NÚMERO 38 - ABRIL 2006

Los caminos de la villa...

...NO SON LO QUE YO PENSABA

Las crónicas de Cristian Alarcón, como las de muchos periodistas de nuestro país, hablan de los pibes chorros. La diferencia es que sus textos suenan a cumbia y huelen al vino más barato. “Conocí la villa hasta llegar a sufrirla”, cuenta en el prólogo de su primer libro. En una charla con La Pulseada, este chileno formado en La Plata, habla de esos “pibes chorros bardo” cuya semilla es la pobreza y la falta de políticas sociales; de una cultura tumbera de moda, convertida en sujeción para los pobres y aquello que él sólo ve porque “las redes comenzaron a funcionar”. “Mi preocupación en este momento no es cómo la policía está matando a los pibes, sino cómo se están matando entre ellos”.

Por Laureano Barrera

“Lo que se puede percibir apenas se camina un territorio de exclusión es que los pibes se matan entre ellos o son carne de cañón de los negocios ilegales de los adultos y de la policía. Son una especie de variable de ajuste del sistema. El ajuste de cuentas aumenta día a día. Y muchos terminan con el ajusticiamientos de los más chicos, los más débiles de la cadena”.

Como cronista de los márgenes, Cristian Alarcón ha intentado entender cómo es eso de que un chico a quien recién le está creciendo la barba, salga a robar, mate por una bicicleta o se drogue. Sus notas en Pagina/12, la investigación que hizo sobre los escuadrones de policías que asesinaban jóvenes de las villas del Norte del conurbano bonaerense, el libro sobre vidas de pibes chorros y el que está terminando acerca de los “transas” que comercializan la droga en las villas, reflejan esa búsqueda poco frecuente del periodismo.

Ni bien tuvo listo “Cuando me muera quiero que me toquen cumbia”, su primer libro, Alarcón repartió varios manuscritos entre los protagonistas de las crónicas: los amigos del Frente Vital, aquellos que lo habían acompañado en su vida y en su muerte. Tal era el pacto de confianza que había sellado con ellos, fuera de un rancho, algún domingo de los tantos que pasó en la villa miseria de San Fernando. “Les prometí un asado y lo hicimos en la casa quinta de la madre del Frente que vive en Don Torcuato. Nos emborrachamos muchísimo, bailamos toda la tarde; fue como una ceremonia, y a las siete de la tarde, cuando estábamos todos quebrados, les entregué un libro y lloramos todos. Ellos tuvieron la oportunidad, a lo largo de un mes, de cuestionar lo que quisieran. Sin que me comprometiera a que iba a cambiar todo lo que me pidieran. También estaba poniendo en riesgo romper vínculos, porque si había algo que era verdad no lo iba a cambiar, pero les dije que si en algún pasaje alguien se sentía ofendido o me había equivocado en algún dato, lo iba a investigar y que si era así lo cambiaba. Ese fue el compromiso”.

-¿Cómo fue que los adolescentes marginados comenzaron a ser el tema recurrente de tus crónicas?

-Creo que cuando llegué a Página. Primero comencé en política, pero no me sentía cómodo. El sistema por el cual se trafica la información de la política nunca me sentó bien, pensé que no podía aportar nada en ese sentido, que iba a seguir siendo un transmisor de la información que me bajaban los voceros. Entonces me escapé a Sociedad, un terreno bastante virgen en ese entonces, para hacer investigación. No recuerdo cómo, pero me fui corriendo hacia el tema de los menores y empecé a ver en algún momento que había algo que investigar en torno a cuál era el rol que jugaban los chicos en los negocios ilegales de la Policía bonaerense.

Cristian Alarcón, que estudió en la Facultad de Periodismo de La Plata y luego trabajó en el suplemento local de Página/12 y el diario Hoy, posee un compromiso que trasciende la publicación de cada uno de sus artículos. “Cada vez que tuve que intervenir por ellos, lo hice: por sus condiciones de detención, por posibles torturas o por amenazas dentro de la cárcel, siempre moví todo lo que tenía que mover. Fui a visitarlos e hice todo lo que tenía a mi alcance para protegerlos. Cumplí con lo que consideraba como mi compromiso. Pero siempre tuve clara la diferencia: si bien podía tener una relación amistosa, un vínculo afectivo con los chicos, no me creo la película de que era su amigo. Tengo tres o cuatro amigos, como todo el mundo, pero no lo son mis fuentes ni los personajes de mis historias. Soy incapaz de sostener semejante carga porque además es verdaderamente utópico. Debería ser muy extraordinario que uno se haga amigo de una fuente”.

