NÚMERO 43 - SETIEMBRE 2006

Restos humanos en el Museo de Ciencias Naturales de La Plata

TROFEOS DE GUERRA

Muchos fueron saqueados de cementerios indígenas. Otros corresponden a víctimas de la “Campaña al Desierto” o fueron asesinados por expediciones organizadas desde el propio Museo. Algunos estuvieron cautivos, fueron vejados y murieron en el edificio del Bosque platense. Más de un siglo después siguen allí, expuestos al público o a los investigadores, en lugar de volver a su tierra. Poco a poco surgen voces críticas que reclaman una reparación hacia las víctimas del primer genocidio cometido por el Estado nacional.

Por Daniel Badenes

“La diferencia entre este museo y la ESMA es que acá quedó todo registrado”, provoca el fotógrafo y estudioso de culturas indígenas Xavier Kriscautzky desde el subsuelo del monumental edificio construido en el Bosque a poco de la fundación de La Plata. La comparación con el prototipo de los campos de concentración que la última dictadura cosechó por centenares suena arriesgada, aunque tiene asidero. En ese mismo sitio restringido al público del prestigioso Museo de Ciencias Naturales, en cuyos pasillos se respira el aire nauseabundo de los ineficaces desagües cloacales, estuvieron cautivos aborígenes capturados durante la conquista de aquello que Julio Argentino Roca llamaba “el desierto”, en la operación militar que significó el primer genocidio perpetrado por el Estado argentino.

Aún yacen ahí, entre cajones de madera arrumbados en sucios depósitos, los restos de caciques reclamados por sus comunidades de origen, entre unas diez mil “piezas” humanas que el museo platense cuenta entre su patrimonio. “Así como hay colecciones de mariposas y langostas, aquí se coleccionó gente”, afirma Kriscautzky, profesional del Departamento de Fotografía Científica del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (CONICET).

“Tienen una deuda con todos nosotros que es histórica, moral, espiritual”, acusa Victorina Melipan Antieko, cacique de una comunidad mapuche-tehuelche de Villa Elisa que recibe el nombre “callvu-shotel”. Significa “flecha azul”, que es el color sagrado. “Antiguamente, nuestros mayores usaban la flecha como herramienta para cazar, para subsistir. Luego la usaron como un arma de guerra, para la defensa. Hoy por hoy consideramos que nuestra flecha azul es el pensamiento”, dice Victorina, que hace una década corroboró su pertenencia a una familia de lonkos de Costa de Lepá (Chubut), que la dio en adopción “como tantos otros de padres de familias numerosas y muy pobres, en un invierno bravísimo donde murieron miles de chiquitos aborígenes. A mi me tocó sobrevivir y eso es un privilegio”. Convencida de haber encontrado su misión, “determinada por nuestros antes”, la nieta del cacique Zenón Antieko tomó la palabra para oponerse a la exhibición de restos humanos en el Museo y reclamar su restitución a los lugares de origen, como han pedido otras comunidades indígenas. “Hoy tenemos que levantar la voz. Aquellos que fueron traídos no tenían voz. No tenían un derecho que los asista para decir que no estaban de acuerdo. En ese momento, si reclamabas, te mataban. Eras un indio”. 120 años después, ese pasado oscuro del museo fundado por Francisco Moreno empieza a ser conocido y cuestionado.

Beneficio de inventario
“Si algo tiene de bueno este conflicto, es que no hay que andar buscando debajo de la alfombra absolutamente nada. Todo está publicado, hay documentos públicos”, advierte con razón el antropólogo y documentalista Cristian Jure: los catálogos de la Sección Antropología de principios del siglo XX son una escalofriante confesión de partes. Un número, un nombre, la forma de muerte.

Esqueleto 1769, “Petizo”, toba, Resistencia (Chaco), fusilado en 1886 por orden del coronel Obligado, Colección Spegazzini.
Esqueleto 1786, “Michel”, indio araucano (masculino), Corpen Aiken (territorio de Santa Cruz), muerto en 1888 por expedición del Museo.
Esqueleto 1837, “Sam Slick”, asesinado en Rawson, Chubut. Desenterrado por el doctor F. P. Moreno, viaje 1876-1877.

El inventario publicado en 1910 llega al número 5581 e incluye esqueletos, cráneos, cueros cabelludos, cerebros, mascarillas mortuorias, huesos sueltos, cadáveres disecados. “Un gran cúmulo tiene como origen las colecciones fundadoras. Moreno era un coleccionista de cráneos: a los 20 años tiene 300 en un museíto en su casa, a los 23 tiene 700, y cuando inaugura el Museo de La Plata ya tiene una colección de 1000 cráneos”, cuenta Fernando Pepe, partícipe de un grupo de estudiantes que promueve la restitución a las comunidades.

Además de los recogidos en expediciones del propio Museo, buena parte de los restos que llegaron a La Plata fueron inscriptos como donaciones. Lo interesante es indagar quiénes fueron sus donantes. Unas trescientas calaveras, por ejemplo, llegaron de la mano de Estanislao Severo Zeballos. “Se le dice ´doctor Zeballos´, pero lo de doctor es por abogado. Fue el ideólogo, el apoyo intelectual, quien justifica la campaña del desierto”, precisa Jure, actual coordinador de la Unidad de Medios Audiovisuales del Museo. Zeballos fue quien redactó La conquista de 15.000 leguas, por encargo del general Roca, que negociaba el financiamiento de su ofensiva: “como vuestra excelencia lo deseaba, para que pudiera ser leído por los miembros del Congreso”, escribió al entregarlo, en 1878. “La Barbarie está maldita y no quedarán en el desierto ni los despojos de sus muertos”, informó unos años después. “¿Qué interés científico puede haber tenido un tipo así...?”, se pregunta Jure: “esa es la razón principal por la cual los indígenas consideran que esos cráneos fueron tomados como trofeos de guerra”.

