más que el comienzo de una dura campaña de hostigamiento. En noviembre, cuando asistía al acto conmemorativo de una escuela religiosa, fue increpado públicamente ante todos los alumnos por algunos padres y por el capellán del lugar, que intentaron expulsarlo del colegio.

El pico de agresividad de los sectores ultraconservadores,  reunidos en la Cruzada Renovadora de la Cristiandad, se alcanzó durante los episodios de Anillaco. En plenas fiestas patronales, un grupo de viñateros de la zona (con Amado Menem, hermano mayor del ex presidente, como uno de los cabecillas), más policías y gente a su servicio, tomaron el templo y obligaron al obispo, algunos sacerdotes, religiosas y laicos a abandonar el pueblo entre insultos y pedradas, mientras los amenazaban con quitarles la vida.

Dicho sea de paso, una vez convertido en gobernador, Carlos Menem tendría un papel decisivo en la frustración del proyecto de explotación por parte de una cooperativa de trabajo del latifundio improductivo de Azalini. En audiencia concedida a Angelelli, Menem le manifestó su apoyo a la expropiación de esa tierra, aunque aclaró que luego sería necesaria la aprobación de la legislatura provincial. Ocurrió entonces lo impensable: por primera vez la bancada peronista, que siempre había respondido en bloque a Menem, se dividió al votar la ley de expropiación. Los disidentes del justicialismo se unieron al bloque radical para rechazar el proyecto. Había sido una artera maniobra del gobernador para no entregarles las tierras a los trabajadores.

Hacia fines de 1973, cuando arreciaron las acusaciones de que la acción pastoral del obispo no se correspondía con la de la Iglesia, el Papa Pablo VI envió a Monseñor Zazpe, arzobispo de Santa Fe, como delegado personal, para que le informase sobre la situación en la diócesis. Tras escuchar a todos los sacerdotes, religiosas y laicos, Zazpe envió un informe más que favorable sobre la acción de Angelelli, mientras sus enemigos  se negaron siquiera a hablar con el representante papal.

En mayo de 1974 fue asesinado el Padre Mujica y en octubre, mientras Angelelli se encontraba en Roma para la visita al Papa, recibió una carta de sus sacerdotes en la que le informaban que su nombre figuraba en una lista negra elaborada por la Triple A. Pero no aceptó la sugerencia de quedarse fuera del país y regresó de inmediato.

A comienzos de 1975, Angelelli hizo pública una carta personal del Papa Pablo VI en la que el Pontífice le expresaba “mi condena a las violencias y difamaciones de las que ha sido objeto por su lucha para mejorar la situación de los sectores más pobres del pueblo riojano y por la renovación conciliar”.

En la cuarta estación se pronuncia la condena

Al iniciarse 1976 la represión arreciaba en la provincia, de manos del coronel Battaglia. El 8 de febrero, en la misa radial, Angelelli dijo que “la Iglesia no puede ni debe renunciar a estar junto al que sufre y al que está privado de su libertad”. Como respuesta, el Ejército detuvo al vicario de la diócesis, a varios sacerdotes y a dirigentes laicos del movimiento rural.

Angelelli veía cómo las autoridades eclesiásticas argentinas lo dejaban totalmente solo. El 25 de febrero les escribió: “Necesitamos clarificar urgentemente la misión que les corresponde a las diócesis y a la vicaría castrense (en manos de Monseñor Bonamín, que clamaba por ‘una nueva cruzada regeneradora a cargo del Ejército de Dios’). Es hora de que abramos los ojos y no dejemos que generales del Ejército usurpen la misión de velar por la fe católica. Hoy cae un vicario general; mañana caerá un obispo. A veces cruza por mi cabeza el pensamiento de que el Señor anda necesitando la cárcel o la vida de algún obispo para despertar y vivir más profundamente nuestra colegialidad episcopal”.

El 17 de marzo, el comodoro Aguirre y otros jefes militaron increparon públicamente al obispo y abandonaron la misa en el momento del saludo de paz; como respuesta, Angelelli suspendió inmediatamente el oficio que se celebraba en la base aérea militar.

