NÚMERO 42 - AGOSTO 2006

Cristina Terzaghi
PREGUNTARÁ POR QUÉ PINTAMOS

Multifacética, apasionada e hiperquinética. Un retrato de la artista plástica que no descansó nunca, ni cuando la última dictadura militar proscribió su carrera de Pintura Mural ni mucho menos ahora, a punto de reabrirse y luego de 23 años de democracia.

Por Laureano Debat

Decir que Cristina Terzaghi es titular de Dibujo II, III y IV de la carrera de Artes Plásticas, consejera académica de la Facultad de Bellas Artes de la Universidad Nacional de La Plata y colaboradora en el área de Cultura del gremio estatal ATE es quedarse sólo con la formalidad de presentar sus credenciales actuales. Esta mujer de 53 años es también la militante de la JUP en los ´70, la escenógrafa de los Redondos en los ´80 junto a su amigo el Mono Cohen, la muralista de los desaparecidos en La Plata y de los indígenas en varias provincias argentinas. Es la mujer que trabajó en Cuba y en México, la que comandó a decenas de artistas platenses en muestras de arte público en el Parque Saavedra y en el Centro Cultural Islas Malvinas, la que colaboró en la escenografía de Negu Gorriak, Jorge Pinchevsky y Pappo. Es la mujer que hasta hizo una bandera para la hinchada de San Lorenzo y estuvo viviendo un año de lo que le pagaron entre la comisión directiva del club y la barrabrava. “Fue el arte más público que hice”, recuerda. “Los chicos de la barrabrava nos trataron re bien, nos custodiaban con itacas mientras trabajábamos por si venían los hinchas de Huracán”.

Cristina Terzaghi es Profesora y Licenciada en Pintura Mural y una de las máximas referentes en La Plata y en la Argentina de un arte silenciado en la Academia meses después del golpe militar del ´76. Un pantallazo por los pilares básicos del programa de “Muralismo y Arte Público Monumental”, la futura nueva orientación de la carrera de Artes Plásticas de la Facultad de Bellas Artes, ya insinúa el motivo de la prohibición: “Sociabilización de la producción artística, creación colectiva e integración estético-ética con el medio sociocultural”. La artista hace memoria: “La gran inteligencia de estos personajes les hizo entender que la cultura era peligrosa por su gran influencia en el medio. Entonces deciden cerrar las carreras de Cinematografía y Mural, que eran las dos de alcance masivo y público, con posibilidades de trabajar en equipo”.

-¿Qué cambió de la vieja cátedra a la actual?
-Hubo un giro importante en cambiar esa concepción de ver al muralismo como una técnica, para entenderlo como una manera de relacionar el arte con lo público, que salga a las calles y se manifiesta afuera, comprometido socialmente con su entorno
.
-¿Por qué tardó tanto, en democracia, la reapertura de la carrera de Pintura Mural?
-Se tienen que dar alguna coordenadas. Cinematografía era una carrera muy fuerte, donde había muchos militantes que luego los mataron, pero quedó un grupo de gente siguiendo esta cuestión en seminarios y talleres. De Mural mataron a casi todos, y no eran muchos por cierto. Tampoco los gobiernos posteriores de esta Facultad tenían la intención de reabrirla, y eso también es una postura ideológica.

El expediente que prohibió la carrera fue el Nº 1200-746, 354/76, resolución Universidad 2813/76. Un arte multidisciplinario, donde se combina la pintura mural con la gigantografía, la gráfica decorativa, el grafitti, la escultura y la arquitectura suspendido por la sordidez lapidaria de los números de la censura.

Pintamos porque el grito no es bastante
Cristina Terzaghi nombra al “Guernica” de Picasso, tomado a modo de pintura mural, como uno de sus grandes referentes, junto a los maestros del muralismo mexicano Siqueiros, Orozco y Rivera y algo de la estética del realismo socialista de las primeras décadas de la Revolución bolchevique. Esta vinculación entre arte y compromiso social estuvo siempre en el marco de sus expectativas, desde su ingreso a Bellas Artes en 1970, a los 17 años: “Elijo esta carrera porque me empecé a cuestionar la idea de por qué el arte no podía llegar a todo el mundo y pensé que el modo más eficaz era que fuera un arte público, un arte mural al cual pudieran acceder muchas personas. También me atrajo que se pudiera atravesar muchos lenguajes: mosaico, cerámica, pintura”.

Los primeros ecos del Cordobazo y los síntomas de decadencia de la dictadura militar del general Lanusse marcaban el contexto argentino de la época, y aquella Facultad de Bellas Artes no estaba ajena. “Viví esa época con mucha felicidad. Me casé, tuve un hijo, militaba, quería cambiar el mundo. Era una facultad muy movilizada en ese entonces; teníamos mucha relación con la gente de cine, teatro, danza, música. Convivíamos todos”. Una vez instaurado el golpe, la imposibilidad de solventar económicamente el exilio hizo que Terzaghi estuviera “un año debajo de un felpudo sin poder salir”.

