NÚMERO 41 - JULIO 2006

Salud mental
LA SOCIEDAD FUERA DE SÍ

¿Qué significa estar “sano” de la cabeza? ¿Qué consecuencias puede tener ser declarado “enfermo”? En el país con la mayor tasa mundial de psicólogos y psiquiatras por habitante, estas y otras respuestas siguen siendo un terreno en disputa. La Pulseada recorrió ese territorio: investigó, entrevistó, conoció manicomios, encierros... Recogió denuncias de horrores y negocios. Pero también encontró experiencias sociales, revolucionarias, terapias exitosas basadas en el arte, el trabajo y la creatividad. Un panorama de lo que hay y de los esfuerzos que se hacen para cambiarlo.
Producción periodística: Pablo Antonini, Daniel Badenes,
Laureano Debat, Verona Demaestri y Patricio Féminis
Coordinación y edición: Pablo Antonini


La definición de la Organización Panamericana de la Salud (OPS) tal vez sea un poco larga y enredada, pero vale la pena leerla despacio para entrar a este informe. “Salud Mental: Estado sujeto a fluctuaciones provenientes de factores biológicos y sociales, en que el individuo se encuentra en condiciones de conseguir una síntesis satisfactoria de sus tendencias instintivas potencialmente antagónicas, así como de formar y mantener relaciones armoniosas con los demás y participar constructivamente en los cambios que puedan introducirse en su ámbito físico y social”. Se encuadra, a su vez, en la definición general de Salud que maneja oficialmente la Organización Mundial (OMS) desde 1946: "Estado de completo bienestar mental, físico y social, y no meramente la ausencia de enfermedad o dolencia"

El Lic. Yago Di Nella, coordinador de la Cátedra Libre de Salud Mental y Derechos Humanos “Marie Langer” en la Facultad de Humanidades de la UNLP, traduce: “se refiere a un estado de bienestar, físico, psíquico y social de la persona, en relación con su comunidad de pertenencia. Sobre todo como componente no separable de la salud en general, con la necesidad de no pensar la salud mental y la física por separado”. Di Nella elige explicarse con Enrique Pichón Rivière, creador de la Psicología social y “uno de nuestros padres en el desarrollo de la salud mental en Argentina. Pichón Rivière tenía lo que se llama la ‘teoría de la enfermedad única’, que se resume en la idea de que las personas simplemente enferman. Y que la sintomatología puede ser preponderantemente psíquica, del campo de lo mental, pero nada más que eso”.

El psiquiatra y psicoanalista Alfredo Grande recuerda múltiples ejemplos de su paso por la Facultad de Medicina: “Se estudiaba, supongamos: ‘causas de esterilidad: causas tubáricas, causas uterinas, causas psicológicas…’, como si la causa psicológica fuera un órgano más del cuerpo. Pero la salud mental es parte del todo; es exactamente lo opuesto a una especialidad”.

“La salud mental es necesariamente un concepto colectivo”, aporta Margarita Pérez, coordinadora de la carrera de Psicología Social en la Universidad de las Madres de Plaza de Mayo. “Es la capacidad de los sujetos para transformarse, contenerse, vincularse y encontrar lugares, espacios y caminos en conjunto”. En contraposición, repasa algunos cánones de la “normalidad” instituida: el afán de conseguir dinero a toda costa, el consumismo, la destrucción de vínculos, el ritmo frenético de producción en niveles medios y altos sosteniéndose a fuerza de úlceras, pastillas… “¿Eso es salud? Y sí, para el sistema es salud, porque ese sujeto, enajenado como está, produce y reproduce esa idea de normalidad”.

“La alienación o enajenación -definía Karl Marx- es la enfermedad fundamental del hombre, pues constituye el punto de partida de todos sus males”. La salud mental se basa en “poder amar y trabajar” sintetizó Sigmund Freud en 1935. Con influencia de ambos, Erich Fromm proponía una doble mirada: desde lo social “una persona será ‘normal’ si es capaz de desempeñar en la sociedad la función que le atañe, es decir, si es capaz de participar en el proceso de la producción económica de dicha sociedad”; desde lo personal, se trata del “óptimo desarrollo y la felicidad del individuo”.

Mientras más se ahonda en las definiciones, más lejos queda la salud mental de un problema meramente individual, que se resuelve entre paciente y terapeuta en la intimidad de un consultorio o se cura como una gripe ingiriendo ciertas pastillas. Y más importante resulta no confundir los términos salud y enfermedad mental, en el sentido de entender una como la ausencia de la otra. Si una persona no transita por una etapa de “completo bienestar, mental, físico y social” puede tener problemas en su salud mental, pero no significa que esté mentalmente enferma. Para definir las enfermedades mentales existen parámetros clínicos con síntomas definidos, mientras que la salud mental se plantea desde los diferentes grados de bienestar o deterioro psicológico.

La pregunta inevitable es ¿qué pasa cuando las condiciones sociales y económicas atentan contra la posibilidad de “amar y trabajar”, cuando alguien no puede cumplir la función “en el proceso de la producción económica” que su sociedad le exige para considerarlo “normal”?

Victoria Martínez, directora de “Derechos de Grupos Vulnerables” en la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación y cofundadora del Movimiento Solidario de Salud Mental, alerta sobre el riesgo de “psiquiatrizar” los problemas sociales: “Nosotros sabemos que la situación de grave crisis que vivimos como país ha dejado una fuerte exclusión social. Entonces hay que separar a quienes requieren efectivamente un tratamiento y quienes, por los padecimientos que produce la situación social o de exclusión a la que están expuestos, requieren un tipo de abordaje más integral; justamente de recuperar sus condiciones dignas de vida para que puedan desarrollar plenamente sus potencialidades”.

Campeones del mundo
Sumando psicólogos y psiquiatras, la Argentina tiene la tasa más alta del mundo en profesionales de salud mental por habitante. Según Di Nella, “esto no ha repercutido en la salud mental de la población, lo que nos lleva a preguntarnos qué están haciendo esos profesionales, ¿no?, porque basados en este dato nuestro país debería tener el mejor índice de salud mental del mundo, pero evidentemente la cantidad de profesionales no necesariamente lleva a una calidad en el servicio. De hecho hay muchos ocupándose de la salud mental de la población: los Estados están teniendo cada vez más incidencia, casi todas las provincias tienen direcciones de salud mental, el campo institucional es cada vez más grande… pero está costando que la población vea una mejoría”.

La estadística también comprueba que el número no hace la fuerza, ya que “el campo de la salud mental sigue siendo marginal. Hay otras esferas de la salud que tienen mucha mayor atención de las obras sociales, las prepagas, los seguros de salud en general, la atención médico-hospitalaria, sobre todo en la pública”. Algunas obras sociales, por ejemplo, cubren el tratamiento psicológico hasta un tope predeterminado de sesiones, finalizado el cual habrá que considerarse forzosamente curado si no se cuenta con otros recursos.

Los problemas empiezan, en su opinión, desde la misma formación profesional. “La medicina y la psicología funcionan no sólo como campos separados, sino antagónicos: en Psicología suele hablarse de ‘los médicos’ para ejemplificar qué no debe hacerse, y en Medicina se hace lo mismo con los psicólogos”. Sin embargo, dice Di Nella, en las distintas disciplinas vinculadas a salud mental –la Medicina, la Psicología, el Trabajo Social, la Enfermería–, sí existe una preocupante característica común: “la formación no tiende a pensar al sujeto como un sujeto de derechos sino como un ‘paciente’. Cuando uno piensa al usuario del servicio de salud mental de entrada como un paciente, ya le quita un montón de derechos, porque no todo sufriente necesita ser ubicado en ese rol. El encasillamiento de cualquier persona con padecimiento mental como ‘paciente’ ya le quita el derecho a saber sobre su tratamiento, a lo que se llama ‘consentimiento informado’; es decir, a decidir con qué profesional se quiere atender, si va a ser internado o no, a conocer sobre las medicaciones que se le puedan dar o no... Toda una serie de decisiones que están en la esfera del derecho de quien va a ser atendido, pero el profesional no suele tener la formación suficiente en derechos humanos para hacerlo co-partícipe y permitir que lo ejercite”.

Parte de las causas recaen, para Di Nella, en que “los profesionales de la salud mental no tenemos una estrategia única y basada en un vínculo solidario que nos permita hacer fuerza para que esto sea de otro modo. Los esfuerzos están bastante desperdigados, a diferencia de lo que sucedía en otros momentos históricos (ver “En las trincheras”, pags.13 a 18). La perspectiva integral de la salud pública desapareció y muchas organizaciones de profesionales o trabajadores suelen estar más preocupadas por los derechos de sus asociados que por la población en general”.

Rejas
Durante siglos, a las enfermedades mentales se les atribuyó un carácter diabólico, considerándolas producto de posesiones demoníacas u otros hechizos, y por lo tanto fuera del alcance de la medicina. Las concepciones del siglo XVIII comenzaron a pensarlas como “un alejamiento voluntario de la razón” que debía ser corregido mediante el internamiento y severas medidas disciplinarias. “Aunque los ‘enfermos mentales’ ya no eran quemados en la hoguera -reseña la Lic. Lucía del Carmen Amico-, su suerte era aún lamentable durante la Ilustración. Si no eran internados en los hospitales, vagaban solitarios, siendo objeto de desprecios, burlas y maltratos”.
Amico es Trabajadora Social y autora de una tesis sobre desmanicomialización ("Hacia una transformación de los Dispositivos Hegemónicos en Salud Mental") que incluye un prolijo recorrido por la historia de los manicomios, cuyos fundamentos fueron variando a través de la historia. Desde la función de aislamiento hasta la de castigo, y finalmente la de ‘recuperación’, que aparece junto con la modernidad, cuando “el encierro deja de ser entendido como castigo y se lo empieza a vincular con criterios morales-terapéuticos (…) el loco es reconvertido en enfermo mental y sometido a tratamiento, incluso en contra de su voluntad, ya que la psiquiatría era (y en cierta forma es) omnipotente frente al enfermo mental, cuyo discurso es negado por incoherente y cuya palabra sólo sirve para verificar un diagnóstico”. Choques biológicos e insulínicos, abscesos de fijación, contención mecánica, celdas de aislamiento, lobotomías, altas dosis de psicofármacos, electrochoque, son algunos de los mecanismos que se empiezan a usar en consecuencia.

