NÚMERO 44 - OCTUBRE 2006

La noche en que Carlitos Cajade repasó su historia

“ME ESCAPABA DEL SEMINARIO PARA IR A TRABAJAR A LOS BARRIOS”

Carlitos nos habla de su niñez, de su familia, de sus primeras novias, del despertar de su vocación sacerdotal... De rebeldías y de sueños... De convicciones y de entusiasmos... Y de lo bueno que es caminar siempre por las cornisas.
En 1999, en el ciclo “Historias debidas” que se emitía por la señal platense de Multicanal y que más tarde se difundió a todo el país a través de Canal 7, la periodista Ana Cacopardo dedicó un capítulo completo, titulado “Rebeldía y esperanza”, a entrevistar al Padre Carlos Cajade.
Recuperamos a continuación algunos de los principales tramos de aquel reportaje, que será difundido íntegramente en los próximos días por el Canal 5 de la mencionada empresa de TV por cable.

Recopilación: Carlos Gassmann

La infancia
“Tuve una infancia muy bella, llena de ternura. Por eso la recuerdo con mucho cariño. Nosotros somos cinco hermanos. Raúl y José son los mayores y tienen doce meses de diferencia entre ellos; después venimos yo y Marito, a quien le llevó casi dos años. Y también está Tere, la más chica. Con Marito siempre fuimos muy compañeros, porque tenemos poquita diferencia de edad. Se hicieron como dos parejitas: Raúl y José, por un lado, y Marito y yo, por el otro. Marito es un ser humano de primera. Siempre digo que yo me hice como soy, pero Mario vino así de fábrica. Aunque recuerdo la infancia con mucha alegría, fue una etapa que también tuvo sus dolores. Sobre todo por la partida tan temprana de papá. Yo tenía nueve años cuando murió. Con el fallecimiento de papá, tuvimos que salir a trabajar enseguida. Por eso José, el mayor, fue el que menos pudo avanzar en los estudios. Raúl también salió a trabajar y era él que nos servía un poco de sostén a todos. Traía trabajo a la casa y hacíamos bobinitas, por la noche, para los cuentarrevoluciones que nos encargaba por contrato SIAP. Yo, por mi parte, comencé a trabajar en el frigorífico Swift a los 15 años. Empecé en la sección ‘tachería’, es decir, en la fábrica de envases. Ahí comencé a conocer mejor lo que era el ser humano. Creo que mucho de lo que llegué a ser después se lo debo a esa desgracia, que fue una gracia, de haber tenido que ir a trabajar muy jovencito y entrar en contacto con los obreros y con gente con mucha experiencia de vida. Fue decisivo porque pasó justo en momentos en los que se estaba formando mi personalidad. En ese sentido, fue muy importante haber pasado por Swift y también cuando me enviaron como párroco a Berisso, donde con el tiempo regresé, pero ya ordenado sacerdote. Y fue muy significativo para mí, en mi formación como cura, que me haya tocado desenvolverme en medio de una población tan particular como la de Berisso. Ahí puede hablar con gente que había conocido a mi papá y fui recogiendo testimonios. Todo lo que me comentaron fue muy lindo. Tengo siempre presente a un hombre que me dijo: ‘Si todos los seres humanos hubiesen sido como tu viejo, no hubiesen sido necesarios ni los ejércitos ni las policías’. ¡Mirá vos qué piropo! Respecto de eso siento que tengo una deuda. Cuando llegue al cielo, lo primero que le voy a decir a Dios es que quiero conocer a mi viejo. Tengo en esta etapa de la vida muchas ganas de conocer a aquellos seres humanos de los que soy en buena medida parte, porque uno no es fruto de la casualidad, es siempre sembrado por algo o por alguien. Y hoy tengo una gran necesidad de compartir cosas con mi padre, de hacerle preguntas. En el fondo, es una gran necesidad de conocerlo. Por eso digo que el día que me vaya a la casa de Dios, una de las primeras cosas que le pediré es que me presente a mi viejo, que quiero compartir, charlar, verlo, saber qué pensaba, cómo era, qué sueños tenía, cómo vivía... Ese es una de las inquietudes que he ido sintiendo con más fuerza en los últimos tiempos, quizás por los 49 años que ya tengo encima”.

“Y mamá... Mamá nos daba fuerzas a todos... Hasta que un día, 30 años después, a la salida de una misa, me dijo: ‘¿no me llevás a la casa de Raúl, que hoy es el cumpleaños?’. Y ocurrió que a la mañana siguiente, 30 años después, sobre la misma calle en la que había muerto mi papá, ella también tuvo un accidente y falleció. Pero bueno... se fue muy feliz. Era de esa clase de personas que siembran el bien y por eso se van felices. Es cierto que el hecho de que su manera de partir fue traumática te deja convulsionado. A mí me dejó conmocionado, me dolía. Pero, como son personas que han generado el bien, logran que tarde o temprano el dolor se haga esperanza, se transforme en amor, se convierta en siembra. No sé... Son esas cosas dolorosas pero también bellas que tiene la vida”.

