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NÚMERO
39 - MAYO 2006
Los trabajadores que se unieron para impedir que sus empresas cerraran
PRODUCTORES DE ESPERANZA
“Nunca había visto tanta gente. Fue impresionante que en este pueblito se juntaran tantos, para apoyarnos”, dice Fernando con su voz escondida, rural, sincera. Es uno de los más de 60 trabajadores que mantienen en pie un molino harinero del interior del país. Y se refiere al día que, tras cinco años de esfuerzo colectivo, la cooperativa compró las instalaciones en un remate: “Nos jugábamos todo. Cualquier otro que comprara esta empresa la desmantelaría y para el pueblo sería una injusticia, la perdición, porque no hay otra fuente de trabajo”.
Desde joven, Fernando Berrutti trabajó duro como granjero en una pequeña chacra y luego en el Molino, a las órdenes de un patrón. Hasta 1998 no imaginaba que, unido a sus compañeros, evitaría que sus vidas se desmoronaran. “Íbamos a quedar en la calle y ahora tenemos una gran seguridad. Acá sos libre para opinar, tomás decisiones, planteás tus ideas y eso te lleva a trabajar más confortable... Yo me siento en casa. Más allá de los problemas que pueda haber, vengo a trabajar contento, con ganas”, afirma gesticulando con sus manos rugosas, cubiertas de un polvillo blanco que extrae al azar de cajones de madera y le alcanza con acariciar para saber la calidad de la harina.
Es uruguayo pero podría ser argentino, peruano, brasileño. Su historia es semejante a la de miles de trabajadores latinoamericanos que desde mediados de los ´90 ocuparon sus empresas cuando cerraban, porque conseguir empleo en otro lado era una quimera. Sucedió en metalúrgicas, textiles, frigoríficos, escuelas, clínicas.
Afuera, muchos descreían de su capacidad para salir adelante, incluso cuando alababan esa dignidad de resistir a la desocupación. Pasaron años y la gestión de los ex empleados demostró lo contrario: la mayoría de estas “empresas recuperadas” son viables y, de paso, evidencian que otra forma de organizar el trabajo es posible.
La Pulseada recorrió por dentro algunas de ellas y habló con los trabajadores sobre las vivencias y el aprendizaje de estos años. Allí es ostensible la gran paradoja del neoliberalismo: a la sombra de sus políticas nacieron pujantes experiencias que lo contradicen, porque cuestionan la competencia, el sálvese quien pueda, la insaciable sed de lucro.
Aquello que se originó en la necesidad y el miedo, ahora involucra satisfacción y un convencimiento: “Juntos se puede hacer algo”, resume Fernando, que lo aprendió en el andar: “Esas ideas no las tenía antes. Era medio individualista, por ahí. Ahora noto que treinta o cuarenta, con buenas ideas, con una cabeza sana, mueven mucho”.
Producción y textos: Daniel Badenes
Sueldos adeudados. Fraudes financieros. Quiebras comunes y corrientes, también. Vaciamientos nocturnos, a escondidas. La calle, la edad avanzada, la escasez de empleos. Desesperación. El hambre de los hijos. La falta de alternativas. Un loco que tira la idea de la cooperativa. Las consultas. Las pujas por el lugar. Carros de asalto y la solidaridad de vecinos. Las inimaginadas reuniones con jueces, diputados o intendentes. Entrar a la fábrica y resistir. Volver a encender las máquinas, sentir sus melodías. Recuperar, reconstruir.
Las hay de todos los rubros, en varios países y de distintos años, pero las historias de las “empresas recuperadas” por sus trabajadores tienen ese tono común: el dramatismo de la pérdida del trabajo en un contexto de devastación industrial donde conseguir otro era algo así como una utopía. Aún hoy los ex empleados cuentan una y otra vez esos días con lujo de detalles: un franco que les dieron para llevarse las máquinas, las peleas con el síndico de la quiebra o las ollas populares mientras custodiaban la empresa, el trabajo, la vida.
