NÚMERO 38 - ABRIL 2006

A 30 años
LA VIDA EN EL POZO DE LA MUERTE

En tiempos aciagos del régimen militar funcionaron el “Pozo de Arana” y el “Destacamento”, dos centros clandestinos de detención donde la dictadura torturó, aniquiló... En aquel lugar, a sólo veinte minutos del centro de La Plata, hoy crece La Aceitera, un asentamiento olvidado por los funcionarios: sin agua corriente, cloacas, gas natural ni comunicaciones. Su nombre se debe a una antigua fábrica de aceite que funcionó en la zona. Gracias al trabajo barrial que inició el padre Cajade y que continúa hace cuatro años la Pastoral de la Parroquia Nuestra Señora del Valle, 80 familias de bolivianos, chilenos, jujeños y santiagueños dan batalla cada día para que la vida se abra camino sobre los despojos del exterminio.

Por Laureano Barrera
Idea: Marcela Cardozo

De todos los esplendores posibles, el de Arana fue uno de los más profusos de la región: un páramo verde a sólo una docena de kilómetros de La Plata, con muchísimas hectáreas de campos sembrados y grandes tambos. La zona, 131 y 640, se pobló al calor de una fábrica de lino; el tren llegaba desde La Plata cuatro veces al día cargando pasajeros y materias primas para abastecer las quintas.
Después sobrevino la caída: los productos importados inundaron el país y el vapor dejó de salir de las chimeneas de la fábrica. La debacle del ferrocarril también lo salpicó: a fines de los ’70, el ramal que unía La Plata con Magdalena y pasaba por Arana, dejó de funcionar. Una curiosa medida administrativa dividió a la localidad en tres fracciones, y pasó a formar parte de Los Hornos, San Lorenzo y Villa Elvira. El barrio perdió su identidad.

Fue el apagón de aquellas luces el que provocó su progresivo aislamiento de los centros urbanos y productivos. En el sopor de aquella siesta se ampararon militares y policías para que Arana escribiera la página más funesta de su historia: el funcionamiento, durante los años de plomo, de al menos dos Centros de Detención Clandestina, donde se torturó salvajemente y, según testimonios de ex-detenidos, se asesinó a los secuestrados de la dictadura.

Arana en el Circuito Camps
“A veces, jóvenes, viejos, varones, mujeres, obreros, empleadas, profesores, maestras, peronistas, radicales, montoneros, sospechosos, católicos, ‘perejiles’, comunistas, todos desfilaban por el cuarto del terror. Algunos maldecían, insultaban, rogaban, por Dios, por su madre, por sus hijos, algunos lloraban como niños y, a más de veinte años, yo los sigo escuchando. Así fue mi primer noche en Arana, y así fueron las que siguieron, y en dos noches distintas, fue mi voz la que se sumó a ese tristísimo coro”.
(Testimonio ante la Justicia de Carlos De Francesco, detenido en Arana del 9/12/76 al 15/12/76)

La Justicia ha probado que las fuerzas represivas no implementaron su política criminal de exterminio de manera anárquica, sino que establecieron esquemas operacionales de detención, tormento y aniquilamiento de sus víctimas. Uno de los más grandes fue el conocido como “Circuito Camps”, dirigido por el Jefe de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, Coronel Juan Ramón Camps, quién tutelaba más de veinte campos de concentración, la mayoría de ellos distribuidos en el Gran Buenos Aires y La Plata. Dentro de este esquema, funcionaban distintos Comandos de Operaciones Tácticas (COT) independientes entre sí, uno de los cuáles incluía a los Campos de Arana como una de las estaciones del circuito donde se torturaba sistemáticamente a los prisioneros. Generalmente los secuestrados pasaban unas pocas noches y volvían a otros lugares donde permanecían detenidos. “Mucho tiempo antes de caer detenida ya era vox populi que el Destacamento de Arana era un lugar de tortura. Creo que era uno de los campos que más se manejaban a nivel popular. Porque había otros que la gente se enteró después, o sospechaban, pero el campo de Arana, todo el mundo lo sabía. No sólo la gente del barrio. En todos lados se hablaba del campo de Arana”, cuenta a La Pulseada María Cristina Gioglio, una de las sobrevivientes que pasó más tiempo secuestrada en la zona.