Los restos recibidos en el edificio del Bosque platense que se inauguró en 1885 provenían del avance militar sobre el Sur y Chaco. En algunos casos se trata de aborígenes que fueron asesinados, y los propios catálogos lo explicitan. Otros fueron extraídos de cementerios: “Moreno era especialista en saquear cementerios indígenas de Pampa y Patagonia”, califica Pepe.

Así, el Museo de La Plata no era sólo un lugar de ciencia. Era, ante todo, una institución política, con el objetivo de forjar un imaginario social en sintonía con las necesidades del Estado nacional en formación. “El problema político era fundamentar que la Patagonia era Argentina. Por eso las primeras colecciones fundadoras del Museo y los indígenas que son expuestos son todos de la Patagonia”, explica Pepe.

En 1890 Moreno se jactaba de haber formado “la serie antropológica patagónica más importante que existe”, una colección que iba “desde el hombre testigo de la época glacial hasta el indio últimamente vencido”. Más aún: “tenemos ya en el Museo representantes vivos de las razas más inferiores (...) Estos indígenas se ocupan de construir su material de caza, pesca y uso doméstico mostrándonos los procedimientos empleados para vencer en la lucha por la existencia en los rudos tiempos del comienzo de la sociabilidad humana”.

Para los vencidos no había otra opción que el sometimiento. Miles fueron prisioneros en el Tigre o en la Isla Martín García, masacrados por la tortura, las balas, el hambre o epidemias desconocidas. Otros, obligados a realizar tareas militares, o explotados en cañaverales del Norte. Parecía no regir la abolición de la esclavitud sancionada en 1813. Las familias de la elite elegían sirvientas entre las mujeres y sacaban chicos de los brazos de sus madres para regalarlos. Y Francisco Moreno, bondadoso, “rescataba” a algunos para convertirlos en los objetos más atractivos de su Museo.

Cautiverio platense
Cuando en 1879 el cacique Inacayal recibió a Moreno en Tecka, cerca del Lago Nahuel Huapi, no imaginaba que su vida terminaría como prisionero en el Museo de La Plata, conviviendo con restos de sus allegados expuestos en una vitrina.
Junto a Foyel, Inacayal fue uno de los lugartenientes de Sayhueque, el “Señor del País de las Manzanas”. En un principio mantuvo tratos cordiales con exploradores que recorrieron la Patagonia, incluido Moreno. La situación cambió hacia 1884 cuando el Estado argentino, decidido a “conquistar el desierto”, arrinconó a los pueblos indígenas. En octubre el grupo encabezado por Inacayal y Foyel fue atacado. Treinta murieron y los demás terminaron prisioneros. Según el Centro Mapuche Tehuelche de Chubut, que hace 15 años inició un reclamo por los restos de Inacayal, una vez allí fueron disgregados: “los niños regalados a distintas familias porteñas, las mujeres destinadas a trabajar como domésticas y los hombres enviados a la isla Martín García a picar adoquines para las calles de las ciudades”.
En 1886 Moreno gestionó un nuevo sitio para los caciques: el Museo de La Plata. Las intenciones de ese traslado están en tela de juicio. “Si uno agarra los documentos escritos de Moreno es una ayuda humanitaria”, puntualiza la actual directora del Museo, Silvia Ametrano: “Sería muy fácil emitir un juicio de valor pero es un tema muy complejo. Habría que investigar cuál fue el destino de los indígenas que quedaron en los lugares de confinamiento”. Para Fernando Pepe, en cambio, no hay dudas: “Inacayal y su gente fueron traídos no porque Moreno se apiade, como dice la literatura cientificista, sino que tenían un destino fijo: la exposición y el descarne”.

“Yo no puedo creer en su buen corazón y su buena esencia”, recalca la lonka Victorina Melipan: “Fueron prisioneros. Estuvieron en su propia tierra privados de su libertad, de su propia esencia, de su cosmovisión, de su cultura, de su modo de vida. Fueron separados de sus hijos, entregados como mano de obra barata”. Cristian Jure introduce una reflexión interesante al reparar en la cercanía al poder del entonces director del Museo: “Moreno tenía la capacidad de sacarlos de Martín García, como pasó, y volverlos a su tierra”.

“Es lamentable el exhibicionismo que hizo en el Museo con los pueblos originarios”, condena el escritor Osvaldo Bayer, que ubica a Moreno en su lista de personajes nefastos de la época roquista. Las “exhibiciones vivientes” tenían escasos fundamentos científicos y mucho atractivo como espectáculo. “También se llevaban grupos aborígenes a Europa para mostrarlos”, agrega Kriscautzky: “se los puso ante el pasaje del público como si fuera un jardín zoológico”.

Las muertes
Por las gestiones de Moreno fueron recluidos en el edificio del Bosque platense el cacique Inacayal y su mujer, Tafá (una alacaluf originaria de Tierra del Fuego; se presume que perteneció al grupo de Inacayal) y Foyel junto a su mujer y su hija Margarita, entre otros. “Eran una docena aproximadamente”, estima Ametrano: “No todos murieron aquí; muchos regresaron a sus tierras”.

