NÚMERO 37 - MARZO 2006

Los fotógrafos que sufrieron la represión y se rebelaron
LA MIRADA INDISCRETA

La dictadura cuidaba minuciosamente qué imágenes se publicaban en los medios. En la calle, la persecución a los reporteros gráficos y el robo de rollos eran parte de la rutina. En las redacciones había control y censura. Pero los fotógrafos sabían lo que tenían en sus manos. Así se gestó una muestra de fotos censuradas, que en 1981 expuso por primera vez las imágenes de villas miseria emergentes y de las Madres de Plaza de Mayo.

Por Ramón D. Tarruella

La casa de Aldo Amura, donde también había instalado su estudio de fotografía, quedaba en pleno centro de Buenos Aires: Tucumán 435 entre San Martín y Reconquista, a la vuelta de la Comisaría 1ra. Los invitados llegaron de a uno a partir de las nueve de la noche. Era noviembre de 1980. La cita, prevista para diez personas, era para organizar la primera muestra de las fotos que la dictadura venía censurando en los principales medios de comunicación. Idea del anfitrión, la exposición era la forma de resistencia elegida por los fotógrafos contra el gobierno militar. Con sus riesgos y sus adversidades, el plan se puso en marcha esa misma noche.

En pasos tímidos, desconociendo la presencia de la comisaría, llegaron unos setenta fotógrafos que se enteraron de la cita de boca en boca. Ese fue un problema: las tres damajuanas calculadas para los diez invitados originales, bebidas en vasitos de plástico, se acabaron en poco tiempo. La sequía, de todos modos, no impidió la concreción del proyecto.

Un sindicato deportivo
El proceso iniciado con la asunción de la Junta Militar en marzo de 1976 se llevó adelante con una disposición clara: había que esconder sus hechos más aberrantes. “Lo que no se ve, no existe”, respondían desde el gobierno ante los rumores sobre la desaparición de personas. Con esa consigna, cualquier imagen comprometida debía ocultarse.

En los medios gráficos pesaba un estricto control gubernamental, tanto en los textos publicados como en el material fotográfico. En muchos casos, la censura la ejercían los propios editores de los medios, ya sea por colaboracionistas o bien para guardar las buenas relaciones. Y conservar el trabajo. En otros casos, el gobierno era el que le bajaba el pulgar a tal o cual periodista. En la revista Goles, el director Carlos Ares, que en los años ´90 sería director de la revista cultural La Maga, criticó a César Luis Menotti por elegir jugadores para el seleccionado argentino a los que luego les pedía algo a cambio en futuras transferencias. El general Lacoste, director del ente organizador del Mundial ´78, lo amenazó de muerte; debió renunciar a la revista y exiliarse.

En los primeros años de la dictadura, Carlos Pesce trabajaba para la revista Siete Días, de la editorial Abril, una auténtica empresa de medios. Había debutado en Fotografía Universal, luego pasó brevemente por El descamisado, a pesar de no pertenecer a ninguna agrupación peronista. “En los primeros años de los ’80, algunos nos dimos cuenta que había una buena cantidad de fotos que no sabíamos dónde iban a parar”, cuenta. En 1981 Pesce vivía en un departamento del barrio de Almagro. Allí se juntaba con Aldo Amura y Osvaldo Jauretche, sobrino nieto de Arturo y fotógrafo experimentado, quien por su militancia en Montoneros deambulaba por Buenos Aires, escondido, luego de haber estado desaparecido por unos meses. En esas reuniones, siempre clandestinas, se gestó la idea de la exposición de fotos.

Un estímulo adicional fue el éxito de Teatro Abierto, en julio de 1981. Se trataba de la primera gesta de oposición a la dictadura desde el ámbito de la cultura. Algunos de los actores y dramaturgos que la organizaron acumulaban varios años sin trabajo, a raíz de la censura. Allí se interpretaron obras de Osvaldo Dragún, Griselda Gambaro, Tato Pavlosky, Aída Bornik, Tito Cossa y Carlos Gorostiza, entre otros. Se realizó en el teatro “El Picadero”, con una repercusión impensada, incluyendo ecos a nivel internacional.