Su derrotero en la profesión ha sido un ascenso vertiginoso. El día del atentado en la AMIA, después de dirigir el suplemento Joven durante unos años, renunció al diario Hoy. “Me cansé; ya habían echado a todos los buenos”. Pero ya se había incubado su crónica fuerte, aquella que se sentía cómoda buceando en los universos marginales de la cultura y la sociedad. En esos primeros años abordó las tribus urbanas de la noche platense, su plumaje díscolo, su tozuda convicción de caminar por la orilla.

Destino de militancia
Cristian Alarcón fue parte del Centro de Estudiantes en su secundaria de Cipolletti y luego en el universidad. La desaparición de Miguel Bru lo marcó para siempre. Fue unos de los primeros en reclamar justicia y en lograr que la noticia se instalara en los medios. Después participó en la fundación de la asociación que lleva el nombre de aquel estudiante de Periodismo que había sido compañero suyo.

En esos años comenzó a pisar la Villa de San Fernando hasta conocerla rancho a rancho. Fue un trabajo para Página/12 que duró 3 años. “Me dio mucho material, pero lo sufría y lo padecía. No es que me levantaba y decía en el centro de Buenos Aires: '¡Qué lindo, tengo que ir a San Fernando!'. No, puteaba como un hijo de puta, me iba odiado. Iba los domingos, y claro, los encontraba de resaca, los tenía que despertar, sacarlos de los ranchos. Al tiempo, los pibes me veían como alguien que los extraía de su bucólica realidad. Entonces se generaron algunas complicidades, una demanda para que fuera... No decían ‘qué pesado viene este pibe a quererme entrevistar’”.

“Cuando me muera...”, el libro que ya lleva seis ediciones vendidas y va a adaptarse al cine, cruzó la General Paz y circula por los territorios, villa adentro. Es la historia del Frente Vital, el pibe que robaba comida y la repartía entre los chiquitos más pobres y que se consolidó como el santo de los pibes chorros en la zona Norte después de que una bala policial lo callara para siempre. Alarcón tuvo que aprender a moverse con recaudos, siguiendo milimétricamente sus códigos, sabiendo que la franqueza era la única forma de tener las espaldas cubiertas. Porque en un territorio con tantas espinas, la confianza es el bien más preciado; pero también el más frágil.
“Cuando entraba a los temas de exclusión con los que trabajaba, lo que prevalecía era el interés del otro más allá de la nota. Una ética en la que, si voy a contar una historia que puede significar algún perjuicio moral, o incluso hasta de dignidad del protagonista de la historia, es preferible no contarla. Allí empiezan a jugar los valores que uno tiene para contar siempre la verdad, pero entendiendo las lógicas culturales de aquellos que protagonizan nuestros relatos. Por ejemplo: hasta que condenaron al capo del escuadrón de la muerte (policías que mataban salvajemente a los chicos y luego informaban que habían muerto en enfrentamientos), creo que estuvo dolida conmigo la mamá de uno de los chicos asesinados por el escuadrón, porque en las crónicas que yo escribía en Página, contaba que él robaba. A espaldas de ella. A ella le dolía que eso fuera escrito. Yo siempre le insistí en la necesidad de que no lo ocultáramos, porque sino no podíamos contar la historia completa. Yo no podía decir que el escuadrón lo había fusilado estando él desarmado, si le quitaba una parte a la trama. Yo creo que el compromiso se termina reflejando en estas condiciones. Ahora estoy más alejado de ese activismo permanente y estoy viendo las cosas de otra manera, con una cierta distancia hacia la trama en sí misma. Y veo que esto es algo que va cambiando y a cada uno le puede pasar diferente: a otro, seguramente, la relación con lo político y la política lo afecta de una manera distinta en el oficio periodístico”.

