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NÚMERO
40 - JUNIO 2006
La Cantora y Fabián Sampietro, contra el silencio del encierro
EN BUSCA DE LIBERTAD
“...el odio cobró otra forma; del rencor brotó una idea y esta idea se vuelve indestructible a medida que avanzamos”, dicen quienes buscaron mostrar que la comunicación era posible aún en la “cloaca” de la sociedad. Desde La Cantora, la radio en lenguaje tumbero, pensaron que la privación de la libertad ambulatoria no tiene por qué silenciar las ideas. Fabián Sampietro es uno de los que pudo quitarse esa mordaza. Su vida, que había descarrilado tras la experiencia de la guerra de Malvinas, recuperó sentido al poner su voz en La Cantora. Así se convirtió en un defensor de los derechos humanos y llegó a denunciar a jerarcas penitenciarios por corrupción. Su tarea se multiplicó cuando salió en libertad. Pero la vida que supo elegir le duró poco: los sectores más retrógrados del Estado no aceptaron que tenga esa oportunidad.
Por Daniel Badenes
Hay muchas formas de definirlo y él lo sabe:
Ex combatiente de Malvinas, silenció esa experiencia durante 24 años.
Tiene 41 y casi la mitad los vivió detrás de las rejas.
Estudió abogacía. Es inteligente, reflexivo.
Mató a un policía que regenteaba un prostíbulo en el Sur bonaerense.
Fue un pibe estudioso y afable de una familia de clase media trabajadora, hasta que eligió ir a la Escuela Militar y se encontró con la guerra, el engaño, el desfalco.
Adora y extraña a Valentino, su hijo de 5 años.
Es un tenaz militante por los derechos humanos; enemigo de la corrupción penitenciaria.
Fabián Sampietro vivió muchas vidas y se le nota. De todas tiene marcas: en la piel, en el corazón, en la mente. Cuando habla, acaso sin advertirlo, repite la palabra oportunidad. Y de eso se trata su historia: de la posibilidad de elegir. Pues después de conocer tantas vidas, había optado por una basada en la libertad. No lo dejaron.
Desde octubre del año pasado, Fabián Sampietro es un rehén de fuerzas del Estado descontroladas, que ya nada tienen que ver con la seguridad pública. Esa es hoy la definición que mejor le cuaja.
La radio insurgente
En la madrugada del último Día de la Madre, el 16 de octubre de 2005, más de 30 personas murieron en la Unidad Penal 28 de Magdalena, en una masacre de la que, por acción u omisión, el Servicio Penitenciario Bonaerense (SPB) fue responsable. Fabián Sampietro y Azucena Racosta, se consternaron por esa noticia... Las condiciones de vida y de muerte en las cárceles los desvela desde hace mucho tiempo.
Ambos son integrantes del colectivo de comunicación popular La Cantora, cuya tarea se resume en la defensa de la dignidad de personas que están o estuvieron privadas de la libertad. Se conocieron hace más de trece años, uno a cada lado de los barrotes.
Hacía poco del retorno de Azucena a Bahía Blanca, de donde había huido en los ´70. En el ínterin estuvo por Centroamérica. Ahí pudo ver el trabajo de las “radios libres” que más tarde fueron los canales de comunicación de la revolución sandinista, en Nicaragua. De vuelta en su ciudad natal y con esa experiencia a cuestas, Azucena quiso impulsar eso que llamaban “comunicación popular”. “Algo que me sonaba adentro mío era que la dictadura no sólo había sembrado el horror y el terror a través de torturas, asesinatos y desapariciones, sino que también había destruido las redes de comunicación”, recuerda hoy: “nuestro objetivo era recuperar la palabra de los sectores populares”. Tras él se embarcaron, en principio, ella y una compañera con quien decidió que el proyecto apuntaría a las cárceles: “decidimos probar que aquello era posible en el lugar más oculto, más oscuro, en lo que llamamos ´la cloaca social´. Si nosotras demostrábamos que se podía recuperar la comunicación en las cárceles, podía ser posible en cualquier sector”.
En ese tiempo daban sus primeros pasos las emisoras de baja potencia que se denominaban alternativas o comunitarias. “Mirábamos esos proyectos con detenimiento, pero sentíamos que no era lo que buscábamos. Esas radios venían de la mano de sectores de la izquierda o de la Iglesia Católica, y en general eran grupos militantes que instalaban una radio y bajaban un mensaje”, cuestiona Azucena, que hacia 1992 tejía contactos con personas privadas de la libertad, evitando la anuencia de los carceleros. “Si vos no tenés claro a quién vas a ver, lo más probable es que te pongan frente al micrófono a quienes en la jerga tumbera se llama buchones”, ejemplifica para advertir que la estrategia debió ser mucho más compleja que lograr hablar con algunos detenidos.
Azucena sentía un nexo personal con la reclusión: la había sentido por su padre anarquista, luego por su hermano y su pareja: “la cárcel había destruido parte de mis afectos y de mis amores, además de cientos de compañeros”. Y en ese mismo penal de Villa Floresta que conoció de chica –en un descampado a tres kilómetros de Bahía– surgió el proyecto al que nombraron de la misma forma que los presos llamaban al aparato de radio: La Cantora.
Muchas veces se hizo pasar como familiar para poder ver a los reclusos, pero la posibilidad de un diálogo franco con ellos surgió a fines de 1993. Fue cuando estalló en Floresta un motín, que duró una semana y sostuvo una demanda satisfecha tiempo más tarde: la sanción de la ley del “dos por uno”, que computa doble cada año que se pasa privado de la libertad sin una condena firme. Azucena trabajaba como corresponsal del porteño Canal 13: “En los penales ya había algunos televisores y ellos chequeaban la cobertura que estaba haciendo. Así se redondeó la confianza”, recuerda. Poco después, unos 60 presos participaban del proyecto intra-muros. Fabián Sampietro era uno de ellos.