Según un Trabajo de Recopilación de Datos (TRD) de la Asociación de Ex-Detenidos Desaparecidos, se conocen al menos dos: el Pozo de Arana, que funcionó en el antiguo casco de la Estancia La Armonía, una casona de familia aristocrática que a mediados del siglo pasado ocupaba su tiempo contando las regalías por la venta del ganado y celebrando febriles partidas de bridge en la tertulia de las cinco. Con los años, La Armonía pasó a manos del Ministerio de Asuntos Agrarios de la Provincia de Buenos Aires, y luego al Ejército. Hace algún tiempo el edificio fue demolido y el predio lo ocupa hoy el Regimiento 7 de Infantería del Ejército.

El otro “chupadero” de la zona fue el “el Destacamento“, un refugio de tortura que funcionó en 640 y 131, el mismo lugar donde se instaló con un rótulo formal el destacamento de policía en 1980, cuando los primeros peregrinos venidos del norte levantaron sus casitas de madera y chapa al otro lado del camino de asfalto.

La Casa de la Muñeca
En la fachada de la comisaría de Arana hay una placa colocada por iniciativa de Carlos Cajade, en el vigésimo cuarto aniversario del golpe, para no olvidar que allí funcionó un campo de concentración. Pero en el interior todavía hay huellas del infierno: un cuadro exhibe una nómina de policías “muertos por la delincuencia terrorista”, y agrega que “ellos murieron para que la Patria viva”.

Los detenidos que pasaron por sus calabozos sufrieron los tormentos físicos y psicológicos más aberrantes. María Cristina Gioglio cuenta que “se torturaba día y noche. Había tres guardias internas de 8 a 10 hombres que rotaban cada 24 horas, y una vigilancia externa con numerarios de Infantería que tenían prohibido entrar, pero que se encargaban de avisar cuando pasaban personas extrañas o los chicos que salían de la escuela para que pararan de torturar”.

El Destacamento, además, fue escenario de los secuestros y torturas a las víctimas de La Noche de los Lápices. “En el curso de los meses de agosto, septiembre, y los primeros días de octubre de 1976 las fuerzas represivas secuestraron a un conjunto de estudiantes secundarios, la mayoría de los cuáles continúan desaparecidos”, dice el TRD de la Asociación de Ex-Detenidos.

La situación de María Cristina Gioglio fue muy particular: estuvo más de tres meses secuestrada y vio cómo entraban y se iban sus compañeros. “Al principio estábamos todo el tiempo con la venda y con las manos atadas. Con el tiempo, eso se empezó a relajar, sobre todo con algunas guardias. Yo vi como los detenidos se iban trasladados, o encausados, y a muchos nunca los volví a ver”.

Según el testimonio de ex-detenidos, en Arana también hubo asesinatos. Juan Gramano, citado en el TRD, relata que “se mataba y se quemaba gente; lo sabe por comentarios de los guardias y por el olor penetrante a carne quemada y neumáticos usados para la combustión”. Carlos De Francesco, otro de los secuestrados, contó en su declaración: “Capacha se llamaba a las fosas donde se incineraba los cadáveres ejecutados o muertos durante las torturas”.

Como la mayoría de los chupaderos, los Arana debieron ser desmantelado cuando la dictadura se debilitaba y sus crímenes se volvieron demasiado evidentes. Los organismos internacionales empezaban a ejercer presión. Pero María Cristina permanecía secuestrada. “Los policías que estaban en el Destacamento reciben la orden de desmontarlo. Se llevaron los archivos, las armas y dejaron una guardia mínima. Una vez oí a los guardias que decían 'que la maten ellos'; por lo visto no tenían una línea de sus superiores. Hasta que un día organizan un asado con los capos de la Brigada, y discuten todas las posibilidades durante el asado que se hizo afuera y yo las escuchaba. Al final deciden trasladarme a la Comisaría Primera”.
El Jefe del Destacamento, mientras estuvo detenida Gioglio, era Roberto Kearney, quien luego de cumplir prisión preventiva fue desprocesado por la Ley de Obediencia Debida. Sus propios hombres, durante las guardias, habían bautizado al Centro Clandestino, según cuentan los ex-detenidos: “en la sala de torturas había una muñeca de trapo con cabeza, manos y pies de losa o similar. Esta muñeca tenía los ojos vendados y las manos atadas a la espalda. Esto motivó que los captores lo llamaran La Casa de la Muñeca”.