Pocos días después del golpe del 24 de marzo, Angelelli viajó a Buenos Aires para reclamarle personalmente al ministro del Interior, general Harguindeguy, por los sacerdotes detenidos y por la ola represiva en la provincia. El avión en el que debía regresar partió sin aviso previo, lo cual obligó al obispo a retornar en ómnibus, aunque su equipaje ya había sido cargado en la aeronave. Al ir a buscarlo a La Rioja, descubrió que su valija, que contenía importantes papeles, había sido violada.
Además el Ejército había decidido humillarlo, sometiéndolo a malos tratos cada vez que solicitaba una audiencia u obligándolo a pedir permiso hasta para organizar retiros espirituales. Angelelli escribió a Monseñor Zazpe, vicepresidente del Episcopado, “la Iglesia no puede guardar silencio ante los hechos tan graves que vienen ocurriendo”. Aunque el episcopado como conjunto se mantuvo callado, Zazpe, junto a otros dos obispos, se entrevistaron con el presidente Videla y le trasladaron las denuncias de Angelelli. La única respuesta, pocos días después, fue la suspensión de la misa radial del obispo y su reemplazo por el oficio celebrado por el capellán del batallón.

En la Conferencia Extraordinaria del Episcopado que se efectuó en mayo, Angelelli aprovechó para reiterar sus denuncias: detención de sacerdotes y religiosas, violación de correspondencia, prohibición de visitar a los presos, fin de la misa radial, requisas en los ejercicios espirituales, laicos detenidos, campañas sistemáticas de difamación, vigilancia de las actividades en los barrios. Las quejas llegaron nuevamente hasta Videla, pero no tuvieron otro efecto que una mayor vigilancia y control policial.

En julio, Angelelli contradijo la recomendación de todos sus allegados y decidió reunirse en Córdoba con el general Menéndez para reclamarle por la situación de los presos políticos de La Rioja. El obispo le propuso, “ya que los dos somos creyentes”, que rezaran “un Padre Nuestro por los perseguidos”. El jefe del Tercer Cuerpo de Ejército le replicó: “Yo no rezo por los subversivos porque no los considero hijos de Dios”. Angelelli se exasperó y Menéndez le espetó a los gritos: “¡Ahora el que tiene que cuidarse es usted!”. Antes de regresar a la diócesis, el obispo almorzó con sus familiares y les dijo: “Ustedes tienen que estar preparados, porque la cosa está muy fea y a mí cualquier día de estos me barren”. Se hizo un denso silencio y Marilé, su sobrina, le preguntó: “¿No tenés miedo, tío?”. Y el Pelao le contestó: “Sí, por supuesto que tengo miedo, mucho; pero no puedo guardar mi mensaje debajo de la cama”.

De regreso a La Rioja, recorriendo la zona de explotación maderera, Angelelli se cruzó con un cortejo que transportaba el cadáver de un trabajador muy joven, muerto por el Mal de Chagas. “¿Dónde lo llevan?”, les preguntó el obispo. “Vamos a enterrarlo al cementerio”, le contestaron. “Pero... ¿cómo, no tienen ataúd?”. Los de la procesión bajaron la cabeza avergonzados y le dijeron: “es que no tenemos plata para un cajón, señor Obispo”. Después de acompañarlos para oficiar el rito de sepultura, regresó a la capital riojana. Ese domingo, en la misa de diez, pronunció el sermón que le costaría la vida. “¡Qué pecadores que somos en nuestra tierra, que ni siquiera los trabajadores de la madera pueden contar con un ataúd para sus propios compañeros de trabajo!”. En primera fila estaban el brigadier Aguirre y el coronel Battaglia. Aguirre se levantó y dijo: “Hemos venido a escuchar la santa misa y no discursos políticos”. Entonces Angelelli, indignado, tomó la misma actitud que Jesús cuando expulsó a los mercaderes del templo: “¡Retírese de inmediato porque usted no pertenece a nuestra religión!”. Los militares y sus familias abandonaron ofuscados la catedral.      
          