Efectivamente, Foyel pudo regresar a la Patagonia y, a cambio de reivindicarse como argentino, se le “cedieron” algunas tierras que el Estado consideraba “fiscales”.

Inacayal, en cambio, se negó a resignar su identidad y siguió en cautiverio. Fue fotografiado, estudiado, utilizado como sirviente y expuesto a los curiosos nacionales y extranjeros. “Cuentan que cada tanto se enojaba y decía ´ustedes huincas, matan a mi gente, me traen acá, quiero volver a mi tierra´”, ilustra el arqueólogo Gustavo Politis. Por su parte, Pepe recuerda un escrito sobre la psicología de Inacayal, realizado en esa época por un empleado del Museo: “dice que nunca habla, sólo cuando está borracho, que duerme todo el día y es propenso a la pelea. Eso demuestra un malestar: no era una estancia pacífica o placentera”. Cita además que “hay cartas de Moreno de la época en las que dice que les bajó la ración de comida y aún así no quieren trabajar. Eso es una tortura. Ellos venían del sur, acostumbrados a comer una clase de comida, y pasan a comer sopa y a mitad de ración”.

La seguidilla de muertes ocurridas en 1887 deja un manto de dudas sobre lo ocurrido con el grupo de Inacayal. El 21 de septiembre murió Margarita. El 2 de octubre, la mujer de Inacayal. El 10, la mayor del grupo, Tafá. Varios diarios se hicieron eco de los fallecimientos. El Eco de Córdoba, asociado a grupos católicos, acusó a Moreno de “caballero de la noche”. Un periódico porteño, L´Operaio Italiano, lo cuestionó por no respetar las disposiciones municipales acerca del tratamiento que debía darse a los muertos.

Fernando Pepe cree que pudieron haber sido envenenados y da una pista: sus expresiones faciales, reproducidas en las mascarillas mortuorias que conserva el Museo, “son impresionantes; tienen rasgos de sufrimiento y dolor, los dientes apretados”.

Inacayal vivió un año más y sobre su final se han escrito relatos grandilocuentes, originados en cierto ritual que habría hecho antes de morir, quitándose los “ropajes cristianos”. Si de algún modo supo anticiparse a su muerte, lo arrojaron por las escaleras al desnudarse o se suicidó ante el tormento de ver expuestos los huesos de su propia gente, es objeto de disputas irresolubles. Pero todos coinciden en que murió el 24 de septiembre de 1888 y de inmediato su esqueleto descarnado, su cerebro y su cabello fueron incorporados a la macabra colección de los “últimamente vencidos”.

De época y algo más
“Es un tema muy difícil”, advierte otra vez Ametrano a la hora de juzgar a los hombres de “ciencia” que saquearon cementerios y tuvieron indígenas cautivos en el Museo. “Con los parámetros éticos y morales que he construido junto con la sociedad actual, y analizando la historia, por supuesto que creo que no hubiera sido deseable tener colecciones de restos humanos generadas de esa manera”, dice y enfatiza la “evolución cultural” de su apreciación: “Era una práctica habitual de la ciencia en el mundo, enmarcada en la gran desesperación por entender el origen del hombre. Estoy haciendo un análisis, no un juicio. No justifico lo que pasó. No sé si lo entiendo. Lo ubico históricamente”.

Jure admite que era una práctica habitual, pero aclara: “Era la forma de hacer ciencia: la forma colonialista de hacer ciencia”. Por su parte, Kriscautzky se crispa ante el argumento que diluye todo en una usanza de la época: “Yo pregunto si los indios pensaban igual. Quiero saber qué pensaban los anarquistas en la Patagonia, para la misma época. Y si todos los científicos pensaban igual. En realidad, es producto del pensamiento de una clase dominante. La ciencia en este Museo dependía de la ideología de esa clase dominante”.

Pero no había en aquellos tiempos, ni siquiera entre sectores de la elite, una visión unánime sobre el trato a los indígenas. “Mientras Roca hablaba de los salvajes o los bárbaros, San Martín decía siempre ´nuestros paisanos los indios´”, distingue Bayer.
Por su parte, Politis recuerda que “Alsina era partidario de una posición defensiva, no agresiva hacia los sectores indígenas, para que se asimilaran progresivamente a la sociedad criolla. En cambio, Roca y la generación del ochenta promovían una política agresiva, de exterminio”. Ministro de guerra entre 1868 y 1874, Adolfo Alsina pretendió lograr acuerdos de paz, afirmando que su plan era “contra el desierto para poblarlo y no contra los indios para destruirlos”. Según Roca, en cambio, había que “ir directamente a buscar al indio en su guarida, para someterlo o expulsarlo”, según su mensaje al Congreso de 1878.

Tampoco la conducción del Museo gozaba de una aceptación indiscutida: “Cuando mueren, los descarnan y pasan a formar parte de colecciones, en los diarios hay voces críticas. Y si la prensa de la época cuestiona, tan común no era”, infiere Jure.
El escritor español Federico Rahola visitó La Plata en 1903 y plasmó en el papel la “honda impresión” que le produjo la exposición de cráneos, “hablándonos de la capacidad intelectual y de las condiciones étnicas de los hombres que hasta ayer defendieron su suelo nativo del invasor, reducidos a mera curiosidad arqueológica. Los despojos de los indios que murieron en las luchas libradas para la conquista del desierto por los generales Roca y Villegas, los cementerios que conservaban los restos de sus antepasados en la proximidad de sus tolderías, están agrupados y clasificados en vitrinas, dándose el caso insólito de un pueblo sacrificado en aras de la civilización, desposeído de su suelo, cuyos restos han servido luego para formar colecciones de un museo zoológico. Vivo todavía el recuerdo de la lucha, los sabios estudian ya fríamente aquellos cráneos cual si fuesen de una raza prehistórica”.

