NÚMERO 40 - JUNIO 2006

Los Pibes de Tandil
UN DÍA EN EL PAÍS DE NUNCA JAMÁS

Ninguno de ellos se llama Peter Pan ni Wendy. En esta historia no hay cocodrilos que se tragan relojes ni niños que vuelan; el Capitán Garfio se ha transformado en un pulpo con tentáculos que oprimen y no dejan soñar. Aquí los chicos crecen demasiado rápido y sin hadas luminosas. La Pulseada estuvo en Tandil, dentro de un cuento donde chicos de la calle recuperan la infancia entre monos, patos y peces de colores.

Los bosques encantados
En la granja Los Pibes, cerca del cerro El Centinela de Tandil, existe un lugar muy parecido a los bosques de los que Peter Pan no quería regresar. Un sendero de tierra rodeado de pasto y rocas lleva a una casa de piedra con ventanas de madera oscura. Echado en la puerta de madera maciza, está el Gaucho. Su pelo negro brilla con el sol y en cuanto escucha pasos, gruñe y muestra sus colmillos. La puerta se abre y se asoma un chico rubio, de ojos esmeralda que sonríe e invita a pasar. Sentados a la mesa redonda están los demás: la más chica tiene 8 y sus piernas le cuelgan de la silla y se mueven de arriba abajo; a su lado está Dalma de 11 y luego Pochi de 12. En la otra punta, Walter, demuestra sus 15 años. Denise (13) y Paula (14), compañeras inseparables, hablan entre ellas y se ríen. Por la cocina aparece Yanina, una de las responsables del hogar, con la pava y el mate de calabaza. “En febrero –recuerda mientras apaga un cigarrillo- tuve una reunión con la delegada del Consejo del Menor. Me presenté y le dije que era Yanina y que vivía con los chicos. ‘No, vos no sos Yanina y vivís con los chicos -me contestó-; vos sos la coordinadora de un Hogar donde están internados menores’. Ahí me di cuenta de la brecha que había entre nosotros”.

De esa forma explica Yanina el espíritu de trabajo. Es la hija mayor de Walter Fernández, el impulsor del proyecto que forma parte del Movimiento Nacional Los Chicos del Pueblo, el que marcha desde Tucumán a Plaza de Mayo para reclamar lo que le pertenece a la infancia.

La charla y los mates se interrumpen para dar un paseo por la granja. El guía es Damián y la aventura comienza con el mini zoológico.
En la entrada, algunas de las chicas venden comida para los animales. Una docena de patos criollos pasean junto a su mamá. Cuenta Damián que entre ellos hay un ganso que fue adoptado por la pata. La recorrida sigue por la casa de las nutrias que conviven junto a otras aves. También está el zorro Juan y el mono Javier que fue donado por una familia porque no podía tenerlo en su casa. Javier se acerca y muestra sus dientes, da la mano y con la otra se rasca la cabeza. Los jabalíes se bañan en el agua con barro, mientras gallaretas y gallinas pasean con la cabeza en alto sin mirar a nadie. La recorrida termina con los ciervos. “El marroncito se quedó solo porque unos cazadores mataron a su mamá”, cuenta Damián mientras le acaricia la cabeza.

Después, el guía muestra cada recoveco: el manantial donde el cura, antiguo dueño del lugar, bautizaba; la fuente en la que nadan peces blancos y naranjas; la bodega de piedra en la que hoy se venden los dulces que se fabrican en la granja y por último, un tronco con un cartel que dice “¿sabés quién es el responsable de cuidar la naturaleza?” y que luego te muestra un espejo. De regreso a la casa, unas piedras llevan escritos cuatro nombres. “Son los compañeros de Walter”, explica Damián. Walter fue un preso político durante la última dictadura militar; algunos de sus amigos desaparecieron.

“Venimos de la generación del ‘70, en algún lugar de éstos teníamos que terminar”, cuenta más tarde Walter Fernández frunciendo el ceño y fijando sus ojos marrones en la mesa... Y recuerda: “Estábamos en un sindicato en el 83, cuando vino la democracia. Después apareció esto de los pibes que acá en Tandil era todo una novedad: había ocho viviendo en la terminal. Se armó una asociación que consiguió una casita en el centro y esos ocho fueron los primeros en vivir acá. Empezamos a descubrir juntos por qué en este país había gente que vivía en la calle. Y nos dimos cuenta de que lo que era nuestra utopía, nuestro sueño en los 70; un reparto más equitativo de la riqueza, seguía sin cumplirse. Era una segunda oportunidad que nos estaba dando la historia de seguir peleando por esas causas que habían quedado sin resolver”.