Ese grupo presionó y logró que se armaran talleres para hacer teatro, escritura, radio. Duraron pocos meses. Pronto cambió el director del penal y fueron cancelados por “razones de seguridad”. “Evidentemente por la seguridad de ellos, no la nuestra, porque a nosotros nos cuidaban los internos”, objeta Azucena. Desde entonces, los integrantes de La Cantora debieron recurrir a su inventiva para contactarse. El material seguía un tránsito clandestino y burlaba las requisas de los penitenciarios hasta salir en “La Lengua del Dolido”, un programa que se emitía por FM La Calle y que fue ganando aire en otras radios del país y América Latina.
Pero al nuevo director del penal no le alcanzó con liquidar ese espacio de encuentro: también ordenó el traslado de sus protagonistas a otras unidades. “Les dieron una paliza para que aprendan que en la cárcel no sólo hay que dejar de ser persona, sino también dejar de pensar, de tener un nombre y, por supuesto, de ejercer la palabra”.
Quienes hacían posible La Cantora desde afuera, junto a los familiares, recorrieron toda la Provincia buscando a esos trasladados. Pronto comenzaron a llegar “mensajes por esquelas, o por teléfono, de voces que no conocíamos: eran otros detenidos que se estaban solidarizando y que nos decían que estos compañeros estaban heridos, o se estaban recuperando, pero que espiritualmente se sentían fuertes y nos mandaban a decir que siguiéramos adelante”, rememora Azucena: “ahí nos dimos cuenta de que los compañeros habían hecho del proyecto algo propio. Y a medida que iban saliendo del aislamiento, se fueron convirtiendo en multiplicadores y armaban grupos en distintos penales”.
Esa imprevisión signa toda la historia. “Esta red comunicacional se amplió así: fue diseñada día a día por todo el colectivo de trabajo”, caracteriza su iniciadora. Así aparecieron otras tareas, además de la radial, como mediar en más de veinte motines, seguir las causas de compañeros o asistirlos en instancias judiciales: precisamente lo que Fabián y Azucena iban a hacer el 17 de octubre con Miguel Ángel Pontecorvo, otro allegado a La Cantora.
Cosa prejuzgada
Cuando finalizaba ese día de la madre, afligidos por la masacre ocurrida en la Unidad 28 de Magdalena, ambos partieron hacia Trenque Lauquen, donde Pontecorvo debía participar de una rueda de reconocimiento.
“Miguel Ángel es mi amigo. Yo lo estuve asistiendo desde el momento mismo de su detención. Cuando tuvo la oportunidad de hacer un llamado se comunicó conmigo”, remarca Fabián: “Estuve con él en la comisaría de Pehuajó, y tuve la oportunidad de llevármelo, porque entré de forma trucha: no figuro, no fui asentado en ningún lado”.
Su acotación sobre la oportunidad de fuga no es fortuita: viene a resaltar lo inverosímil de la versión de las “fuerzas de seguridad” que operaron en Trenque Lauquen en aquella última visita, el 17 de octubre. En la mañana de ese día, la Policía local recibió un fax del área de inteligencia del SPB: un informe que advertía la llegada a la localidad de Nelson Fabián Sampietro, aludía a su “peligrosidad” y conjeturaba que intentaría liberar a Pontecorvo, en ocasión de su traslado.
Los militantes de La Cantora llegaron a las seis de la mañana, tomaron un café en la Terminal y pararon en un hotel para descansar unas horas. Allí dejaron el auto. Más tarde fueron caminando a la Fiscalía, donde había un gran despliegue policial. El celular de Fabián vibraba con los mensajes de texto que enviaba la mujer de Pontecorvo, interesada en saber si lo habían visto. La Defensoría local y la Secretaría de Derechos Humanos bonaerense también estaban al tanto de esa visita. Demasiada publicidad para un rescate.
Adentro de la Fiscalía, Fabián preguntó por su amigo. Le pidieron que espere. Un policía intercambió señas con la recepcionista de mesa de entradas. Algo turbio había en el ambiente y no era humo. Está prohibido fumar, advertían los carteles.
Azucena es fumadora compulsiva y por eso decidieron salir. “Ahora, cada vez que enciendo un cigarrillo, me acuerdo de ese día”, dice ella. No es para menos: ni bien atravesaron la puerta los empujaron violentamente contra la pared y los aprehendieron. Pese al lugar donde estaban, no se hizo presente ningún fiscal. Sólo policías y una camioneta del Servicio Penitenciario que arribaba en ese momento.
Nadie les pidió identificarse antes de requisarlos. Les quitaron sus bolsos de mano y en el aquelarre apareció una pistola 9 milímetros. La Policía se llevó esposados a ambos.
Ese día, aquel pueblo ganadero y conservador donde una heladería prohíbe el ingreso de “aquellas personas que sean merodeadas por perros”, recibió su noticia policial más resonante del año.
“Estaba regalado, jugado y sin fichas”, evoca Fabián, que debió regresar a la oscuridad del encierro que creía haber dejado para siempre.
Un líder nato
Ya había pasado 18 años en prisión. Las marcas de esa experiencia se le notan en todo el cuerpo. La más grave la carga desde su paso por Rawson, donde perdió la vista de un ojo tras un episodio de represión. “He sido líder dentro de las cárceles desde el primer día que entré hasta el último día que egresé”, postula Fabián y es una de sus tantas definiciones: “Pero es un lugar al que ya no deseo pertenecer, porque las condenas las pagué, porque no cometí ningún delito: la tenencia ilegal de ese arma es una causa inventada”.
