NÚMERO 38 - ABRIL 2006

DOLORES DE CRECIMIENTO

Santiago tiene 9 años. Recorre calles y vagones... Ahora tiene unas zapatillas que le regaló la señora de la casa del portón blanco. Hace un año y medio que no va a la escuela. Tiene casi todo en contra, pero siempre regala una sonrisa difícil de explicar. Es un chico y esa condición infantil lo exime de culpas para la consideración social en general. Un atenuante, por supuesto, de muy corto plazo. Porque en cuanto crezca un poco, ese señor que hoy le compra conmovido una lapicera, lo querrá bien lejos y encerrado; la misma mujer que hoy lo mira con compasión, lo verá como un símbolo de su miedo... Y los medios que hoy lo ignoran, lo señalarán como un peligro para la sociedad.

Por Pablo Antonini

“Estoy cansado de que se nos vayan chicos a los 12 o 13 años, cuando ya no los podemos contener, para que dos años después vuelvan sus familiares a la consultoría jurídica porque están presos”. Marcelo Ponce Núñez, abogado histórico del Hogar de la Madre Tres Veces Admirable y uno de los responsables de su conducción desde el fallecimiento de Carlos Cajade, plantea así las razones de un importante debate que atraviesa a la institución por estos días.

“Queremos reforzar el trabajo con los adolescentes, en los centros de día. En los últimos tiempos Carlitos ya la estaba viendo… Insistía mucho con atacar más fuertemente en estos lugares. Porque si vos sostenés a los pibes en su propio entorno, el trabajo repercute también en la familia y en consecuencia en el barrio en forma directa. Por consiguiente, hay más posibilidades de evitar que vaya a la calle y, por lo tanto, al hogar convivencial”.

Claro que ese entorno no está nada fácil para los jóvenes, cuyos índices de pobreza, indigencia y desocupación superan ampliamente al promedio. Unos 387 mil bonaerenses de entre 14 y 21 años no estudian ni trabajan, y resulta difícil -o cínico- echarles la culpa. El año pasado, desde el Ministerio de Trabajo nacional se elaboró un poco difundido “Diagnóstico del Desempleo Juvenil” con conclusiones alarmantes: la tasa de desocupación de los jóvenes de entre 15 y 24 años ascendía a 26,3%, lo que representa un 40 % en el desempleo global, cuando esta franja compone sólo el 20% de la población activa. “La probabilidad de los jóvenes de estar desempleados es 3 veces mayor que la de los adultos”, comprueba el informe oficial, y 4 veces mayor entre los adolescentes haciendo el corte a los 19 años.

Un estudio reciente de la consultora Equis, que lidera el sociólogo Artemio López, agrega que 550.000 chicos de entre 14 y 18 años desertaron de la escuela. De hecho, el gran índice de deserción escolar se produce al terminar la primaria o, dicho de otra forma, al empezar la adolescencia. Para Ponce Núñez, “esto sucede porque las familias tratan de insertarlos en el mercado laboral, para que den una mano en la casa. Y el mercado laboral los castiga duro, porque los toma y expulsa rápidamente, con mucha facilidad. El pibe no tiene cultura de trabajo, que en este país está muy depreciada, y lo siente como un fracaso: no hizo el colegio porque los papás necesitan ayuda para parar la olla, pero tampoco puede ayudar porque no lo toman o lo echan de todos lados… Se le acumulan las frustraciones, está en pleno período de rebelarse, y de ahí a un abandono de toda expectativa o a una salida violenta hay un paso”.

La situación ya está impactando de manera estructural en la formación de generaciones enteras, con consecuencias imprevisibles en el mediano plazo. “Desde 1995, cuando se produce el gran salto en la desocupación -revela López-, el desempleo entre los jóvenes rondó siempre el 40 por ciento. Muchos que tenían 15 años entonces y hoy tienen 25, nunca tuvieron un trabajo. Cuatro de cada diez jóvenes económicamente activos jamás consiguieron un empleo en la última década. Muchos están casados y son padres de familia sin haber conseguido nunca un empleo”.

