NÚMERO 47 - MARZO 2007

El asesinato de Darián Barzábal en Los Hornos

UN GATILLO CADA VEZ MÁS FÁCIL

Darián esperaba que llegara marzo para cumplir los 18. Tenía la expectativa de donarle un riñón a su mamá. Pero el 10 de enero se sumó a las más de 2.100 víctimas fatales de las fuerzas de “seguridad” en democracia. “Trabajan con la mentalidad de la dictadura”, dice Alicia mientras pide cárcel para los responsables que están identificados pero libres. En las calles del barrio hablan con temor de la Comisaría Tercera. Varios de los implicados en el caso participaron de la investigación inicial por Jorge Julio López y, claro, no encontraron nada.

Por Josefina Oliva

Yendo por la 66, hay que doblar por una calle asfaltada y otra de tierra para llegar a la casa de Darián Barzábal, el joven que la madrugada del 10 de enero fue asesinado por el sargento Santiago Regalía cuando le disparó en la nuca con su 9 milímetros. Hasta el momento es el único detenido. Sus colaboradores sólo estuvieron encerrados unos días y les llegó el beneficio de la excarcelación.

Afuera el sol quema y se oyen de vez en cuando las voces de los chicos que juegan en las veredas. Una música se diluye rápidamente cuando alguien desde adentro oye palmas en la puerta e invita a entrar. Es la misma cumbia que los hijos de Alicia cortan cuando ella llega porque le hace acordar a Darián. “A él le gustaba la cumbia, aunque a mí me gusta más el rock. Yo soy más ochentosa. Cada vez que yo llegaba, él me ponía siempre el mismo tema”, cuenta mientras hace fuerza para recordar cómo se llama la canción. “Madrecita querida, de Oscarcito Belloni”, le ayuda su sobrino. Desde esa noche dejó de sonar.

“Los tiempos de la justicia”

El caso de Darián es uno más de los 2100 asesinatos cometidos por las fuerzas de “seguridad” del Estado que se han registrado desde la finalización de la última dictadura. La mayoría corresponden al “gatillo fácil” –como el asesinato de Darián–, muertes en cárceles y comisarías, torturas seguidas de muerte o desapariciones, entre otras prácticas. Según el archivo de casos 1983-2006 recopilado por la Coordinadora contra la represión policial e institucional (CORREPI), del total de los asesinatos, el 67,8 % tiene como víctimas a varones pobres que van de 15 a 25 años de edad. La mayoría de los crímenes quedan sin resolver. Las pruebas “se pierden” y no se encuentra a los culpables. En otros casos, la policía intenta reportarlos como “accidentes”. Y si se hallan responsables y son detenidos, a menudo les resulta fácil quedar en libertad.

“Así son los tiempos de la justicia”, explica Rosa Schonfeld, la madre del estudiante desaparecido Miguel Bru, y una de las fundadoras de la Asociación que lleva su nombre (La Pulseada Nº 33). Intenta calmar una Alicia colmada por la indignación: “A mi hijo lo fusilaron. No se le escapó el tiro, fue intencional. Fue una alevosía. Yo creo que tendrían que estar todos detenidos, porque los hechos están claros”.
Lo mismo piensa Paola Catino, una de las abogadas integrantes del Colectivo de Investigación y Acción Jurídica (CIAJ), que junto con la Asociación Miguel Bru patrocinan a la familia Barzábal: “Hay tantos casos, como el de Migone y el de Díaz Subils (ver recuadro): sabemos que los mataron, no en un patrullero sino dentro de la comisaría o de un calabozo y todavía no se puede probar quién fue. Acá sí sabemos quién fue el que disparó, quién conducía cuando el otro tenía el arma, quién le pegó, quién no le pegó”.

Darián estuvo en su casa horas antes de que lo asesinaran. Nadie en su familia puede entender lo que pasó.

“Darián estaba empezando a caminar la calle”, cuenta Lino, vecino y amigo de los Barzábal. El pibe estaba embalado con el fútbol. “Era un nueve excelente”, asegura su mamá. En la escuela también andaba muy bien. Iba a la nocturna para poder trabajar, porque le gustaba tener sus propios ingresos. El año pasado obtuvo una beca por ser uno de los mejores promedios. En marzo cumplía los 18. Y esperaba cumplirlos: así podría hacerse el examen de compatibilidad para donarle el riñón a Alicia. Pero le quitaron esa posibilidad.