Dentro de los penales, es bien conocido: pasó por casi todos y fue “un luchador empedernido contra la corrupción y la represión del Servicio Penitenciario”, tal como lo caracteriza la coordinadora del proyecto radial. Como contracara, cuando la definición está en manos de los penitenciarios, lo llaman por su apellido y señalan su “mala conducta”: así suele catalogarse a quienes no se callan y denuncian. “La buena conducta le cabe a los buchones”, explican quienes conocen el infierno por dentro.
Fabián había podido salir a fines de junio del año pasado, gracias a un interesante fallo justificado en el “exceso de plazo razonable” para privar de libertad a alguien sin una condena firme. “Asesiné al policía que asesiné, fui condenado y bien que lo pagué. Es más: me condenaron a 25 años de reclusión y llevo 27”, admite (ver recuadro).
“Tenía claro dónde quería estar y qué quería ser. Se notaba que quería hacer las cosas bien, legalmente. De junio a octubre cumplió regularmente la disposición judicial de presentarse una vez por semana. Y estaba muy abierto a la intervención: había un intercambio de mucha profundidad”, recuerda Fernanda Kilduff, la asistente social del Patronato de Liberados que trató con Fabián a partir de su liberación. Pocos ex detenidos, dice, progresan tanto como él había podido en menos de cuatro meses: “Empezaba a disfrutar la vida cotidiana y la libertad. En eso La Cantora era fundamental, porque habilitaba espacios de comunicación”.
Junto a sus compañeros de esa militancia y una psicóloga de la Secretaría de Derechos Humanos, Kilduff lo acompañó en el reencuentro con su hijo, en Trelew. Fabián evoca cuando tuvo “la oportunidad de caminar con él en la playa”, poco después de salir de prisión, a mediados del año pasado. “Yo me quedé asombrado. En un momento se agachó al lado del agua y me dijo: ´papá, ¿me dejás solo?´. ´¿Por qué, hijo, si yo vine a disfrutar con vos?´. ´Quiero pensar´, me contestó. Y se puso a jugar con un delfín, porque cuando las personas mayores se alejan, los delfines se acercan. Al ratito me acerqué y le prometí que no iba a delinquir, que no iba a tener un arma en la mano”.
En la efímera etapa que duró hasta aquella mañana de octubre, Fabián sostuvo ese lazo paternal y hasta estabilizó su cuota alimentaria. Había conseguido trabajo en un estudio de abogados de Capital Federal, gracias a la formación en Derecho que inició durante su cautiverio. Y proyectaba emprendimientos productivos que sirvieran a otros que, como él, una vez fuera de la cárcel deberán lograr que la libertad sea real. Con la idea de una imprenta, buscó presupuestos y mantuvo reuniones en el Patronato y la Secretaría. Además, siguió su trabajo con La Cantora, ahora como un bastión extramuros.
“Fabián tenía y tiene un proyecto constructivo de libertad”, sintetizó Kilduff el mes pasado, cuando declaró en el juicio oral realizado en Trenque Lauquen.
“La tarea del Servicio Penitenciario es la despersonalización del individuo y todo eso es muy fuerte cuando vos recuperás la libertad”, diagnostica Diego Candia, un ex convicto que hoy coordina el proyecto de La Cantora en Viedma: “Con Fabián hicimos un muy buen trabajo colectivo. Bueno, el resultado no fue el que queríamos... En la primera de cambio le plantaron un arma al compañero...”.
Desarmar el caso
Ni bien Trenque Lauquen tuvo su noticia del año, los militantes de La Cantora y sus allegados comenzaron a denunciar lo que consideran una embestida contra su trabajo colectivo. Mientras los policías y la fiscal María Cristina Cicacci procedían –más de una vez fuera de la ley– para sostener que al momento de su aprehensión Sampietro estaba armado, los abogados defensores buscaban probar lo contrario: que la causa estaba armada.
Para ellos, el camino estuvo atestado de obstáculos. Fue difícil establecer el contacto con los detenidos, que recibieron un trato ajeno a todas las garantías constitucionales, tal como detalla una presentación contra la fiscal realizada ante la Procuradora María del Carmen Falbo. Azucena estuvo recluida en un espacio destinado a varones, “entre las excretas de un retrete sin inodoro ni agua; entre basura en estado de putrefacción. No le habilitaron la llamada telefónica que por derecho corresponde, hasta después de 12 horas de estar aprehendida. No le dieron de beber ni comer durante las 48 horas de aprehensión, y menos aún las comodidades mínimas para dormir”. La denuncia prosigue: “Racosta fue amenazada por personal policial quienes entre otras agresiones le dijeron: ´ni Kirchner te va a salvar´, luego de que la coordinadora del proyecto La Cantora les manifestara que era militante de los derechos humanos”.
La fiscal Cicacci le tomó indagatoria 36 horas después de su detención. El miércoles 19, el juez de Garantías Guillermo Martín ordenó su liberación: no había delito para inculparla. La acusación inicial pretendía involucrar a dos personas en la tenencia de una misma arma. Aún así, la fiscal se negó en varias ocasiones a devolverle sus documentos personales.
Los cargos recayeron sobre Sampietro, que la pasó aún peor. Cicacci lo interrogó durante cinco horas estando esposado atrás y con sus tobillos precintados a una silla. También obstaculizó la comunicación con los abogados. Cansado del encierro interminable, el 22 de diciembre Fabián decidió iniciar una huelga de hambre que duró 60 días, en la que bajó alrededor de 25 kilos y llegó a extremar la protesta con una “huelga seca”, es decir, sin siquiera ingerir líquidos. Gravemente enfermo, estuvo abandonado en una celda común hasta que intervino la Secretaría de Derechos Humanos y pidió que lo llevaran a una unidad sanitaria. Sin embargo, lo trasladaron a la 34 de Melchor Romero, que aloja a inimputables. El titular del SPB debió ordenar personalmente su atención médica.