En la quinta estación es precedido por otros mártires

En Chamical, dos jóvenes curas se destacaban por el fervor con el que habían adoptado la opción por los pobres: Carlos de Dios Murias y Gabriel Longueville –de origen francés-. El 18 de julio, un domingo por la noche, acababan de cenar en la casa de las hermanas. Hombres desconocidos, que exhibieron credenciales de la Policía Federal, se presentaron y les pidieron que los acompañaran hasta La Rioja, para declarar a favor de unos detenidos y hacer posible su liberación. Buscaron algunas pertenencias en la casa parroquial y partieron. Dos días después una cuadrilla de obreros ferroviarios encontró los cadáveres de ambos, cinco kilómetros al sur de Chamical, acribillados a balazos, maniatados y con signos de tortura.
Wenceslao Pedernera, en cambio, era un laico, un campesino humilde que integraba el movimiento rural y había tomado parte en la formación de distintas  cooperativas de producción. En su último intento, en Sañogasta, ya había logrado armar un grupo de trabajo para cultivar la vid en una finca. Una semana después del crimen de Carlos y Gabriel, por la noche, escuchó pasos en el techo de la modesta vivienda que compartía con su esposa y sus hijas. Luego golpearon la puerta y, aunque Coca, su mujer, le rogó que no lo hiciese, Wenceslao salió a atenderlos. Lo fusilaron allí mismo, en la puerta de su casa, y huyeron en un auto a toda velocidad. 

 

En la sexta estación se concreta el crimen

El jueves 22 de julio, Angelelli, junto a otros 43 sacerdotes, concelebró la misa de exequias de Carlos y Gabriel. En medio de un clima de inmenso dolor, dijo que “había quienes programaban violencias y quienes las ejecutaban” y que “podemos tener algunos elementos y estar en condiciones de informar a quien se debe”. Al salir del cementerio se acercó al médico de Chamical y le dijo en tono confidencial: “El próximo soy yo”. Los amigos más íntimos le aconsejaron que se alejara de la diócesis, pero su respuesta fue clara: “Eso es lo que buscan, que me vaya, para que se cumplo lo dicho en el Evangelio: heriré al pastor y se dispersarán las ovejas”.
El 4 de agosto, por la mañana, Angelelli le pidió al padre Arturo Pinto que lo acompañara en su regreso a La Rioja. También le encargó que controlara el agua y el aceite y que cargara combustible para que la camioneta Fiat Multicarga estuviera en condiciones para el viaje. Almorzaron en casa de las hermanas y pasadas las 14.30 se dispusieron a recorrer los 150 kilómetros que los separaban de la capital de la provincia.

Así narra lo que sucedió después Osvaldo Bayer, en el guión de una película que planeó filmar con Héctor Olivera y que nunca llegó a concretarse: “La ruta está vacía. Es la hora de la siesta y no se ve ni un alma, ni siquiera algún chango a orillas del camino. El llano aparece amenazante en su completa soledad. La camioneta va a mediana velocidad. El padre Pintos, desde el asiento del acompañante, mira hacia atrás. No hay nadie. La ruta infinita. Nada. Reverberos de luz. Y de pronto el obispo que desde el volante le susurra al Padre Pintos: ‘¿Y éste qué quiere?’. Pintos, aterrorizado, ve repentinamente que un auto marcha a la misma altura y dirección que ellos. Alcanza a atisbar a un chofer desdibujado, que se les mete delante y los empuja hacia el costado, cerrándoles el paso. El obispo, previendo el choque, intenta frenar y desvía la camioneta, que comienza a dar tumbos en la banquina. Luego sólo se escucha el ruido suave del viento que pasa entre los pastos y apenas se ve el polvo reflejado por el sol. Se oyen pasos, un abrir de puertas y el arrastrar de un cuerpo. Sólo sonidos en el polvo. No hay imagen de lo que sucede. Segundos después, unos golpes contra algo óseo. La imagen, desde arriba, muestra la ruta y en el medio de ella, un hombre con sotana, con los brazos abiertos en cruz, sobre el medio de la calzada. Un hilo de sangre alimenta el charco que se ha ido formando en la banquina. Un hombre crucificado en la ruta. Es el padre obispo. La imagen se eleva una vez más y muestra la inmensa soledad de ese hombre, en medio del paisaje árido y desolado de los llanos riojanos”.