Maldita madrugada
La noche del 9 de enero el policía Luis Doratto detuvo a Darián a dos cuadras de su casa. Hay testigos que dicen haber visto cómo éste lo golpeó y luego lo esposó. Lo que se contradice con las declaraciones del policía, que manifestó que había detenido a Darián porque el joven había robado en su casa unos minutos antes. Doratto, que trabaja en la Comisaría Cuarta, llamó a sus colegas de la Tercera de Los Hornos, donde se desempeñó hasta el año 2005. Inmediatamente llegaron los sargentos Christian Gutiérrez y Santiago Regalía, quienes cargaron a Darián al patrullero. Estaba esposado. Mientras el primero manejaba, el segundo comenzó a golpearlo, hasta que le disparó en la nuca con “su arma reglamentaria”. Días después, Gutiérrez declararía que en el momento en el cual estuvo a punto de decirle que parara porque se “estaba zarpando” escuchó el disparo. En lugar de ir a un hospital, se dirigieron a la Tercera.

Allí estaba el teniente primero Iván Adrián Martínez, quien ordenó colocar un arma en el patrullero. La idea era dejar indicios de que Darián estaba armado al momento de la detención, que había querido dispararle a Regalía dentro del patrullero, y que en un forcejeo, a ese policía se la habría escapado el disparo. Sin embargo no fue así. El mismo Doratto declaró que el joven estaba desarmado y que él mismo le había puesto las esposas. Pronto las pericias realizadas por Gendarmería Nacional y la Policía Científica también lo confirmaron.

No hay dos sin tres
Como todo caso de gatillo fácil, es muy difícil que este tipo de crímenes sean cometidos sin cómplices ni encubridores. Aunque lo haya pensado, Gutiérrez nunca frenó a Regalía. Según lo que se pudo demostrar a raíz del localizador satelital, el chofer del patrullero disminuyó la velocidad al momento del disparo. Por lo tanto, lo que estaba haciendo Gutiérrez era “posibilitar lo que pasó”. “Más que encubrir, de algún modo participa”, interpreta Fabio Villarruel, otro de los abogados integrantes del CIAJ.

Por otra parte, ninguno de los que estaban esa noche en la Tercera frenó el ingenio de Martínez: ni Eduardo Zaffino, jefe de la Tercera hasta el momento de la intervención, ni el sargento Christian Aníbal Gutiérrez, ni el teniente Lucas Antonio Oyarzábal, ni el capitán Carlos Daniel Morales. No sólo “plantar el arma” fue parte del encubrimiento del crimen perpetrado por Regalía: también le cabe una responsabilidad al personal policial que sustrajo un arma que estaba bajo custodia porque correspondía a otra causa. A este delito de “peculado” le correspondería una pena de tres a diez años y no es excarcelable.

Además, la entrada de Darián a la Tercera nunca fue registrada. Esa tarea correspondía a la oficial Mariana Edith González, quien se encontraba a cargo del libro de guardia esa madrugada. “Por un lado está falsificando y por otro está incumpliendo los deberes de funcionario público”, afirma Villarruel.

Pese a la suma de delitos y culpables, tanto Gutiérrez como Zaffino, Martínez, Morales y Oyarzábal fueron presos por encubrimiento pero inmediatamente excarcelados. El único que sigue tras las rejas es Regalía, con prisión preventiva por el delito de homicidio calificado agravado por ser funcionario público. La jueza de garantías no hizo lugar al pedido de los fiscales para que se considerara la alevosía del hecho como agravante. Mientras tanto, Regalía se empeña en demostrar que el tiro fue consecuencia del forcejeo. Para Paola Catino, su argumento es “bastante insostenible: él nos dice que estaba esposado dentro del patrullero, con los brazos para atrás, y que en un movimiento medio extraño, pasó los brazos para adelante y entonces quiso sacar el arma”. Ante el absurdo, la abogada ironiza: “Debía ir durmiendo, porque iba al lado y no se dio cuenta, suponiendo que existieran las condiciones para ese movimiento... Habrá que hacer las pericias para ver si en esa posición podía realizar semejante despliegue”. Pero ni siquiera colaboran con Regalía las propias declaraciones de su compañero de patrulla.