En algunos casos se realizaron tomas; en otros, no. Hubo empresarios macabros y también los que no tanto: pequeños industriales a los que la recesión no dejaba margen de maniobra y cedieron la unidad productiva casi de común acuerdo. Más allá de los matices, las historias son bastante conocidas: el fenómeno de las empresas recuperadas tuvo una fuerte exposición mediática en 2002, acaso como una expresión más de la crisis que sacudió a las instituciones políticas y tuvo a la sociedad en estado asambleario por un tiempito. “Mientras le convino, la prensa venía todos los días... Una de las cosas que tuvimos que aprender fue a hablar por radio y televisión. ¡Hasta en películas hemos estado!”, evoca Antonio Palatinus, de la ex Papelera San Jorge, ubicada en el camino Centenario y 514. Y así fue: páginas y páginas contaban los arduos procesos de recuperación, los noticieros de TV emocionaban con la reapertura de una fábrica en un pueblito remoto, y los intelectuales se embarcaban en controversias ideológicas, como la que oponía la formación de cooperativas a la estatización bajo control obrero.
Después, todo quedó en silencio. No dejó de haber empresas recuperadas, pero pasó su hora mediática. Justo cuando empezaba lo mejor.
Más responsabilidad
“Estaba acostumbrada a que te daban una tarea y era lo que tenías que hacer, puntualmente eso y nada más. El hecho de involucrarse en un montón de cosas, la experiencia es maravillosa”, aprecia Mercedes Pedrani, de la cooperativa 11 de Noviembre de San Antonio de Areco, formada hace tres años y medio para reabrir la única planta argentina que fabrica termostatos para heladeras.
Su compañero Fernando Goldar expresa lo que esa reapertura significó: “hay que ponerse en el lugar del tipo de 55 o 60 años, un matricero, que estaba juntando papeles en la ruta 8. Hoy es maestro de matriceros. No gana mucho más, pero el tipo recupera la autoestima... se recupera a sí mismo”.
“El trabajo es lo que te mantiene viva, lo que te mantiene con dignidad”, dice Elena Caliba y lo dicen todos. Caliba tiene 60 años y trabaja en la textil porteña Brukman, una de las recuperadas más conocidas, por haber sufrido varios episodios de represión (La Pulseada Nº 11): “en este tiempo hice cosas que jamás había pensado que podía hacer... Si me hubiera quedado en mi casa o me daban otro trabajo, a lo mejor miraría un poco fastidiada cuando me cortan una calle”.
Todas las historias de las recuperadas son historias de cambios y aprendizajes. En la buena parte de los casos, los que resistieron al cierre de la empresa fueron los obreros, mientras los administrativos partían individualmente, confiados en la posibilidad de obtener otro empleo. “Tuvimos que hacer administración, las ventas, hasta limpiar. Todos hicimos todo”, cuenta la trabajadora textil. Palatinus concuerda: “Fue duro. Pero no hay cosa que no se aprenda, ¿no?”. Y luego reconoce la lección: “demostramos que se puede. Que la fábrica la puede manejar un obrero: porque a nosotros no nos quedó ni personal técnico ¡ni nadie!. Hubo que mover los fierros, armar la fábrica sin nada. Algunos se jugaban a que nosotros no lo lograríamos. Que vengan a ver ahora que las máquinas no paran...”
“Hay mucha más responsabilidad”, agrega Mariela de la Llave, que se incorporó como administrativa en la papelera, en pleno proceso de recuperación: “uno sabe que si no produce con el esfuerzo, no cobra y pone en riesgo a uno y a todos. Quizá antes, como empleado, no importaba. Yo noto que las personas cambiaron ese espíritu”.
Caliba nota la misma diferencia: “Imaginate que antes hacíamos nuestro trabajo y nos íbamos. Ahora hacemos nuestro trabajo, hacemos otras cosas y encima tenemos que ponernos de acuerdo”. Porque de eso se trata la cooperativa: “Hoy día el encargado del sector es un compañero de trabajo. El presidente de la cooperativa es un compañero de trabajo”, explica Roberto Mohamed, del Taller Naval de Berisso.