“La idea matriz era la del Teatro Abierto y así lo pensamos. Queríamos hacer una muestra con las fotos censuradas que no se publicaban en los medios”, confiesa Aldo Amura, que por esos años trabajaba en publicidad y como free lance para la agencia Noticias Argentinas. Amura, que había estado en El descamisado y en el diario Noticias junto a Rodolfo Walsh, Paco Urondo, Horacio Verbistky y Miguel Bonasso, había procurado no exponerse desde el golpe de Estado del 76. Sin embargo, terminó liderando la organización de la muestra. Se encargó de la difusión en las agencias de noticias y, sobre todo, de buscar un lugar. Bécquer Casaballe, en ese momento fotógrafo del diario Clarín, escribió el texto convocando a sus pares a una “simple” exposición de trabajos.

El gremio de reporteros gráficos (ARGRA), presidido por Héctor Rago, les dio la espalda. “El sindicato le organizaba muestras de deportes a pedido del general Lacoste. Como decía Jorge Aguirre, un amigo, en esas muestras uno entraba esquivando pelotazos” ironiza Carlos Pesce. “El sindicato era colaboracionista de la dictadura”, acota Bécquer Casaballe: “Incluso, Lucio Solari, que fue presidente del sindicato, le organizó un concurso de fotografías a la policía, a los mismos que después nos cagaban a palos en la calle”. Por eso, la convocatoria llevó la firma Grupo de Reporteros Gráficos. Tras la llegada de la democracia, los dirigentes del sindicato cambiaron y nada tuvieron que ver con aquella comisión.

La convocatoria alternativa comenzó a difundirse en las redacciones de los medios. Se podían mandar fotos de todo tipo, sin restricciones. Se llegaron a juntar casi 200 trabajos. Sin embargo, muchos no quisieron arriesgarse. En la editorial Abril, donde trabajaba Pesce, había un plantel de 40 fotógrafos y ninguno quiso participar. Bécquer Casaballe recuerda algo similar: “En Clarín yo repartí el comunicado a mis compañeros. Había unos veintidós profesionales y ninguno fue. Incluso, muchos no me hablaron por un tiempo y hasta más de uno me insultó”.

Por los compañeros de Crónica
El domingo 14 de septiembre de 1980 cayó una avioneta del diario Crónica a las aguas del Río de la Plata, a minutos de despegar del aeroparque. En ella viajaban tres fotógrafos del diario: Alberto Rodríguez, Nemesio Luján Sánchez y Víctor Hugo Hernández. A días de cumplirse el primer aniversario del accidente, Aldo Amura había conseguido el lugar para la primera muestra. Se trataba del Centro de Residentes Azuleños en Buenos Aires, en la calle Balcarce al 700, al lado de “Taconeando”, uno de los locales de tango mas visitados en Buenos Aires, propiedad de la cantante Beba Bidart.

La exposición se presentó al público como un homenaje a los fotógrafos fallecidos. Si bien nadie dudó de la sinceridad de esa consigna, también servía para despistar al gobierno. También se hablaba de la muestra como un evento cultural, pero nunca político y mucho menos de resistencia. Finalmente, unas cinco mil personas la recorrieron entre el 3 y el 16 de octubre de 1981. A los visitantes se les repartió un folleto con un texto escrito por el entonces periodista José Ignacio López, luego vocero del presidente Raúl Alfonsín. Desde 1942 no se organizaba una exposición de reporteros gráficos.

La muestra exhibió por primera vez fotos que denunciaban las consecuencias de los cinco años de dictadura, todas ellas prohibidas: chicos desnutridos, las villas miserias de la ciudad de Buenos Aires y sobre todo, cobró fuerza la imagen de la Madres de Plaza de Mayo, que por aquellos años sólo interesaba al periodismo internacional. Las Madres lograban así una identidad política: se veía lo que las órdenes oficiales intentaban ocultar.

Al ser una convocatoria abierta y sin restricciones temáticas, entre las 200 fotos hubo una gran variedad. Por ejemplo, el fotógrafo de la revista Vivir Ramón Puga Larea presentó una tira de fotos de partos.

El interés de los medios de comunicación fue imprevisto: se publicaron artículos breves y el diario La Prensa editó un suplemento de cuatro páginas con las mismas fotos que no había querido publicar tiempo atrás. “Incluso Gerardo Sofovich nos hizo una entrevista en Canal 11”, rememora Carlos Pesce: “Fuimos al canal junto a Bécquer Casaballe. La entrevista nos la consiguió una amiga mía, productora del programa”.

