NÚMERO 45 - NOVIEMBRE 2006

Horror y belleza en los sobrevivientes de la dictadura
HUELLAS DE VIDA

La fotografa Helen Zout trabaja con su cámara para que la memoria colectiva no olvide el drama generado en el país por la última dictadura, pero, también, para detectar las marcas dejadas en las generaciones posteriores. Una mezcla de dolor, amor y belleza.

Por Carlos Fanjul

“Desde hace un tiempo estoy tratando de que se nos haga carne a todos nosotros, que los desaparecidos no deben ser recordados desde el hecho mismo de su desaparición. Ellos fueron más importantes antes y también lo son ahora. Por eso los persiguieron. Me interesa trabajar en torno de quiénes eran, por qué luchaban, qué sentían. El mensaje que nos dejaron. Por eso, todos debemos pensar que son vida hoy, más allá de las desapariciones de ayer”.

La frase de la destacada fotógrafa Helen Zout, adquiere formato de idea-fuerza. Moviliza adentro. Es propuesta de acción conjunta, pero también de aguijón que taladra adentro de la conciencia social que recuerda y homenajea a los militantes que ya no están, pero que no siempre les valora –o buscan imitar- el recorrido previo de sus vidas.

Helen, santafesina de Carcarañá pero radicada en nuestra ciudad desde pequeña,
ya ha colaborado antes con La Pulseada y es también una militante social que, desde el ojo de su cámara, ha venido investigando desde 1999 las señales dejadas por los 30.000 desaparecidos en los sobrevivientes del genocidio y en las generaciones que lo sucedieron.

Mientras mostraba sus fotos, que hacen de su casa una especie de exposición permanente en cada uno de los rincones, aseguró que “los tres grupos generacionales más afectados en cuanto a las pérdidas son, por un lado, las madres y los padres de los detenidos desaparecidos; también estamos los adultos que pertenecemos a esa generación agredida por el terrorismo de Estado, dentro de los cuales se encuentran los sobrevivientes de los centros clandestinos de detención; y, por último, están, claro, los hijos de aquellos desaparecidos. En todos hay huellas, que he intentado reflejar”.

La fotógrafa, que también se desempeña como docente e investigadora, remarca con tono admirativo la valentía de madres y padres, quienes abandonaron sus actividades habituales, para lanzarse a la creación de las primeras asociaciones de lucha y defensa de los derechos humanos, considera además que “la experiencia límite padecida por los ex detenidos desaparecidos -2 o 3 mil personas que pudieron recuperar su libertad de algunos de los 360 centros clandestinos- incluye ser testigo de la desaparición de compañeros de cautiverio, muchas veces padres del otro grupo de sobrevivientes: los hijos de desaparecidos. Ello implica, no sólo la resignificación de todo un sistema de creencias y de valores ético morales de las víctimas para consigo mismo, sino también para con la sociedad toda que proporcionara un espacio donde este horror fuera posible. Para muchos, los sobrevivientes son el símbolo de una experiencia colectiva dolorosa que pretenden olvidar, simplemente con la negación o la indiferencia”.

Añadió también que “los hijos de desaparecidos transitan desde la orfandad por inquietudes similares. La desaparición de uno o ambos padres, el propio nacimiento en cautiverio de las madres o en cárceles, la apropiación de ellos por parte de torturadores dejaron huellas indelebles. En general, los familiares e hijos de desaparecidos conocen acerca de la desaparición de sus seres queridos, pero ignoran donde y como murieron, donde ocultaron sus cuerpos, el por qué de la metodología de la desaparición forzada de personas implantada por las dictaduras militares en el Cono Sur de América, especialmente en la Argentina, la que no concluye con la muerte de la víctima, sino que incluye la desaparición del cadáver. Quizás aquí radique la mayor perversión de las desapariciones: no sólo es la pérdida de la vida, es la imposibilidad del duelo y  de la muerte. Por ello los desaparecidos no propician una memoria, son una espera eterna y desesperante…una búsqueda perpetua”.

-Hoy, todos esos sobrevivientes, ¿también van dejando sus huellas?
-¡Claro! Hoy los familiares de los desaparecidos, los ex detenidos desaparecidos y los hijos de desaparecidos trabajan, estudian, educan a sus hijos, pero el tránsito por el resto de sus vidas suele ser una interminable búsqueda por intentar dilucidar interrogantes que van más allá de su experiencia personal y que son inherentes a la condición humana, pero agravados por las huellas de la desaparición: de donde venimos, quienes somos, porqué vivimos…? Los sobrevivientes llevarán durante el resto de sus vidas la impronta indeleble de la desaparición. Ellos y sus espacios corporizan la memoria que ha de trasmitirse a las nuevas generaciones. Memoria que es susceptible de ser registrada fotográficamente y que devuelve aquellos rostros para que ahora la vida y la muerte estampe su sello. Mis fotografías intentan sintetizar el tránsito por los interrogantes, la reflexión, las dudas, las respuestas, las incertidumbres…pero por sobre todas las cosas un camino de búsqueda e indagación.