La huelga, que devastó su salud, consiguió apresurar el proceso. Hace un mes, cuando se dio inicio al juicio oral y público, Fabián tenía la esperanza de que la pesadilla iba a terminar pronto.
El juicio
Fue quizá la primera madrugada helada del año. De haber podido postergar el viaje, más de uno lo hubiese hecho por la escasa visibilidad. Las rutas eran pura niebla. Pero el calendario marcaba 10 de mayo: tenían que estar ahí.
Afuera de los Tribunales, en una de las tantas avenidas de la prolija, demasiado prolija ciudad de Trenque Lauquen, los compañeros de Fabián instalaron una radio abierta y una exposición de cuadros y fotografías de actividades. “Queremos mostrar quiénes somos, y que Fabián es parte de esto”, explicaban.
Adentro, representantes de Madres de Plaza de Mayo, el Centro de Estudios Legales y Sociales (CELS), la Asamblea Permanente por los Derechos Humanos (APDH), la Asociación Miguel Bru y el Comité contra la Tortura de la Comisión Provincial por la Memoria atendían al juicio público, al que asistieron como veedores. También los acompañaban un puñado de militantes locales, de la Comisión por los Derechos Humanos de Trenque Lauquen y de la Fundación Almafuerte.
“Más allá de los intereses individuales de Fabián Sampietro, en el juicio estuvieron en juego concepciones de Estado. Concretamente, si avalábamos un Estado policial o un Estado de derecho”, piensa el abogado Oscar Rodríguez, uno de los defensores del militante apresado. Esa disputa, política al fin, era evidente. Aunque giraba en torno a la veracidad de la “portación de arma de guerra” imputada a Sampietro, en su transcurso el juicio devino en una exposición de vicios de las “fuerzas de seguridad” bonaerenses.
Contra lo que es costumbre, la acusación la hizo la misma fiscal que estuvo a cargo de la instrucción de la causa, aún cuando la doctora Cicacci está denunciada por violaciones a los derechos de Fabián Sampietro y Azucena Racosta. Por eso, cada vez que tuvo ocasión, la estrategia se dirigió más a su autodefensa que a probar la supuesta culpabilidad del acusado: a un policía quiso hacerle declarar que fue él quien recomendó interrogar al acusado sin sacarle las esposas.
Hasta los jueces parecían ratificar que la actuación de la fiscal dejaba mucho que desear. Al final de la primera jornada mostraban su hartazgo por sus preguntas desordenadas, reiterativas y muchas hasta sin sentido; tal es así que la frenaron “en seco” varias veces.
–¿Recuerda que más había en el bolso? –insistió con una testigo de la requisa.
–Doctora, el delito es tenencia de arma de guerra: no tenencia de dólares, no tenencia de auto –cuestionó, atinado, uno de los jueces.
El punto culminante sería su alegato, una exposición pobre de argumentos y plagada de titubeos. Al tiempo que sostenía que la imputación había quedado debidamente probada, la fiscal erró varias veces el nombre del propio acusado, al que llamaba Pontecorvo.
Entre dudas y anomalías
El Tribunal recibió más de veinte testimonios en dos largas jornadas. Los policías que intervinieron el 17 de octubre fueron los primeros en prestar declaración y no se preocuparon demasiado por disimular irregularidades. El titular de la Comisaría admitió que jamás pidió credenciales a los penitenciarios que se presentaron ese día. Otros, que no solicitaron a los aprehendidos que se identificaran ni le tomaron un juramento de verdad a los testigos.
Dudaban a la hora de precisar en qué momento llegaron éstos; y no todos describían de igual forma el inicio de la requisa. Pero sí, tanto los agentes como los testigos de actuación, coincidían en lo sustantivo: había un arma. Aún aquellos que no recordaban casi nada, la describieron con lujo de detalles: el arma venía envuelta en un “cuellito” –tal fue una expresión, muy repetida– de color verde y tela polard. Un policía que pasó su interrogatorio diciendo lo poco que vio a Sampietro, porque estaba abocado a “el femenino que lo acompañaba”, no recordaba el bolso de esa mujer pero sí el del acusado.
En la segunda jornada, uno de los dos testigos rememoró que aquel día estaba muy asustado y dijo que lo convocaron con el operativo ya iniciado, para que observara la apertura de un maletín. Más tarde, el fotógrafo del diario local, Javier Ticeira, entregó al Tribunal imágenes de aquel día, que ubican a los testigos alejados del bolso de la controversia, a diferencia de lo que habían declarado.
Una tercera testigo había presenciado una requisa a Fabián Sampietro en la Comisaría, ya detenido. Su nombre es Mabel Hernández y admitió ser empleada de la obra social policial. No quedó clara la razón por la que el cacheo se realizó por segunda vez, y menos aún cómo fue posible que encontraran en su bolsillo una navaja, si la aprehensión violenta realizada antes se había justificado en la necesidad de revisarlo sin dilaciones, porque lo consideran de “alta peligrosidad”. Este testimonio confirmó además aquello de lo que el jefe del operativo, Samuel Pierolivo, se había jactado el día anterior: que la policía leyó dos mensajes y atendió una llamada en el celular del militante de La Cantora. Los miembros del Tribunal acertaron al interrumpir la indagatoria de la fiscal, que pretendía conocer en detalle esas comunicaciones privadas –cuya intromisión fue ilegal, pues no había mediado una orden judicial–.
La defensa también buscó evidenciar anomalías del Acta del Procedimiento Policial realizada el 17 de octubre. En ella falta la firma de un policía, y figura la de otro, a quien el texto no menciona. Uno de los diálogos, tan cómicos como sugestivos que ofreció el juicio, sucedió en torno a ese tema:
–¿Recuerda cuándo firmó el acta? –preguntó un magistrado a un oficial, para precisar horarios.
–Fue después de la detención.