Decisiones colectivas
“No son empresas recuperadas. Son cooperativas que recuperan empresas”, insiste Héctor Garay, presidente de la Federación de Cooperativas de Trabajo que promovió algunas de las experiencias iniciales y hoy reúne una decena entre sus asociadas. La discusión sobre la forma de nombrarlas tiene un trasfondo ideológico: otros reniegan de la trayectoria previa de lo que llaman “cooperativismo tradicional”, o prefieren acudir a una idea más amplia, como la de “autogestión”, que los enlaza con emprendimientos productivos de los movimientos de desocupados y otros. En general, se trata de una riña entre dirigentes o un debate de teóricos. Lo cierto es que casi todos los trabajadores desconocían la doctrina y la historia previa del cooperativismo, pero adoptaron su forma jurídica y se organizan democráticamente para sacar adelante la producción.
Los más cercanos al modelo cooperativo clásico delegan la conducción en un Consejo de Administración, integrado por trabajadores designados en asamblea. “El consejo tiene atribuciones para vender, comprar, hacer contratos que no impliquen endeudar a la cooperativa. Las decisiones que involucran compromisos mayores pasan para la asamblea”, expone Goldar sobre la empresa arequense.
En otros casos, la asamblea tiene mayor presencia, como relata Alejandro Torres, de la Clínica Junín: “hacemos asambleas mensuales y debatimos. Todos opinamos y tenemos voto, somos todos iguales, incluso la directora médica. Hay un consejo directivo que decide, pero después se lleva a asamblea”.
La fluidez de la comunicación interna es clave, siempre. En Areco, cuenta Goldar, hacen “reuniones informativas semanales, donde el Consejo de Administración rinde cuentas de todo lo actuado y los socios preguntan todo lo que surja”. Además, como establece la ley de cooperativas, uno de los trabajadores cumple el rol de síndico: “es una figura que puede aconsejar, guiar o corregir al Consejo. Nuestro síndico hace reuniones quincenales con todos los asociados para que vuelquen sus inquietudes”.
“La cooperativa es buenísima si se la sabe manejar y si se aceptan las normas y todos nos respetamos”, sintetiza Mohamed sobre los 15 años de experiencia colectiva en Taller Naval (ver recuadro).
La mentalidad
“Nosotros no podemos vender todo exitismo: son macanas. Hay quienes todavía tienen la mentalidad de fichar tarjeta... Hay gente que presenta esto como el ombligo de la revolución. ¡Pará! Pará que muchos compañeros lo que quieren es trabajar y poder comer”, dice Garay y desinfla el globo de quienes idealizan estas experiencias.
Goldar asiente: “Muchos mantienen la cabeza en la vieja empresa. Yo digo que es más fácil llegar a Marte que generar mentalidad cooperativa: porque llegar a Marte es tecnología, pero lo otro pasa por entrar en la psiquis de una persona, y ahí las ciencias exactas desaparecieron. Con la psiquis de la persona hablo de hacerle sentir hasta qué punto es responsable de su propio destino, que él decidió: bajo un patrón, nunca más. Llegaste por necesidad, pero bueno, estás acá, entonces vamos a desarrollar la vocación cooperativa. Eso no es fácil para quien estuvo 40 años bajo patrón”.
Este es un nudo para todas las empresas recuperadas y al mismo tiempo donde las experiencias tienen más riqueza. Los trabajadores se organizaron de esta forma ante todo por necesidad: las convicciones aparecieron en el camino, un camino colectivo lleno de aprendizajes. Casi todos sobrepasan los 50 años y su vida entera trabajaron en relación de dependencia: tienen marcada a fuego una división de tareas, las jerarquías y la costumbre de obedecer.
“Aparece el problema de la toma de conciencia y la participación”, comenta el ingeniero Pablo Miquelarena, que colabora con varias metalúrgicas recuperadas y en los ´80 fue partícipe de una experiencia pionera, la cooperativa General Savio: “con el tiempo los trabajadores van recuperando un conocimiento que les fue relegado durante años”.