Otro gran referente de su juventud fue la revolución cubana, pero recién en 1996 pudo, al fin, visitar Cuba: “Fui a hacer un curso de restauración para restaurar mis propios murales, trabajé con alemanes, turcos y cubanos. Ahí fue cuando dije: esto es toda mi vida. A uno le gusta hacer de todo y hay un momento en el que hay que decidir”. Con sus maestros de México se encontró en 1999, donde trabajó con muralistas locales y pudo “conocer el pensamiento del mexicano actual respecto al muralismo, lo que ha pesado haber tenido unos padres tan poderosos y que, igual que en una familia, con padres tan fuertes los hijos permanecieron muchos años ocultos”.

Aunque en la democracia siguió trabajando con murales, esculturas y escenografías, en el aspecto académico rememora una falla que parece ahora estar corrigiéndose: “La bajada de línea pedagógica de cómo afrontar la educación en el arte, no era nada integradora, aún después del ´83. Hoy estamos tratando que se integren todos los lenguajes: ya uno no puede decir dónde empieza el cine, dónde la animación y dónde la historieta. Los límites se han perdido y lo importante es poder formar un sujeto crítico que pueda hacer valer sus propios pensamientos”.

Pintamos porque el río está sonando
“El sujeto que conoce su historia, su pasado y su identidad será más libre para elegir. Después lo demás es trabajo, porque el arte es trabajo y no inspiración divina”. Toda una definición, que tiene reminiscencias con el Manifiesto de Barcelona de 1921, del mexicano Siqueiros, donde habla de “establecer un nexo espiritual y filosófico entre el arte y los grandes problemas sociales del hombre” y donde, según Terzaghi, “defiende la tesis de un arte para todos, tratando de universalizarlo”.

-Se suelen establecer dos grandes funciones del arte: el goce estético y una herramienta para leer, en clave cultural, los problemas sociales. ¿Existe tal polaridad?
-Creo que todo arte es político y también ideológico. Todo arte tiene una ideología y cualquiera puede optar por cualquiera de las dos vertientes a la hora de crear, pero lo que no puede hacer es evitar el compromiso que tiene. Por más que alguien pinte o haga una escultura totalmente decorativa, y las ponga en un supermercado o en una galería de arte, eso tiene todo un trasfondo ideológico y filosófico. Toda producción en arte es comunicación, y lo que se comunica deja ver una postura ideológica frente a lo social, por más que haya artistas que piensen que solamente pintan rayitas de colores.

-¿Cómo se inserta la Pintura Mural en esta lógica?
-Estamos en un mundo donde hay tanto por cambiar y hay que preguntarse por qué hacemos arte. En este caso, no nos manejamos con la palabra sino con la imagen, y la imagen puede llegar a los lugares donde la palabra no llega. Puede despertar sentimientos, reflexión, tocar una fibra que quizás no toque otro tipo de discurso. Y con el Mural estamos dejando testimonio de nuestra propia identidad. Por eso es importante cómo se aborda la mirada del arte. Es un derecho humano que todo el mundo tenga acceso a las obras de arte. Siempre nos ponen a los artistas plásticos en el rol de ser el papel picado de la fiesta de los ricos, siempre adornando las cuestiones elitistas.

-¿Cómo se revierte esta idea del valor mercantil incorporado en el arte?
-Está en nosotros mismos buscar las maneras, meternos en las rendijas, en los cristales rotos que nos permitan pasar hacia otros lugares y ser artistas populares. Todo el mundo tiene derecho a reflexionar sobre una obra de arte. El arte tiene un enorme poder, el poder de la imagen es impresionante, estamos bombardeados por ellas, por eso es importante saber manejar este poder y tener ideas claras sobre a dónde uno quiere dirigirse, por qué y para qué. Los grandes responsables de que el arte sea apreciado por su valor comercial están bien identificados: el Estado con sus decisiones en el área cultural, la administración de las grandes galerías y el inmenso esnobismo reinante.

Los alemanes Theodor Adorno, Max Horkheimer y Walter Benjamin se nuclearon en torno a la Escuela de Frankfurt con una idea base que unificaba sus reflexiones sobre la cultura: la obra de arte, por definición, niega lo existente, ya que el proceso creador culmina en algo nuevo, que antes no existía y que proporciona herramientas para negar lo existente creando un nuevo horizonte de mundos posibles. Quizás así se pueda pensar cada pared trabajada por Cristina y las que vendrán a partir de 2007, cuando una nueva generación de artistas plásticos se forme orgánicamente para dejar testimonio en los muros de La Plata. Seguro que con toda la compleja gama de ornamentos con que reconstruirán nuestras paredes, nos digan por qué pintaron.

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