Actualmente, en la Argentina existen cerca de 23 mil personas internadas en neuropsiquiátricos y colonias estatales y otras 13 mil en clínicas psiquiátricas privadas, registrándose procesos de hasta 70 y 10 años de encierro promedio, respectivamente, según el Movimiento Social de Desmanicomialización y transformación institucional.

¿Qué hay detrás de esos muros? “De todo”, simplifica la especialista en salud mental y diputada nacional Marta De Biasi. “Hay desde toxicodependientes hasta muchos con diagnósticos equivocados, a mí manera de entender: esquizofrenia, borderline, de todo un poco y mezclado ¿Pero sabés lo que hay, fundamentalmente, en esos lugares? Hay aparatos mentales que son como los muebles de la institución. Porque están tan institucionalizados, tan quebrados en lo que puede ser algo creativo y propio, que lo que encontrás son este tipo de patologías. Cualquiera se puede volver un poco loco en un momento de su vida, podés tener una crisis psicótica pero eso no quiere decir que debas estar toda la vida loco y encerrado. Hay tantos locos en la calle...”.

De Biasi es autora del proyecto de Ley Nacional de Salud Mental inspirado en la “Ley Basaglia” sancionada hace 25 años en Italia, que inició una profunda reforma de la que ella participó activamente durante su residencia en ese país. En base a esta experiencia, la diputada asegura que el principal obstáculo para abrir los manicomios “no son las rejas objetivas del Hospital sino las rejas mentales de muchos profesionales que están encerrados en sus propias categorías, sin poder pensar en otras situaciones ni crear otro tipo de cosas”. De hecho, son muchos los que ven el cierre de los manicomios como una amenaza a sus fuentes de trabajo. La “Reforma Bataglia” demuestra, asegura De Biasi, que con la apertura de los hospitales psiquiátricos “los mismos enfermeros, los mismos profesionales, pueden reciclarse en una idea de la salud mental que no tiene que ver con el encierro, sino con nuevas formas de vivir en la comunidad”.

Sin embargo, los obstáculos no son sólo corporativos y mentales. “Hay muchos intereses en juego para que las cosas no cambien”, apunta Martínez, para quien el encierro de personas con trastornos mentales graves “debería ser una medida de último recurso. Si se lo utiliza de forma generalizada no es solamente porque se elige ese camino en vez del terapéutico, no nos engañemos. También hay muchos negocios detrás”.

“Casi un 40% de los lugares de internación son privados y muchas veces –observa Di Nella- están subvencionadas por el Estado a través de convenios y obras sociales, como muchos geriátricos privados, que en la práctica están subvencionados por PAMI, porque todos los usuarios son de PAMI”. Se conocen casos en los que el Estado ha pagado a una institución privada, casi cuatro veces más por paciente de lo que tiene presupuestado para las propias (Ver “Quereme así piantáa…”).

“Una boca grande que te traga”
En el país existen dos provincias que ya cerraron sus manicomios: San Luis y Río Negro. Di Nella conoce bien esta última, cuya ley de salud mental rige desde 1991, y asegura que “no hay nada que indique que un enfermo mental no pueda ser atendido o estar internado en un hospital general, salvo el prejuicio de la tradición. En Río Negro atienden a las personas con padecimientos mentales en los hospitales generales, y si es necesario los internan allí sin ningún problema. Están 15 o 20 días y vuelve a su casa”. En la Ciudad Autónoma de Buenos Aires también existe una ley de esas características, la 448, pero no se aplica por los intereses antes mencionados.

“La mayoría de los internados como pacientes mentales crónicos en neuropsiquiátricos son personas que están en la línea de la pobreza extrema, y más de la mitad están por razones ajenas a su patología.”, agrega recordando su experiencia en el Hospital neuropsiquiátrico “Alejandro Korn” de Melchor Romero, entre 1997 y 2001. “¿Qué quiere decir esto? Que otros con la misma patología están en sus casas y no internados. Desde el punto de vista clínico están rehabilitadas, pero desde el punto de vista social no tienen inclusión, entonces siguen adentro”. Dado que en Romero hay cerca de 2 mil internos, esta definición podría caberle a más de mil personas en nuestra ciudad.

Cifras similares arroja un informe del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS) sobre la unidades penales de los hospitales Borda y Moyano en Buenos Aires (ver recuadro). En este caso, además, se cruza lo que Margarita Pérez llama “dos estados de exclusión en una sola persona, una tensión muy difícil de reparar: un sujeto atravesado al mismo tiempo por lo penal y lo hospitalario”.
A pesar de todo, aunque sin llegar todavía al desarrollo que tenían antes de la dictadura, las experiencias transformadoras existen y crecen. "Un tallerista siempre decía que la entrada al Borda es como una boca grande que te traga”, suelen relatar en el Frente de Artistas del Borda. “Por eso, nuestra lucha es desde la panza del monstruo hacia fuera".
Dentro y fuera de las instituciones, cada vez son más las voces y modelos alternativos que ganan terreno. En las páginas que siguen se consignan algunas.
Pablo Antonini
Producción periodística: Pablo Antonini y Daniel Badenes

Las catacumbas
“Violencia y abandono en la Unidad Psiquiátrica Penal nº 20 del Hospital Borda” se titula el informe del equipo de Salud Mental del Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), elaborado en base a una serie de visitas a ese lugar en 2004 y 2005. Las conclusiones son tajantes: “Ante la ausencia de políticas públicas orientadas a la integración de la población pauperizada, las cárceles y los hospitales neuropsiquiátricos terminan por transformarse en depósitos que albergan personas sin recursos ni derechos. Verdaderos inexistentes sociales para los que la sociedad no parece reservar ningún lugar definido”.

Las unidades psiquiátricas penales se destinan para las personas que, acusadas de la comisión de un delito, son declaradas inimputables en los términos del art. 34 del Código Penal: cuando por insuficiencia o “alteración morbosa” de sus facultades, error o ignorancia, no hayan podido comprender la criminalidad del acto o dirigir sus acciones en el momento del hecho. En estos casos, “el tribunal puede ordenar una reclusión de la que no saldrá sino por resolución judicial, con audiencia del ministerio público y previo dictamen de peritos que declaren desaparecido el peligro de que el enfermo se dañe a sí mismo o a los demás”. Pero en la práctica, asegura el CELS, sólo muy excepcionalmente los jueces visitan o supervisan la evolución de los internos y las personas permanecen indefinidamente detenidas.

Sobrepoblación, falta de personal “en número y formación profesional idónea”, ausencia de diagnósticos y tratamientos adecuados, tratos crueles, inhumanos y degradantes, son algunas violaciones sistemáticas de los derechos humanos denunciadas en el documento.

En la unidad penal del Borda, las personas al ingresar son mantenidas por un período de 10 días o más en celdas de aislamiento diminutas de 2 x 1,5 metros que no tienen agua corriente, instalaciones sanitarias ni luz natural. Allí viven totalmente desnudos, sobremedicados y duermen en camas de cemento sin colchón. Se les proporciona una botella de plástico cortada para comer y otra para orinar. “El personal que allí trabaja nos informó -relatan los visitantes- que esta práctica se utiliza para ‘observación’ y que la ausencia de vestimenta y colchón forma parte de un ‘criterio médico y de cuidado’ por el riesgo de suicidio mediante la utilización de alguno de estos elementos”. El argumento es calificado como “inverosímil” por el CELS, entre otras cosas porque esa “observación” sólo podría hacerse a través de una mirilla ínfima en la puerta y no hay personal en el área de las celdas de aislamiento. Los profesionales entrevistados justificaron esta práctica como “necesaria para la adecuada evaluación” de los detenidos al ingresar. Pero en las visitas encontraron personas que estaban en esas condiciones por períodos de hasta un año, lo que fue reconocido por personal de la Unidad.

En las celdas comunes, con capacidad para seis personas, hallaron un promedio de entre siete y once detenidos, muchos de ellos “obligados a dormir sobre restos de colchones delgados y sucios en el suelo, ubicados uno tras otro, casi sin espacio para moverse”. La sobrepoblación está en el orden del 50%. Cada celda cuenta con una letrina sin puertas para uso común, y en una ni siquiera eso, por lo que se repetía el uso de la botella de plástico. “Pueden verse multitudes de cucarachas avanzando sobre las paredes y puertas, tanto en las celdas de aislamiento como en las celdas comunes. Un penetrante y desagradable olor está siempre presente, producto de las condiciones de hacinamiento, de encierro y de ausencia total de condiciones mínimas de limpieza e higiene”.

También se observa una población importante con problemas de drogadependencia, derivados allí desde cárceles “para recibir tratamiento adecuado”. No queda claro por qué el Servicio Penitenciario considera que ése es un lugar para tratamiento de adicciones, los empleados admiten que “la Unidad no cuenta con recursos económicos ni personal capacitado en la materia”, pero igualmente quedan internados durante períodos prolongados. En algunos casos, profesionales de la salud solicitaron trasladarlos a instituciones especializadas, pero los pedidos no recibieron respuesta de los jueces intervinientes.

Denuncias de golpes, torturas y violaciones (en algunos casos los observadores pudieron ver “gravísimos hematomas sobre las espaldas y los torsos de algunos detenidos”) completan un panorama que es innecesario seguir detallando. El informe cita la abundante legislación internacional sobre tratamiento de personas privadas de la libertad en general, y sobre personas con padecimientos mentales en particular, y concluye: “Es evidente que no existe práctica alguna en salud que pueda realizarse en estas condiciones inhumanas de existencia. Podemos asegurar incluso que las condiciones de existencia descriptas son generadoras de enfermedad”.

Un panorama similar se extrae de la Unidad Psiquiátrica Penal Nº 27 para mujeres en el Hospital Moyano, según la investigación impulsada por las organizaciones internacionales “Mental Disability Rights Internacional” (MDRI) y “Human Rights Wacht”, que el CELS consigna en su informe. Las conclusiones fueron presentadas conjuntamente al Ministerio de Justicia en marzo de 2005.

Los locos y los niños
Paralelas que se cruzan

“Según dice la gente/ cada cual a su modo nunca miente…” asegura un estribillo clásico de Jorge Fandermole. Incontables canciones, refranes, cuentos, hermanan a “los locos y los niños” desde un poético concepto de la inocencia, la posibilidad de expresarse por fuera de las estructuras y pautas que comprimen la conducta de los adultos “normales”.