-¿Sentís que ese vínculo estrecho que establecías con los protagonistas se va enfriando?
-Podría decir que sí.

-¿Y esa mayor distancia se refleja en tus notas terminadas?
-No. Yo creo que lo que puede estar ocurriendo es que, en realidad, cuando uno tiene hecho un camino de construcción, y sobre todo en red, hay que tener ciertas coherencias y hacer ciertos sacrificios para sostenerlas. Yo me he enterado de muchas cosas que han ocurrido allí donde nadie se entera porque las redes han comenzado a funcionar. Me pasa algo con el libro que estoy escribiendo, sobre transas, gente que trabaja en algún lugar de la cadena de producción y comercialización de drogas ilegales. Estos personajes son muy difíciles de abordar, y lo que permanentemente me planteo es ¿cuántos territorios puede abordar uno sin estar finalmente expuesto a que un desentendido, o un mal entendido, o simplemente una situación perversa que uno no pueda controlar; implique que uno se ponga en riesgo? Entonces lo que he decidido este año es concentrarme en algunos territorios, porque no se pueden abrir tantas puertas cuando se trabaja sobre tramas muy polvorosas y volátiles.

-¿Qué es lo que más te preocupa de todo lo que ves?
-Mi preocupación en este momento no es cómo la policía está matando a los pibes, cosa que por supuesto sigue ocurriendo, sino cómo se están matando los pibes entre ellos. Me preocupa esta zona que se ha ido legalizando como parte de la cultura de la ilegalidad que es la de la cultura tumbera, y que amenaza en convertirse hasta en objeto pop, ¿no?, de consumo masivo. Incluso más allá de los propios territorios de la exclusión, la cultura tumbera es la gran forma de sujeción entre los pobres, y precede a una sujeción de décadas por parte del Estado. Los poderes paralelos que hay en este momento en los territorios, son tanto o más preocupantes que los poderes del Estado haciendo ejercicio de sus capacidades represivas. Si la cultura tumbera sobrevive y se instala en los territorios como statu quo de los grandes territorios devastados, es muy probable que no sea necesaria la existencia de lo policial, más que para controlar los negocios ilegales. O sea: no hay nada más represivo que un chorro que acaba de salir con la cabeza quemada de la cárcel, creyendo que lo que tiene que hacer -y probablemente, según el nivel de exclusión en el que viva, hasta sea comprensible desde su lógica del sentido común- es acallar rápidamente a su enemigo más cercano y ganar poder en su territorio.

La última pregunta es acerca del destino de estos chicos. Cristian Alarcón tiene una respuesta. Sin embargo, titubea y prefiere contestar con una anécdota: “Simón (nombrado en “Cuando me muera...”) está llamándome por teléfono desde año nuevo. Cuando escuché su voz, por varios minutos pensé que era otro chico, el testigo clave en el juicio al escuadrón de la muerte que suele comunicarse desde la cárcel donde está preso por robo. De pronto le pregunté si todavía seguía siendo ‘limpieza’... ‘Limpieza’ es el rol del que puede salir del pabellón porque limpia, con lo cual se ganan beneficios. Para ser ‘limpieza’ se supone que hay que tener conducta, y muchas veces son pibes que tienen un relación más aceitada con el Servicio. Entonces, Simón, que ha pasado su vida adentro de un instituto, primero, y luego en cárceles para adultos, me dice: '!qué limpieza! si yo siempre fui “cachivache”!’. ‘Cachivache’ es aquél preso que vive en la más rasa de las leyes tumberas, sin pretensión de mostrar conducta, rodeado de otros pesados y midiéndose siempre la condición fálica con el otro como una forma de sostener su pequeña dosis de poder sólo dada por la fuerza que puede sostener ante los demás. Simón está en un pabellón ‘cachivache’ con ‘gente grande’, con ‘elefantes’, con tipos que han hecho camiones de caudales, bancos, secuestros, delitos que requieren de una mayor organización y que siguen siendo la frontera entre la gilada, los pibes chorros bardo y los profesionales. Claro que los profesionales son cada vez menos. Gente, por ejemplo, como los que habrían hecho el Banco Río de Acassuso. En fin, Simón es un caso paradigmático de destino tumbero. El destino de la mayoría de los chicos que comienzan muy temprano a entrar en el sistema. Habría que revisar las estadísticas de reincidencia de menores. Se vería así el destino de los pibes, de los más débiles de la cadena”.