“Se va gestando, a pesar de que los compañeros somos todos medio mayorcitos y a veces traemos nuestra propia estructura, y es difícil enderezar un árbol después de tantos años. Creo que se desarrollan nuevas culturas de más participación, más libertad para tomar decisiones”, dice Roberto Cabrera, de la Fábrica Uruguaya de Neumáticos. Uno de sus compañeros, Wilson Tolotti, remarca que “hoy mucha gente ha entendido que es una oportunidad única que tenemos para hacer la fábrica como nosotros siempre dijimos que se podía trabajar. Antes había mucho de mandar y mandar de mala manera; esta fábrica fue muy taylorista...”.
Tolotti da en el clavo: un gran problema es la herencia del taylorismo, tal como se denominó a una división del trabajo que tendió a aislar la ejecución de tareas “manuales” respecto de la planificación, la dirección y la administración, y que aún impregna las formas de pensar y hacer de muchos trabajadores.
Lentamente, ese molde se resquebraja. El desafío de aprender a gestionar, y hacerlo en forma cooperativa, conduce en ese rumbo. “A algunas personas les resulta muy engorroso y toman una actitud como de replegarse más a su propio trabajo”, cuenta Miquelarena, y aclara que esa actitud no necesariamente expresa un desacuerdo con el proyecto colectivo. Hay impulsores de la recuperación que actúan con gran voluntarismo pero no se consideran capaces de encarar las tareas de gestión: “Por ahí trabajan mucho más en lo suyo porque ven muy difícil la administración. Es un nuevo desafío y les genera un miedo muy grande. Estamos hablando de personas de 20 o 30 años trabajando un oficio, con una idiosincrasia y una especialización, y tener que asumir nuevas funciones les cuesta mucho”. Por supuesto, no ocurre con todos: “algunos descubren capacidades que desarrollan más de lo que cualquiera hubiera esperado. Asumen la necesidad de participar, integrar y conducir; hacen su trabajo y cubren la gestión”.
El mandato taylorista también se expresa en la división espacial entre la administración y la producción. Los cooperativistas de Areco lo traducen en palabras propias: los de arriba y los de abajo. “La fábrica tiene dos pisos. Abajo está la producción, y arriba es donde estaban las oficinas”, explica Pedrani: “en esa parte pusimos mesas para que la gente pueda tener un lugar para tomar mate o lo que sea. Queremos que no exista esa diferencia entre los de arriba y los de abajo. No es fácil limarla, pero de a poco se va logrando”. Cada grupo recurre a su inventiva. En la textil uruguaya Coopdy, por ejemplo, una de las primeras decisiones colectivas fue crear una guardería: la ubicaron exactamente donde antes estaba la oficina de personal, viejo símbolo de regaños, telegramas y descuentos salariales.
“Todos iguales”
El de las remuneraciones es otro tema sensible en la transición de la vieja patronal hacia la empresa colectiva. Ahí no hay dilaciones: romper con los esquemas previos es una de las primeras medidas. “Todos igual: desde el presidente hasta el que barre”, expone Palatinus. La expresión la repiten otros asociados de la Papelera y de otras cooperativas, como sacada de un molde. En algún punto se asocia a la influencia del Movimiento Nacional de Fábricas (MNFRT), que sostiene esa igualdad como un principio casi sagrado. Desde otros espacios políticos, como FECOOTRA o el área de empresas autogestionadas de CTA, reivindican la búsqueda de criterios de equidad, aunque no les resulta fácil transmitirlo a las recuperadas que aglutinan.
A la larga, el igualitarismo definido en los orígenes se vuelve problemático. “Por un lado, todos se quejan. Por otro, bueno, es una exigencia de igualdad”, admite Rufino Almeida. Los cuestionamientos vienen de muchos frentes: los que más trabajan, los que aceptan nuevas responsabilidades, los más “capacitados”, los que tienen familia... Por el momento, en la mayoría de las empresas se sostiene el criterio igualitario, como insignia del rechazo al modelo patronal. Además, muchos lo creen algo inherente al cooperativismo, desconociendo criterios alternativos que podrían contemplar aquellas otras cuestiones sin caer en la jerarquía patronal; incluso premiar la predisposición a la enseñanza y al aprendizaje. Lo más importante, en cualquier caso, es que la forma de distribuir los excedentes fue fruto de decisiones colectivas.