Pero bajo el sino de la exclusión, la realidad muestra una cara siniestra de ese paralelismo. No necesariamente por lo que digan, sino por el sólo hecho de su existencia, los centros de internación son para Victoria Martínez una forma de tapar “la denuncia que enuncia la locura. De la misma manera, -asocia la funcionaria- que se hace con los niños y jóvenes cuyas condiciones de vida denuncian lo que pasa en nuestro país, y la única respuesta que les da el Estado es institucionalizarlos. Son problemáticas distintas, que hasta ahora han tenido la misma respuesta: encerrarlos”.

Del seguimiento que La Pulseada viene realizando sobre la situación de niños y adolescentes en condiciones de pobreza, exclusión e institucionalización, resulta imposible no ver las semejanzas, por ejemplo, entre las dificultades que enfrentan, para su aplicación, la ley 13.298 de Promoción Integral de los Derechos del Niño en la provincia de Buenos Aires y la ley 448 de desmanicomialización en la Ciudad Autónoma.

Hay demasiadas similitudes entre un instituto y un manicomio. El teórico francés Michel Foucault llamaba “instituciones totales”, a aquellas que absorben todos los aspectos de la vida de una persona bajo el argumento de su protección y tratamiento. Pero en la práctica están para proteger a la sociedad de aquellos, y no al revés.

Para comprobarlo, puede ensayarse una adivinanza: ¿De quién hablamos si decimos que…?

* No producen
* Afean las calles y veredas céntricas, pudiendo molestar e intimidar a los transeúntes
* La situación de pobreza alcanza para encerrarlos o prolongar su encierro indefinidamente
* Son inimputables. En la práctica suele significar que, si se ven involucrados en situaciones de delito, también quedan encerrados sin plazo definido, hasta que un juez dictamine que están listos para volver a la sociedad. Pero esto raras veces ocurre.
* Las instituciones previstas para su alojamiento están superpobladas, suelen tener una estructura carcelaria y ser fuente de malos tratos.
* Para tratarlos, sobran políticas represivas y faltan asistenciales.
* Distintos movimientos, organizaciones sociales y algunos espacios dentro del mismo Estado vienen luchando desde hace años para que el sistema cambie. Proponen un modelo que rompa con la criminalización y judicialización de la problemática, cuente con la privación de la libertad sólo como último recurso, y se base en la atención social permanente con dispositivos descentralizados enclavados en la comunidad.
* En algunas provincias lograron sancionarse leyes avanzadas, a la medida de estos postulados. Pero no siempre se aplican. Los intentos reformadores chocan sistemáticamente con ideologías, corporaciones e intereses económicos enquistados.

Agréguese “locos” o “niños” en situación de pobreza, al principio de cada frase. Da lo mismo.

Alfredo Grande y Alfredo Moffatt cuentan sus experiencias
EN LAS TRINCHERAS

Aunque la dictadura obturó todos los espacios renovadores que se dieron en Argentina desde los ’60, no dejaron de aflorar propuestas alternativas: El Bancadero, una mutual solidaria que funciona desde hace 22 años en el Once. ATICO, la única cooperativa en salud mental de la Ciudad de Buenos Aires, cumplió en mayo su vigésimo aniversario. Sus referentes respectivos, Alfredo Moffatt y Alfredo Grande, hablan de ellas y analizan el panorama actual en el campo de la salud mental.

A fines de la década del ’60, se dio una transformación de las prácticas en salud mental, a la par de la generalización de la atención psicoanalítica, que situaba al sujeto -inmerso en contradicciones y zonas oscuras- en el centro del análisis, y lo enfrentaba con su propia historia. La búsqueda de un nuevo sujeto social, tenía su correlato en nuevas prácticas en salud mental. “Los ’70 fueron el gran auge de la salud mental unida a las utopías revolucionarias”, rememora el psiquiatra y psicoanalista Alfredo Grande, quien se asume heredero de aquella época.
Como alternativas a la vieja psiquiatría manicomial, surgían experiencias de tratamiento comunitario de la enfermedad mental, y cobraban auge los postulados renovadores de Enrique Pichón Riviére, quien sentaba las bases de la psicología social, orientada al trabajo grupal. “Apareció un movimiento muy importante: Plataforma Internacional, que acá tuvo su correlato al crearse APA (Asociación Psicoanalítica Argentina)”, cuenta Grande. “La antipsiquiatría, las experiencias de Franco Basaglia; la Red Internacional de Alternativas en Psiquiatría. Todo un movimiento fuertemente antimanicomial”.

La herencia del Mayo Francés había significado un cuestionamiento no solamente al manicomio, sino “a la burocratización de la vida”. Se replanteaba la existencia de las instituciones totales, aquellas que dan cuenta de la totalidad de la vida de una persona y regulan su subjetividad: “un convento, un manicomio, la cárcel, en algún momento las fábricas. Frente a eso, aparecía el estallido de las instituciones; Mayo del ’68; la lucha de la izquierda contra la burocratización estalinista. Se argumentaba que en la URSS la psiquiatría era un elemento de represión, y que los disidentes eran vistos como locos. Se sumó todo, y acá llegó, aunque muy amortiguado. En general, a los manicomios nunca se les pudo ni siquiera hacer cosquillas”.

Discípulo de Pichón Riviére, el psicólogo Alfredo Moffatt asentó su búsqueda en las comunidades terapéuticas, que trabajaban en la resocialización del paciente, a través de una serie de dispositivos interdisciplinarios. “Hoy la salud mental empeoró. Hace 35 años era mucho mejor: había experiencias de comunidad terapéutica” dice, y ensaya una posible lista: el Centro Piloto, que coordinaba Wilbur Grimson en el Hospital Estévez de Lomas de Zamora; la Peña Carlos Gardel; el trabajo de Raúl Camino en Colonia Federal, Entre Ríos. “Había psicodrama, congresos, y todo se fue deteriorando: la función psicológica y psiquiátrica hizo una involución”.

La irrupción de la dictadura en el ’76, abortó un conglomerado de debates renovadores en salud mental, que ponían en crisis la realidad opresiva de los internados, y la noción misma de enfermedad. El trabajo comunitario dentro de los hospicios quedó prohibido. “La dictadura lo destruyó todo, en forma directa y concreta. Uno no se podía reunir en la casa porque era subversivo. Todas las estructuras solidarias fueron percibidas como peligrosas”, recuerda Moffatt. “No me podía ni acercar al Borda. Ahí dentro se volvió a los fármacos, al electroshock. La corriente de salud mental vinculada a una psiquiatría dinámica, fue sustituida por una atención psico-farmacológica. Se perdió la comunidad terapéutica, y tras el regreso de la democracia no se pudo recuperar”.

De aquellos años, Moffatt recuerda la respuesta del Director del Borda, luego de haberle peguntado por qué pasaban por los parlantes la Novena Sinfonía de Beethoven, en vez de un chamamé o un valsecito criollo: “lo que pasa es que el arte es universal”, respondió el funcionario, y Moffatt atinó a no contestar. “Todo está pensado para agredirlos -entiende Moffatt-. Es un saber autoritario y estúpido: sabrían de la Novena Sinfonía por haber leído algo en el diario, no porque conocieran otras”.

Tras la Guerra de Malvinas, se organizó el que sería símbolo de su trabajo terapéutico: la mutual El Bancadero, una práctica autogestiva basada en grupos operativos para psicóticos y gente de la calle del Once. Una experiencia multitudinaria, caótica y liberadora en la calle Gascón al 265, que fue el interludio para su regreso al Borda pasados los ’80, con la Peña Cooperanza, una de las semillas de Radio La Colifata. “Seguimos todavía peleando ahí, en la barriga del monstruo -dice-. Hemos demostrado que la gente se puede agrupar: organizar una asamblea, hacer arte y música con los grupos de terapia, a los que llamamos ‘mateadas’ para darle una forma criolla. Los que están adentro del manicomio son de origen popular”.

En 1986, Alfredo Grande y otros colegas se asociaron y fundaron ATICO, la única Cooperativa de trabajo en salud mental que existe hoy en la Ciudad de Buenos Aires. Posee profesionales en distintas disciplinas (psicólogos, psiquiatras, psicopedagogos) y veinte años después, apuntan a tejer un lazo más firme con la comunidad. Consideran que el psicoanálisis abandonó su incidencia social, y dejó el camino libre a enfoques biologicistas, que niegan la problemática cultural y política que esconde toda enfermedad mental. “Ése es uno de los coágulos del psicoanálisis en la Argentina: quedar firmemente asociado primero a la práctica asistencial; después a la práctica asistencial individual; después a la práctica asistencial individual, pero para sectores de medianos y altos ingresos, y así seguimos sumando. Ese psicoanálisis tiende a desaparecer, o a enquistarse en pequeños countries teóricos y marginales”, explica Grande.
Alfredo Grande opone un psicoanálisis de palacio, a otro de la plaza. “En la obra de Freud están los dos. Todos abrevamos en lo mismo, pero a algunos el palacio les gusta mucho, y otros optamos por la plaza, la militancia social, el cooperativismo, donde el psicoanálisis pasa a ser la única -y esto lo defiendo en cualquier debate- herramienta teórica y política que permite entender al sujeto, cómo se organiza su pensamiento, y cuáles son los actos que está en condiciones de realizar y cuáles no”.

Adiós al proceso grupal
¿Cómo generar una nueva práctica en salud mental, nuevas formas de concebir al sujeto, cuando la sociedad se vuelve injusta e individualista? Con el menemismo, el auge neoliberal continuó y afianzó la privatización de áreas clave de la economía y la concentración de mercados. Frente al avance desregulador, la salud mental no quedó al margen. Durante de los ’90 se reprodujo el gran negocio: “las grandes empresas argentinas de salud, como AMSA, se vendieron a empresas extranjeras por muchísimo dinero, y eso fue desnacionalizando incluso a las empresas privadas”, describe Alfredo Grande. Al fragmentarse el Estado, el sistema de salud quedó a merced de las prestatarias, que usufructúan los beneficios de la falta de políticas preventivas: “Hoy, además del Estado se meten tantos, que son políticas mixtas: en cada momento hacen prevalecer su interés sectorial: ganan una licitación, un contrato, una concesión, y ahí hacen sus negocios. No hay mucha distancia entre una clínica privada y estos grupos”.