En el barco pirata
Después de cenar un pollo a la parrilla, Walter y Damián cuentan cómo llegaron a la granja. “Dormíamos en el galpón de la escuela 10 de Las Tunitas”, relata Walter mirando para abajo y acomodándose la boina negra que lleva puesta. “Yo estuve mucho tiempo en la calle aspirando pegamento y estuve internado porque tenía problemas en los riñones”, se anima Damián. Se conocen desde siempre, se hicieron amigos en el barrio. Pasaban las tardes jugando a la pelota en el patio de la escuela y las noches, acurrucados en una piecita de 2 por 2. “La directora siempre nos gritaba cosas: que nos fuéramos, que éramos unos drogadictos y unos vagos”, recuerda Walter, que de a poco levanta la mirada y en seguida la vuelve a bajar. “Un día, cuando estábamos tratando de dormir, escuchamos unos ruidos, eran unos pibes que querían entrar a la escuela. Los acompañamos”, la voz de Damián se hace cada vez menos audible y con la cabeza para abajo cuenta que incendiaron la escuela porque “estábamos enojados con la directora”. Las paredes quedaron negras y el techo lleno de tizne. “Nos agarró la policía, nos metió en un patrullero, nos cagó a palos, a mí me pateó las costillas y la cabeza y nos llevaron primero a una comisaría y después al Juzgado. Si no hubiera sido por Walter, estaríamos en un instituto”, resume Damián mordiéndose las uñas.

Las Tunitas es uno de los barrios más pobres de Tandil. Está categorizado por la Secretaría de Seguridad de la Municipalidad como la cabeza del mapa del delito. Al otro día del incendio, los vecinos exigieron castigo para los responsables. Pidieron que se bajara la edad de imputabilidad, los medios locales los llamaron “vándalos” y “criminales”, mientras Su Señoría decidía el futuro de los chicos. Estaban a punto de ser llevados al instituto “El Buen Pastor” cuando Walter Fernández pidió sus tenencias a la jueza de menores que hace más de 20 años que está en el cargo. “Los organismos oficiales hablan de reinsertar a los menores en la sociedad. ¿Reinsertarse de qué, a dónde, digo yo? El pibe no se fue, lo echaron, lo dejaron afuera, entonces lo que tiene que cambiar es la sociedad. ¿El pibe qué tiene que cambiar? ¿Nació malo? Nació como cualquiera y sin embargo, por haber nacido -si hablamos de Tandil, en Las Tunitas; si hablamos de Buenos Aires, en Fuerte Apache- ya está condenado. Antes de nacer le hicieron una cruz, lo mandaron a un instituto o le dieron una bala, pero nadie le trazó un futuro digno, una infancia feliz. Desde la panza de la madre, sólo porque vive ahí, ese pibe seguro que va a ser delincuente”, se encoleriza Walter sin parar de fumar.
Hace un año que los dos chicos viven en la granja, cuidando animales y soñando con estudiar en una escuela rural.

Construyendo el país de nunca jamás
Por la ventana de una de las habitaciones del piso superior de la casa se ve el pasto casi blanco. De las otras habitaciones se escuchan risas. Pasos rápidos saltan los escalones y una pava rechina desde la cocina a leña. Un olor a tostadas y miel sube por la escalera. En la mesa del comedor se sientan Yanina y las nenas. Walter y Damián se despiden y buscan a sus caballos para ir a juntar pasto para el resto de los animales. La más chiquita tiene los ojos pegados y el pelo largo castaño oscuro un poco enredado. Paula y Denise piden permiso y se van a la bodega a etiquetar frascos de dulce. Yanina acomoda el mate y prende la salamandra. Afuera el sol secó la escarcha y se ubicó en el medio de un cielo azul sin nubes. Dalma y Pochi se comen la última tostada, se ponen camperas inflables, bufandas y salen a limpiar las jaulas.
-¿ Qué es lo que más les gusta de vivir acá?
-La granja, contestan todas a coro.

Desde uno de los corrales se escapa Sirilo, un chivo negro azabache con cuernos recién nacidos. Javier duerme y el zorro Juan está escondido. A lo lejos Walter y Damián galopan trayendo bolsas de arpillera con pasto recién cortado. Del horno de barro que está cerca de la casa, viene olor a pan casero y el frío se va yendo con el humo del asado.

Lo que hoy es la “Granja Los Pibes” perteneció a un cura que hizo construir la casa de piedra, el altar y la pequeña fuente donde nadan los peces de colores. Cuando murió, todo fue comprado por el Club Santamarina que poco después entró en quiebra y pasó a manos de la Municipalidad. Hace unos 5 años que Walter tiene el comodato del lugar. “Cuando llegamos, hacía 10 años que todo estaba abandonado; muchos lugares estaban tapados por los pastizales; la casa estaba casi destruida; todo tapado por el barro y las piedras”, recuerda Yanina sentada al lado de Mabel, su mamá y compañera inseparable de Walter en este proyecto. “Con paciencia y muy pocas herramientas –continúa- nos pusimos a trabajar y recuperamos todo; no había ni pala mecánica... Todo a mano, pico, pala, rastrillo, hasta que recuperamos el arroyo y la casa”.