Entre los afortunados que sí lo consiguen, el trabajo en negro alcanza el 71% a partir de los 20 años y el 85% hasta esa edad. El promedio salarial ronda los 300 pesos mensuales.
Mientras tanto, la economía creció a un ritmo sostenido del 9% en los últimos dos años.

Los invisibles
Los adolescentes son la franja más relegada de las políticas públicas. Existen iniciativas específicas, como el programa “Todos a estudiar”, que repartió 27.615 becas en 22 provincias e incluye una articulación entre las carteras de Educación e Interior para documentar jóvenes; algunos programas de primer empleo e inclusión laboral de la Dirección Nacional de Juventud (DINAJU) dependiente de Desarrollo Social o el Programa de Comunidades Vulnerables (PCV) del Ministerio de Justicia que da una capacitación de 150 pesos mensuales a 800 jóvenes de Buenos Aires y Río Negro. En la provincia se implementó además el “Proyecto Adolescentes” del Ministerio de Desarrollo Humano, que llegó a 33 mil jóvenes con becas de capacitación en oficios y emprendimientos productivos, con la inserción escolar como requisito.

Si bien todos los entrevistados valoran estos y otros programas de asistencia, en general encarados aisladamente por uno u otro ministerio, también coinciden en señalar que no suplen la falta de políticas preventivas promocionales. El ámbito de la Salud, señala Mirta Rivero desde un consultorio en el Hospital de Niños, es uno de los más críticos en este sentido: “se insiste con políticas focalizadas, cada tanto aparece algún programa provincial, pero en la práctica el Estado nunca termina de definir qué lugar ocupa el adolescente en el sistema sanitario, dónde y quién tiene que hacerse cargo”.

Mirta es Trabajadora Social, integra el Foro Provincial por los Derechos de la Niñez y Adolescencia en representación de su colegio profesional y reviste en las áreas de Oncología y Nefrología del Hospital. “Acá -agrega- no se lo toma, excepto mínimas excepciones, y el hospital de adultos lo trabaja como adulto, entonces no es de nadie, no tiene un vector de salud. En todo el Hospital, con un esfuerzo desmedido y casi pidiendo por favor, hay una sola médica dedicada a adolescentes, que tuvo que pedir de prestado otro consultorio y rogar junto a la asistente social que se lo concedieran”.

Ese no-lugar, opina Mirta, esa zona gris de chicos demasiado jóvenes y jóvenes demasiado chicos, ya está instalada en la salud más allá de los agentes sanitarios. Cuenta que más de una vez se le acercó algún vecino preocupado, con su hijo adolescente y le pregunta: “Che, a éste que ya está medio grandote, ¿me lo atenderán en el Hospital?”. Tiene 14 años, mide 1,55 “y ya la madre por las dudas se lo lleva al Policlínico. Y cuando llega le aparece la pregunta inversa: ¿acá sabrán de chicos?”. Teóricamente, explica, el límite está puesto a los 16 años, pero en la práctica “termina definiéndolo el profesional que te toque, y muchas veces operan variables como el aspecto, la estatura y, principalmente, la obediencia. Muy seguido pasa que si el chico es multiproblemático, es desertor permanente y no tiene un entorno familiar que garantice sostener el tratamiento, se lo deriva. Si no me hacés caso, que te atienda otro”.

Otro caso paradigmático, asegura, es el de los adolescentes que son padres: “En su rol de ejercicio de paternidad ya tiene un estigma que violenta mucho más silenciosamente su adolescencia, porque si el Hospital lo convoca no lo hace desde el lugar de adolescente que ha sido padre, sino como padres a secas. Y por ahí los ves horas sentados en estos bancos: papá 16, mamá 17, y el único que está en tratamiento es el hijo…”.

“Yo no digo -aclara por las dudas-, que debe haber un hospital para adolescentes, como un ghetto, con especialistas, pero sí una política, una estrategia que implique al grueso de los agentes de salud y de la educación para pensar qué se hace en forma integral con ellos. Para el sistema sanitario, el adolescente como tal casi no existe”.