La injerencia de las prestatarias privadas, vuelven inviable un sistema de salud planificado, por fuera de la pared manicomial. “Es imposible asociar una política racional de prevención y atención, con el afán desmedido de lucro de los capitalistas de la salud. Tienen nombre y apellido, muchas son trasnacionales. Cuando el lucro es la razón de la vida, todo se distorsiona, porque hay mucho más lucro en internación que en ambulatorio. Cuanto más compleja es la práctica, más valor agregado. Para un paciente internado se lucra con la lavandería, los medicamentos, los descartables”, enumera Grande. A la par, para patologías no agudas, se multiplican los consultorios particulares como pequeñas islas. El actual panorama es contrario a la intervención de una psiquiatría renovadora. “La psiquiatría se deterioró, como el país. Ya la desocupación es un factor de enfermedad muy grave, especialmente para los jóvenes. Hay bolsones que pueden perpetuarse como experiencias colectivas, hasta tanto no haya un cambio total del sistema de salud”, acota Moffatt.

Ello, en parte, llevó a lo que Enrique Carpintero, en su libro “Las huellas de la memoria”, describe como la hegemonía de un “pensamiento neopositivista psicofarmacológico”: el auge de tratamientos con pastillas que prometen la cura instantánea y dan letra a los que pretenden invalidar la vigencia del psicoanálisis. “Se ha hecho una sociedad de empastillados -resume Moffatt-. El abuelo está un poco nervioso y se lo medica. No trata a la persona como lo que es: una identidad existente en la corporalidad, un sujeto histórico que fabrica su propio destino. Hay un estilo veterinario: a los animales no se les habla, se los medica. Nadie se le pregunta a un caballo si su madre fue una buena yegua. Se lo medica y chau”.

Profesionales enfermos
La fragmentación del tejido social y la pauperización laboral atraviesa el desempeño de los profesionales de la salud. “Hay sufrimiento -analiza Grande-. El 70 y 80 por ciento es personal no rentado. Evidentemente lo que sale un medicamento hoy, pueden ser 5 ó 6 consultas. Esa promesa, ‘si trabajás gratis, llenás tu consultorio y podés cobrar’, ya no existe. Al romperse ese pacto, hay mayor sufrimiento, alienación”.

El profesional se vuelve la piedra de toque del negocio de la salud: sobre él recaen extenuantes jornadas de trabajo, en condiciones inadecuadas, y la desvalorización de su tarea se transforma en despersonalización, en una angustia permanente. “Termina parapetado en un consultorio, atendiendo cientos de miles de esquizofrénicos o depresiones”, dice Grande. En forma paradójica, ello dio lugar a una nueva patología: el “síndrome del quemado”, o burn-out, que es presentado como “un estado de estrés crónico, por sobrecarga de actividad, originado en las exigencias desmedidas en el ámbito laboral, que ataca a trabajadores en contacto permanente con las necesidades y sufrimientos de otras personas”.

“Ahora se podría hablar del lumpen-profesional, que se auto-explota para poder vivir”, confronta Alfredo Grande: “El capitalismo es tan hábil, que en vez de hablar del lumpen-profesional, te habla de burn-out. Hay escalas de burn-out, especialistas en burn-out. Yo siempre digo que la ciencia capitalista transforma en especialidad todas las contradicciones: ahora hay especialistas en emergencias, en catástrofes, no en impedirlas. Desaparece la idea de prevención”.

Alfredo Grande, sin embargo, sostiene que la lógica cooperativa hace la diferencia: “En las cooperativas de trabajo no hay burn-out: la salud del profesional es tan importante como la del paciente. Un paciente no puede ser atendido bien por un profesional que esté mal, o súper explotado, que sabe que cuando cobra diez pesos, el dueño se queda con treinta. Los profesionales de la salud tienen cerca de 15 pacientes, o tres guardias por semana: son situaciones sumamente patogénicas”.

Más allá del diván, la realidad
La irrupción de los psicofármacos como solución “milagrosa” a patologías emergentes en un contexto social, fue de la mano con un replanteo de la terapia psicoanalítica en la actualidad. “Yo nunca me psicoanalicé”, declaró el pasado domingo 7 de mayo Sophie Freud, nieta del creador del psicoanálisis, a La Nación. El tema del informe del suplemento “Enfoques” -la vigencia de los postulados de Sigmund Freud- fue una excusa retórica para sostener una premisa tácita, afín a las terapias farmacológicas: el psicoanálisis, como terapia basada en la palabra, a la vez que como sistema de análisis crítico de la cultura, no responde a las dolencias “urgentes” de esta época.

Desde una mirada opuesta a quienes parecieran querer decretar la muerte del psicoanálisis, tanto Moffatt como Alfredo Grande coinciden en que es “muy reduccionista en lo asistencial-lacaniano”, y que debería replantear sus grados de intervención en la realidad. “En la Facultad de Psicología de la UBA no hay ni una materia sobre chicos de la calle, violencia urbana o drogadicción. No hay técnicas en psicodrama, que son fundamentales en las crisis; no hay comunidad terapéutica”, repasa Moffatt.

El creador de El Bancadero se reconoce asombrado ante un fenómeno que había creído pasajero: en el análisis, se afianzó “la sustitución de la persona, por sus enunciados. Ya lo hacía el psicoanalista, pero el lacaniano exagera. Da vueltas y vueltas sobre lo que dijo el paciente, y descompone cada una de sus frases. Hay casos patéticos: en una sesión de análisis, un paciente contó: ‘tengo un hermano desaparecido’, y el analista dijo: ‘des-aparecido, que apareció acá’. Otro: un paciente le regaló un cenicero a un psicoanalista lacaniano, pero éste lo rechazó, porque aseguró que le estaba diciendo ‘ce-ni-cero’, o sea, ‘no seas ni siquiera cero’”.
Alfredo Grande recuerda cuando hace unos años fue supervisor en el Hospital Infanto-Juvenil Tobar García. “Los que tenían una formación más ortodoxa, freudiano-lacaniana, eran enemigos de la prevención. Esperaban que llegara el paciente. Pero incluso, éste tenía que tener una problemática muy sofisticada para que le dieran bolilla. La famosa frase era: ‘no hay demanda’. En realidad, ellos no sabían escucharla. Pensaban solamente en la clase media”, establece. En los CESAC (Centros de Salud y Atención Comunitaria) de Capital, en los que confluyen psiquiatras y psicólogos, “lo comunitario asoma un poco la cabeza. Yo estuve supervisando el CESAC de Villa Lugano. Había profesionales que tenían una vocación por salir a la comunidad, y otros que no, estaban parapetados en su consultorio como si fuera Villa Freud”.

Moffatt se define como un pesimista esperanzado. Entiende que es vital reconfigurar algunas de las líneas de trabajo de los ’60 y ’70, en que la locura dejaba de verse como un sino individual y se discutía su origen social, para reconstruir una forma comunitaria de encarar la salud mental: “Las sociedades son sanas cuando son comunitarias. La comunidad terapéutica más interesante que vi, en Federal, Entre Ríos, funcionaba en el viejo edificio de un cuartel. Hay que ganar espacios: hasta que no se rescate eso...”, dice. El Bancadero, y su hermano menor, Bancapibes, permanecen activos. Con menor intensidad que antes, pero vivos: “El Bancadero es ahora más chiquito, porque lo comunitario no vende. No se vende lo solidario; se vende la negación de la realidad. Yo vendo algo que no se compra: cómo enfrentar la realidad y tratar de curarla”.
Patricio Féminis

La aventura del Bancadero
Por Alfredo Moffat *
El proyecto era delirante, loco, pero junté gente, la entusiasmé y buscamos una casa. Encontramos un lugar abandonado, que se había usado como depósito, conventillo y antes un prostíbulo de Ruggierito, el ladero del caudillo Barceló de Avellaneda. El personal era gente que yo había preparado en un curso seis meses de Auxilio en Crisis, y menos podíamos pedir habilitación de Salud Pública, ni nada.
Tuve dos ayudas importantes: una era la casa que destruida, podrida y todo, era hermosa. Y la otra fue que, por esos días salió a doble página en Clarín del domingo un artículo de María Esther Giglio, que había sido paciente mía, titulado "Curaos los unos a los otros" , un domingo a doble página en Clarín, hablando del Bancadero. El lunes había más de cuarenta personas afuera, esperando para entrar. Nos miramos desesperados, preguntándonos que hacer. Por fin los hicimos pasar, nos sentamos todos en el suelo e hicimos una reunión. En el hospicio había trabajado mucho con laborterapia, entonces propuse que cada grupo con su asistente terapéutico arreglara su lugar.

La gente se enganchó. La jornada se dividía en una primera etapa arreglando la habitación que el grupo terapéutico iba a utilizar (la gente traía cemento, pintura, cables), y una última hora en la que se elaboraban las ansiedades y logros que había generado la tarea. Cuando terminábamos cada pieza, hacíamos una gran fiesta. La reparación psicológica fue bárbara y nosotros arreglamos la casa. Fue una obra de amor comunitario. Por ejemplo, la cañería de agua se fue haciendo a medida que íbamos encontrando pedazos de caño y lo llamábamos a un vecino que venía y lo soldaba a lo anterior. También estaba "Jorge Luz", del equipo, que lo llamábamos así porque iba haciendo la instalación eléctrica con pedazos de cables añadidos. Cuando la reparación terminó, disminuyó el potencial terapéutico. Quería destruir todo de nuevo.

Empezamos con grupos operativos, sólo de contención. En vez de "terapeuta" y "paciente" (que corresponde a un modelo clínico), decíamos "asistente" y "asistido", que corresponde a un modelo más comprometido, más vivencial. En el Banca, se trabajaba con toda seriedad, lo que pasa es que a la psicología oficial, evidentemente, esto le daba una patada en el hígado. Nosotros no respetábamos todo ese ritual almidonado, de pobreza operativa en las crisis, ese mundo del encuadre ritualizado. El Semillero, que era el curso de ingreso no era joda. Y los talleres de psicodrama que hacíamos de sábado y domingo eran muy intensivos. Pero la terapia estaba atravesada por el humor, el arte, la trasgresión, la informalidad. Los carnavales del Bancadero eran ocasión de juegos psicodramáticos, se decía: “Vení a bailar desde tu fantasma preferido”. En los grandes patios, más de 300 personas honraban la fiesta del disfraz, el baile y la alegría. Esto fue malignamente esgrimido por la ortodoxia como falta de seriedad terapéutica, porque los pacientes, en vez de sufrir, se divertían. Enrique Pichón Rivière decía que hay sólo dos cosas que desarman a la locura y la paranoia: el amor y el humor.