Por el camino de tierra que lleva hasta la casa, bajan Enrique, Romina y Naia. Cuando llegan a la puerta, Naia pide que la alcen y se acurruca en el pecho de su padre. “Es la primera nieta de la obra”, dice con orgullo Walter. Enrique y Romina vivían en la calle y se conocieron en la Casa del Niño. “Me acuerdo que yo dormía en la terminal y había una virgencita a la que la gente siempre le dejaba monedas, entonces yo iba y sacaba algunas; le decía: virgencita no digas nada que ya te las voy a devolver”, cuenta Enrique acariciando la cabeza de Naia que está sentada en su falda. “Yo estuve en un instituto hasta que Walter pidió mi tenencia”, se suma Romina. Dicen que lo más importante de sus vidas es su hija, que quieren darle todas las oportunidades que ellos no tuvieron. Naia se baja y se va a la granja con el perro Gaucho que es casi de su misma altura. Enrique sale a saludar a Luis, con quien también compartió su infancia en la Casa del Niño. Miran el edificio que Luis está construyendo para hacer un camping y hablan de “cómo les va la vida”.
“Nuestros pibes son los mejores trabajadores que tiene el país; saben cuáles son sus derechos. Te puedo asegurar que Luis me mató cuando nos pasó el presupuesto: nos cobró más caro que la mejor empresa constructora; pero es lo que les enseñamos nosotros. Enrique es mecánico dental y andá a hacerte una prótesis con él... No se la va a hacer cualquiera. Si va un pibe del barrio, no tengas dudas de que se la hace. Al sistema les estamos entregando los mejores trabajadores, los mejores delegados de fábrica, los mejores vecinos”, afirma Walter Fernández mientras mira cómo el camping va tomando forma.

El sol empieza a caer y en el zoológico los chicos guardan a los animales en sus cuchas; Damián entra troncos para entibiar la noche y en el comedor cada uno se prepara para ver alguna película por televisión. El Gaucho se acomoda en la puerta. Walter y Mabel saludan hasta el otro día y Yanina se va a dar un baño caliente. Paula y Denise escuchan una FM mientras eligen qué ponerse para ir al centro a dar una vuelta. Las más chicas abren sus cuadernos, miran si les queda algún deber por hacer, acomodan las mochilas y se sientan a ver tele. Dos hermanos de unos 10 años abren sus camas y se disponen a dormir, cuando una lucecita entra a la habitación y los invita a salir volando por la ventana.
Producción, textos y fotos: Inés Hayes

ACTUAR
Paula tiene una sábana blanca que le llega hasta el piso. Se ve en una foto publicada por un diario local. Pertenece a una obra de teatro. Paula representa a la estatua viviente que cuenta la historia de una familia de ratones que discrimina a una de sus crías por ser de otro color. “El año pasado se acercó un grupo de profesores de la Universidad del Centro con un proyecto para que los chicos hicieran teatro. - Explica Yanina mientras le ata los cordones a una de las nenas.- A nosotros nos pareció interesante, un taller más, qué se yo. Ninguno había actuado nunca, ese era el problema. Estuvieron ensayando todo el año y llegó el momento del estreno. Para mí fue conmovedor verlos a ellos con toda la carga de cosas, con la historia que arrastran, ahí arriba demostrando que si tenían una posibilidad realmente podían, que no estaban cortados de movida. Fue enriquecedor para ellos, porque también percibieron eso y se sintieron aplaudidos, reconocidos, y todo el mundo les decía qué bien, qué bárbaro...”

CAPITAL GARFIO
Dentro de 10 años, el 70 por ciento de la población de este país va a tener problemas de alimentación, desarrollo y crecimiento sin haber elegido ser Peter Pan. Cada vez aparecen más garfios que piden represión y cárcel para niños cada vez más niños. Siete de cada diez chicos están bajo la línea de pobreza y por día se mueren cien niños que lo único que hicieron fue nacer en un hogar pobre. La infancia no es infancia sino minoridad y los chicos son expedientes guardados en el cajón de una biblioteca que se viene abajo. Los institutos de menores con nombres como El Buen Pastor son industrias de corrupción y maltrato. El 70 por ciento de los pibes que egresan reinciden en el delito y el Estado gasta más de 4 mil pesos mensuales por chico. Burócratas estatales se pasan sus días sentados detrás de un escritorio llenando ministerios y pensando “políticas de minoridad” mientras miles de niños comen de la basura y duermen en vagones de tren.

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