La Aceitera
Nadie sabía a ciencia cierta, después de la retirada de las hienas, si existía un viento capaz de soplar tan fuerte para barrer con los despojos de la muerte. La vieja Arana, como tantos otros lugares, había asistido impávida al horror, y nadie imaginaba que sobre sus ruinas podía nacer una nueva barriada. “Cuando llegamos acá desde la Comisaría nos dijeron que teníamos que irnos del barrio, que Cajade lo había dicho. Pero yo les dije que era mentira porque a nosotros el Diácono José Rosales nos había dicho que viniéramos acá”, cuenta Basilia, una de las primeras pobladoras del barrio. Hace 15 años llegó desde Fraile Pintado, un pueblito perdido en la puna jujeña. Ella misma y otras seis personas empezaron a restaurar la capilla que la cola de un tornado había derrumbado en 1972. Años después llegaría Carlos Cajade con su obra al barrio y los ayudaría a terminarla, aunque los últimos retoques los diera la Pastoral de la Iglesia Nuestra Señora del Valle. El párroco del templo, Alejandro Blanco, siempre comulgó con las ideas de Cajade. Él recuerda cómo heredó el trabajo en La Aceitera. “Por el año 2001 nosotros evaluábamos que teníamos que hacer un trabajo de contención en algún barrio, y Carlitos me dijo que se le estaba formando un asentamiento en el que ya había estado trabajando pero que no podía abarcar; fue así que empezamos a trabajar en La Aceitera”.

A Dominga le habían comentado de una zona muy linda a unos kilómetros de la capital de la provincia, rodeada de arboleda agreste y del campo que tanto añoraba de su Santiago natal. “Cuando yo llegué esto era hermoso, no habían nadie: si mirabas allá enfrente se veía lejos el verde del monte”, cuenta señalando con algo de recelo las casitas de chapa y madera que han ido floreciendo más que el pasto alrededor de su casa. Cuando llegó, hace 16 años, ocupó junto a su familia una vieja edificación de sugestiva arquitectura carcelaria donde, según comentarios de algunos vecinos, funcionaron los vestuarios de la antigua fábrica de aceite. “Yo no quería... Fui a pedir permiso en la comisaría y me dijeron que no sabían de quién era esto, que me instalara hasta que alguien viniera a preguntarme”. Nunca nadie preguntó por el predio donde hoy duerme con sus once hijos y otras cuatro familias.
Y así fueron llegando, de a poco, desde los pueblos más remotos de los socavones de la Quebrada de Humahuaca y el altiplano boliviano, desde Chaco y Santiago del Estero, desde Paraguay y Chile. Campesinos, en su mayoría, empujados por el azote del hambre y el fantasma sombrío de la falta de porvenir. “Vienen con la promesa de trabajar en el campo -comenta el padre Blanco-, de chacareros, y cuando llegan acá las leyes cambian y son explotados”. Fue creciendo así un barrio sin planeamiento, sin calles ni veredas, donde llegar a una casa a veces significa atravesar otras dos, entre los cercos de caña, usando senderos marcados sólo por el paso del hombre. Hoy en La Aceitera viven unas 80 familias con un promedio aproximado de seis hijos cada una.

Hay una callecita pequeña de barro que serpentea por las entrañas del barrio como el brazo de un río arenoso que los separa y a la vez los une. De un lado, queda la vieja Arana, con habitantes antiguos, la Escuela, la vieja estación de trenes y un kiosco con metegol, que “no tienen las privaciones que tiene esta gente: son propietarios, tienen un trabajo que les permite un nivel de vida medianamente bueno”, dice Pilar, una de las pioneras en la Pastoral Barrios de la Parroquia y una de las referentes obligadas de la Iglesia en el barrio. Del otro lado, La Aceitera: una isla de modestos ranchos de madera y chapa -que recubren con nylon durante el invierno-, rodeados por quintas de cultivo y casas de veraneo. La capilla y el comedor, la dependencia policial cruzando la ruta, y unos vestigios de hormigón celeste, en largas pendientes, que creen fueron los piletones de clubes de veraneo y recreación. Unos pocos tienen huertas o gallineros y casi todos asisten a los comedores del barrio.