Por el Bancadero han pasado cerca de 35 mil personas, en 20 años. Era una clase media en desgracia, gente asustada que había tenido algún contacto con las represión. Teníamos también el Bancapibes, toda la guachada de Once, pibes bravos, con algunos conflictos que por ahí empezaban a putear, pero sin demasiados problemas. Llegó a haber diez, quince grupos en funcionamiento con dos o tres turnos por día. Así todo siguió bien unos dos o tres años, con mucho entusiasmo. Después fue decayendo, porque el país entero fue cayendo, y a los cinco años, con menos grupos funcionando, ya no hacíamos los carnavales como antes; había empezado, podríamos decir, la crisis social de aislamiento, de empobrecimiento y de individualismo.

Al final nos sacaron la casa para construir una torre de departamentos. Entonces nos alojó Adolfo Pérez Esquivel en la calle México. Después compramos un departamentito y ahora estamos frente al Shopping Abasto.

* 1982, finales de la dictadura y de la guerra de Malvinas. “La gente estaba hecha mierda”, recuerda Alfredo Moffat, que presentaba su libro “Terapia de crisis” cuando su colega Ernesto Warnes sentenció: "Acá el bancaje es importante, hay que hacer un centro alternativo, cooperativo...". Recordó la frase tiempo después “y le tomé lo de bancaje, que me llevó a Bancadero. Lloradero hubiera sido muy deprimente, aunque lo era, pero también un broncadero, que son las dos catarsis que la gente tiene que hacer”. Alfredo Moffat es el fundador del Bancadero.

ATICO: Psicoanalistas asociados
“Fue la primera y última vez que firmé una resolución de personería jurídica de una cooperativa de este tipo”, contó el dirigente socialista Héctor Polino, en su intervención en las jornadas de conmemoración de los veinte años de la Cooperativa ATICO, en el Centro Cultural de la Cooperación, en mayo último. El comentario de Polino, quien en los ’80 era Secretario en Acción Cooperativa de la Nación, sirvió como disparador para analizar por qué el cooperativismo no prendió entre otros profesionales y propuestas en salud mental. “En Salud Mental hay fundaciones, asociaciones civiles sin fines de lucro, y sociedades anónimas. En esas tres figuras jurídicas está el 99 por ciento de todas las instituciones de Buenos Aires. El profesional en salud mental tiene un resabio individualista, clasista, que no se puede sacar de encima”, considera Alfredo Grande.

ATICO integra el Consejo de Administración de FAESS (Federación Argentina de Entidades Solidarias de Salud), coordina acciones con la Consultoría de la Defensoría del Niño, el Menor y la Familia, y posee una pequeña inserción comunitaria en el Centro de Gestión y Participación (CGP) N° 14 Oeste, de Belgrano. “Hemos tenido algunos convenios con prepagas y obras sociales, pero tratamos de huir de ellos. Es más perversión de la necesaria”, dice Grande.
El hecho de que cada asociado sea dueño de la Cooperativa, asegura, además del compromiso de los profesionales redefine la relación con los pacientes. “Esa distancia que pone el psicólogo se modifica. Los pacientes vienen saturados de culpas, tanto por lo que creían que debían ser, o por lo que son. La depresión remite a la culpa. En una cooperativa, se puede plantear explícitamente el problema”.

El Congreso de Salud Mental y Derechos Humanos
Locos como sus Madres

Parábolas de la historia: las mismas mujeres que hace 30 años eran estigmatizadas como “locas” por la dictadura, propician hoy un Congreso permanente de Salud Mental con prestigio internacional, y un Movimiento de Desmanicomialización que gana fuerza y proyección en todo el país.

“Ellas estaban locas por pedir aparición con vida en un momento donde el sistema imponía la muerte. El pedir y luchar por la vida, por la capacidad de invención, de creación, de la construcción de política revolucionaria, eso era la locura. Y la normalidad era asesinar, eliminar, exterminar, alienar, torturar, robar, apropiarse de las criaturas. Esa forma de definir la locura y la normalidad, que con tanta ostentación, impunidad y claridad pretendieron poner en uso con nuestras madres los genocidas, continúa vigente en otros planos”, dice Gregorio Kazi, principal referente del Congreso Internacional de Salud Mental y Derechos Humanos que prepara su 5ta. edición para octubre.

El Congreso nació hace cinco años en la Universidad Popular de Madres de Plaza de Mayo, y no para de crecer desde entonces: “Hay chicos que vinieron cuando eran estudiantes”, cuenta Margarita Pérez, “hoy son profesionales y se formaron dentro de esta manera de abordar la salud. Fue un trabajo realmente sólido y sostenido, muy firme lo ideológico, lo transformador, la búsqueda de intercambios”. Al principio no era fácil, dice. “Es verdad que las Madres son convocantes, pero son convocantes ahora. Si todos los que se acercaron con los 30 años del golpe se hubieran acercado cuando se cumplieron diez…”.

El Congreso empezó sobre la idea, explica Kazi, de “la articulación entre dos campos: la academia ‘formal’ y los derechos humanos, que están mayoritariamente escindidos por una formación de los trabajadores o agentes de salud en la adaptación pasiva a la realidad tal cual está dada, a los encuadramientos entre qué es lo que es sano y qué es enfermo según la capacidad de productividad, eficacia o alineación del sistema de producción o relaciones sociales. Suponer que la salud es encuadrable bajo los cánones de buen comportamiento en el sistema capitalista, para nosotros es fuente de padecimientos, no sólo individuales, si no también vinculantes, grupales, sociales, institucionales. Fuimos construyendo colectivamente categorías y desarrollos que vinculan la salud mental con la capacidad de transformación, insurgencia, rebeldía. Y la capacidad de esos colectivos de transformación social histórica de construir formas, no digo de legalidad, pero sí de legitimidad por conquistar nuevas vidas y nuevos mundos”.
En su 4ta. edición, de noviembre del año pasado, el Congreso recibió a más de 4 mil asistentes que desbordaron la capacidad de la Universidad, obligando a trasladar algunas conferencias a la plaza. Se presentaron 440 ponencias y mesas de debate con la participación de Eduardo “Tato” Pavlosky, Fernando Ulloa, Silvia Bleichmar, Gregorio Baremblitt y Paulo Amarante, entre otros importantes referentes del área. Pero además, en consecuencia con sus postulados, el Congreso no sólo abre espacios para la expresión y el intercambio entre profesionales, estudiantes y trabajadores de la salud. “Se reúne lo académico -cuenta Margarita Pérez-, con los movimientos populares, construcciones que se realizan en los barrios. Vienen, dan cuenta de sus recorridos y articulan prácticas, pero en serio. No se trata de los académicos diciendo qué hacen los movimientos; se trabaja con la consigna de ‘pensar en lo que hacemos para hacer lo que pensamos’, y en términos de organización y construcción social los movimientos también tienen mucho que enseñarles a los profesionales”.

En este espacio, los “enfermos” también tienen la palabra. En la plaza se montó una Radio Abierta por la que pasaron La Colifata (histórica radio hecha por internos del Borda) y sus equivalentes Radio Nicosia de Barcelona, Radio Papo Cabeca de Brasil y Radio Vilar de Voz de Uruguay. La actividad no se limita a las jornadas masivas del Congreso, sino que se mantiene durante todo el año. Los talleres con organizaciones sociales se realizan cada 15 o 20 días. También se hacen encuentros con profesionales y trabajadores de la salud, personas internadas, externadas y sus familiares. Otro proyecto en desarrollo es un Centro de información legal para familiares y pacientes. El 5to. Congreso será del 16 al 19 de noviembre, junto a un Foro internacional de Salud Mental y Derechos Humanos que espera seguir aumentando la convocatoria.

En el marco del Congreso nació el “Movimiento Social de Desmanicomialización y Transformación Institucional” que hoy es la referencia nacional más importante en el tema, y tiene la implementación de la Ley 448 de Buenos Aires entre sus principales reivindicaciones. El 18 de mayo pasado realizaron junto a las Madres un acto en Plaza de Mayo con familiares e integrantes del Frente de Artistas del Borda. Lorenzo Quinteros (que tuvo en el psiquiatra de “Hombre al mirando al Sudeste” una de sus mejores actuaciones en la pantalla grande), Héctor Bidonde y Liliana Daunes se acercaron para leer ante la concurrencia varios poemas de los talleristas. Después pasaron Pablo Morales, Fernando Aquino y “Trinity”, artistas del Borda, a leer sus propios poemas. Finalmente tomó el micrófono Gregorio Kazi.
“Los compañeros están diciendo no al estigma de la locura y sí a la ciudadanía, dijo para la plaza de locos y locas. “Demuestran que son sujetos que, como todos nosotros, tienen padecimientos, porque todos somos diferentes y, como dicen en Brasil, de cerca nadie es normal. Pero todos tenemos la capacidad de diferir, de disentir, de transformar y de luchar, y los compañeros internados tienen esa característica. Pero son compañeros, son sujetos de la transformación que evidentemente sufren, y el movimiento dice: sí, claro que es necesaria la atención. Pero no esa atención perversa de hospitales públicos y privados que vigilan, castigan, controlan, excluyen, aíslan. En nombre de la socialización, lo que implementan es el individualismo, en nombre de la palabra se veda la palabra y el silencio nuevamente es salud”.