Un guiño de Dios
“Hubo algo que ocurrió apenas tres días antes del accidente que le costó la vida a mi padre, algo que para los demás miembros de la familia, que éramos tan religiosos, fue un signo de Dios. Yo siempre digo que la gente que es solidaria y buena, si no encuentra a Dios acá, va a terminar encontrándoselo en algún lado. Esa gente, siguiendo la estrella del amor, de la buena voluntad, de la justicia, de la verdad, tarde o temprano se tiene que encontrar con Dios. Mi papá nos decía que éramos unos ‘chupacirios’. Porque la que nos transmitió a nosotros su gran fe fue mi mamá. Ella nos motivó mucho desde chiquitos con el tema de la fe. Nunca lo sentimos como una imposición de parte de ella. Simplemente supo transmitirnos su gran fe. Pero papá no iba nunca a la iglesia. Tres días antes de tener ese accidente, no sé por qué, se le ocurrió preguntarnos a nosotros a qué hora era la primera misa. Le contestamos que era a las siete. Y él nos dijo: ‘bueno, mañana voy a ir’. Nos quedamos todos mudos. Para colmo, tuvo que esperar una hora, porque agarró justo un cambio de horario: la misa empezaba 60 minutos después. Entonces cuando volvió nos dijo: ‘¡Eh, ustedes, chupacirios! ¡Justamente ustedes que están todo el día en la iglesia me hicieron esperar una hora para poder asistir a misa!’. Que haya decidido por fin ir a la Iglesia a poco de partir de este mundo, para nosotros fue como un signo, un signo muy lindo, una guiñada de ojos de Dios diciéndonos qué iba a pasar”.

“El tipo de accidente que sufrió también constituye un signo de solidaridad. Él paró a auxiliar a un amigo a quien se le había descompuesto la moto. Lo estaba ayudando a arreglarla. Entonces otra moto, que parece que venía conducida por un borracho, lo atropelló”.

“Hay dos vetas que he heredado de mi viejo: el amor al fútbol y el amor a la música. Él fue arquero de Cambaceres y por eso yo soy hincha fanático de ese club. Hace poquito nomás me fui con ellos a dar la vuelta olímpica y festejar el ascenso. Pero eso sí: ni yo ni ninguno de mis hermanos salió arquero. Recuerdo que cuando llegaba algún sábado o algún domingo, en los descampados linderos a las vías, papá, que era muy grandote, se ponía a patear con nosotros. Y se veía que era muy buen arquero. Además tocaba el bandoneón. Yo, por mi parte, empecé a estudiar guitarra por música. Creo que 80 pesos pagaba mi mamá para que yo fuera a estudiar el instrumento. Pero luego de que falleció papá, tuve que dejar. Como siempre tuve muy buen oído, terminé aprendiendo a tocar en la calle. La guitarra me ha acompañado toda la vida. La música siempre ha sido parte de mi camino. Y en la misión con los chicos la guitarra siempre me dio una mano bárbara”.

El día del llamado
“No sé qué pasó. Nunca lo pude explicar con palabras. Yo era uno más de una barra grande de muchachos que llevábamos adelante la vida normal de cualquier joven. Lo único es que, como vivíamos cerca de una parroquia y había venido el Padre Laureano, un hombre joven, toda esa barra de jóvenes nos juntábamos ahí, a través de campeonatos de fútbol y de muchas otras cosas. Hasta que un día estaba en una misa en la Parroquia San Miguel Arcángel y de golpe sentí una emoción muy fuerte. No sé por qué razón, pero en esa misa tuve una sensación muy fuerte de que yo tenía que estar en el lugar de ese sacerdote. Fue una sensación que nunca pude expresar con palabras. Porque no hay palabras para expresar eso. Fue una emoción, una alegría que me brotaba desde adentro, algo hermoso que casi no podía creer. Durante una semana me la pasé llorando de emoción y de alegría”.
“Cuando le conté a mi mamá que tenía la intención de ser cura, tuvo una reacción muy especial. Yo fui un adolescente muy rebelde. Mi vieja siempre me decía: ‘vos me sacaste canas verdes’. Y cuando le dije que quería convertirme en sacerdote, me contestó: ‘sinceramente tengo que creer que ha sido Dios el que te ha elegido, porque si me hubiese dicho que eligiese yo, de todos los hermanos, vos hubieses sido el último’”.