Como contrapartida, los adolescentes argentinos –sobre todo pobres- parecen tener mucha mayor visibilidad en otros aspectos.

Los señalados
El portal periodismosocial.com realizó un exhaustivo relevamiento de las 23 mil noticias publicadas por los principales medios gráficos involucrando a la niñez y adolescencia, entre marzo y diciembre de 2004. En el ítem “Violencia” se agrupó la mayoría de la información aparecida (26,1%), seguida por “Educación” (18,1%), debido fundamentalmente al inicio del ciclo lectivo. Bastante menos “noticiables” parecen los temas referidos a “Derechos y Justicia” (11,1%), “Salud” (7,8%) o “Cultura” (7,2%, en su mayoría notas sobre libros, cine, televisión u otros productos culturales de consumo para esas franjas etarias). Y muy lejos, otros ítems como “Situación de calle” y “Trabajo de adolescentes” merecieron en conjunto el 0,6% del total.

“El 64% de los porteños apoya la baja de la edad de imputabilidad”, publicó el Diario Popular en febrero pasado (chiquito y al pie, la nota especifica que la fuente es una encuesta domiciliaria hecha por una fundación sobre 400 vecinos). Un adolescente de 13 años que se había robado un radiograbador recibió una paliza por parte de otro grupo de vecinos en pleno centro de Rosario, informa el diario santafesino La Capital (18/1/06). Le fracturaron un brazo y hubieran seguido de no intervenir una patrulla, que sin embargo no detuvo a ninguno de los agresores, mientras el chico fue traslado a la comisaría 2da de esa ciudad.

“¿Qué futuro tiene una sociedad con tanto miedo a sus adolescentes?”, se pregunta el padre Alejandro Blanco, que también cumple un importante papel en esta nueva etapa del Hogar de Cajade. El padre Blanco, que tiene abiertas a la calle las puertas de su parroquia, trabaja cotidianamente con ese miedo porque “a mucha gente le resulta difícil compartir un espacio con una persona, de cualquier edad, que puede estar en una situación calamitosa. En ciertas situaciones son temores fundados, por ejemplo a la agresión física. Pero también hay temores basados solamente en la sospecha y el prejuicio, y es un largo trabajo para entender que el problema de esa persona es también de toda la comunidad”. “Pareciera que la sociedad sólo se implica, y de manera virulenta -agrega Ponce Núñez-, a la hora de reclamar un castigo cuando hay un hecho terrible como el de Tres Arroyos o Carmen de Patagones. Yo he defendido chicos que han cometido homicidios, y las historias en general se repiten: condiciones económicas deplorables, familias abandónicas o desintegradas, resentimiento... Si el Derecho Penal se basa en que la sociedad castiga a un sujeto por romper las reglas que esa sociedad establece, ¿qué pasa cuando una persona, todavía en desarrollo, no accedió a las condiciones y derechos básicos para cumplirlas? ¿Por qué no aparece la misma preocupación social en ese punto? ¿Por qué se hace hincapié sólo en el castigo?”.

En esta materia, la Argentina es el país más atrasado del continente. Todos los intentos por modernizar la legislación y el sistema chocan sistemáticamente con corporaciones judiciales, intereses económicos, paradigmas ideológicos y culturales enquistados en el oxidado sistema de patronato vigente desde 1919. Así ocurrió en la Provincia con la frustrada ley 12.607 “de protección integral de los derechos del niño, la niña y el joven”, sancionada, suspendida y derogada sin haber llegado nunca a aplicarse, en un tironeado proceso que duró más de tres años. Así sucede actualmente con la ley 13.298, aggiornada heredera de la anterior... Y nuestro país sigue ostentando el triste record, por ejemplo, de contabilizar doce sentencias de cadena perpetua para adolescentes, violando su propia Constitución.

La aplicación extendida y naturalizada, tanto en los ámbitos estatales como en los medios periodísticos del término “menor” es un ejemplo: “Los niños y adolescentes son nuestros chicos de clase media”, analiza Blanco, “los menores son los que están en la calle, los hogares e institutos. Para los niños y adolescentes se desarrollan políticas de educación, escolaridad, incentivo a la creatividad y otros valores. Para los menores, sistemas de contención”.