Fabio Villarruel agrega que otro detalle agravaría aún más su situación: se negó a hacerse la extracción de sangre y orina que le corresponde a un imputado. “Nos llama la atención. ¿Por qué se niega? ¿Qué está escondiendo?”, es otra de las preguntas que realiza el CIAJ y que abren la posibilidad de que en el momento del asesinato Regalía haya estado alcoholizado o el efecto de alguna droga. En las calles del barrio se escuchan algunos comentarios que confirmarían la segunda opción.

Actuar sistemático

Darián no era el primer pibe al que Santiago Regalía golpeó. Varias veces había tenido algunos encuentros con uno de los hijos de una vecina de Los Hornos, que es además amiga de Alicia.

Ahora él está preso, por un caso que deja aún varias dudas. Más de una vez le dijo a su mamá: “de esas (golpizas), ¿sabes las que tengo para contarte?”,haciendo referencia a una noche del año 2005, cuando el joven habría sido golpeado fuertemente en la calle y luego en el calabozo, dentro de la Tercera, por el mismo sargento que asesinó a Darián. “La costumbre de Regalía era refregarle el arma por todos lados a los chicos”. En otra oportunidad “él mismo le puso a mi hijo la itaca debajo del cuello”. Por eso afirma: “Si en su momento Asuntos Internos hubiera tomado las medidas que tenía que tomar, no hubiera pasado lo que le pasó a Darián, porque yo en noviembre de 2005 hice la denuncia”.

A otra vecina, mamá de siete hijos, también le tocó sufrir la impunidad de la Tercera y por eso hizo varias denuncias. Según cuenta, uno de sus hijos está preso por un robo que no cometió y que sí fue efectuado por los parientes de uno de los de la Tercera. En una nueva ocasión, otro de sus hijos sufrió un accidente y los policías de esa comisaría aprovecharon para robarle sus pertenencias mientras el chico era atendido por los médicos, en la calle. Al más pequeño, de 11 años, ya le avisaron que cuando sea mayor “va a terminar en Olmos”. Y a otro le advirtieron que si su familia seguía haciendo denuncias “lo iban a encontrar en una zanja”.

Historias de “horneros”
En Los Hornos basta con nombrar a la Tercera para darse cuenta de que algo huele mal. Así quedó demostrado durante la asamblea que se realizó el 24 de enero (ver recuadro), en la que los vecinos manifestaron que muchos de sus hijos habían sido más de una vez “levantados” y golpeados dentro de la comisaría, varias veces con toallas mojadas. También dijeron que los policías de esa dependencia organizaban robos en manos de menores y tienen la costumbre de maltratar a los más humildes.
La historia viene de años. Y no es casual. De Los Hornos surgieron varios de los implicados en el crimen de José Luis Cabezas. Años más tarde, Jorge Julio López desaparece y la misma Tercera es la comisaría que recibe la denuncia y la primera que “investiga” el caso.

Hasta el momento en que fue intervenida, en esa dependencia se hallaban 27 policías de los 9026 que figuran en la lista del personal policial activo que proviene o ha ingresado a la fuerza antes de la finalización de la dictadura. Quien estaba como máximo responsable la madrugada del 10 de enero, el capitán Eduardo Zaffino, ingresó a la fuerza en 1980. Luis Doratto lo hizo el 1 de mayo de 1979 al Cuerpo de Caballería. Nilda Eloy, integrante de la Asociación de Ex Detenidos Desaparecidos afirma que “como ha quedado demostrado judicialmente que los lugares policiales como comisarías, subcomisarías, destacamentos, han sido utilizados para la represión, en su mayoría como centros clandestinos, haya habido una o dos personas, o cientos de compañeros, esta gente indudablemente ha pasado por algún centro clandestino. Eso implica un determinado aprendizaje, una determinada formación. Entonces hablamos, en el marco de la impunidad, del abuso de la función como práctica histórica”. Y entonces no es difícil entender la existencia del gatillo fácil.