A la deriva
Muchas chacras y quintas en Arana emplean a los migrantes de La Aceitera como mano de obra casi esclava. “Esta semana me pagaron 40 pesos”, dice Irma, una boliviana tímida pero muy vivaz, con cara redonda y ojos achinados que chispean desde las profundidades de sus cachetes. Todos los días, durante 10 horas, arma atados de acelga: cada siete unidades recibe 20 centavos. Una cuenta rápida desnuda la paga casi criminal: 80 centavos por hora.

Basilia trabajó durante 12 años por 1,50 la hora en las quintas de la zona, hasta fines del año pasado. Su condición de indocumentados, muchas veces, y la falta de estructuras sindicales que defiendan sus derechos laborales, los convierten en blancos muy débiles: “Hacía el trabajo que era para varones. Plantaba tomates y después los cosechaba, cargaba cajones que llegaban a pesar hasta 35 kilos. Cuando terminaba la época de los tomates empezaba la de los morrones, alcauciles, y así estaba todo el año.”, dice Basilia sin esconder la bronca. Siempre terminaba mudándose a unas piecitas de madera “de dos por tres” que le daban los patrones, para evitar las 50 cuadras que la separaban de su casa. Ahí dormía y se cocinaba. Es que de otra forma el tiempo no rinde: las jornadas empiezan a las 6 de la mañana, con una hora de descanso para almorzar, y terminan a las 7 de la tarde. “No teníamos mucho trato con el dueño, pero el capataz siempre nos exigía mayor rendimiento”. Cuando manipulaba productos químicos para prevenir las plagas o para acelerar el tiempo de cosecha, ni siquiera le proveían guantes ni barbijos.

El resto son desocupados que reciben planes asistenciales o viven de rebusques ocasionales. Un grupo reducido trabaja en carpintería, lijando, puliendo o armando muebles de algarrobo.

Pero el trabajo no es lo único que escasea para las 400 personas que viven en La Aceitera. No hay agua potable ni redes cloacales, sólo letrinas a cielo abierto que están muy cerca de los pozos poco profundos de donde extraen el agua. Tampoco tienen gas natural, y las comunicaciones son escasas: un teléfono público y una sola línea de micros. A 12 kilómetros de la Plaza Moreno, el asentamiento es poco menos que invisible para los despachos municipales. “La Aceitera está olvidada porque políticamente no es remunerativa. Como hay muchos bolivianos y los pibes argentinos son en su mayoría menores de edad, acá prácticamente no hay votos. Entonces el interés es mínimo”, dice Pilar, que es fonoaudióloga y una de las primeras misioneras de la Pastoral que cada domingo da una mano para que el barrio salga adelante.

La salud es otro tema muy delicado. Pilar dice que la salita “a veces funciona bien y otras casi no funciona. El verano es el peor momento”. Para la gente de los alrededores, que la posta no funcione es casi no tener asistencia médica. La mayoría no tiene plata ni medios para llegar a otro centro sanitario o al hospital.
“Las salitas están colapsadas. Acá por ejemplo, faltan profesionales. Hay una ginecóloga que hace de pediatra y un dentista. En ese cuarto donde guardo la moto, se podría instalar un consultorio”, cuenta el enfermero que hace las guardias los fines de semana. Daniel pertenece a la Cooperativa de Enfermeros de la Provincia de Buenos Aires, y lo contrata el gobierno para reemplazar a la guardia municipal que viene durante la semana. Cubre turnos de 52 horas por fin de semana y cobra 400 pesos por mes. “A la salita llegan mucho hipertensos, diabéticos, y también atiendo muchísimos pibes con diarrea, vómitos y fiebre”.

Daniel le pregunta a Christian, uno de los misioneros, si es cierto que encontraron arsénico en el agua analizada. Christian contesta que sí. Pide una copia del análisis para entrevistarse con Juan Marone, el secretario de salud que asumió después de la renuncia de Del Prete. “El arsénico es un veneno tremendo. A mí me dijo el secretario que si era cierto que eso estaba en el agua había que hacer algo cuanto antes”.