Los límites
Otras dificultades, en cambio, no se pueden zanjar puertas adentro. “Resuelven la autogestión pero en un sistema que sigue siendo capitalista”, advierte el economista Leonardo Pérez Candreva: “Tienen problemas que puede tener cualquier empresa. La cuestión financiera es clave. Los bancos prestan muy poco, a cualquier tipo de empresa, porque piden información estandarizada y garantías que muy pocos tienen. Y en este caso ellos no tienen activos propios”.
Sobre todo en los orígenes, la falta de capital es grave. Los trabajadores la superaron con grandes sacrificios. Inclusive hay cooperativas, como la Papelera, que han logrado pagar las instalaciones que utilizan.
Pero las limitaciones estructurales no terminan ahí. Sin ir más lejos, en la medida en que las empresas autogestionadas mantienen su impronta solidaria y democrática, están en constante contradicción con el paradigma que organiza el resto de la economía. “Imaginemos el ejemplo de los tornillos”, sugiere José Sancha, del Instituto Nacional de Asociativismo y Economía Social: “Desde que sale el alambrón en la siderúrgica hasta que llega a la ferretería con una marca y una métrica, hay una cadena de valor muy grande. Entonces, si se trata de recuperar una fábrica de tornillos, lo único que tenemos es un pedacito de esa cadena de valor, y el máximo lo lleva quien le pone la marca, quien lo comercializa, el mayorista, el distribuidor, etc., y ni hablar del productor de la materia prima”.
Hacia adentro, las recuperadas reformulan el “cómo” producir. Es bastante, pero no alcanza: aún está pendiente una revisión sobre qué y para qué producir, y esa definición persiste en manos ajenas. Por eso sería vital la organización de redes sociales de distribución –para estas y otras experiencias– y cierta ayuda por parte del Estado, que hasta ahora hizo muchos gestos y diagnósticos, pero intervino poco. “El Estado no nos dio nada”, dice tajante Mariela de la Llave: “Solamente la expropiación por esos dos años, con un permiso de alquilar. Pero después, si bien muchas veces nos ofrecieron subsidios, donaciones y demás, fueron intentos, palabras y quedaron ahí. Todo lo que tenemos es por esfuerzo propio”.
Este año, tras el conflicto que le generaron sus vetos a las leyes de expropiación que favorecían a empresas recuperadas, el gobernador bonaerense anunció que el Ministerio de la Producción realizará un censo para evaluar la “viabilidad” de las mismas.
Un diagnóstico de ese tipo depende de criterios que no fueron detallados y son decisivos. Pérez Candreva es explícito: “Un análisis contable, económico-financiero, puede decir que no son viables. Porque es un análisis formal: mira balances. Eso no sirve. El balance es un instrumento contable. La viabilidad yo la vería en que los trabajadores, sin experiencia de gestión, sacaron adelante una empresa que cerró porque el dueño acusó que no tenía rentabilidad, y mal o bien, viven de eso. Y ahora no sólo que viven sino que están creciendo. La viabilidad no tiene que limitarse a una cuestión contable, sino a una cuestión de largo plazo y de qué proyecto tienen”.
Aún con dificultades, las empresas acrecientan su compromiso con la comunidad. Abren centros culturales y colaboran con comedores. Y más. “La empresa anterior, tiraba todo al arroyo El Gato”, recuerda Palatinus: “Nosotros hemos cerrado el circuito. O sea: no va a ese agua. Hay un compromiso de mantener la limpieza en todos los alrededores de la fábrica”. Por eso son viables.