El reloj de Angelelli había quedado parado a las tres de la tarde. Mientras el cuerpo permanecía sobre la tierra, de espaldas y con los brazos en cruz, la policía les prohibió sacar fotos a los periodistas y alejó a la gente del lugar. Instantes después un grupo de militares con armas largas se hizo cargo de la custodia de ese sitio. Recién seis horas después el cuerpo del obispo fue trasladado a un hospital de La Rioja. En el casino de oficiales del batallón 141 y en el diario “El Sol” brindaron con champagne. El coronel Battaglia llamó por teléfono al director del diario “El Independiente” y le dijo: “hay que publicar que fue un accidente por el reventón de la goma trasera”. Esa infame versión oficial fue la que repitió el Episcopado, pese a que el órgano oficial del Vaticano, “L´Osservatore Romano”, hablaba de “un extraño accidente”. El martirio del obispo Angelelli se había consumado.

 
En la séptima estación exhibe sus miserias la justicia de los hombres

La conmovedora soledad de aquel hombre en la hora de su muerte se reflejó tanto en la parodia de justicia que se llevó adelante como en el silencio que sobre el caso guardaron por años la propia Iglesia y el poder político.

Inmediatamente después del crimen, un juez de instrucción, Rodolfo Vigo,  abrió y cerró una veloz investigación que ratificó la versión del accidente. Sólo fueron unos pocos, como los obispos Hesayne, Novak y de Nevares, más Adolfo Pérez Esquivel y Emilio Mignone, quienes denunciaron desde un principio el asesinato y reclamaron su esclarecimiento.

Recién tres años después del fin de la dictadura, en 1986, otro juez, Aldo Morales, tras haber acumulado 1.800 fojas en el expediente, dio por probado que se había tratado “de un homicidio fríamente premeditado y esperado por la víctima”. Fueron imputados como autores intelectuales del asesinato el comandante del Tercer Cuerpo de Ejército, Menéndez, y los jefes del Batallón de Ingenieros de La Rioja, coroneles Battaglia y Malagamba. También hubo civiles acusados de participar del hecho y de encubrir el crimen. Tras una apelación, la causa se desdobló y pasó a manos de la Cámara Federal de Córdoba. Mientras continuaba este tortuoso periplo judicial, iban borrándose huellas y desapareciendo pruebas. Hasta que la sanción de las leyes de Obediencia Debida y Punto Final llevó al cierre de las actuaciones, que por entonces imputaban también al capitán González y a los sargentos Manzanelli y Otero.

Tras la anulación de las leyes del perdón, la causa se reactivó, esta vez por medio del Juzgado Federal de La Rioja. El fiscal sigue planeando ahora rastrear la camioneta para hacerle nuevas pericias y convocar nuevamente a los testigos para incriminar a los sospechosos. Pero se encontrará con que Battaglia, Malagamba, el comodoro Aguirre –jefe de la Base Aérea de Chamical-, el vicecomodoro Estrella y el sargento González, ya están muertos. Más de treinta años de encubrimiento le quitaron a los hombres la posibilidad de anticiparse a la justicia divina.

En la octava estación llega por fin la reivindicación

La conducta ante el homicidio del grueso del Episcopado es otra muestra de ignominia. La figura del obispo riojano, con su compromiso inclaudicable, fue y sigue siendo demasiado incómoda para los jerarcas de la Iglesia que se caracterizaron por su complicidad y su silencio ante los horrores de la dictadura.

Así, mientras el fallecido obispo de Córdoba, Monseñor Primatesta, recorría los tribunales pidiendo “que se dejen de embromar con el crimen porque eso fue un accidente”, el cardenal Aramburu decía en Tucumán que no había pruebas para hablar de asesinato. Cuando los sectores afines a Angelelli reclamaron la intervención de las máximas autoridades del catolicismo argentino, Primatesta encubrió su cinismo con latinazgos y respondió que “hay tempus loquendi y tempus tacendi” (es decir, hay un tiempo para hablar y hay un tiempo para callar).
Según el sociólogo Fortunato Mallimacci, era difícil esperar otra actitud siendo que “en 1975 el Episcopado argentino ya había denunciado a Angelelli por su conducta. Y tan fuerte había sido esa denuncia que llegó hasta Roma y obligó al Papa de entonces, Pablo VI, a investigarlo. De alguna manera, las propias autoridades episcopales lo habían condenado un año antes. Por eso cuando lo asesinaron, varios de los obispos dijeron: ‘Era subversivo, se había dedicado a la política, era tercermundista’. Palabras que en aquella época implicaban una sentencia de muerte”.