“Este movimiento no va al cierre del hospital público; al contrario. Este movimiento dice: es posible una atención vinculada a un proyecto político revolucionario, donde se le dé el lugar de sujeto histórico-social al otro, atendiéndolo pública, gratuitamente y con dispositivos sustitutivos de estas verdaderas instituciones de secuestro donde también, no casualmente, las Madres fueron a buscar sus hijos desaparecidos. No es explicable un manicomio sino en el contexto de la sociedad en que se desarrolla. Nos damos estratégicamente como lucha revolucionaria, política, insurgente, inventiva, creativa, incluso democrático-participativa directa, la posibilidad de transformar esos manicomios como uno de los pasos hacia la transformación estructural de nuestra sociedad”.
Pablo Antonini
Fotos: Gentileza Area de Prensa y Audiovisual Madres de Plaza de Mayo

Alberto Sava, director del Frente de Artistas del Borda
“EL MANICOMIO
ES COMO UN CAMPO DE CONCENTRACIÓN”

Alberto Sava es artista, psicólogo social y máximo referente de un movimiento precursor en Argentina. El Frente de Artistas del Borda (F.A.B.) nace hace 20 años con la idea de que el arte puede mejorar o reestructurar las instituciones psiquiátricas. Su trabajo se divide en nueve talleres: Marionetas, Teatro, Plástica, Mimo, Música, Letras, Fotografía, Periodismo y el taller conceptual de Desmanicomialización.

-¿Cómo funcionan los talleres?
-Cada taller tiene un encargado de coordinación; nosotros a cada paciente lo llamamos tallerista. Cada encargado da todas las técnicas y los conceptos de esa disciplina hasta llegar a una producción. Nuestro objetivo es que esa producción se tenga que mostrar afuera. Hemos dado funciones en muchos lados que muestran no sólo la capacidad artística que tienen las personas internadas en institutos neuropsiquiátricos sino que además se genera todo un espacio de debate y discusión sobre el tema de la manicomialización.

-¿Cuál es la importancia central del arte como acción terapeútica?
-El manicomio es como un campo de concentración, porque lo que hace es obturar toda la capacidad de pensar y de sentir que tiene una persona que está internada. El arte lo que hace es recuperar esa capacidad de ser nuevamente persona, de recuperar los deseos, la pasión y los proyectos de vida de dentro del hospital, que de otra manera no tendrían. Esto va de un mejoramiento físico-psíquico a un mejoramiento integral como persona, y entra en un proceso creador en un campo grupal hasta llegar a una producción. Cuando esa producción se muestra, nosotros pensamos que se cumple un ciclo con varios efectos: uno personal que ya vimos, uno institucional, ya que hay poca salida de lo que pasa dentro del hospital, entonces en el momento que sale esa persona puede enunciar lo que le pasa adentro. Y en lo social hay otro efecto importante, ya que el imaginario colectivo con respecto a la locura es muy siniestro, entonces la persona que está en contacto con el Frente de Artistas del Borda dice “bueno si esta persona pueda hacer lo que hace, por qué tiene que estar adentro”.

-Veinte años después de aquella ola de desmanicomializacion en los ’70, ¿cuáles son los resultados visibles?
-En Argentina ya se han cerrado dos manicomios, en Río Negro y en San Luis. La ciudad de Buenos Aires tienen una ley de Salud Mental que está en camino a eso. Esta experiencia, que empezó en Italia en los ´70 y que repicó en varias partes del mundo, está abriendo un nuevo espacio para entender el tratamiento del sufrimiento mental que no es el encierro, y menos en condiciones violatorias de todos los derechos humanos. Hasta la Organización Mundial de la Salud dijo en 1990, en un congreso en Latinoamerica, que los gobiernos deben rever la existencia de los manicomios.

-¿Qué obstáculos ve en el proceso?
-Varios. Hay una corporación ideológica de una línea de psiquiatras que quiere seguir con estas instituciones. También hay cuestiones económicas, ya que a los laboratorios les conviene que los manicomios sigan existiendo. Y está el fenómeno de la privatización de ciertos sectores de los hospitales que tampoco quieren que se cierren.

-¿Cómo definiría a la locura?
-Es un desequilibrio psíquico-físico, una alteración del pensar, del sentir y del hacer de esa persona, que muchas veces es por las condiciones políticas y sociales en las que vive. Hay un sistema que aliena y que hace a las personas propensas a sufrir estas alteraciones. La locura implica un estado emocional distinto, que no se debe tratar con el encierro sino con un tratamientos ambulatorios de corto tiempo.
Entrevista realizada en el programa Clase Turista
(Radio Estación Sur 91.7)

“Teatro de Rehabilitación” en Melchor Romero
EL ARTE DE LO POSIBLE

Hace tres años que no logran poner una obra en cartel, pero el grupo coordinado desde hace dos décadas por Polo Lofeudo, insiste. Crónica de un rincón sin muros ni chalecos de fuerza, con la voluntad como motor y las tablas como terapia.

Un ensordecedor torbellino de motores y muchedumbre envuelve la 520. La gente cruza inorgánica la calle, esquivando autos y micros impacientes. Entre puestos callejeros de ropa, discos y billouterie barata, un pibe de no más de 10 años fuma con la mirada torva al lado de un tipo de barba larga y canosa, que escucha a una mujer contenta porque al fin van a internar a su hijo: “Ya nos tiene hartos ese chico, Don, no lo podemos controlar”. El lamento se pierde bajo el escape libre de una moto.

Un guarda vestido de gris y una garita con una larga tranquera conforman el frente del Neuropsiquiátrico de Melchor Romero. Detrás, anchos corredores asfaltados hacen un interminable zigzag entre amplios canteros de pasto cortado y pinos muy altos. Aparecen los primeros pabellones, que seguirán hasta perderse de vista con más canteros y más corredores. A pocos metros de la entrada, hay un edificio con las ventanas tapiadas que el sol matutino va envolviendo de a poco, desnudando sus grietas de humedad. Sentados afuera, en una pequeña verja y apoyados en el musgo verduzco de la pared, dos sujetos con los pantalones rotos tosen y se desperezan, mirando impacientes y en silencio hacia algún lugar. Lo único que se escucha son los pájaros.

Tres perros con sarna se rascan frenéticamente y buscan calor humano en la mañana que, a pesar del sol despejado, sigue siendo fría. Raúl los aparta con un grito, mientras se acomoda la gorra vasca y se rasca el bigote. A su lado, el tucumano Néstor se acurruca en su saco enorme y fuma ahora el filtro de su cigarrillo. A unos pocos metros viene Zalazar, luchando con sus muletas, con una gorra verde del sindicato de camioneros. Pasa otro interno silbando, con un pullover con las mangas más largas que sus brazos, y mira con desdén hacia el rincón donde se escucha el ruido de una puerta.
“Polo”, dice muy bajo Raúl y sonríe. Desde adentro aparece un tipo canoso, de gorra y bufanda, con una bolsa de arpillera colgando del hombro y cargando a duras penas una mesa de madera con una máquina de escribir envuelta en un paño negro. Detrás viene la Japo, con el mate listo y una pava humeante, quemada y abollada , con una manzana adentro para endulzar el agua. Raúl y Néstor se paran, traen de adentro sillas de plástico y las distribuyen en círculo sobre el pasto, mientras Polo se instala en el centro, quita el paño de la Olivetti, saca de su bolsa pan y cigarrillos y reparte.
Una enfermera se acerca con Susana en la silla de ruedas. Se la dejo, Don Polo. Desde un pabellón del fondo viene Pedro, el filósofo, con las mejillas más coloradas que de costumbre. En el camino se cruza con Marta, que camina con dificultad y lleva un chal sobre la cabeza. “¿Te pelaron? No, me agarré piojos; piojos me agarré”, balbucea con un solo diente en la encía inferior.
La Japo distribuye los primeros mates en la ronda, Néstor devora su pan y Polo gira la rueda de la máquina acomodando una oficio a medio escribir mientras se calza los anteojos. Raúl se para y le ofrece su silla a Marta, luego trae una para él, una para el filósofo y otra para el paraguayo Félix Melgarejo que llega cantando algo en guaraní con el cigarrillo encendido en la boca.
“Todos los días reviso los libretos, trato de agilizarlos cada vez más, y lo hago siempre con ellos. Para los internos no hay domingos ni feriados, ¿viste?”. Son ellos mismos los que se encargan de difundir entre sus compañeros el taller de teatro, aunque Zalazar aclara: “Los que estamos en la misma sala tenemos que venir por turnos, para que los enfermeros no se den cuenta”.

Polo Lofeudo va a cumplir 75 años y está en el Hospital desde 1937, cuando ingresó como administrativo. Lleva 25 años trabajando con el teatro en La Plata y desde la vuelta de la democracia que se hace cargo del “Teatro de Rehabilitación” del Neuropsiquiátrico de Melchor Romero.
El viejo edificio húmedo nació en 1884 con la fundación del Hospital. Su primer director, Alejandro Korn, proyectaba allí películas mudas y representaba pequeñas obras para los internos y empleados. Todavía se conservan viejos proyectores sin foco y cuelga arriba del escenario una parrilla vacía de luces. “Yo acá trabajo con los que puedo rescatar intelectualmente para que representen al hospital. Entonces, el público extra hospitalario puede ver el grado de rehabilitación que a través del arte escénico alcanzaron los pacientes”. Aunque esa representación hace tres años se ve postergada: de las obras en Chascomús, el Colegio de Abogados y el Coliseo Podestá sólo quedan las fotos y los recuerdos. Pero Polo sigue, apasionado, entonando la música de sus obras, ensayando algunos personajes y dando pautas sobre la puesta en escena: “Lo que se cae tiene que hacerlo sin ruido, por eso trabajo con goma espuma. Si no se pierde lo tétrico del efecto. Para eso están las grabaciones de vientos y truenos”.
La oscuridad invade los 10 metros por 50 del viejo galpón; todas las ventanas están cerradas con candados oxidados y tienen barretas de hierro que las cruzan desde afuera. “Si este año no sale nada, me parece que cuelgo los botines”, asegura Polo, mirando el celeste acuoso que baña las paredes.