Poco a poco
El Museo tuvo cautivos a indígenas vivos hasta septiembre de 1894, cuando murió el joven yamana Maish Kenzis, que lleva más de un siglo en una vitrina. No obstante, el paso del tiempo también produjo cambios en las exhibiciones. Ya en 1927, cuando aún se exponían en una vidriera central cien esqueletos de originarios, se habló de un “panteón” de “héroes autóctonos que defendieron el suelo patrio de la pampa”, según la Guía del Museo redactada por Luis María Torres. “Ya hay un cambio de actitud. Los restos seguían en exhibición masivamente, pero se los considera próceres de la patria, que habían luchado contra el enemigo gringo. No queda claro a qué enemigo se refiere, pero hay un cambio de visión sobre los caciques indígenas”, interpreta Silvia Ametrano. Sin embargo, Inacayal y su grupo estaban fuera de ese altar de la patria.

Otro cambio institucional importante se produjo en los años 40, cuando la exhibición dejó de ser masiva, si bien el botín humano de las campañas al desierto siguió en el Museo hasta nuestros días. Al cierre de esta edición, el Museo aún mostraba el esqueleto de Maish Kenzis en su sala de Antropología Física y a una momia de Tiahuanaco, entre algunos otros restos. “Exposición no es solamente cuando vos lo mostrás al público al que le estás cobrando”, relativiza la mapuche Victorina Melipan, sublevada: “Está expuesto a todos los investigadores, cuando tiene que estar con su pueblo. Está expuesto al que lo mira todos los días y lo clasifica arriba de una mesa”.

Los reclamos de restitución se hicieron públicos en los ´70, en varias partes del mundo. Las comunidades de América del Norte y Australia marcaron el rumbo inicial. “Lo avanzado del tema depende de realidades locales”, explica Ametrano: “Estados Unidos, donde las identidades culturales de las comunidades indígenas se han preservado mucho más, fue más rápido”.

En nuestro país, los únicos dos restos devueltos a sus tierras salieron del Museo fundado por Moreno. Además, retornó a Tenerife una momia guanche que estaba en Necochea.

El primer pedido a la institución platense, que no prosperó, fue de un historiador que pretendía trasladar los jefes aborígenes a Trenque Lauquen. Recién en 1988 apareció un reclamo indígena por esa deuda histórica: el Centro Indio Mapuche Tehuelche de Chubut pidió la devolución de Inacayal. Así se abrió un debate donde, a un siglo de la muerte del cacique, primó entre los académicos la idea de “defender el patrimonio” de la institución. Hasta el Consejo Superior, órgano máximo de la Universidad, denegó la petición. Pero la publicidad del tema derivó en el impulso a una ley para forzar su retorno. Recién en abril de 1994 los restos de Inacayal fueron trasladados al valle de Tecka, en medio de actos protocolares, rituales indígenas y discursos políticos en cada parada.

Ese mismo año, la reforma constitucional introdujo un gesto significativo al reconocer la “preexistencia étnica y cultural de los pueblos indígenas”, lo que promovió una nueva legislación. A fines de 2001, el Congreso estableció que “los restos mortales de aborígenes, cualquiera fuera su característica étnica, que formen parte de museos y/o colecciones públicas o privadas, deberán ser puestos a disposición de los pueblos indígenas y/o comunidades de pertenencia que lo reclamen”. La norma, que aún no se reglamentó pero es una referencia fuerte para las demandas, evitaría el trámite de sancionar leyes individuales para cada caso, como ocurrió hasta ahora.

Fue un año clave para los partidarios de las restituciones. El 22 de junio, también por obligación, la institución del Bosque restituyó los restos de Panquitruz Güor (Mariano Rosas, ver recuadro) a la localidad pampeana de Leuvucó. Mientras le rendían homenaje, con su cráneo envuelto por la bandera del pueblo ranquel, una representante del Consejo de Lonkos advirtió: “la verdadera lucha no se termina, porque los demás hermanos que quedan acá pronto van a ser recuperados para que todos puedan descansar en paz”.

La vergüenza
En ese clima reparador, algunos estudiantes de antropología se fijaron un desafío: lograr que el Museo tome la iniciativa y retorne los “trofeos de guerra” a sus tierras, anticipándose a los reclamos. “Pedimos permiso y empezamos revisando el inventario de Antropología Biológica. Buscábamos a la mujer de Inacayal y la gente que vino con él”, relata Fernando Pepe, miembro del Centro de Estudiantes: “No nos imaginábamos que una de las primeras piezas que íbamos a encontrar sería el cuero cabelludo de Inacayal. Pensábamos que estaba restituido”. Todos lo pensaban.

“Si en 1994 te dicen que se restituyeron los restos, ¿cómo ahora puede aparecer el cabello de un lonko, que es algo sagrado para nosotros, y su cerebro disecado mantenido en formol?”, se exaspera Victorina Melipan: “Violaron algo sagrado: la palabra y el espíritu de confianza de los pueblos. A partir de ahora podemos suponer que aquellos huesos no pertenecían a esa persona”.