Tuvieron que pasar nada menos que 30 años para que la Iglesia comenzara a enmendar su falta. Recién el 4 de agosto del año pasado, al cumplirse tres décadas del crimen, el actual presidente de la Conferencia Episcopal, cardenal Bergoglio, encabezó un acto en La Rioja en el cual se reconoció el martirio de Angelelli y se homenajeó su figura.

Ese acto de estricta justicia quedó empañado, sin embargo, por ir a la zaga de una disposición del gobierno de Kirchner, que se adelantó a la cúpula sacerdotal y decretó el 4 de agosto de 2006 día de duelo nacional. Además, según Horacio Verbitsky, la demostración pública formó parte de un intento de Bergoglio de “blanquear su conducta durante los años de la dictadura”. El periodista señaló que la falta de “respeto” por las ideas de Angelelli se verificó cuando, al editarse el año pasado un libro oficial del Episcopado con los pronunciamientos históricos de la Iglesia, fue gravemente mutilado el Documento de San Miguel, texto que tuvo al obispo riojano entre sus principales redactores y significó la adaptación a la realidad del país de las conclusiones del Concilio Vaticano Segundo y la Conferencia de Medellín. La crasa eliminación de párrafos enteros alusivos a “la liberación total del hombre” y el “cambio de las estructuras injustas” revela que el homenaje a Angelelli aún es formal y continúa acompañado por la ocultación de su pensamiento.
En cuanto a la actitud del poder político, recién el 2 de agosto último, mediante un acto realizado en el Salón Blanco de la Casa de Gobierno, llegó la ansiada  hora de la reivindicación. El presidente Kirchner manifestó entonces que se sentía avergonzado porque también en este caso “el Estado nacional ha llegado muy tarde”. Emocionado, el mandatario expresó: “Angelelli, aunque sea tarde, quiero decirte que esta casa de gobierno es tu casa”.

En ese mismo acto, la abuela de Plaza de Mayo y ex colaboradora del obispo riojano, Alba Lanzilloto, tuvo las palabras más atinadas cuando señaló: “lo mataron porque fue fiel, porque su opción por los pobres era verdadera; ahora sólo quiero que no lo conviertan en estampita”. En ese mismo sentido, Eduardo de la Serna, coordinador del Grupo de Sacerdotes por la Opción por los Pobres, manifestó que “hacer memoria es traerlo a Angelelli al presente para que viva y hable, mientras que transformarlo en estampita equivaldría a vaciarlo de sentido”.

Y es que más allá de la sinceridad o el oportunismo de las recordaciones oficiales, Angelelli siguió siempre presente en el recuerdo de sus queridos hermanos provincianos. Como dice Osvaldo Bayer: “El alma del Padre Obispo quedará para siempre impresa en el paisaje. Aparecerá sin espacio en una carreta de bueyes, en los caminos altos de los cerros. O por sobre las cumbres, apoyándose con un bastón hecho de una rama. O por un sendero, andando en burro. O, de pronto, en una punta de los llanos, con su sotana azotada por el viento. Se lo verá irse por la espalda o aparecer de frente. Porque el Padre Obispo no morirá para los riojanos humildes. Estará permanentemente presente para los lugareños y se les aparecerá a los viajeros. Igual que aquel Chacho Peñaloza que se rebeló con sus montoneros contra los poderosos, la silueta del Padre Obispo aparecerá en los amaneceres lechosos de niebla, o en la luminosa hora de la siesta, o en el atardecer, cuando los hacheros y los mineros regresan a sus ranchos”.