Profesionales
“Una vez tuve una entrevista con un chico que había salido después de dos años de presión por un robo. Me reconocía que pensaba volver a robar porque no estaba dispuesto a vivir con los 150 pesos de un Plan, pero que lo iba a hacer con otra conciencia de sí mismo, del valor de su vida y de la libertad. En realidad, me estaba explicando que iba a intentar hacerse más profesional... Es la fantasía de muchos chicos vinculados al delito: perfeccionarse, profesionalizarse para no caer”.

Derrumbe
“Yo no hablo de ‘delincuentes’, hablo de personas relacionadas con el delito, vinculadas al delito o en situación de delito. ¿Qué es el delito en esta sociedad en la que todo se está derrumbando? El derrumbe lo puede ver una persona de clase media cuando sale de su casa a comprar el pan en la esquina, en el chico que pide, en la mujer durmiendo con cuatro diarios en la calle, en el excluido que también se pasea por la ciudad, en el amigo que no consigue trabajo...”.

Conflicto
“Lo que en realidad me conflictúa como periodista y como cronista es este descubrir que la pobreza puede ser peor, que empeora, que sigue empeorando, que los índices sociales nos mienten, que las encuestas nos mienten y que en realidad; cuando uno se mete en los territorios se sigue sorprendiendo”.

Ladrón de bananas
“Yo conocí la historia del preso más joven del país: tenía 9 años. Estaba detenido por haber sido encontrado dentro de una verdulería con un amiguito de 12 años comiendo bananas; aunque otra versión decía que había intentado robar 5 kilos de bananas a punta de una pistola de juguete. Su madre lo visitó en el instituto donde estaba encerrado en condiciones de máxima seguridad como si fuera un ‘apóstol de Sierra Chica’, con guardias armados con palos, vestidos como policías... Ella tenía 17 hijos, trabajaba como cartonera en la Estación Mitre, vivía en una villa de José León Suárez, ganaba entre 4 y 7 pesos por día y su marido vendía verduras en un puesto durante 12 horas para ganar 5 pesos. ‘Yo nunca vi más de 20 pesos juntos’, me dijo. Es milagroso que sólo uno de sus 17 hijos haya estado institucionalizado y encerrado en condiciones que difícilmente olvide. Porque cuando un niño de 9 años pasa meses en un cuartucho, bajo llave, cuidado por celadores como cualquier penitenciario y violentado permanentemente por los guardias y por otros niños mayores...”.

Círculo
“Hay muchos casos en que los papás o las mamás fueron niños o adolescentes institucionalizados... Una vez, un padre me dijo: ‘la primera vez que cayó mi nene, fue en el San Martín, en Capital. Tuve que ir a buscar a mi hijo de 11 años al mismo lugar en donde mi viejo me buscaba a mí”.

Desintegración
“Muchos de los papás de nuestros chicos pasaron a ser vendedores ambulantes durante la década menemista. Vendían productos de limpieza, lapiceras y trabajaban de esa manera para poder sostener a la familia. Con la crisis de 2001/02, se convirtieron en desempleados. Algunos, quizás, pasaron a integrar un movimiento piquetero, a cobrar los planes. Esa debacle provocó locura, enfermedades, alcoholismo u otras adicciones. La desintegración avanzó a partir de las condiciones mentales de sus padres. En el caso de uno de los chicos, su mamá se enfermó del corazón y tuvo que ser internada en el Hospital Fiorito. A su padre lo operaron del hígado porque se había chupado todo y el chico quedó huérfano por dos meses. ¿Qué hizo? Comenzó a dormir en la guardia del Hospital con otros pibes de la calle y a trabajar lavando autos en los estacionamientos de San Telmo. Cuando la mamá salió, algo había cambiado. El chico, teniendo 10 u 11 años, comenzó a escaparse con sus amigos más grandes. Finalmente cayó detenido por el robo de unas zapatillas. Lo atraparon escapando con el arma, un 32 corto, que era de uno de los más grandes, un chico de 15 años con el hermano fusilado por la policía bonaerense, una familia también desintegrada y totalmente atravesada por la muerte de su hermano.”