–Si, claro. Hubiera sido grave si decía que la firmó antes.
La anormalidad más flagrante, no obstante, era el origen mismo del operativo: el informe enviado por agentes penitenciarios. Contra su existencia, el interventor del SPB, Fernando Díaz, asentó por escrito que no hubo informe de inteligencia. O mejor dicho, que si lo hubo no fue oficial, pues nunca medió su autorización. La conclusión, en ese punto, resulta escalofriante: en el Servicio existen grupos que hacen inteligencia por fuera de los muros, por fuera del control y el conocimiento de su jefe y, por lo tanto, por fuera de la ley.
Testigos de la libertad
Los convocados por la defensa no fueron testigos del episodio en sí, aunque daban cuenta de las razones del viaje de Fabián Sampietro y lo improbable de la tenencia del arma. Todos hablaban de alguien muy distinto del sujeto peligroso que fue y es para los policías y penitenciarios que operaron ese 17 de octubre.
Además de la asistente social y la psicóloga que trabajaban con él, otro integrante de La Cantora y docente universitario, Fabián Viegas, habló de su vínculo con el acusado en sus casi cuatro meses de libertad. Recordó entrenamientos deportivos que compartió con Sampietro y habló de la participación que éste había tenido en ámbitos académicos. Enfrentado a la pregunta hipotética de si el acusado pudo haber llevado un arma, estimó que era imposible: existía “un imperativo categórico, institucional”, primaba la necesidad de proteger a Azucena Racosta y, además, Sampietro es un líder que no se expondría de esa forma, explicó.
El momento más apasionante del juicio fue la declaración del propio acusado, que comenzó rebatiendo las versiones policiales y terminó asombrando a los magistrados con una exposición cruda de la realidad penitenciaria. “Me vine para acá y quedé con una preocupación muy grande”, dijo Fabián antes de retratar la indefensión total en la que vio a dos reclusos, entre ellos un sordomudo con tuberculosis, en la unidad para enfermos psiquiátricos en la que el SPB lo alojó las últimas semanas, sin notificar a la Justicia. Y por unos instantes su indagatoria se desvió del objeto de la causa: los jueces querían más detalles de la situación para actuar de oficio.
A Fabián se le hizo un nudo en la voz cuando pedía atención para que aquellos tuvieran al menos un final digno:
–Tantas muertes en mi vida...
Pero otros aspectos chocantes del relato sobre ese infierno que habita hace 19 años le jugaron en contra. Intentó caracterizar la perversión ocurrida en los últimos años, con el “traspaso de códigos” por el que los jerarcas penitenciarios “se ponen tan tumberos”: “la situación del narcotráfico, de jefes del Servicio manejando mucha droga, los convierte en semidioses. Eso nos perjudicó a todos, tanto a la gente del Servicio Penitenciario que cumple su rol perfectamente, como a los internos”. Para ejemplificar esa anomia, Fabián recordó una ocasión en que agredió al jefe de un Penal, que jamás le inició una causa, a sabiendas de que tenía razón.
“Si uno ve la indagatoria, él se boicoteó a sí mismo”, admite Rodríguez recordando ese momento: “Alardeó de cosas. Como diría un chico de la calle, se bardeó a sí mismo. Pero ¿qué podés esperar de un tipo que estuvo preso tantos años? ¿Amor hacia el Servicio Penitenciario? Construir una sentencia en torno a los errores de él resulta reaccionario”.
Más allá de ese alarde, durante toda la declaración de casi 50 minutos el acusado se mostró correcto, habló de su emoción por la presencia de “dos mamás” entre el público (en alusión a Rosa Brú y Edna Copparonni de Ricetti) y hasta reflexionó en torno a una idea del jurista Eugenio Zaffaroni. Acaso necesitaba exponer este contrapunto: conocedor de todas esas vidas, capaz de sobrevivir en el mundo tumbero, había optado por otra cosa, por cimentar su libertad.
Otra vez la noche
El martes 16 de mayo, Fabián vio anochecer en Trenque Lauquen, mientras leían un extenso fallo plagado de jurisprudencia norteamericana, cuya condena hizo trizas ese proyecto de libertad.
“Tergiversaron los hechos. La falacia de la sentencia radica en que hacen un recorte antojadizo”, asegura Rodríguez, que prepara la apelación al fallo en el que todo se circunscribe al momento de la aprehensión, originada en una supuesta “actitud sospechosa”. Para el abogado, en cambio, la exageración de controles ocurrida el 17 de octubre hace del caso Sampietro “un ejemplo de cátedra de Derecho Penal del enemigo”.
El argumento que se había perfilado como el más fuerte de la defensa, se resumía en la metáfora de un “árbol envenenado”, incapaz de ofrecer frutos saludables. “Aquello que ha nacido en contra del derecho no puede generar derecho en su actuación posterior”, había afirmado Luis María Giordano en el alegato de la defensa. Ante eso, el Tribunal desestimó la relevancia del informe producido al margen de la ley por agentes del SPB, que los propios policías reconocieron como el punto de partida del operativo. “Le quitaron esa calidad de origen de todo para no dar la nulidad que estaba fundamentada en un caso famoso de la Corte”, analiza Rodríguez.
De todos modos, los defensores también habían cuestionado el procedimiento en otros aspectos, y en última instancia invocaban el beneficio de la duda –frente a las divergencias en la reconstrucción del hecho– y la inexistencia del delito –por entender que, aún si la acusación fuera cierta, Sampietro no había afectado ningún bien jurídico–. “La sentencia rechazó todas las nulidades que pedía la defensa, que fueron muchas. Sólo nos dio la razón respecto del Acta de Procedimiento”, comenta el abogado: “Pero eso, que podría haber significado la nulidad de todo, y con ello su absolución y libertad, en verdad declaró nula el acta sólo formalmente y dejó vigente el contenido. Después convalidó la requisa, la aprehensión, la pericia, etcétera. Dijo que el accionar policial había sido legítimo, oportuno, propicio”.