Saliendo del Pozo
“Caminemos junto al hermano que nos necesita”, es lema que los misioneros rescataron del Evangelio cuando, hace cuatro años, desembarcaron en La Aceitera. “La palabra 'junto' muestra claramente que no estamos por atrás ni por delante de ellos, que somos iguales“, comenta Pilar.

Con un trabajo multidisciplinario y constante, la Pastoral fue poniendo en práctica varios microemprendimientos que ayudan a los habitantes del barrio. “La asistencia fue lo más urgente cuando llegamos, pero con el tiempo deberá ir desapareciendo. Porque si eso no conduce a la reformulación de la persona, no sirve. Nuestro objetivo es que ellos comprendan que van a sentirse dignos cuando defiendan sus derechos a la salud, a la educación, a un trabajo”. De a poco, con donaciones y colectas de organizaciones no gubernamentales y algunos comercios, fueron levantando un comedor comunitario. Hoy ofrecen el desayuno y los domingos al mediodía, una vianda. Ahí mismo funciona un grupo que brinda apoyo escolar para los niños y un ropero comunitario donde los bolsones de ropa se pagan un peso. “Hace un mes, se puso en práctica un convenio con la Facultad de Odontología, que prevé que un grupo de estudiantes visite La Aceitera para tratamiento y prevención de niños y adultos”, dice orgullosa Piqui, como la conocen todos. “Este año planeamos, entre otras cosas, una comisión vecinal para debatir y ocuparse de los problemas más urgentes, y una feria de ropa para que ellos puedan elegir lo que quieran para vestirse”.

Hasta el cansancio lo dijo en vida el padre Cajade y Pilar lo repite: “Si la Iglesia no está al lado del pobre, del excluido, no es la Iglesia que concibió Jesús”.
Con su aporte y el esfuerzo de las familias, La Aceitera lucha todos los días por salir del pozo. El mismo pozo que cavaron hace tres décadas los desaparecedores, y que hoy no cierra por la desidia de los funcionarios.

Turbio como el agua
“Qué quiere usted, señor, si ellos toman agua con caca”, le contestó Pilar sin eufemismos, cuando el empleado de un club benefactor que olía a lavanda, le dijo durante una recorrida que las urgencias de La Aceitera no eran para tanto. “Sé que hay otros hermanos necesitado que pasan hambre, pero yo puedo hablar por la gente de La Aceitera, que es donde trabajo y en donde veo todas las carencias”, le aclara ahora a La Pulseada, más reflexiva.

Cuando la Pastoral Barrios empezó a trabajar en La Aceitera, supo que una de las falencias más graves era la falta de agua potable. En las oficinas de ABSA, la empresa que debería garantizar la provisión de agua corriente, “nos dijeron no iban a ampliar la red porque no podían afrontar ese gasto”, recuerda Pilar. Entonces golpearon las puertas de la Universidad. El Departamento de Hidráulica de la Facultad de Ingeniería hizo un estudio del agua que consumían. El informe habla de “deficiencias de calidad, lo que conlleva el riesgo cierto de contraer enfermedades hídricas, químicas, microbianas, parasitarias, etc”.

En La Aceitera el riesgo se multiplica teniendo en cuenta la alimentación deficiente y la ausencia de redes cloacales: el trecho entre los pozos donde desagotan los desechos fecales y los pozos de abastecimiento de agua llegan a ser de cinco metros, tres veces menos que la distancia mínima regulada en las leyes vigentes. “La presencia de bacterias colifecales es un indicador de contaminación de la fuente de agua con líquidos cloacales, está indicando que muy probablemente el agua contiene otros microorganismos y parásitos patógenos generadores de enfermedades por ingesta de agua contaminada”, advierte el escrito.

Los análisis también dan cifras preocupantes de los compuestos químicos que encontraron en el agua, como el nitritos y el arsénico, pero sobre todo el nitrato. El informe da cuenta de la peligrosidad de esta sustancia: “el nitrato en exceso representa un riesgo elevado de afectación de la salud humana, principalmente para la población infantil y anciana; pudiendo generar la enfermedad denominada metahemoglobinemia, la cual afecta el transporte normal de oxígeno en sangre”. Hay un agravante: el nitrato concentra su veneno a medida que aumenta la temperatura del agua. Por ejemplo, cuando se hierve.