Pepe no cree eso, pero sí que “es posible que aún haya en La Plata restos del esqueleto de Inacayal y otras partes blandas que no hayamos encontrado. No hay un inventario de cuando se hizo la restitución. Yo creo que no está completo”.

Para la directora del Museo, el incidente es una suerte de error administrativo. “Es una consecuencia de museos tan grandes y viejos como el nuestro. En el 94 no se sabía que estaba”, asegura. “Por eso la ley federal de Estados Unidos que obliga a la restitución de restos, dio cinco años a todas las instituciones con colecciones de restos humanos para hacer un riguroso reinventariado, y recién después de ese período comenzar las restituciones”. Ametrano afirma que hay una decisión en ese sentido y se está trabajando en el reordenamiento de las “piezas”. Pepe desconfía de que haya real interés en la institución: “Nuestro grupo somos todos estudiantes. No tenemos ningún graduado, ningún doctorado. Hay profesores y licenciados que podrían trabajar en el tema, pero nadie se anima para no perder su trabajo”.

Mientras tanto, el Museo ya recibió pedidos por los restos de Chipitruz, Indio Brujo, Gherenal y Calfucurá. Este último, acaso por su relevancia, tiene cuatro reclamantes, en cuya conciliación trabaja el Instituto Nacional de Asuntos Indígenas.

Entre los miles de restos humanos “coleccionados” en La Plata hay alrededor de treinta con datos identificatorios –nombres, fechas, tribus–, incluyendo tobas, tehuelches, araucanos, un mataco, un ona, la india alacaluf y un yamana; estos dos últimos, muertos en la época más sombría del Museo, cuyas heridas aún no cierran.

Volver a ser tierra
“Nos deben respeto. Muchos de ellos han hecho sus tesis y todo lo demás a costa de la sangre y la memoria de nuestros antepasados. Queremos que se devuelvan a la brevedad todos los restos de aborígenes que están en el museo. Que se restituyan a los descendientes, a sus comunidades de origen o a las regiones donde estuvieron asentados”, presiona la cacique desde Villa Elisa, decidida a intervenir en la discusión que empieza a abrirse: “también exigimos que se restituya el 50% de todo lo recaudado por la exhibición de los nuestros”.

Lejos de eso, el debate académico aún tiene posiciones encontradas, y el Museo avanza lento en sus gestos de reparación histórica.
“Sería un perjuicio para el Museo si se hace un despoblamiento masivo de estos cuerpos. A través de ellos podemos comprobar cómo eran las costumbres y modos de vida de otras culturas. Además, la principal función del museo es educar a través de la observación”, declaró tiempo atrás al diario Hoy Héctor Pucciarelli, jefe de la división de Antropología Biológica.

“Cuando hicieron la sala de Etnografía, la iban a llamar Encuentro de Culturas”, evoca y cuestiona Kriscautzky: “En realidad es una cultura que está exhibiendo a otras. Aquí no hubo otras culturas opinando sobre cómo exponer sus ideas. Sólo se buscó que la sala quede lo más linda posible mostrando hachitas, flechitas... Al no participar las culturas vivientes en cómo contar su propia historia, para mí sigue siendo una falta de respeto”.

A fines de 2003, miembros de una comunidad boliviana de Tiahuanaco hicieron una ceremonia en la ciudad que iba a concluir en las escalinatas del viejo edificio del Bosque. “Había gente que venía de Bolivia. No conocían el museo. Cuando llegaron ahí decidieron entrar, fuera de todo lo previsto”, recuerda Cristian Jure, que los acompañaba con su cámara en el hombro.

Otra vez el Museo de los vencedores recibía a los vencidos, pero esta vez tenían voz y más libertad. Angustiada, una mujer se colocó una mano en el pecho y no la movió de ahí en toda la ceremonia. Casi todos, en silencio, caminaron dando vueltas en torno al vidrio que aprisiona a la momia de un antepasado. Al rato, uno de ellos improvisó unas palabras demoledoras: “Para nosotros es un gran dolor. Es una gran tristeza que en el siglo XXI, en esta sociedad moderna, llamada una nación civilizada, todavía no haya respeto a nuestras raíces... Cualquier ser viviente, en cualquier punto del planeta, tiene derecho de descansar en el lugar que nació”.
Jallalla se titula el video que guardó ese momento, y sirvió para sensibilizar a quienes decidieron no exhibir restos humanos en Tres Arroyos (ver recuadro). Jure, su responsable, destaca la importancia de estos reclamos en la reconstrucción de identidades: “muchos descendientes que no se reconocían como tales empezaron a identificarse como indígenas a partir de los reclamos de restitución”. No es poco para una Nación que durante décadas silenció parte de su historia y “eliminó a los indios hasta de los censos”, como escribió Ricardo Rojas en 1940.

“No pueden seguir atrapados ahí. Somos tierra, tienen que volver a su tierra. Merecen respeto quienes murieron dejando la sangre en este suelo, que es su suelo, donde fueron sometidos”, insiste Victorina Melipan, evocando los orígenes de estos territorios: “Nos tendrían que restituir la tierra. No la van a restituir. Entonces por lo menos que nos restituyan la identidad de nuestros mayores, con el mismo respeto que fueron repatriados los restos de San Martín y de Rosas”.