Niño adulto
“El de 15 le dice al de 12: ‘tomá, quedate vos con el fierro que sos menor’. Fijate cómo cambió el pensamiento... Antes era el adulto el que le decía eso al pibe. Esta frontera ha ido bajando hasta que el que se considera adulto y sabe que va a quedar en máxima seguridad hasta los 18, es el de 15 y le entrega el arma al de 12... Pero muchas veces también este último queda encerrado”.

Ghetto
“Hay cierta clase media que insiste en pensar que la solución a la inseguridad es el encierro. No se conforma con tener a sus padres entre rejas y superpoblando las cárceles, también quiere lo mismo para los hijos y los nietos. Imaginemos la progresión si los niveles de pobreza siguen creciendo. ¿Qué habría que hacer con estos chicos que hoy tienen 10, 12 ó 15 años, dentro de una década; la ghettización de la villa o el encierro formal en cárceles?”.

La narrativa de la exclusión
Mientras La Pulseada lo entrevistaba en su pequeño estudio donde sólo hay libros, un escritorio y dos notebooks, el teléfono suena varias veces. Es que hay algo de Cristian que irrita a sus colegas y a sus jefes en todas las redacciones en las que ha trabajado: no usa teléfono celular. En el contestador desfilan voces de sus amigos. Y hay un motivo para tanta insistencia: vuelve a trabajar en Página/12 después de tres años de haber caminado algunos recovecos de América Latina, aquella que lo hechizó con la cultura de sus habitantes y le permitió desentrañar sus misterios escribiendo como free lance.

-¿La crónica es el género periodístico más preciso para poder narrarlos esos escenarios?
-A la crónica hay que reivindicarla. Tiene algo maravilloso…. Es policlasista. Con la crónica podemos narrar los lujos de la alta burguesía argentina, las pasiones por los caballos, la ropa, el consumo y podemos narrar la exclusión. La crónica, para mí, es una de las pocas maneras en que no se vuelve aburrido leer historias reales. Hace poco un premio Nobel dijo que la ficción estaba muerta. Y cada vez más uno al leer la ficción se encuentra con la realidad allí metida, haciendo sustentable las historias. Entonces, la crónica surge -y creo que va a haber un auge en esta década- como el género ideal para retratar aquello que empieza a ser tan bizarro, tan increíble, que encuentra soporte sólo en la literatura.

-¿Cómo ves al periodismo argentino actual?
-La Argentina es el país con mejores periodistas del continente y está entre los mejores del mundo. La forma en que escriben, su acercamiento a la literatura, la formación universitaria de los que pasaron por la academia, el mundo que han caminado, su condición de seres de clase media que han tenido acceso a determinadas informaciones, haría posible que el periodismo argentino fuera tanto más irreverente, joven y buscador de nuevas formas de narrar, pero las empresas ejercen un control que en general tiende a producir un nivel medio, que en principio parece más barato. Es cierto que escribir mejor requiere más información, más trabajo y se supone que requiere más pago. En la estandarización también está el ahorro, ¿no? El ejemplo más claro es el diario Perfil, que ha decidido ponerle coto a cualquier intento de crónica distinta. No sé... Creo que es muy dispar. A veces hasta en Clarín uno se encuentra con gente que lee y reivindica la crónica.

-¿Hay un acompañamiento del auge del género con la aparición de periodistas jóvenes que se sumergen en los territorios?
-Hay algo bastante perverso y es que muchos de ellos pasan por los diarios como becarios. Uno logra ver algunos relatos distintos y no están firmados o tienen una especie de firma de segunda categoría, que es una firma abajo y no arriba. Y cumplen un ciclo y las empresas no son capaces de reivindicarlos tomándolos, cosa que ocurría antes. El mercado está tan saturado que resulta muy difícil leer a los jóvenes. ¿Dónde los leemos?. Yo estoy descubriendo cosas en los weblogs, o en revistas dónde hay historias nuevas y nuevos personajes que cuentan. Me da la sensación de que también es necesario cierto tozudismo para producir o para encontrar nuevos espacios.

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