La Facultad de Ingeniería propuso una solución: Diagramó un sistema de surtidores públicos, confiable, y para nada costoso: con sólo tres meses de ejecución, la obra costaría 36.261 pesos.

En julio de 2005, las crónicas periodísticas anunciaron un pomposo acuerdo entre el gobierno nacional, las autoridades municipales y ABSA: “Más agua, más trabajo”, por el que el gobierno nacional invertía 50 millones de pesos para ampliar la red de agua corriente a más de 40.000 personas del perímetro pobre de las afueras de La Plata. La zona 8 del proyecto era La Aceitera. En el convenio intervenían también varias cooperativas que debían llevar a cabo los proyectos bajo la supervisión del ENHOSA, una dependencia nacional. Al parecer, ninguno se ocupó demasiado: “Cuando el diario de Villa Elvira publicó la noticia, daba los nombres de las autoridades de la empresa que estaban a cargo. Pedí entrevistas con todos ellos para aportarles el proyecto de la Parroquia. Pero las secretarias me pelotearon todas las veces: me pateaban las reuniones, me decían que no estaban. Lo cierto es que nunca pude hablar con ninguno de ellos”.

Hoy, gracias a organizaciones no gubernamentales, el proyecto viaja por Alaska en busca de apoyo internacional para poder concretarse. Sólo 36.000 pesos pueden cambiarles la vida a 500 personas. Pero aquí, quienes debieron cobijarlo le dieron la espalda. No hubo más que promesas, y unos cuantos apretones de manos frente a las cámaras.

El cerco sobre “el verduguito”
Mario Mijín había sido jefe de la guardia más temida por los secuestrados de Arana. María Cristina Gioglio recuerda que “los compañeros, entre los que estaba Adriana Calvo, lo conocían como ‘el verduguito’, porque era muy perverso. Había guardias donde estábamos destabicados y un poco más distendidos, pero la de él era la peor”.

En 2002, en un operativo catastrófico, la policía de Avellaneda abrió fuego indiscriminado sobre el auto donde viajaba Claudio Barbarelli, un hombre de 35 años que había sido tomado como rehén. Lo acribillaron de 40 balazos y los ladrones escaparon. Cuando su familia, enardecida, arremetía contra la comisaría, el Segundo de la Departamental de Lomas de Zamora salió a calmar los ánimos: -Señora, la entiendo –dijo intentando poner paños fríos- nosotros también somos seres humanos.

“Yo estaba mirando la tele y cuando lo vi no lo reconocí. Estaba más gordo, habían pasado 30 años. Cuando abajo apareció el cartel ‘Segundo Jefe de la Departamental de Lomas de Zamora. Comisario Inspector Mario Mijín’, empecé a los gritos, llamé a todos mis compañeros. Y entonces lo denunciamos”.

La noticia salió en los diarios. El pasado lúgubre que había escamoteado durante tanto tiempo, empezaba a supurar. A los pocos días, el comisario sufrió la segunda desventura en los medios: después de los asesinato de Darío Santillán y de Maximiliano Kosteki en Avellaneda, su subordinado Alfredo Franchiotti lo acusó de apadrinar la fuga a Italia de un policía involucrado, y de ser uno de los cerebros encubiertos de la masacre.

Aquello era inadmisible. El prontuario de represor no había sido ningún impedimento para hacer carrera hasta la Vice Jefatura Departamental de Lomas de Zamora.
Como nunca lo había imaginado en sus noches del Destacamento, cuando se sentía invulnerable, el cerco del poder se había cerrado sobre Mijín. “Él era el nexo entre la policía y el gobierno”, agrega Gioglio. Desplazado de su cargo, ni sus hombres en la Rosada, ni sus compañeros de la fuerza podían rescatarlo. La tarde del 24 de agosto de 2003, recluido en su casa de Florencio Varela, “el verduguito” cargó la reglamentaria y después de llevársela a la sien, hizo fuego.

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