“Le conté a mi barra de amigos y me dijeron: ‘probá Carlitos, si sentís que es lo que tenés que hacer, probá’. Entonces tuve que explicarle a mi novia de entonces que debía dejarla, que me tenía que probar a mi mismo con esto. Pero entonces se me cruzó una cordobesa que era bellísima y... Me enamoré de nuevo. Volví a ponerme de novio con ella. Así que quedé para la miércoles con la chica anterior, con mi barra, con todos. Después, cuando ya nadie me creía, ingresé finalmente al seminario. Como estaba algo confundido, por las dudas, me inscribí en los dos lugares: en el Seminario y en la Universidad Tecnológica. Pero antes de terminar el año ya tenía una definición. Necesitaba darle una respuesta a ese llamado que había sentido. Si después, pasada una semana, sentía que no era lo mío, me iba. Pero tenía que hacerme cargo de eso que había pasado en mi corazón y precisaba darle sí o sí una respuesta a ese interrogante que latía dentro de mí”.

“Y mi primera misa también fue en San Miguel Arcángel, justamente en aquella parroquia donde sentí por primera vez que yo tenía que estar ahí. En esa primera celebración me acompañó Mario Ramírez, quien ya era amigo mío desde antes de entrar al seminario, porque habíamos sido integrantes de la misma barra de la niñez y de la juventud”.

Los años del seminario
“Ingresé a un seminario donde se hablaba un lenguaje que me costaba comprender. Era un tipo de estudio completamente distintos para mí, que venía de trabajar como obrero en Swift en la parte de electricidad y de un secundario puramente técnico. En ese seminario, en primer lugar, no me dejaban trabajar. Para mí era como si me faltase algo. En segundo lugar, tuve que meterme con la filosofía o con la teología, con todo ese mundo que implicaba para mí un cambio muy grande. Dentro del seminario había algunos curas con los cuales uno se podía entender. Pero con otros no, porque con ellos no regía el Dios de la confianza sino el Dios de la desconfianza. Reaccionaban como si uno promoviese cosas para hacer el mal. Y no era así: uno ya era responsable, ya se había criado en la libertad, ya sabía lo que tenía que hacer. Nuestro curso era muy contestatario. Uno de los sacerdotes que era profesor nos decía que iba a ‘peinarnos las ideas’ a través del tomismo. Yo recuerdo siempre que le escribí unos versitos, que después tomaron forma de canción, donde le decía -y ahí se ve lo que era nuestra rebeldía-: Este año vino alguien / queriendo ‘peinar ideas’ / pero todos tenían peine / para poderse peinar / entonces nos dimos cuenta / que todos debían peinarse / empezando por aquellos / que dicen saber peinar”.

“Yo me escapaba. A mis viejos profesores de entonces no los voy a engañar a esta altura del partido. A través de un jabón obteníamos el molde y hacíamos copias de la llave para escaparnos por la puerta de atrás. Yo me escapé mucho del seminario. Pero nunca me escapé para irme a pasear. Me escapaba siempre a las parroquias, a trabajar en los barrios, para una tarea pastoral, por una situación social, por una necesidad de catequesis, por cualquier cosa que me preocupara que estuviese ocurriendo en los barrios”.

“Yo tengo mi manera de pensar las cosas. Sé que la mayoría de los sacerdotes no piensa como yo y los respeto. Pero, te digo la verdad, yo cerraría el seminario tal como lo conocí. Mandaría a los interesados a la Facultad. No sé de qué manera sería la formación, no lo he pensado. Pero sí sé que respetaría la originalidad de cada uno, promovería el estudio, la buena capacitación y, sobre todo, alentaría un contacto constante con el mundo que vaya preparando a los futuros sacerdotes para saber hacia dónde orientar los caminos de la humanidad en el tercer milenio”.