En la causa del caso López consta que Iván Martínez –el teniente que ordenó “plantar el arma” la noche de la muerte de Darián– fue el primero en hacer las averiguaciones por las calles de Los Hornos sobre su paradero. Tiempo después, el rastrillaje efectuado en Punta Lara estuvo a cargo de la misma Tercera. La pregunta es cómo esperar respuestas sobre la desaparición de uno de los querellantes contra el ex Director de Investigaciones de la Bonaerense, Miguel Etchecolatz, si la búsqueda queda en manos de esa maldita policía.

Y salen por la otra
Como dicen los integrantes del CIAJ “no hay maldita policía sin un maldito poder judicial”. No hay impunidad de las fuerzas de “seguridad” del Estado, sin una “justicia” que pase por alto pruebas o ayude a que éstas “se pierdan” a través de, por ejemplo, la omisión de datos en el libro de guardia de una Comisaría.
Habrá que ver ahora cómo continua la causa por el asesinato de Darián. Su mamá ni siquiera quiere oír hablar de los tiempos de la justicia. “Si ellos quieren, te acusan y te matan. Les pagás a ellos para que te cuiden y después te matan. Y si ellos entran, siempre vuelven a salir”.

Alicia repasa recuerdos. Comenta que todo el tiempo piensa movimientos, conversaciones con Darián. Una vez la policía lo había “levantado” porque tenía el pelo largo. Él estaba harto de que lo miraran mal por eso hasta que decidió cortárselo y venderlo. Ella no lo podía entender. “Parece que estuviéramos en la época de la dictadura. Porque es así. Trabajan con la mentalidad de la dictadura”.
De a poco va cayendo la noche. Otro día más se termina en Los Hornos. Afuera el calor sigue. La gente ha entrado a sus casas. La oscuridad y el camino por la calle asfaltada hacen pensar en los hechos ocurridos aquella madrugada, a sólo unas cuadras. Todo está tan cerca.

UNA AMENAZA, UNA LUCHA
Algunos de tantos otros asesinatos en manos de las fuerzas de “seguridad” que se registraron en los dos últimos años:
* Oscar Migone, asesinado en noviembre de 2005 en la Comisaría Novena de La Plata. La policía quiso probar la teoría del suicidio, pero se corroboró el asesinato. Aún no se sabe quiénes son los culpables.

* Christian Domínguez (La Pulseada Nº 31 y Nº 46). En febrero de 2005 fue asesinado por el personal policial de la Primera de Berisso. También quisieron hacer creer que se trataba de un suicidio, pero las pruebas fueron contundentes: fue un homicidio. Los dos policías que estuvieron en prisión preventiva, salieron en libertad bajo fianza. El resto del personal implicado fue separado del cargo.
* Maximiliano Díaz Subils (La Pulseada Nº 38). Su hermano Juan Pablo, integrante de la Asociación Miguel Bru, sigue peleando para que haya justicia. Maximiliano fue hallado muerto en la Comisaría Sexta de Tolosa. Por insistir con el esclarecimiento del caso lo han amenazado más de una vez a su teléfono celular. “te va a pasar lo mismo que a su hermano”. Sin embargo, él sigue. Está convencido de que si lo amenazan es “porque está haciendo las cosas bien”.

PROTESTA Y DESPUÉS
El 11 de enero, al otro día de su muerte, se realizó la primera marcha por el caso de Darián, a la vez que se reclamaba por la desaparición de Julio López. El 24 de enero se llevó a cabo una asamblea para discutir “cómo se continuaba ante la impunidad de la comisaría Tercera en el barrio”.

El primer día habían marchado agrupaciones de derechos humanos, vecinos del barrio y familiares de Darián. El segundo día se instalaron frente a la comisaría alrededor de cincuenta personas, muchos de ellos menores de edad acompañados de sus padres, quienes comentaban que “a sus hijos también los habían cagado a palos”.

Por eso a raíz de la bronca, hubo piedras contra la Tercera. Antes de que la asamblea se acercara hasta el lugar, la guardia ya estaba montada. Segundos después de los primeros piedrazos estaban reprimiendo no sólo los policías que allí aguardaban, sino los cinco camiones de Infantería que rápidamente doblaron la esquina. Hubo que salir corriendo.

volver


* Se autoriza la reproducción total o parcial del contenido, citando la fuente y remitiendo un ejemplar de la publicación a La Pulseada.

BAJAR LA NOTA(35kb)