Ponerse la camiseta
Alejandro Torres habla con humildad. Dice que nunca antes había participado siquiera de una marcha y que todo esto“le surgió de adentro”. Admite que tenían miedo y dudaban: “pensábamos que era difícil porque nosotros no vendemos nada, simplemente ofrecemos salud”. La Junín fue la primera de varias recuperadas en esa área. “El ambiente es distinto”: está permitido hablar con los pacientes, algunos los felicitan después de verlos en la tele. “Hoy sabemos que se puede trabajar, y lo único que nos faltaría es poder pagar la expropiación. La clínica la estamos haciendo funcionar con mucha transparencia y la gente está muy conforme. Cambió porque ahora decidimos todos... es totalmente distinto a lo que es una patronal. Los trabajadores podemos lograr muchas cosas...”
“Yo estoy trabajando por una comunidad, no solamente por mi familia”, dice Mercedes Pedrani y se le humedecen los ojos: “mi trabajo es todo...”.
Su compañero Fernando Goldar reconoce que hace poco aprendió qué significaba ponerse la camiseta: “Cuando trabajé en Ford viajaba a San Pablo... Una vuelta le dije a mi jefe: ´dejáme de joder con los viajes a Brasil, yo ya no sé si soy brasilero o argentino´. Él me contestó: ´Vos no sos ni brasilero ni argentino: en tu ropa dice Ford y vos sos de Ford. Está más allá de cualquier bandera´. ¡A mí nunca me cerró! Siempre me hizo ruido el concepto. Pero ahora sí: somos de la 11 de noviembre”
Mohamed siente el mismo orgullo por Taller Naval, que lo llevó a diseñar una bandera para la cooperativa: “Acá en la zona prácticamente ninguna empresa tiene bandera propia. Sí hay de YPF, que flamean con el logotipo de Repsol y... a mi no me gustan. Son oscuras. Para mí... Yo la veo como una bandera pirata”.
“Yo doy la vida por la empresa”, agrega Palatinus en la floreciente papelera donde elude su cercanía a la edad jubilatoria: “No me voy más de acá. Me van a sacar con los pies para adelante”.
–¿Y si te ofreciesen un trabajo mucho mejor pago pero en relación de dependencia? –provoca La Pulseada.
–No, no. Ahora no. Por nada del mundo. Ahora soy dueño de mí.
D. B.
Pasado, presente y futuro
Las empresas recuperadas no nacieron, como muchos creen, al calor de los últimos días de 2001. Para entonces ya existían alrededor de cincuenta. Desde mediados de los ´90, cooperativas de trabajadores levantaron fábricas que habían quebrado por la devastación neoliberal. Y hay antecedentes que vienen de mucho antes.
Quienes piensan que lo fundamental de estas experiencias fue la resistencia inicial, citan otras históricas ocupaciones de fábricas: el Frigorífico Lisandro de la Torre de Mataderos en 1959, la textil Piccaluga de Avellaneda en 1963 o la Ford de General Pacheco en 1985, entre otras. Pero si bien los obreros llegaron a controlar la producción durante la etapa de conflicto, ninguno de estos casos devino en un funcionamiento definitivo con una administración participativa.
Eso sí ocurrió en unas quince metalúrgicas en los ´80 y principios de los ´90, impulsadas por la seccional Quilmes de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), que tuvo una fuerte presencia en la gestión de las empresas, entre las que se encuentran las cooperativas General Mosconi y General Savio, la ex SIAM o Adabor.
El rastreo de experiencias pioneras puede ir aún más atrás. La primera cooperativa de trabajo de La Plata, formada en 1954, tiene un origen vinculado a la crisis de una empresa capitalista: ante la quiebra de la textil SAISA, sus obreros formaron la Cooperativa Industrial Textil Argentina (CITA). Algo similar ocurrió en Berisso en 1969, cuando se formó la Cooperativa Argentina Textil, tras el cierre de la Hilandería creada en 1925. Ambas, golpeadas por el vendaval de los ´90 pero sostenidas con el esfuerzo de sus asociados, aún están en funcionamiento.