Iglesia y dictadura
“Recién salidos del seminario, nos mandan con Mario Ramírez, como primer destino, a la Catedral. En ese momento estaba a cargo el Obispo Auxiliar, Monseñor Montes, que era un tipo que me quería. Yo también lo quería a él. Eran tiempos muy duros; era plena dictadura militar y pasamos por situaciones muy difíciles. Siempre digo que si la Iglesia hubiese tenido una actitud más firme, se hubiesen salvado muchas más vidas durante el Proceso. Lo digo incluso a partir de lo que me pasó a mí. Una noche estábamos en la Catedral, antes de comer, y sonó el timbre. Salgo a atender por la puertita que da a la calle 15. Entonces veo a un muchacho llorando. ‘Padre, mire –me dice-: a mi hermana la tienen presa en la Policía Federal; yo me enteré por un amigo que esta noche la van a violar y la van a matar...’. Yo no sabía qué decirle. ‘¿Y qué querés que haga yo...?’. ‘Y... si usted pudiese llamar por teléfono’, me decía. ‘Sí –le contesté yo-, pero no me van a dar bolilla; menos si llamo yo que no tengo ninguna autoridad; hasta quizás es peor...’. Entonces se me ocurrió ir a hablarlo a Montes. Él estaba en su escritorio. Me acerqué y le dije: ‘Monseñor, me gustaría que me escuchase cinco minutitos para que me dé una respuesta’. Entonces le conté la historia: que había una chica detenida, que la iban a matar esa noche... Le pedí que llamara por teléfono a la comisaría y preguntara por ella. Supuse que si llamaba el obispo, no la iban a matar. Aunque era probable que la matasen igual, porque en esos tiempos se había desatado una verdadera cacería humana donde parecía no importarles nada. Pero, bueno, era una posibilidad... Monseñor me dijo: ‘Pero Carlitos, yo ni siquiera sé quién es la chica...’ Y yo le contesté: ‘Bueno, Monseñor, es una vida...’. Al final llamó por teléfono, pidió que le pasaran con el comisario y preguntó por la chica. ‘No, no, acá no está Monseñor’, le dijeron. Un año y medio después, al mediodía, suena el timbre y abro otra vez la misma puerta, la que da a la calle 15. Había dos chicas, muy serias las dos. Una de ellas me dice: ‘Disculpe, podría llamarlo al Padre Cajade’. Yo les dije: ‘¿Ustedes lo conocen?’. ‘Sí, sí, lo conocemos’, me contestaron. ‘No –les dije-, no lo conocen porque el Padre Cajade soy yo’. Entonces una de ellas se apoyó sobre mi hombro, se puso a llorar y me dijo que ella era la chica a quien aquella noche el llamado de Monseñor Montes le había salvado la vida”.

Una hermosa locura
“Los primeros tiempos del Hogar fueron muy difíciles. Me refiero a la etapa inicial en la que estuvimos con Abel, con Raúl, con Fabiana, con Lucía, con Patricia, con toda la gente que participó en aquellos primeros momentos. Fueron tiempos muy duros. El entusiasmo fue más fuerte que la dificultad. Pero la dificultad fue muy grande. Aún visto desde hoy me sigue pareciendo una locura”.

“Recuerdo que cuando le comenté la idea, mi mamá me dijo: ‘Nene, ¿vos estás loco? ¿Dónde viste un cura que se vaya a vivir con los pibes?’. Pero eso fue al principio. Después termino siendo muy solidaria, bancándome un poco todo. Ella no vivía en el hogar, sino en su casa, donde ahora está la imprenta. Pero en todo momento estuvo dispuesta a dar una mano. Incluso cuando yo veía que algún chico andaba medio mal, se lo dejaba un tiempo en la casa de ella”.

Con el valor de caminar por las cornisas
“Siempre fui un tipo de una profundísima fe. Y creo que cada vez tengo más. Quizás a veces me perjudica el estuche. Porque vos vas a ver a otros sacerdotes que son muy distintos, a los cuales yo quiero y respeto mucho. Cada uno responde como le parece que tiene que responder. Yo respondo a mi originalidad. Vos vas a ver a algunos con sotana, con una solemnidad distinta, que se relacionan con la gente con mucha más formalidad. Quizás por eso muchos piensen que son más serios. Pero yo me animo a cantarle ‘quiero retruco’ a la fe de cualquiera. Porque siempre fui un tipo que tuve una fe enorme, pero en un Dios que es padre, en un Dios que es hermano, en un Dios que es amigo, en un Dios que es compañero... No en un Dios que es espía”.

“Siempre digo que mientras nosotros acá pongamos los cinco panes y los dos pescados, Dios allá arriba no nos va a fallar. Los que podemos fallar somos nosotros, si es que no ponemos los cinco panes y los dos pescados. Me refiero, claro, a la construcción cotidiana de un mundo distinto”.

“¿Qué me diría hoy aquel que fui cuando me ordené sacerdote? Me diría que siempre seguimos nuestra originalidad, que ser respetuosos de nosotros mismos nos hizo ser fecundos en el amor, que siempre hicimos un culto de los amigos... ¿Si aquel que fui, viéndome hoy, tendría algo que reprocharme? Quizás el tiempo que tardé en ver algunas cosas. No por mala voluntad, pero he ido con demasiada timidez haciendo algunas cosas. Pero hoy ya no. En cierto momento de mi vida respeté demasiado lo que pensaban unos y otros. Eso me hizo más lento el camino. Pero nunca fui tibio. Tibio jamás. Si algo tengo que agradecerle a Dios es que, siguiendo la vocación que tengo, me haya hecho caminar siempre por las cornisas”.

volver


* Se autoriza la reproducción total o parcial del contenido, citando la fuente y remitiendo un ejemplar de la publicación a La Pulseada.

BAJAR LA NOTA(60kb)