El cura recuerda una anécdota al respecto. En una institución para bebés, la sala con dos hileras de cunas está inusualmente tranquila y silenciosa, hasta que uno empieza a llorar. Enseguida se suma otro, y otro, y el de al lado, y en pocos minutos es un ensordecedor concierto de llantos que sobrepasa al personal a cargo. “Se nos amotinaron los bebés” fue el comentario jocoso de uno de los encargados. “Fijate -subraya Blanco- de qué manera, más allá de que sea un chiste sin mala intención y se trataba de personas que ponen el mejor esfuerzo en su trabajo, ese comentario refleja toda una construcción cultural en el trato con chicos institucionalizados ¡Tienen 6 meses! Y ya no son niños que lloran sino menores que se amotinan. Esos mecanismos están muy instalados, e imaginate las consecuencias que tienen cuando se trata de adolescentes”.

Sin embargo, lenta pero sostenidamente, también en esas estructuras se están abriendo paso otras visiones.

Puntas de lanza
“Nosotros nos sentíamos cómplices de un sistema que estaba respondiendo a paradigmas de seguridad o judicialización de la pobreza, que apuntan a suprimir los problemas en vez de resolverlos”, cuenta el psicólogo Pablo García. Fue por eso que, junto a otros trabajadores de la Subsecretaria de Minoridad, decidieron elaborar un proyecto propio de trabajo que rompiera el modelo de patronato instalado. Tuvieron eco: luego de girar un par de años por distintas oficinas, el proyecto recibió apoyo, presupuesto y espacio.

Así nació el Centro de Tratamiento Ambulatorio Integral (C.T.A.I.), del que García es director, y trabaja con lo que llaman “un tratamiento ambulatorio de exploración de potencialidades”. Desde su propia estructura edilicia, resulta una ráfaga de aire fresco para cualquiera que conozca y haya transitado la arquitectura carcelaria de las instituciones estatales en general. El CTAI funciona en 19 y 527, donde estaba la quinta oficial del ministro de Seguridad: un luminoso predio con árboles, pileta de natación, cancha de fútbol, voley y paddle que la provincia destinó durante años al esparcimiento particular de Aldo Rico, Jorge Casanovas y los sucesivos titulares de esa cartera. Ahora lo usa casi un centenar de chicos y adolescentes entendidos como “ciudadanos en tránsito por un contexto cultural determinado, en proceso hacia su propia emancipación”.

El CTAI se autodefine como un “tratamiento de exploración de potencialidades y adquisición de competencias”, explica su director. Cada uno, al llegar, pasa por una primera etapa de exploración sobre sus intereses y singularidades, que un supervisor recolecta y debe encauzar en una actividad concreta. Hay talleres de música, construcción en madera, psicopedagogía, comunicación social, educación física, teatro... También hay una instancia de “formación social” en la que se enseñan tareas como “contar plata, tomar un colectivo, ir al médico”, ejemplifica García, que para muchos no son tan elementales como parecen y generan verdaderas barreras sociales.

Los chicos no viven ahí, sino que concurren en la semana a realizar sus actividades y el resto del trabajo se realiza sobre su entorno. “Hacemos un acompañamiento con la familia: llegar hasta los padres, llevarlos a una reunión del colegio, trabajar en su contexto real. Se va a la casa, se atiende a alguno de sus hermanos, se gestionan útiles, indumentaria. Y se le exigen respuestas: cuando viene acá tiene un esquema conforme a su responsabilidad”. La diferencia entre los niños y los adolescentes pasa por el grado de exigencia.

El “enfoque antropológico” que propone el CTAI se basa en trabajar a la persona desde su idiosincrasia, su vida, su barrio, el momento y la situación histórica que le tocó. Con ello caen muchos paradigmas del sistema actual, tales como el ingreso, egreso, y la eficacia. “Los resultados son magníficos”, se enorgullece su director: “al Estado le sale mucho más barato, y muchos que están en el límite de la identificación delictual no sólo rompen con eso, sino que acercan a otros amigos de la calle para que nos conozcan”.