La manzana dura poco flotando en el agua. Marta, sin que nadie la vea, la ha sacado y se la está comiendo. Raúl se ríe, antes de estornudar al piso y limpiarse la nariz con los dedos. Polo se enoja: “¡Que seas loco no justifica que seas sucio!”. Por los corredores pasan tipos de traje y maletín, alguna monja, empleados con camisas de grafa caqui y varios internos hacia los pabellones.
“Yo no soy ni enfermero, ni psicólogo, ni psiquiatra ni nada de nada”, arremete drástico Polo después de sorber un mate. “Desde que inventaron al psicólogo, el loco es más loco que nunca, el tipo empieza a hurgar en la intimidad del paciente y ahí aparecen los pudores. Acá vienen: ¿cómo te llamás? ¿De qué sala sos? Listo. Y entonces lo dejo, porque si lo apretás es peor”.
El sol ya atempera la fría brisa de invierno y Pedro trata de dormitarse con los cálidos rayos. Mientras Polo reparte otra ronda de cigarrillos, llega el Gallego tomando del brazo a Chávez. Articulando cada palabra muy lentamente, Pedro hace gala de su epíteto: “La sala es la antesala del Infierno. Es la anti-psicoterapia, la anti-psiquiatría, la anti-todo. Acá tenemos un rincón donde podemos expresarnos con total libertad. Éste es nuestro pequeño refugio”.
Sillas para los recién llegados, esta vez a cargo de la Japo, que no va a decir una sola palabra durante toda la mañana. Sólo cebará mate con el porte oriental imperturbable. Chávez explica: “Ayer no pude venir porque estuve indispuesto”. Polo bromea a los gritos: “¿Indispuesto? Qué, ¿te agarró el período?”. Chávez tiene un abultado bigote prolijamente recortado, a pesar de ser ciego. Su lazarillo es un interno que consiguió el alta definitiva y está en su casa con continencia familiar. “En el teatro aprendí infinidad de cosas, por eso sigo viniendo. En este hospital te curan o te matan, es la cruda realidad. Hay muchos que se rehabilitaron y muchos que están con la cabeza destrozada”, dice el Gallego, frotándose los dedos por los pocos pelos que le quedan.
La mayoría tiene familia, pero todos se quejan de que nunca los vienen a visitar. “Nos tienen acá como material descartable”, se lamenta Raúl. “O los visitan por compromiso, se quedan 15 minutos, les tiran 10 pesos y se los sacan de encima. ¡Así son las visitas acá!”. Polo se exaspera y ejemplifica con Chávez: “Su familia viene cada seis meses, le trae un paquete de cigarrillos, uno de galletitas y uno de yerba. Y, según él, tiene una jubilación de 1000 pesos”. Chávez corrige: “Mil trescientos cincuenta pesos”.
El tucumano Néstor pide permiso para cantar un chamamé, Raúl se sube las medias hasta las rodillas, Zalazar se tapa el sol con la gorra y Marta se rasca el orificio izquierdo que le quedó luego de perder el ojo por la mordedura de un perro. Susana, torcida en su silla de ruedas con las manos tembleques, mira a Chávez, que agacha la cabeza acomodándose los anteojos oscuros.

De vez en cuando llega la perrera y mata a todo canino que deambule por allí. Cuando se corre el rumor de que vienen, Azabache y Oreja son encerrados contra su voluntad en la cocina. Cada vez que entra Polo los dos canes lo miran como mira un perro que quiere aire puro.
La cocina funciona como el taller donde se fabrican todas las partes de la escenografía. Está detrás del viejo teatro y la cubre el mismo techo de chapa. En las paredes cuelgan fotos de Gardel, Evita y el Che. Hay trozos de madera esparcidos por el suelo, una mesa con una sierra, un martillo, cuchillos y pinceles, y guitarras de cartón pintado en una cajonera apoyada sobre un enorme cartel hecho con un collage de yerba y pintura que dice “Estación Siniestra”.
Mientras trata de encender en vano una radio a lámpara del año ´40 con caja de madera, Polo define la estética de su narrativa teatral: “Cuando contás una realidad que es patética nunca hay que mostrar el fondo porque ya estás al borde del golpe bajo. Señalalo al fondo, insinualo, pero nunca lo sirvas en bandeja. Que el público también participe en forma activa en la construcción del sentido”.
Sobre una mesa de madera reforzada con hierro hay un símil de cartón de un viejo proyector de cine. “Lo tengo para cuidarlos a ellos, si alguno se equivoca estando en vivo yo entro y empiezo a gritar ¡Corten, vamos de nuevo! Como si estuviéramos filmando una película”. No es el único momento en que entra a escena. “Yo me ponía al costado del escenario para apuntar, y me veían a mí, un viejo encorvado, deteriorado y cachivache... Resultaba grotesco. Entonces me dijeron que me tenía que incorporar al elenco y cumplir con algún rol. Y empecé a fabricar el personaje de un viejo peón”.
En un aparador se guarda toda la ropa de los actores, en otro los calzados y sombreros. Una caja en el piso está repleta de zapatos viejos, pintados con esmalte negro brillante para simular el charol. Mientras hace girar un molino de caña construido sobre un rodillo de pintor, Polo se justifica: “Algunos me dicen que por qué sigo gastando pólvora en chimangos. No sé, debo mantener algo del ego de mi juventud. Sé que soy necesario acá; si yo me voy qué va a hacer esta gente”.
La pantalla encendida humedece por demás el ambiente, la hornalla de la cocina se refleja sobre las piernas cruzadas del Jesús del crucifijo. Polo camina hacia un armario y abre con emoción y mucho polvo un cajón con afiches, críticas, recortes de diarios y programas de sus tres obras premiadas: “Aroma a cielo”, “Estación de Campaña” y “Chicago Night Club”.

“Él es un tano recién llegado que va a escuchar el radioteatro al boliche del turco”, dice Polo y señala a Pedro. “Entonces el turco le prepara la longaniza a medida que se desarrolla el radioteatro. ¡Allá vaaaaa! En esa época el que más gritaba era el mejor actor, todos gritaban como locos en los radioteatros y las viejas se enloquecían. ¡Allá va! ¡No lo dejen escapar! ¡Se metió dentro del rancho!”. Polo grita como un condenado y se ríe de los estereotipos del género. “Era malísismo el tipo, terrible ¡Préndanlo fuego! ¡Ja ja ja ja ja! Hasta esa risa diabólica tenía”. Ahora hace la música de la cortina de cierre: “Finaliza así el capítulo 18 de Fachenzo el maldito. Termina el capítulo y el tipo del boliche se levanta y va a pagar. Dale Pedrito”. Polo hace del turco y Pedro del tano. De esa forma ensayan, todos los días. Polo va corrigiendo los guiones a medida que practican los diálogos. Aclara que el “drama con humor satírico” es el tono que predomina.
Polo repite escenas en distintas obras y las va aggiornando acorde con la nueva puesta. La razón es muy simple: “Tengo miedo de que esa obra no se dé más, y de que se pierda. Quiero que el público se entere del esfuerzo enorme de las obras anteriores”. Si bien los argumentos siempre cambian, los costados que abordan son similares: una crítica global al sistema, los pueblos de principio de siglo, obreros de ferrocarril, tango e inmigrantes. En “Estación de Campaña” por ejemplo, donde se cuentan las anécdotas de un poblado hambriento que nace con el trazado de las vías de tren, aparece Hitler invadiendo Francia, la captura del bandolero Mate Cocido y un extravagante gobernador de Buenos Aires que llega para cambiarle el nombre a la estación y reparte caramelos Sugus entre los hambrientos, que terminan devorándoselo a él.
“Hay un juicio por antropofagia. Entonces aparece Raúl, que es hijo de calabreses así que imaginate, el teatro lo lleva en la sangre, y hace el papel de un viejo que, mirá, es increíble”. Polo se emociona y remarca dónde estriba la importancia en la calidad de las obras: “Vos te enfrentás a un público de La Plata que conoce el teatro, que sabe de teatro, y no podés tener la osadía de robarles dos horas de su tiempo para ofrecer una huevada”.
Por eso los ensayos son sistemáticos, dialoga con Raúl, mete a Néstor, le pide ayuda al Gallego. Les refresca el guión a cada rato, minuciosamente y palabra por palabra. Repiten una y otra vez. “¿Vos te creés que cualquier director de teatro tiene esta paciencia?”.
Remarca a cada instante el esfuerzo enorme que hacen los pacientes por estar ahí. “A la hora de ponerla en escena, la obra siempre sale con algunas imperfecciones lógicas, por más que esté ensayada. Son los imprevistos previstos, porque alguno se va a olvidar la letra o se va a equivocar donde tenía que sentarse. Un día antes de la presentación evitamos que les den las pastillas, se toman un tarde de esparcimiento al aire libre y al otro día son una lechuga. Y los ensayos salen lo mejor que se puede. Algunos toman 15 o 20 pastillas, no sé todavía como están en pie”.

En la jerga hospitalaria, a la bolsa que cada interno lleva con sus cosas la llaman dormitorio, a los pabellones les dicen salas y a los internos “los tratan como el loco 40, el loco 18, pero acá conmigo se sienten seres humanos”, asegura Polo. El paraguayo Melgarejo saca de su dormitorio una botella de plástico con agua y toma un extraño tereré sin sabor. Mientras convida cigarrillos de su paquete, Polo reparte el pan que queda y manda a la Japo a que arregle el mate: “Acá a los internos le puteás a la madre y no tiene tanto efecto como si le llega a faltar la yerba y los cigarrillos. Son vitales para ellos, ¿viste?”.
La asistencia al taller nunca es regular ni permanente. Siempre está latente el problema de que alguno se sienta mal, esté en medio de un colapso o la abundancia de pastillas lo deje durmiendo todo el día. Néstor ahora pide permiso para recitar una poesía, mientras Melgarejo se queja de que siempre le roban a alguien y a Raúl lo asalta una molesta duda: “No sé por qué en la sala tenés luz noche y día... Nunca la apagan”.
Montenegro llega muy tarde, pero nadie le dice nada. Tiene un saco cruzado a cuadros y un prolijo peinado con la raya al costado. De vez en cuando se frota suavemente la barbilla y se cruza de piernas. Es el único que tiene las zapatillas y la ropa impecable.