Lo distintivo del fenómeno reciente es la cantidad de experiencias, que convocó la atención periodística, académica y militante. En el país hay alrededor de 180 empresas que han sido recuperadas por sus ex empleados después de situaciones de abandono, quiebra o vaciamiento, y se estima que ocupan a unos 10.000 trabajadores.
“En el 2002 y 2003 alcanza su esplendor mediático”, dice Rufino Almeida, quien no cree que la tendencia haya concluido, aunque tenga poca prensa: “este proceso no terminó y no va a terminar, porque es el resultado de la concentración económica y de los nuevos sistemas tecnológicos. Va a seguir habiendo reactivación de empresas y organización de actividades por vía de la autogestión”.
Una “recuperada” de la ola privatizadora
“El momento más cruel de nuestras vidas fue la privatización”, sostiene Roberto Mohamed en lo que durante mucho tiempo fue la oficina del jefe, donde todavía hay un cuadrito con los nombres de los directivos que la ocuparon, junto a la foto del general Mosconi, mentor de Yacimientos Petrolíferos Fiscales.
La empresa, ahora autogestionada por más de 50 trabajadores, es una “recuperada” especial: no proviene de la crisis de una empresa capitalista, sino del desguace de una firma estatal: nada menos que YPF.
Taller Naval se creó en 1950 como service de la flota de YPF y dependía de su Gerencia Marítima y Fluvial. Fue parte de esa megacompañía hasta que el proceso de privatización escindió algunas áreas antes de la entrega a Repsol. La mitad de los 300 trabajadores que había a comienzos de los ´90 fueron expulsados o renunciaron a la fuerza. Para los demás, la única posibilidad de seguir trabajando fue formar una empresa en la que Repsol tercerizara algunas tareas. Los 153 que resistieron hasta último momento, crearon una cooperativa.
Igual que ocurrió cuando las recuperadas eran empresas privadas, en el nuevo Taller Naval no hubo patrones ni organizadores técnicos de la producción. Los obreros fueron abandonados a su suerte y debieron aprender a gestionar. La única diferencia con aquellas fue que hubo cierta continuidad en el trabajo y el traspaso no fue conflictivo. O no tanto.
Ellos también tuvieron una estafa originaria: los nuevos encargados de la flamante privatizada les firmaron un contrato que garantizaba trabajo a la cooperativa por dos años y prometieron más. El arreglo era muy provechoso, pero lo fue por un tiempo limitado. En menos de dos años se vendió toda la flota. El contrato no se renovó. “Fue una especie de engaño, porque ellos sabían que iban a vender los buques, que no les interesaba más”, interpreta Mohamed, que lleva más de 30 años en el Taller Naval, la primera mitad como empleado estatal y luego bajo la forma cooperativa.
Algo parecido le pasó a otras empresas brotadas del desguace de YPF y varias cerraron. En Taller Naval, en cambio, el final del contrato fue el hito fundacional de la nueva etapa: la cooperativa debió salir “a buscar nuevos horizontes” y, poco a poco, los encontró. Empezaron a hacer trabajos alternativos y ubicaron como clientes a la Petroquímica y la Refinería La Plata. Desde entonces, la empresa hace construcción y reparación industrial; ya no sólo mecánica naval: “cosas que nunca nos imaginamos que íbamos a poder hacer”.
Las platenses
Siete son las cooperativas de nuestra región que pueden catalogarse como “empresas recuperadas”, contando viejas experiencias como CITA y la textil de Berisso, y las que provienen del desmantelamiento del Estado, como Taller Naval (ver otros recuadros).
La más sobresaliente es la Unión Papelera Platense, la tercera cooperativa bonaerense que obtuvo una ley que declaraba a la planta “de utilidad pública, sujeta a expropiación”, que fue el mecanismo jurídico utilizado para salir del paso en el conflicto inicial (La Pulseada Nº 4). Formada en agosto de 2001 por obreros de la ex San Jorge –que quebró, paradójicamente, el Día del Papelero–, es una de las más exitosas en términos económicos: ha podido pagar la planta con su trabajo, incorporó 25 personas y no da abasto para responder a la demanda. La bonanza también se reflejó a nivel social: la cooperativa construyó un Centro de Educación y Capacitación y colabora con instituciones del barrio.