El CTAI es de acceso directo, no requiere de la intervención de un juez de menores ni ninguna otra instancia judicial. Es una muestra aislada de cómo debería funcionar el sistema según la nueva legislación que nunca termina de implementarse. “Somos la punta de lanza de la nueva ley”, asegura Pablo García.

También Ponce Núñez enfatiza que“nosotros siempre, siempre, de una u otra manera hemos tratado de que se revinculen con la familia: aún viniendo de otras provincias los hemos hecho viajar. Con éxito dispar, claro, pero lo hemos logrado en muchísimos casos. Y en las casas de día, esa revinculación puede hacerse desde un lugar cotidiano”. No es nada fácil, entre otras cosas porque se requiere más espacio e infraestructura: “A esa edad ya no es ‘andá y dibujame una vaquita’, no. Necesitás espacios grandes para actividad física y otras condiciones”.

Los adolescentes son difíciles, subraya, porque no encajan. Difícilmente agradecerán la moneda con una sonrisa, bajarán la cabeza y se limitarán a aceptar un destino de exclusión. Ya tienen la capacidad de rebelarse “y está bien. La rebeldía no sólo es natural sino buena y propia de toda persona en esa etapa. Los problemas aparecen cuando esa rebeldía se da en un contexto social desintegrado y violento, pero asumir esto nos obliga a enfrentar una responsabilidad colectiva como sociedad. Entonces es más fácil temerles, culparlos y encerrarlos”.

“Como los más chicos son menos cuestionadores -resume Alejandro Blanco- muchos encuentran con ellos un espacio para ejercitar cierta solidaridad entre comillas, sin comprometerse en un trabajo efectivo por la transformación de las causas que generan esas carencias. Los jóvenes perturban -concluye el cura- porque son disfuncionales a esa caridad lavada, mal entendida, que quiere ser sólo una malla de contención a los excluidos del sistema”.

SIN UN LUGAR EN EL MUNDO
Quizás sea la más conmovedora historia de amor que haya cantado el rock nacional. La grabó Fito Paéz en 1985, se llama “11 y 6” y narra un romance entre dos chicos que tienen esas edades. El “llegaba a la ventana en puntas de pie” cuando la encontró en un café y la llevó a caminar por Corrientes, “se escondieron en el centro / y en el baño de un bar / sellaron todo con un beso”. Durante un mes vendieron rosas en “La Paz”, sigue el narrador incluyéndose en el relato desde lejos, “presiento que no importaba nada más”. Hasta que un día, “no sé por qué pero jamás los volví a ver / el carga con 11 y ella con 6 / y si reía él le daba la luna”. El estribillo invita: “Miren todos, ellos solos / pueden más que el amor / y son más fuertes que el Olimpo”.

La segunda parte es menos conocida, y forma parte del disco “Tercer mundo”, de 1990. “El chico de la tapa” es un rock básico que empieza fundido con una voz de móvil policial (“Principal 4-27, tenemos un cabecita negra…”) y enseguida deja claro que los años también pasaron para aquel chico que “…ayer vendía flores en Corrientes / después perdió a su chica en la cama de algún hospital / y hoy amablemente y con un gran sonrisa en los dientes / te para en la calle y si no le das te manda a guardar”.

En sus recitales, el rosarino suele tocar los dos temas seguidos. Apenas se está disipando la atmósfera cálida del primero, invariablemente coreado por la gente encendedor en mano, arremete con “El chico de la tapa” enlazado por una sola y breve frase sobre los primeros acordes: “Cinco años después…”.

Pocos pero decisivos años para el desarrollo de una persona, para que se evaporen el amor, la inocencia, la ternura. Pero qué importa: “Si la policía no lo trata muy decentemente / si los camioneros no lo llevan hasta donde va / él se vuelve al Docke caminando muy tranquilamente / con la 22 en el bolsillo del papel de armar”.
En estas páginas intentaremos reflejar la problemática de los adolescentes.

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