“Hay una reivindicación histórica y un uso magnífico del conflicto”, aprueba Jure: “El gran reclamo siempre de las comunidades indígenas es el territorio. Reclamar los restos, más allá de toda la legitimidad del reclamo como tal, implica decir: tráiganlo acá, porque el lugar donde lo van a enterrar es nuestro”.

El genocidio
La política del Estado argentino hacia los aborígenes en el último cuarto del siglo XIX es una gran lección sobre eufemismos. Se llamó desierto al territorio ajeno, excavación científica a las profanaciones de tumbas y campaña a un verdadero genocidio.

Julio Argentino Roca fue el máximo responsable de la conquista del Sur, en lo que llamó campañas del desierto, ofensivas político-militares sobre territorios pampeanos y patagónicos que se desarrollaron entre 1878 y 1885. Para organizar la Argentina, pensaba, había que “concluir con los indios”.

“El éxito más brillante acaba de coronar esta expedición dejando así libres para siempre del dominio del indio esos vastísimos territorios que se presentan ahora llenos de deslumbradoras promesas al inmigrante y al capital extranjero”, anunció con orgullo al congreso al concluir su plan, por cuyo “éxito” ascendió de Ministro de Guerra a Presidente durante dos mandatos. Entre los militares e ideólogos de esa conquista, el triunfo también se retribuía con grandes tierras, colecciones de objetos de valor y cráneos tomados como botín de guerra, además de los beneficios del trabajo esclavo de los vencidos.

Los “indios” que no aceptaban subordinarse eran aniquilados, mientras que los “amigos” eran deportados y recluidos en reservas miserables.

“Estos son los primeros desaparecidos de la Argentina: Inacayal, su gente y los 20.000 muertos en el genocidio de las campañas al Sur y al Chaco”, sostiene Fernando Pepe. Por eso siente “una continuidad” entre los homenajes a los desaparecidos y “el rescate de la memoria de estas cosas escondidas u olvidadas dentro del Museo”.

No es el único que plantea una analogía entre aquel entonces y la última dictadura. Kriscautzky identifica la ESMA con el Museo de La Plata, en alusión al cautiverio de indígenas en tiempos de Moreno. Gustavo Politis tiende a creer en cierto objetivo de “darles condiciones de vida un poco mejores”, aunque admite: “No se podían ir de acá. Estaban presos. Es como decir: salieron de Mansión Seré y los metieron en un penal”.

El templo del morbo
“Si quieren lucrar que lucren con otra cosa. Ya eso hora de que piensen con esa cabeza que tienen y tantos doctorados, que inventen un nuevo sistema para museos. Pero no más con huesos humanos”, reclama con dureza Victorina Melipan Antieko.

Las discusiones sobre ese tipo de exhibición, paralelas a los reclamos de restitución, también tomaron fuerza en los últimos años.

El reclamo de mayor repercusión apareció hace un año, cuando La Nación y luego otros diarios nacionales difundieron la intención del Museo de Arqueología de Alta Montaña de exponer a todo público unos ajuares y las momias de tres chicos incas sacrificados hace cinco siglos, que fueron hallados en 1999 en la cima del volcán Llullaillaco (Salta). “La verdad es que estamos obligados a mostrar las momias. Constantemente recibimos notas de gente que nos lo pide”, justificó en aquel entonces el director del Museo salteño.

“La exhibición de las momias sigue un criterio de kiosco: la antropofagia es muy rentable. Eso no es para la educación o el conocimiento, sino para la entrada. Y se da como natural que el Museo cobre entrada”, objeta Kriscautzky y habla del caso platense: “La gente viene a ver las momias. Entonces se las muestra como un atractivo, un objeto de curiosidad. Algunas no tienen más edad que la de tatarabuelos de funcionarios que están en el Museo, y corresponden a culturas que están vivas en el país”.

En el Museo de La Plata, la imprevista visita de la comunidad boliviana en 2003 fue clave, aunque la momia de Tiahuanaco sigue en exposición aún hoy. “Nos hacen un daño terrible, irreparable, es un daño muy grande. Dicen investigar, pero no tienen conocimiento desde los pueblos originarios sino desde la cultura occidental”, cuestionó quien tomó la palabra para reclamar.

Las imágenes grabadas ese día por Cristian Jure se plasmaron en un audiovisual que circuló en ámbitos académicos. Dos años después, Politis recurrió a ellas en “Tumbas sin tiempo”, el video que decidieron exhibir en el Museo de Tres Arroyos en la sala donde iban a estar y no están los restos humanos del sitio Arroyo Seco 2. La decisión acuerda con una tendencia mundial. Otra institución local que decidió quitar esas “colecciones” de sus salas fue el Museo Etnográfico de Buenos Aires.

“En la exhibición que tenemos ahora, no sé si con éxito, se intenta mostrar las prácticas y la actitud ante la muerte, que es un tema que se puede seguir tratando”, cree Ametrano, la directora de la institución platense, que aún no satisfizo los reclamos explícitos de no-exhibición que recibió.

Aclara que “no hay ninguna ley que prohíba la exhibición de restos humanos”, si bien reconoce la proliferación de códigos de ética. El Comité Internacional de Museos de la UNESCO, por ejemplo, sugiere trabajar a partir del permiso de las partes. “Que la comunidad de pertenencia del resto humano manifieste su consentimiento para la exhibición de restos humanos”, explica Ametrano: “Es un esfuerzo que va a haber que desarrollar. No será muy fácil de construir porque no todas las comunidades indígenas en nuestro país están tan organizadas”.