Sin bien el éxito de la muestra legitimó el papel de los fotógrafos, la política del gobierno no cambió en nada. La censura y la persecución en los medios continuó. Pesce se fue a España en abril de 1982, luego de que lo echaran de la editorial por su participación en la exposición. “Después de la muestra tuve una serie de visitas desagradables en el estudio”, relata Aldo Amura con sorna: “Sólo eran visitas: miraban todo, preguntaban sobre mi trabajo, y nada más. Se iban sin llevarse nada, por suerte”.

Documentar y guardar
En la misma época de la muestra, la revista Humor reiteraba chistes sobre la represión cotidiana contra los fotógrafos durante las marchas callejeras, que no abundaban pero fueron acumulándose desde los años ´80. Los reporteros gráficos tenían la posibilidad de retratar lo que se quería ocultar. Justamente por eso se convirtieron en un blanco de los agentes de seguridad.

“Durante la dictadura, el que tenía el tele más largo tenía la posibilidad de llegar más cerca al lugar, a la escena sin poner el cuerpo”, explica Miguel Martelotti, que por esos años era fotógrafo de Crónica y, un poco por intuición y otro poco por azar, no fue una de las víctimas del accidente de 1980. Días antes de la tragedia, en un viaje, había padecido los desperfectos de la avioneta.

El tele se usaba desde 1976, pero los primeros años sólo los tenían la revista Goles y la editorial Atlántida, responsable de El Gráfico. Miguel Martelotti pertenecía a un diario que priorizaba la imagen y el título por sobre el texto. “El laboratorio del diario tenía cuarenta metros de largo, una sala de operaciones, de mesas y ampliadores y cada reportero tenía su tanque individual, y contaba con unas diez o doce fotos cada vez que salías a la calle”, retrata. Y agrega: “Los teles, en general, se usaban para el deporte. Nosotros lo usábamos para las marchas, para escenarios donde estaba prohibido sacar fotos”.

Para los fotógrafos no resultaba nada fácil eludir la represión durante las manifestaciones. La experiencia en los años previos al golpe marcaba una diferencia con los profesionales novatos. Por ejemplo, la cámara la ocultaban bajo camperas o sobretodos. “Nosotros sabíamos movernos en diferentes escenarios o intuíamos cuándo la cosa se ponía pesada. Por ejemplo, si había gases, siempre detrás de la columna de policías”, comenta Amura.

También había otras prevenciones a tener en cuenta. “No solíamos hablar con mucha gente en las marchas; nunca sabías a quien tenías al lado, podía ser un delator o un servicio de inteligencia”, aclara Bécquer Casaballe: “La cuestión era mostrar la situación social y política. Documentar y guardar, por más que no se publicara”.

Pero no todo era tan fácil. Martelotti, que tomó parte del Teatro Abierto sacando fotos para Osvaldo Dragún y participó de la muestra al año siguiente de la inauguración, humaniza el rol de los fotógrafos en aquellos años duros: “teníamos cagazo, como cualquier persona. Después de la guerra de Malvinas se pudo sacar las fotos más comprometidas, donde se registraban palos y golpes de la policía”.

El disparo de la cámara
El 30 de marzo de 1982, tres días antes del inicio de la guerra de Malvinas, una multitud se concentró alrededor de la Plaza de Mayo convocada por la CGT con la consigna “Paz, pan y trabajo”. Era la primera manifestación masiva contra la dictadura. La represión, que se desató al final de la marcha, terminó con la muerte del albañil Ramón Flores, acribillado desde un auto sin identificación. Los fotógrafos también fueron víctimas de la acción policial. Aldo Amura recuerda aquella jornada de protesta: “Estábamos por Avenida de Mayo y 9 de Julio, y Jorge Durán venía de sacar unas fotos. Cuando la policía lo descubrió, lo empezaron a correr. Yo disparé varias veces la cámara mientras los policías lo corrían. No pude evitar que lo agarraran y le robaran el rollo. Esa foto se publicó en varios medios”. Jorge Durán era subjefe de fotografía del Diario Popular y había participado de la muestra de octubre de 1981.