“Ahora tenemos el gusto de ir de vacaciones. Son pavadas que no habría que decirlas pero... aumentó el parque automotor y hay quienes terminaron su casa”, se enorgullece Palatinus: “crecimos en lo económico y también en la libertad”.
Los movimientos
Una referencia habitual al hablar de empresas recuperadas han sido las organizaciones y “movimientos” que aspiraron a aglutinarlas, que fueron variando con el tiempo al ritmo de definiciones ideológicas, alineamientos políticos y también disputas de liderazgos personales. Entre los distintos espacios, hoy figuran el Movimiento Nacional de Empresas Recuperadas (MNER), que en 2005 tuvo conflictos internos que trascendieron en solicitadas públicas, pero cerró filas a la hora de convocar el Encuentro Latinoamericano de Empresas Recuperadas; el Movimiento Nacional de Fábricas Recuperadas por sus Trabajadores (MNFRT), conducido por el pragmático abogado Luis Caro, quien no se privó de vincularse a Mauricio Macri o postularse a Intendente de Avellaneda en la lista de Aldo Rico; la Federación de Cooperativas de Trabajo (FECOOTRA), que nuclea también a aquellas que no provienen de recuperación de empresas en crisis; y el espacio de Empresas Autogestionadas de la CTA, que también abarca más emprendimientos además de recuperadas, y que recientemente lanzó una suerte de sindicato para los “sin patrón”: la Asociación Nacional de Trabajadores Autogestionados (ANTA), demandante de un marco jurídico que reconozca esa condición para aclarar confusiones impositivas y facilitar al acceso a un sistema de seguridad social.
En ese escenario disperso también participa la Unión Obrera Metalúrgica, que impulsó y reúne varias experiencias de esa rama, en general aliada al MNER. Y además reclaman su cuota varios partidos de izquierda, con escaso protagonismo, entre los que se encuentran el Partido de los Trabajadores por el Socialismo, el Polo Obrero y el Partido Comunista Revolucionario, a través de uno de sus brazos, la Corriente Clasista y Combativa. La mayoría denosta la forma cooperativa e insiste con reclamos de “estatización bajo control obrero”.
La autogestión cotidiana de las empresas poco tiene que ver con esas internas. Las adhesiones son temporales y flexibles, y suelen vincularse más a los respaldos y servicios que ofrecen los “dirigentes” de cada espacio, que a convicciones ideológicas o a la intervención consciente en una disputa de liderazgos.
En general, no se siente un fuerte lazo de pertenencia: “los movimientos tienden a ser vistos como conseguidores de cosas. Y estos tampoco se plantean como otra cosa”, sostiene críticamente Rufino Almeida, de la Red de Asistencia Técnica de Empresas Autogestionadas de la CTA.
Así es que hay experiencias que forman parte de más de un espacio político y otras que, reivindicadas como propias por alguno, niegan esa participación o desechan su relevancia, reduciéndola a una “buena relación”. Así lo define Daniel Rocha, del diario recuperado de Villa María: “tenemos excelente relación con todos los movimientos nacionales; es más, si me preguntan a mí dónde juego políticamente, diría que en todos lados y en ninguno al mismo tiempo. A mí me importa mi cooperativa y me importan todos como cooperativa. Queremos ser prescindentes de esa interna dura, que se advierte desde afuera. Estamos con todos y con ninguno. Si vamos para adelante, vamos juntos”.
En el libro más reciente publicado sobre el tema, Julián Rebón e Ignacio Saavedra observan una tendencia a “la institucionalización de los movimientos de empresas, al mismo tiempo que se fragmentan y disminuye su capacidad de movilización y articulación social”, por lo que “puede esperarse que los movimientos tiendan a convertirse en pequeñas corporaciones, en asociaciones de defensa de intereses privados, actuando más como grupos de interés que canalizan demandas particulares, que como movimientos sociales que se articulan con otros grupos en la lucha por objetivos más amplios”.
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