Un rostro del abuso
“La pequeña Damiana, abandonada en el transcurso de esa escena de carnicería, fue de inmediato apañada y conducida a Sandoa donde hoy es educada por los matadores de los suyos”, relató Charles de la Hitte, allegado al antropólogo Herman Ten Kate, que trabajó en el Museo de La Plata a fines del siglo XIX. Se refería a una bebé, cuyo verdadero nombre desconocía, capturada tras un feroz ataque a un campamento de indios Guayaquíes (según el nombre, también, colocado por los conquistadores).

Tiempo más tarde, Ten Kate tomaba sus medidas y la fotografiaba para compararla con un modelo de referencia: las niñas germánicas de la época. Poco afecto recibió la niña bautizada como Damiana por sus apropiadores, entre fotos humillantes y castigos. En 1900 fue llevada a San Vicente para trabajar como sirvienta en la casa del director fundador del Hospital de Melchor Romero. Pero Alejandro Korn terminó internándola, primero en su propio nosocomio y luego en una “casa de corrección”, alarmado por su conducta.

En un artículo publicado en la revista del Museo de La Plata, que reproducía su foto desnuda, Robert Lehmann-Nitsche afirmaba que “la libido sexual se manifestó de una manera tan alarmante que toda educación y todo amonestamiento por parte de la familia, resultó ineficaz”, un indicio del trato que pudo haber recibido al pasar de mano en mano. “No podría decir que hubo un abuso de acceso carnal, pero Damiana fue víctima de un abuso sexual. Eso es innegable al ver las fotografías que le toman a una niña desnuda”, interpreta Fernando Pepe.

Aquella ignominia no terminó ni cuando murió, atacada por la tisis. Los científicos locales le cortaron la cabeza y la enviaron a la Sociedad Antropológica de Berlín. “El cráneo ha sido abierto en mi ausencia y el corte del serrucho llegó demasiado bajo”, se quejaba Lehmann-Nitsche, el científico importado por el perito Moreno que regresaría a Alemania hacia 1930, después de 33 años como jefe de la Sección Antropología del museo platense.

Un cacique sin paz
El ranquel Paghitruz Güor se crió a orillas de la laguna Leuvucó, en el nordeste de La Pampa. Tenía nueve años cuando fue secuestrado junto a otros chicos indígenas por una tropa que lo entregó a Juan Manuel de Rosas. Al saber que era hijo de un cacique y pertenecía a la prestigiosa “dinastía de los zorros”, éste “le hizo bautizar, sirviéndole de padrino, le puso Mariano en la pila, le dio su apellido y le mandó con los otros de peón a su estancia del Pino”, según Lucio V. Mansilla, sobrino de Rosas, que relató parte de su historia en la novela Una excursión a los indios ranqueles.

Con los huincas, “Mariano Rosas” aprendió español y la tarea de las faenas rurales. Hasta que en 1840, después de seis años, ansió volver al monte y huyó.
Una vez en Leuvucó recibió de su padrino animales, prendas, objetos de valor y una invitación para visitarlo. Pero Mariano, que decidió conservar ese nombre, no quiso abandonar su tierra, ni siquiera cuando su tribu quedó diezmada por la viruela. En 1858 asumió la conducción de la confederación ranquelina. Negoció tratados de paz y, cuando fue necesario, lideró la resistencia contra el ataque de “los blancos”.
Enfermó y murió en agosto 1877, un año antes de que Roca lanzara la ofensiva militar que arrasó con su comunidad. En 1879 el coronel Eduardo Racedo halló tu tumba y lo desenterró para comerciarlo en Berlín, aunque terminó en manos de Estanislao Zeballos. Así, los restos robados en Leuvucó fueron “trofeos de guerra” que permanecieron durante más de un siglo en La Plata, hasta que el Museo tuvo la obligación de restituirlos en 2001.

Además de evocar parte de la historia de Mariano Rosas, el libro de Mansilla, publicado por entregas en 1870, fue un aporte relevante a la literatura argentina y evidencia que había otras formas de ver al “indio” en su época, sin presentarlo como un ser inferior, salvaje y ajeno a la condición humana.

El héroe que la derecha nos legó
“Destacadas personalidades se vieron atraídas por la visión abarcadora del fundador de La Plata, entre ellos, un joven autodidacta de veinticinco años, Francisco Pascasio Moreno (...) Este hombre ejemplar y científico por vocación, enterado de las intenciones del gobierno provincial de crear un museo de ciencias naturales dona su colección privada reunida durante diez años...”.

Así presenta al primer director del Museo el sitio web de la Municipalidad de La Plata. Y comúnmente se desconoce la trayectoria de este personaje, mitificado en los relatos más públicos, cuyo apellido y condición de perito se asocian a uno de los glaciares más bellos del país.

“Para mí el perito Moreno es un ser sin ética. Era muy racista”, objeta el escritor Osvaldo Bayer, obstinado en su militancia por quitar del centro porteño el gran monumento a Roca y reemplazar los nombres de calles y ciudades que homenajean a los responsables del genocidio del siglo XIX. El autor de La Patagonia Rebelde menciona que el fundador del Museo platense afirmaba que los mapuches tenían “cara de sapo”, y no se cansa de relatar la ocasión en que fue invitado al Museo Perito Moreno de Bariloche y cuestionó, a partir de sus propias frases, la figura del prócer. “Me interrumpió la directora del Museo para decirme: ´señor Bayer, usted se olvida que eran los tiempos de Darwin, que señalaba que el hombre desciende del mono´. Le agradecí infinitamente la lección que me acababa de dar y dije: ´Ahora comprendo todo. El hombre desciende del mono y los mapuches del sapo´. Hubo una gran risotada y nunca más me invitaron”.