“Vivimos esa sentencia con estupor, azorados de la impunidad del Tribunal para justificar lo injustificable”, se indigna Azucena.
Diego regresó a Viedma desanimado: “Nadie se fijó en el trabajo social que estaba realizando Fabián, sino en si llevaba un arma. No lo pudieron probar y de todas maneras lo condenaron. Los propios jueces asumieron la duda sobre algunos hechos. Pero la duda benefició a la Policía y no al imputado”.
Sin disidencias, el Tribunal estableció que al militante de La Cantora le corresponden 4 años y medio de prisión. El fallo sólo favoreció a la defensa en dos puntos. Por un lado, declaró inconstitucional un párrafo del Código Penal –originado en una de las reformas Blumberg–, que consideraba como “agravante” la existencia de condenas anteriores. Por otro lado, cuenta Rodríguez, se había “apostado muy fuerte a la morigeración y eso sí se consiguió. Es muy interesante que una persona salga condenada y a su vez morigerada”.
La “morigeración” implica que deberá pasar cada noche en un penal, pero podrá salir entre las 7 y las 19 horas. Sin embargo, no podrá hacerlo para trabajar en lo suyo: sin dar razones, “el tribunal le prohíbe manejar causas penales, que es lo que hace, porque él estudió abogacía muchos años”, dice Diego: “tendrá que ir a cavar zanjas o no sé, porque de asesor en algún estudio jurídico no puede estar”. Y esa era, justamente, parte de la vida que había elegido.
Fabián Sampietro es hoy un rehén de quienes lo quieren eternamente encerrado, o muerto, porque no aceptan su oportunidad. Él vivió muchas vidas y había elegido una, esa que encontró al recuperar su palabra después de tanto silencio, tanta muerte, tantas penas.
La Cantora al aire
Las salidas de La Cantora consisten en la edición sonora de reflexiones surgidas en debates grupales. “El nivel de discusión sorprende todavía hoy, imaginate lo que era cuando comenzamos”, dice su fundadora. Un tema frecuente, sobre el que Fabián Sampietro tuvo una participación importante, fue el educativo. “Hemos sido muy críticos... de hecho, ellos son emergentes de este sistema educativo nefasto. Ha dado mucho que hablar nuestro material y se ha utilizado para talleres en otros espacios, fuera de las cárceles”, cuenta Azucena.
En el curso de los años trataron una diversidad de problemas: la delincuencia, la industria de la pobreza, la niñez, el flagelo del HIV, la drogadependencia, los sistemas de control. “En general, de La Cantora se han apropiado los luchadores y entonces no tenemos un discurso donde los compañeros o las compañeras privados de la libertad se victimicen”, analiza la iniciadora del proyecto: “Denuncian lo que tienen que denunciar: los abusos, la tortura, la corrupción; pero nunca van a tener un discurso de ´pobrecito yo...´”.
El contacto con el éter tuvo varias interrupciones y mudanzas de frecuencia. En los últimos tiempos, después de un impasse posterior a la crisis de 2001, La Cantora ocupaba un bloque de un programa de la radio de la Universidad Nacional de La Plata. Desde este mes, sus producciones utilizarán el dispositivo técnico radial en Internet de la Agencia Periodística del Mercosur, en www.prensamercosur.com.ar.
El amor como combustible
Parte de la maduración no planeada del colectivo La Cantora se dio cuando se acercaron los familiares de los presos. “Comenzamos a trabajar donde ellos estaban instalados. Entre las villas y las cárceles hay una huella, un zanjón de tanto ir y venir, porque en las cárceles argentinas están presos los pobres”, grafica Azucena.
En ese crecimiento también se sumaron ex detenidos, “que a la hora de recuperar su libertad optaron por seguir con esta tarea militante a favor de otros”. Uno de ellos es Diego Candia, liberado hace una docena de años. “Salió de la cárcel con una cantidad de carteles nefastos: negro, indio, mapuche, adicto, alcohólico y ex convicto. De esos que alguna gente cree que hay que hacer patria matándolos. En La Cantora, tuvo un proceso de recuperación de la vida. De hecho lleva casi 11 años de abstinencia, sin consumir alcohol ni drogas, y se ha convertido en uno de los militantes más fuertes del proyecto”.
En Viedma, Diego comparte la coordinación de La Cantora con una artista plástica, también ex detenida, que junto a otros artistas creó un centro cultural en un galpón del ferrocarril. A nivel provincial, el grupo está siendo partícipe de grandes discusiones sobre las condiciones de detención y la formación que deberían recibir los carceleros. Hasta hace poco, Río Negro no tenía Servicio Penitenciario: las prisiones estaban a cargo de la Policía, lo que permitía el ingreso de la Brigada de Operaciones, Rescate y Antitumulto (BORA), acaso uno de los grupos represivos más sanguinarios del país.
“Cada lugar tiene su grupo de gente”, comenta Azucena sobre aquellos que se suman a la red: “en La Plata, por ejemplo, quienes se han arrimado son estudiantes universitarios”. En todos los casos privilegian las relaciones humanas: “nuestro combustible es el amor, a diferencia de otros grupos que trabajan meramente la ideología. Nosotros nos reconstruimos como seres humanos primero, para convertirnos en militantes después. Esto hace alguna diferencia entre nuestro tipo de militancia y otra militancia más ortodoxa, que responde más al formato de la izquierda tradicional”.
La corrupción penitenciaria
Cuando Fabián Sampietro declaró ante el Tribunal que lo juzgó por presunta portación de arma de guerra, un magistrado le preguntó si “alguna vez” había tenido problemas con el Servicio Penitenciario que ameritaran una represalia.