CURA Y POETA

Hombre sensible y al mismo tiempo pudoroso, Angelelli cultivó durante toda su vida una vocación casi secreta de poeta. No escribió sus versos con la intención de publicarlos y apenas los más allegados los conocieron. Tras su muerte, esos amigos rescataron de entre sus papeles personales numerosos poemas y los editaron en forma de libro. Entre esas obras se cuenta la reproducida a continuación, creada cuando acababa de llegar a la tierra donde encontraría su destino de mártir:
 
A La Rioja querendona
En cada chaya escondes tu dolor hecho
harina y albahaca...
los del puerto te han amordazado para
que no grites...
Ya tus tientos se cortan y caen
tus machetes;
sólo te quedan ranchos tristes
y tierra caliente.

Los de afuera, Chango, te han robao’
las vacas;
tu Tata ha quedao’ solo... y la Mama
un recuerdo;
el Estargidio se fue lejos, a juntar petróleo
allá en Comodoro… rumiando nostalgias.

Y a la Rita la llevó el patrón para que
lo comediera,
dicen que a Buenos Aires, donde todo
es mentira;
tiene que hacer de todo, aunque no lo
pueda,
total es riojana, lo mismo que... ¡nada!

Pero el sol está sangrando allá en
Los Mogotes,
y en La Cueva de adentro se oyen galopes;
se acercan pasos por los caminos llaneros
y El Chacho amanece con sus montoneros.

Y por La Quebrada que le dicen de
Chusquis
unos lloros del cerro se gritan contentos;
hay olor a racimos y a vino nuevo,
y Don Aurelio ya calienta la pava en
el fuego.

¿Por qué no quieren que diga lo que
siento...?
¿Es que es mentira hablar del silencio...?
¿No escuchan los gritos de los de
tierra adentro?

Somos nosotros, porteños...
Es fiero ¡si vieran lo que yo siento!
Quebradas y llanos..., cansados y sedientos...
el alero del rancho se lo llevó el viento,
dicen que anoche, silbando el silencio...
¿No escuchan el grito de los de
tierra adentro?

LOS QUE SIGUEN POR LA MISMA SENDA
Entre los sectores que perseveran en la orientación pastoral que representó Angelelli se cuentan los  “Curas en la Opción por los Pobres”, que a fines de agosto pasado realizaron su vigésimo encuentro anual y señalaron, entre otras cosas, en el documento final del cónclave: “Creemos que la voz de los pobres –que no es la palabra de las encuestas- y la respuesta a sus clamores, deben ser el punto de partida de toda palabra y acción políticas. No aceptamos ni creemos en los reclamos de ‘mano dura’ en nombre de la seguridad que ignoren la inseguridad de la desocupación, del desamparo de la salud, de la crueldad del ‘gatillo fácil’, la violencia de las nuevas desapariciones y los crímenes impunes, y los reclamos que no juzguen con la misma mirada cuando las víctimas son los chicos pobres de nuestros barrios o pueblos; creemos que la paz es fruto de la justicia y, por tanto, la búsqueda empecinada de una verdadera justicia social e igualdad estarán en el origen de la verdadera seguridad y la paz. No aceptamos ni queremos la injusta y creciente distribución de la riqueza, en la que –aunque nominalmente disminuya la desocupación- el salario no alcanza para cubrir las mínimas necesidades y donde hay ricos cada vez mas ricos a costa de pobres cada vez más pobres; creemos que donde hay una necesidad hay un derecho, y la justa distribución de la riqueza es el paso primero para que nazca la verdadera justicia social.  A treinta años de sus martirios, no podemos ni queremos olvidar la ‘memoria subversiva’ de Enrique Angelelli, de Ponce de León, de Carlos y Gabriel, de Léonie y Alice, de Wenceslao Pedernera y Mónica Mignone, de Mauricio López y Elizabeth Käsemann, entre otros. Pretendemos ver en ellos una voz de Dios que guía a su Iglesia, y a nosotros, curas, por el camino de estar entre los pobres y ser ‘Iglesia de los pobres’. Queremos repetir con tantos y tantas que ‘otro mundo donde quepan muchos mundos es posible’, ‘otra Iglesia es posible’ y otra vida para todos es posible y necesaria”.


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