Acomodaticio en los espacios de poder, traicionero explorador del sur argentino, coleccionista de cráneos, desertor de una misión pública, propagandista de su propia figura: los motes que Moreno recibe en los relatos no oficiales distan mucho del prócer intachable que presentan las estatuas.

Por si fuera poco, antes de morir completó su currículum participando de la fundación de la Liga Patriótica, una organización de extrema derecha que combatió a grupos obreros que luchaban por reivindicaciones como la jornada laboral de ocho horas. Fue precisamente Manuel Carlés, el líder de ese grupo, quien promovió a héroe nacional la figura de Moreno, centrada en su rol como perito, por el que señaló los límites entre Argentina y Chile.

Bayer no ve razones para glorificar a “un hombre que puso fronteras entre dos países iguales que no tenían fronteras, cuando debimos haber conformado los Estados Unidos de Latinoamérica, como quería Bolívar. Esas fronteras se pusieron de común acuerdo para dar importancia a los dos ejércitos. Así comenzaron las grandes compras de armas a dos grandes fábricas alemanas, que fueron grandes negociados”.

¿El Museo de Moreno?
Al fundar el Museo de La Plata, Francisco Moreno había logrado su designación como director vitalicio. Sin embargo, se alejó de la institución cuando ésta pasó a la órbita de la Universidad, nacionalizada en 1906. Para entonces, hacía tiempo que su presencia allí era bastante escasa.

Desde entonces transcurrió un siglo y en el Museo hubo nuevas caras, se sucedieron otras etapas y estilos de conducción, fue guardada en depósitos la mayoría de los restos humanos acaparados en el siglo XIX y comenzó a revisarse críticamente la historia de la institución.

Para Ametrano, “el Museo de hoy no es el museo de Moreno. Y bastante malo sería que lo fuera: significaría que acá no pasó nada. Pero la cultura evolucionó, la ciencia produjo nuevos conocimientos, y estamos trabajando duramente en renovar la presentación de los paradigmas científicos en la función educativa que tiene el Museo”. Fernando Pepe disiente: “Muchos de los integrantes de la casa se sienten custodios del legado de Moreno. Sus rastros están en todo el Museo. Todo lo que es fundacional se conserva”.

Hoy por hoy, el busto de su fundador recibe a los visitantes en el hall central del Museo, la “Sala Moreno” es una de las más preciadas y mucho se sostiene con los aportes de una fundación privada que lleva su nombre y protege su mito.
Héctor Fasano consagró el relato que lo hizo prócer con una biografía titulada “Perito Francisco Pascasio Moreno. Un héroe civil”. El libro se presentó en mayo de 2002, cuando al cumplirse 150 años de su nacimiento, el Museo platense y la Fundación Moreno le rindieron “merecidos homenajes” a este hombre “autodidacta, humanista, explorador, legislador, educador” cuyo “legado principal fue el amor y la generosidad que caracterizaron todos los actos de su vida”, como aún reza el sitio web de la institución académica (http://www.fcnym.unlp.edu.ar/museo/moreno.html).

Modos de ver
En mayo pasado Xavier Kriscautzky presentó en unas jornadas realizadas en la Biblioteca Nacional un impactante audiovisual surgido de la exploración de su propia área de trabajo, el archivo fotográfico del Museo de Ciencias Naturales. Titulado “Desmemoria de La Esperanza, 1906-2006”, contrapone imágenes de un ingenio tucumano en dos momentos separados por un siglo. Las primeras, tomadas sin consentimiento y recuperadas en el húmedo subsuelo de la institución platense, dan cuenta de la mirada que algunos científicos locales tenían sobre los aborígenes a comienzos del siglo XX. Las segundas, producidas por el propio Kriscautzky, denuncian la pobreza de los descendientes de aquellos y los olvidos respecto a sus orígenes. El trabajo fue elogiado por el Ministro de Educación de la Nación, Daniel Filmus, que decidió financiar un libro para que esas imágenes se conozcan en ámbitos educativos.

“Hay que mirar cada rostro de los aborígenes del pasado para darse cuenta las condiciones en que estaban, el estado extremo de sometimiento. Lo que quiero mostrar en el audiovisual es cómo una mirada diferente requiere un marco de complicidad para que alguien pose para una fotografía. Ellos toman la decisión: quiero ser protagonista, quiero que alguien se entere lo que nos está pasando. Y no mostrarlo como un elemento exótico”, explica el realizador.

Kriscautzky exploró el archivo del Museo, repleto de fotografías con indígenas signados por el sometimiento: “Hay muchísimos desnudos. El científico que hacía desnudar a los indios en la fotografía no lo hacía por una necesidad de la antropometría, que se basaba en estudiar las medidas del cráneo y rasgos faciales. Lo hacía para hacer su trabajo más atractivo a la vista al espectador. O sea que los desnudaba sólo por el hecho de generar un marco erótico en las imágenes, cuando al mismo tiempo en Europa se había prohibido la venta de fotografía pornográfica”.

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