“No quiero el aplauso dadivoso, pobrecito mirá cómo actúa. No. Acá trabajamos para ofrecer el mejor espectáculo posible, algo de calidad en serio”. Polo mira el reloj: 11.30, hora del almuerzo. La Japo lleva el mate a la cocina, Pedro acomoda las sillas y las entra, Raúl se queja de la comida: “Recién ahora a veces nos dan carne, antes polenta y polenta todo el día”. Néstor sale corriendo, se tira en el pasto y comienza un chamamé acostado. El Gallego ya está en su casa y es Montenegro quien guía ahora a Chávez hasta el comedor. Melgarejo los secunda bebiendo su insípido tereré.
Polo ya guardó su máquina de escribir y cerró todo con llave. Antes de subirse a su bicicleta se acomoda la gorra y mira hacia la calle. “El pueblo de Romero es quisquilloso para venir. Los ve todos los días estirando la manga, pidiendo... Ya están desbordados de ver al loco de Romero y siempre hecho una piltrafa”.
Van quedando atrás la inmensidad sórdida de los pabellones, el asfalto de los corredores y el pasto de los canteros con pinos. El torbellino de motores y gente se va fundiendo con el canto de los pájaros, hasta incorporarlo a su engranaje. Un embotellamiento de micros, autos, motos se mezcla con la inorgánica muchedumbre que intenta cruzar. Un manto de sombra repentino se cierne sobre la 520.
Laureano Debat
Fotos: Tatiana Zlatar

Poesías escritas por integrantes del Frente de Artistas del Borda
MENSAJES DESDE LA PANZA DEL MONSTRUO

LIBERTAD
Yo pienso cómo es este día que no se pasa.
Tal vez la hora no exista, tal vez sea demasiado tarde
como pasa el tiempo, como es la hora,
pero todo cambió
espero mi libertad.
Pablo Morales

TRENES QUE PARTEN
Trenes que parten
bocanadas de humo que desgrana tu adiós
cinco pesos en el bolsillo
y mi regreso a la ciudad del no me importa
asientos para un lado y para otro
No sé si voy o vuelvo a tu amor desencajado
Tu carta no llega, quedan huecos
y los lleno con amores llevaderos
No sé, el tiempo corre entre mis sienes
y el cigarro quema a la angustia del desierto
Daniel Molina

NUESTROS PINOS
Una cornisa
Tres piñas madres azar del viento
Singular altura
los testigos del hospicio
carpincho de hendidura, cunas de semillas hoy sombra
dejan dormidas ramas liberadas
una semilla deseó volar,
hija y madres de semillas es
¿Quién dijo que nuestros pinos no vuelan?
Tus ojos testigos son de nuestros pinos
pacientes son
por hospicio mi casa
árbol soy
Julio César Montesanto

20 AÑOS
De repente flotaste,
miraste tu ojo rojo
descartaste el sueño de un bandoneón
te coreó el rescate del trino de un pájaro
Vos que vas al vodka sin que nada te importe
En resumidas palabras paraste con la vitalidad
se te hizo un vicio acompañarte de acordes locales
y tu super influencia al adelanto de tu yo personal
bajaste, diste golpes, subiste agonizando.
El maltrato de todas estas idas y venidas
te dio un triunfo de artista de avenida
Escalonaste en el subte de mendigo
pero surgió una resurrección mágica
las que pueden los volcanes en erupción de tu primer chacra
temblaste al ver al druida
el escaloneo te vino mal
a cada paso de tiran billetes
salir de la mugre cuesta un poco
sos puro, lo ves todo
aclimataste a la zona
te quedaste preso de vos, de ellos, de todas
hoy querida pasaron 20 años de trauma
el esqueleto pesa
y yo queriendo armar títeres pude hablar poco
el mundo hace mucho ruido
en casa hay una vibración que viaja por la sal
acordate que te estamos espiando
sos un muñeco de jugo
¿No ves cómo se ponen las cosas cuando estás vos?
Ya no hay suerte

LA ESPERA
Recorrer encapsulado de tu ahora acústico
don de saberes
recorriste el oeste
en tu pantalón mojado con hierbas
corriste el manchón
y desconquistaste las uvas
evocaste a un sonrisador
desplumaste el velo de las sombras
controlador de haberes
soutién perfumado
marcapasos a motor
en tu pecho la transpiración lo mojó
y controlaron las orejas en una cisterna
despojaste el brillo de tu cráneo
molestaste despotricando el jet set
te hiciste de un grupo de amigos
amistosos del tiroteo
Volás sin techo,
engrupís a medio mundo
despistando tu voladura en tu coraza de metal
Rendiste al empleador de turbante gris
y la poderosa guerra y la orgía del acorazado
Sos un tubo espiralado
tus balas zigzaguean
la estación del maestro llovió.
Hoy hay ruinas de cemento,
seguiremos esperando el container de titanium
Fernando Aquino

ELLA
Y ella deja un rastro de mosca en el aire
de huida por el bosque
de fantasmas mas entre los árboles
pero se detiene
observa, llora, es feliz
sus ojos no son los que miran
sus neuronas no descansan
Acepto su principio de infinito
quisiera que hubieran miles
sigue en el aire buscando ojos
buscando algo en qué mirarse
Sola es nada
tal vez está, tal vez no es ella
Marina Treus y Ana Marineo

N. de la R.: Dado que los poemas están transcriptos de su lectura oral, es posible que la métrica no coincida con la original, así como las mayúsculas o las puntuaciones. De ser así, pedimos disculpas. Además, como han sido leídos en forma colectiva, desconocemos el autor de uno de los poemas.

Traslados compulsivos en el Moyano
QUEREME ASÍ PIANTÁA, PIANTÁA, PIANTÁA...

189 internas del Hospital Neuropsiquiátrico Moyano, fueron derivadas a clínicas privadas. El Estado paga cuatro veces más de lo que su Nomenclador indica por las internaciones. Y las desoye cuando piden, desde una cordura indiscutible, recuperar su hogar...

"Ningún loco está loco, si uno se conforma con sus razones"
Jean-Jacques Salpêtrière, Congreso de Nantes, 1925

30 de enero de 2006, Ciudad de Buenos Aires.
Sres: Directores del Hospital Moyano
Dr. Berretoni. Dr Caferata

De mi mayor afecto y respeto.
Por medio de la presente nos dirigimos a Uds. para solicitar por su intermedio, ante quien corresponda, intervenir dado que todo el pabellón Santa Isabel, va a ser trasladado fuera del Hospital.
El cual las que estamos lúcidas nos negamos a irnos. Es toda una vida que vivimos en este Hospital y hoy no tienen en cuenta lo que sentimos y lo que pensamos, nos tratan como si fuéramos un mueble, y no es así.
Si la decisión fue dada por un Juez, que sea él en persona, que venga a hablar con las pacientes.
Abajo firmantes, siendo pacientes tenemos derechos y parece que nadie los tienen en cuenta, si nos quieren trasladar por arreglo del pabellón Santa Isabel que sea dentro del Hospital Moyano.
Sin más saludamos a ustedes con nuestro mayor respeto, esperando una pronta y satisfactoria respuesta.

P/Data: No nos pueden obligar a irnos. No sería humano, dado que este lugar es nuestro hogar y nuestra familia.

Firmas de pacientes que no estamos de acuerdo con irnos del Hospital Moyano:
Mirta Aguirre, María Aneiva Brinzoni, Mercedes Blanco de Raña, Carmen Ciccarone, Ana Di Lullo, Olga Najmías, Adriana Steiner, María Tolaba, Patricia Vádez, Nélida Gamarra, Nora González, Nélida Guillén, Alejandra Kmetspozniak, Marcela Luciarte.

Varios mitos se demuelen tras leer esta carta escrita por catorce internas del Hospital Neuropsiquiátrico Braulio Moyano en el porteño barrio de Barracas, sobre tierras costosísimas compartidas por otros hospitales públicos como el Borda, el Rawson, el Tobar García y el Muñiz.
El primer mito que hace agua es que, entre las 189 trasladadas del hospital público a 26 clínicas privadas, estas internas puedan estar fuera de sí y no tener criterio para decidir qué es lo mejor para ellas.
Sus razones son de una lógica incuestionable, si se tiene en cuenta que muchas de las internas del Moyano -como de tantos psiquiátricos de internación prolongada- perdieron hace demasiado tiempo el rastro de sus familias nucleares, en el caso de tenerlas, y vuelven al propio hospital su hogar y a sus compañeras de internado su familia.
Al ser trasladadas sin consentimiento, parte de su identidad se diluye; y más aún, si se sabe que fueron repartidas en distintas clínicas sin tener en cuenta su pertenencia de grupo. Así se las condena doblemente: a la privación de libertad y a la soledad de sentirse perdidas y extrañas.
Otro de los mitos que parecen desvanecerse en el aire es la razón de los traslados. Porque si bien las condiciones edilicias y habitacionales del Moyano (que tiene casi una decena de sus 28 pabellones cerrados por el mal estado edilicio) fueron largamente cuestionadas y denunciadas, muchas de las 26 clínicas a las cuales fueron trasladadas estas 189 internas no cuentan con mayores comodidades, ni mejores profesionales.
Y si a esta situación se le suma el costo de internación, quizás se encuentre la punta del ovillo. Una punta que está a la vista en el Boletín Oficial 2397 que cualquier curioso puede leer en la web del Gobierno de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires (www.gcba.gov.ar). Este Boletín contiene la Resolución Nº 284-SS (13/3/06) que detalla las cifras del nuevo Nomenclador de Prestaciones de Salud de la Ciudad. En el Anexo 19 (Salud Mental) consta que para las internaciones prolongadas (código 24.09) el Gobierno paga $25 por paciente por día.
Este dato no dice nada si el lector curioso no leyera el Boletín Oficial 2380 (14/02/06) en donde el Decreto 165/06 sobre "Convenio de colaboración entre la Secretaría de Salud y la Cámara Argentina de Clínicas y Establecimientos Psiquiátricos (C.A.C.E.P.)", establece $95 por día por paciente para las clínicas a las cuales se trasladaron las 189 internas.
Pasando en limpio: el Estado paga cerca de 3 mil pesos mensuales cuando debiera por Nomenclador pagar 750 pesos, en una clara transferencia de recursos públicos a los privados, amparados por el Convenio firmado entre ambas partes.
El ex ministro de Salud del gobierno porteño, Donato Spaccavento, declaró hace algunos meses: "Me gustaría que me recuerden porque pasé a la gente de los manicomios a la comunidad"... que no es lo mismo que pasar a la gente de los manicomios a las clínicas, aunque bien puede ese enroque de palabras habérsele olvidado a su cartera, así como los miles de pesos que quedan cada día en el camino hacia las arcas privadas.
Es cierto que la compleja realidad de hospitales como el Moyano (y del tratamiento de la Salud Mental en su totalidad) no es de fácil resolución. Pero es más cierto aún que una salida "razonable" está lejos de ser sustituirlos por clínicas más caras y de peores prestaciones.
Verona Demaestri

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