Creo que mi trabajo “Huellas de desapariciones” refleja la búsqueda de esas marcas que esas personas desaparecidas dejaron en los sobrevivientes, en sus propios familiares y en los lugares en los que ocurrieron sus secuestros durante la dictadura militar”

-…marcas que no siempre pueden ser observadas con facilidad…
-Es cierto. Fui observando que cada víctima canaliza su sufrimiento de manera diferente. Hay quienes no pueden contar nada, lo tapan en la palabra, pero lo sacan de alguna otra manera. Muchos escriben, otros transmiten su dolor a través de su mirada, sus silencios. Ves, Jorge Julio López, por ejemplo, dibuja y escribe
-El caso de López también es una señal de sus huellas…
-Fijate que curioso, que dato del presente: Si alguien pretendió desaparecerlo logró el efecto absolutamente contrario porque ahora está en todos nosotros, alguien a quien la mayoría ni conocía. La foto de él está en los autos, en las calles. El otro día fotografíe a unas nenas que estaban vendiendo flores y había una foto de Julio. Le pregunté si sabía quién era López. Y me dijo: ‘Sí, es una persona que fue secuestrada’. A su modo sabía quién era. Dentro de todo lo terrible que ocurrió, no lo pudieron hacer desaparecer. Sino todo lo contrario. Esa también es una huella.
-Esas huellas que buscás viven mezclando horror y belleza?
-¿No es así como vivimos los argentinos? ¿Teniendo que aunar dos partes tan opuestas en una posible que nos permite sobrevivir? Porque todos disfrutamos de las cosas cotidianas: una buena comida, un paseo, un buen vino, pero a la vez convivimos, conciente o inconscientemente, con el fantasma de la perversión de aquellos que hicieron desaparecer gente, robaron bienes, se apropiaron de niños.
Los muñecos que Chicha Mariani juntó para su nieta durante treinta años resumen el dolor y la belleza de los seres y los objetos verdaderamente depositarios de ella. La belleza que esta lejos de ser el esteriotipo que la televisión nos quiere imponer. La belleza que les quisieron arrancar pero que persiste, quizás atravesada por una quebradura, por un balazo, que simbolizan el infinito dolor. La belleza y la grandeza de seres que nos enseñan que aún en el peor de los momentos nos pueden dar una lección de la entereza a la que puede llegar un ser humano aún en los momentos límites. Así como encierra una bella emoción ir a la marcha y ver que Julio López ya no es uno, es miles, en pancartas, en carteles aquí y allá, multiplicado en cada uno de los argentinos de buena voluntad. Que paradoja: Chicha Mariani y Julio López, ambos querellantes, ambos amenazados, son dos ancianos que, como verdaderos maestros están mostrando a las nuevas generaciones a como vivir con dignidad.
-¿A vos también te quedaron huellas?
-Yo comencé a estudiar cuando no me salían palabras, porque estaba escondida. La fotografía pasó a ser mi forma posible para contar lo que sentía a través de imágenes. Hice cursos para sobrevivir a una situación de encierro y de miedo. Y ahí apareció esa doble sensación de meterme para adentro, pero al mismo tiempo sacar todo de alguna otra manera. Y ahí es donde dejamos en algún lado, de alguna manera, aquellas señales, marcas, huellas, que son las que luego empecé a buscar en otros.
-¿Y que encontraste?
-En realidad, cuando comencé con todo esto, busqué rearmar un cuerpo que estaba ausente, que era el de las personas desaparecidas. Por ejemplo, todos los sobrevivientes tienen marcas dejadas por ellos. También los lugares donde ocurrieron los hechos, que para mí guardan la memoria de la desaparición. Por ejemplo, en la casa de calle 30, está la caja de recuerdos de Chicha Mariani. Con eso arme la otra muestra, “Sueños inconclusos”, que está realizada con objetos fotografiados  pertenecientes a su hijo Daniel y a su nuera Diana quienes fueron asesinados en 1976 y a la hija de ambos Clara Anahí desaparecida desde esa fecha hasta la actualidad. Los juguetes fotografiados fueron donados o adquiridos por Chicha para su única nieta quien la llevó a peregrinar por el mundo durante 30 años denunciando la desaparición. Hoy Chica, tiene 82 años y mantiene todavía ese sueño inconcluso: el de reunirse con su nieta y para darle todos estos juguetes. Para entregarle a ella sus propias marcas. En la casa están las fotografías de esos muñecos, entremezcladas y hasta superpuestas con los balazos originales de las paredes de la casa Teruggi- Mariani en la cual ocurrió este terrible hecho. Cada rincón está lleno de mensajes de amor. Se observa claramente la sensibilidad que tenían aquellas  personas, pero también aparece como devolución ese otro gesto de amor infinito, que son los muñecos de Chica. Que esos muñecos vuelvan a las paredes de la casa de la beba fue arrancada,  es recuperar la memoria y la identidad. Significan la espera de la reunión final entre la abuela con su nieta, y de las dos con los juguetes. Es muy fuerte. Muy simbólico.

HELEN ZOUT
Es fotógrafa, docente e investigadora. Cursó estudios de Antropología Cultural y Pintura en la Universidad Nacional de La Plata. Ha trabajado en varios medios ydesde 1990 se desempeña como fotógrafa en la Cámara de Senadores de la provincia de Buenos Airews. En 2002, Helen Zout ganó la Beca Jhon Simon Guggenheim con su trabajo titulado “Huellas de Desapariciones durante la última dictadura militar en Argentina 1976-1983”. Esta obra la expuso en el Museo Provincial de La Memoria de la ciudad de La Plata en los años 2004 y 2005. Su trabajo sobre los desaparecidos fue declarado de Interés Nacional. Sus obras fueron expuestas, y en muchos casos premiadas, en Argentina, así como también en Bélgica, Francia, Estados Unidos, Alemania, Italia, Suecia, España, China, Cuba y Holanda. Ha publicado sus obras en los más prestigiosos diarios, revistas y libros en el orden nacional e internacional, y sus obras se mantienen hoy, entre otros lugares, en el Museum of  Fine Arts the Houston, Texas, USA., EL Museo de Arte Moderno de Buenos Aires y el Museo Nacional de Bellas Artes de Argentina, la Colección Brasileña Privada Joaquim Paiva, y el Municipio de Torino, Italia.

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