“Si, si, tenía varias cositas. Hace muchos años que yo vengo denunciando...”, contestó Sampietro y empezó a enumerar. Las razones sobran.
El jueves anterior a su detención, Fabián conversó con un abogado para organizar una auditoría sobre la jefatura del SPB. “La idea era abrir el tema contaduría, para ver las cuentas claras. Yo reclamo el dinero que me corresponde por haber estudiado y trabajado dentro de una cárcel. Estuve casi 19 años en cana y hasta el día de hoy no vi un mango”.
Las denuncias, que empezaron mucho antes, fueron un eje fundamental del trabajo de La Cantora. “Por decisión de los privados de la libertad, se comenzó a batallar contra la corrupción penitenciaria, y contra el aparato represivo que está intacto dentro de las cárceles bonaerenses, hoy un poco más agazapado por el trabajo de Derechos Humanos... Hasta hace poco todavía se utilizaba submarino, romper huesos y, como lo denunció el Comité contra la Tortura, hasta picana” (La Pulseada Nº 36), dice Azucena y evoca puntualmente el motín del 24 de marzo de 1996, justo cuando se cumplían 20 años del último golpe militar. Ella estaba en la plaza y en el penal de Floresta la pedían como mediadora: “el petitorio era una denuncia del robo de la carne que hacen los penitenciarios, que es un delito grave porque son millones de pesos para que los internos no coman carne jamás. Fue inédito, porque normalmente cuando hay un motín las reivindicaciones son judiciales, para no tener represalias después”.
El estigma perpetuo
“Asesiné al policía que asesiné, fui condenado y bien que lo pagué”, se resguarda Fabián Sampietro. De ese mote, el de asesino de un policía, suelen aferrarse sus detractores a la hora de negarle derechos. El año pasado, cuando lo liberaron, el diario Clarín contribuyó a la confusión al publicar que había sido el autor del crimen de “un vendedor ambulante”. La víctima se llamaba Ricardo Bernardino Zaccheo y nunca se supo con certeza quién había sido el responsable de su muerte.
El 19 de octubre de 1995 Fabián Sampietro estaba en libertad, luego de haber saldado sus penas por los errores de sus primeros años posteriores a la guerra de Malvinas, que descarriló su vida, como la de muchos ex combatientes.
Ese día salieron de la cárcel otros dos compañeros. “Tuvimos una reunión, comimos unas pizzas con el grupo de La Cantora. Después los tres decidieron irse juntos”, recuerda Azucena Racosta. Le habían prometido a un preso buscar a su esposa y su hijo. De ella tenían un dato: que estaba en Ingeniero White, el puerto bahiense, ejerciendo la prostitución. Allí la encontraron. “Como se dice en la jerga tumbera, trataron de ´rescatarla´ de ese lugar para que esté con su hijo, y ver la manera de que hiciera otro trabajo. Era de madrugada y ella accedió a irse con ellos”. Pero pronto sobrevino un conflicto: “El fiolo era un policía que tenía una panchería frente al cabaret. Desde ese lugar también comercializaba drogas. Cuando la muchacha quiere irse con ellos, este hombre les quiere cobrar. Hay una discusión y los arremete... Creo que tira unos tiros. Ellos iban sin armas. Se van y vuelven armados. Nunca se supo realmente quién mató a Zaccheo en el tiroteo. Luego Fabián se hizo cargo de esa muerte para salvar a sus compañeros. Pero la verdad, no se sabe”.
En cualquier caso, Sampietro estuvo preso por eso y nunca llegó a tener condena firme. El año pasado salió en libertad por “exceso de plazo razonable”. “De lo que se trata es que Casación dirima el cómputo y tenga la libertad total de esa causa, porque ya está recontra pasada y recontra cumplida”, dice la coordinadora de La Cantora.
En Trenque Lauquen, sus abogados consideraron que había sido atropellado el principio de inocencia. Si su aprehensión violenta en octubre de 2005 se justificó por el sólo hecho de haber cumplido condenas en el pasado, el operativo no fue otra cosa que un acto de discriminación. Sampietro lo había dicho a los jueces: “fui condenado y lo pagué”. Si los antecedentes hacen sospechosa a una persona en cada uno de sus actos, no existen penas que no sean perpetuas.
Internas mafiosas
El mes pasado, cuando la abogada Paola Relli declaró en el juicio oral realizado en Trenque Lauquen, decidió exponer ante el Tribunal la “opinión institucional” de la Secretaría de Derechos Humanos. “Nos aterró que el informe exista. La inteligencia del Servicio Penitenciario tiene que hacerse intramuros. Además, Sampietro estaba bajo la tutela del Patronato de Liberados, no del Servicio Penitenciario”, comentó. Y afirmó que el caso les “preocupa muchísimo y despierta sospechas”.
En ese sentido, ni bien ocurrieron las detenciones, el 17 de octubre, desde La Cantora interpretaron que se habían convertido en “el fusible” de una interna del SPB, iniciada con su intervención en 2004. “También fuimos víctimas de otra interna allegada a sectores del gobierno que están en pugna, y por supuesto de la interna judicial. Fabián Sampietro es hoy el rehén de esos sectores, que a lo largo de los años hicieron de las cárceles un basurero humano, un lugar en donde arrojan los desechos que va tirando el sistema capitalista, desechos que reditúan sabrosos dividendos a la industria de la pobreza. Con Sampietro preso, hay un sector que le está diciendo al otro quién tiene el poder real”, aseguró Azucena Racosta en noviembre.
La dinámica de esas internas cruzadas entre distintos sectores mafiosos es inquietante. Así resultó la confidencia en el juicio oral de un policía de apellido Romero, que pasó inadvertida y no fue objeto de repreguntas. Recordó un momento del operativo en el que se asustó cuando una camioneta se detuvo frente a la Fiscalía. Unos penitenciarios lo tranquilizaron: “no, son colegas nuestros, son de inteligencia”. Aún así, dijo luego, no saldó ese temor por completo:
–Yo qué sé, si capaz que nos matamos entre nosotros.
El Estado policial
“La sentencia le da vía libre al armado de causas. El mensaje del fallo es: muchachos, sigan armando causas. Está todo bien”. Con ese sabor amargo regresó Diego Candia a Viedma, tras escuchar la sentencia leída durante casi tres horas en Trenque Lauquen, que desestima las dudas e irregularidades del caso, y condena a Fabián Sampietro por “portación ilegal de arma de guerra”.
“La sentencia le da valor al ´olfato policial´, o sea que estamos todos en riesgo”, advierte la coordinadora de La Cantora: “Esto es gravísimo, porque por olfato policial, te pusiste una gorrita, te plantan un arma de guerra y fuiste. Por olfato policial de la misma Policía que declaró haber violado nuestros derechos, escuchando nuestros teléfonos, haber tenido a Sampietro dos o tres horas boca abajo en una comisaría, esposado. Ellos declararon sus delitos y nadie acusó recibo”.
Azucena Racosta resume lo sucedido como la “ratificación del Estado policial” y cree que, más que nunca, hay que seguir luchando: “en este caso estuvimos detenidas dos personas que conocemos nuestros derechos, pertenecemos a organizaciones de derechos humanos y tenemos abogados a nuestra disposición. ¿Cuántos chicos pobres se comen muchísimos años de condena por una fiscal como ésta, que trabaja como trabaja?”.
FABIÁN SAMPIETRO
Fabián Sampietro fue torturado en la cárcel en la que se encontraba. Ocurrió a poco de salir a la calle La Pulseada 40 con la nota referida a La Cantora y a Fabián Sampietro. Mientras lo torturaban, le dijeron: “Esta vez la pulseada te la vamos a ganar nosotros”. A continuación, la descripción de los hechos y la solidaridad de La Pulseada que fuera publicado en nuestra edición de julio:
“Cárceles superpobladas por, entre otras razones, personas detenidas con su pena agotada, excedidas de un plazo razonable, con sus causas dormidas en los tribunales. Cárceles que efectivizan la pena de muerte encubierta por las condiciones infrahumanas de detención, muertes diarias, torturas físicas y psicológicas, ausencia total del Estado en todas las áreas, en especial en el sistema de salud ya que del mismo sólo queda algún cartel colgado que dice ‘Sanidad’ en donde no hay ni siquiera una aspirina. Ni se nos ocurra pedir un médico. Por todo lo antedicho, y ante esta condena a muerte encubierta les digo a los responsables del terrorismo de Estado que: la forma de morir y de librarme de tantos tormentos, la he elegido yo, me declaro en huelga seca, sin ingerir alimentos ni líquidos. El artículo 18 de nuestra Constitución dice: prohibidos los azotes, tormentos y torturas. En 19 años de cárcel he sufrido todo tipo de golpes, azotes, tormentos y torturas: pérdida de visión del ojo derecho, piezas dentales arrancadas a patadas, quebraduras de brazos y piernas, bajo la represión penitenciaria en plena democracia. Las marcas en mi cuerpo y en mi piel hablan y dicen más que todas las palabras. Y hoy ante una condena, no sólo cumplida sino agotada por su extensión procesal, se me sigue privando de mi libertad”.
Esto lo escribió Fabián Sampietro el 12 de junio, desde la cárcel, cuando anunció el inicio de una huelga de hambre “por llevar sin sentencia firme -es decir procesado con exceso de plazo razonable- 19 años de prisión, que sumados a la Ley 24.390 (2x1) son 27 años de prisión, por una condena de 25. Es decir, la pena se encuentra agotada”.
23 días después, el miércoles 5 de julio, Fabián Sampietro fue torturado y baleado con perdigones de goma por el jefe de la Unidad 45 de Melchor Romero, subprefecto Martín Marcos, y por los agentes del Servicio Penitenciario que estaban a su cargo. Fabián pasó la noche encadenado y sin atención médica.
A la mañana siguiente el hecho tomó estado público: la Secretaría de Derechos Humanos de la Provincia de Buenos Aires, miembros del Comité contra la Tortura, la Centro de Atención y Protección a la Víctima, el Centro de Investigación y Acción Jurídica, el Fiscal Marcelo Romero y los tres jueces que integran la Sala Primera del Tribunal de Casación Penal (Horacio Piombo, Benjamín Sal Llargués y Carlos Natiello), concurrieron a la Unidad Penal 45 y constataron el estado en que se encontraba Sampietro, que inmediatamente fue trasladado al Hospital San Martín.
Poco después el Servicio Penitenciario separó de sus cargos al subprefecto Martín Marcos y al oficial adjutor Diego Démola y realizó la denuncia penal correspondiente.
¿Quién es Fabián Sampietro y por qué estamos hablando de él en un lugar que la revista siempre reserva al sumario?
En La Pulseada del mes pasado hubo 12 páginas dedicadas a relatar la historia de Fabián Sampietro, la labor de La Cantora, el grupo que integra en defensa de los derechos de los presos, y la causa armada por la que está privado de su libertad desde octubre de 2005.
La Cantora denunció que el 5 de julio, cuando era torturado, el jefe de la Unidad 45 amenazó a Fabián: “esta vez la pulseada te la vamos a ganar nosotros”, en referencia a nuestra publicación.
Queremos manifestar nuestra solidaridad con Fabián Sampietro y redoblar nuestro compromiso para seguir dando la pulseada en favor de un mundo justo y solidario, donde –como decía Carlitos Cajade- “el dolor se transforme en vida, pan, trabajo y alegría para nuestra gente”.
La Pulseada
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