Los reporteros gráficos pasaron por muchas, y las anécdotas no se olvidan fácilmente. Bécquer Casaballe confiesa que en las marchas, las corridas de la policía y el robo de los rollos formaban parte de la rutina. Él estuvo en aquella jornada del 30 de marzo y también cubrió otros hechos de mucho compromiso, como la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) en septiembre de 1979. En esa oportunidad presenció los insultos que los jugadores del seleccionado juvenil campeón del Mundo –estimulados por periodistas deportivos como José María Muñoz– descargaron sobre quienes denunciaban las desapariciones de familiares o amigos, en la sede de la OEA, sobre Avenida de Mayo. Sin embargo, asegura que nunca presenció tanta violencia como la del 19 y 20 de diciembre de 2001, en los hechos de represión que fotografió por su propia iniciativa “Ese día la Policía estaba sacada. Con Tito la Penna y otros compañeros que me encontré, decíamos que nunca habíamos visto algo así, ni en los peores años de la dictadura”, agrega quien hoy es subdirector de la revista Fotomundo.
Para Aldo Amura, la que retrató a la dictadura fue “una generación de fotógrafos que hoy no existe”. “Eran cuadros políticos y con una formación intelectual única”, dice sin añoranzas, pero conciente de que algo se perdió en el tiempo. Hoy muchos de ellos están desocupados o se dedican a otras actividades. Pero algo quedó de aquel compromiso: las imágenes. Que no son poca cosa.

Entre boxeadores y Cartier-Bresson
La fotografía, como otras manifestaciones, salió inmune de los aires vanguardistas y renovadores que envolvieron al mundo cultural, social y político de los ’60. Las revistas del género llegaban al país con nuevos estilos que, de a poco, comenzaban a tender una zanja con las generaciones anteriores. Las fotos de Robert Capa o Henri Cartier-Bresson eran las más codiciadas y sus autores, modelos a imitar. “Nosotros teníamos el referente de la revista Life, las fotos testimoniales de la guerra de Vietnam”, explica Carlos Pesce, quien pasó de lector obsesivo de la publicación Fotografía Universal a formar parte de su plantel.

Aldo Amura apunta otros datos sobre la generación de profesionales de la que formaba parte: “La generación anterior a la nuestra pertenecía al submundo, eran ex futbolistas, ex boxeadores. La fotografía era algo marginal, no calificado hasta principios de los años ’70. Nosotros llegábamos con otra cosmovisión, otra idea de la fotografía”. Él y otros fotógrafos de su camada debieron convivir con esos viejos reporteros gráficos. Entre ellos estaba Aron Calniker, un ex boxeador mendocino, que cubría la noche porteña para la editorial Perfil.

La nueva camada llegaba además con una importante formación política. Fueron militantes, algunos más activos que otros, y protagonizaron hechos indelebles de la historia argentina. Carlos Pesce, por ejemplo, estuvo en la asunción de Héctor Cámpora, en Ezeiza cuando se perpetró la masacre del 20 de junio, y también retrató las únicas imágenes del funeral de Rodolfo Ortega Peña, un intelectual de izquierda asesinado por la Triple A. Sin embargo, lo que más problemas le ocasionó fue una manifestación de un grupo de villeros peronistas, en marzo de 1974, trabajando para Siete Días: “Debajo de la redacción, por la calle Alem, pasó una manifestación de la villa 31 de Retiro. El director me dice: ´Pesce, andá y sacá unas fotos´. La marcha, que iba hasta la Casa Rosada, continuó hasta la calle Bartolomé Mitre, donde los esperaba la Infantería. Se reprimió y cayó muerto Carlos Chejulán, uno de los manifestantes. Al otro día, los diarios dijeron que había sido una pelea entre borrachos. El único que tenía las fotos de lo que había pasado era yo”. Siete Días publicó las fotos y llegaron amenazas a la redacción. El descamisado, ligada a la organización Montoneros, difundió esas mismas fotos por alguien que manoteó las copias de la redacción a la que pertenecían, algo usual en esos años. Después la revista fue clausurada y nunca reapareció.

Los más politizados
De los diez fotógrafos del plantel de El descamisado, cinco fueron asesinados. Muchos de los sobrevivientes ocultaron su paso por la revista y los más comprometidos debieron esconderse. Cuando Osvaldo Jauretche volvió a trabajar, en Goles, lo secuestraron mientras llevaba su hija al colegio, un día antes de que le otorgaran el Premio Nobel de la Paz a Adolfo Pérez Esquivel. Jacobo Timerman, director del diario La Opinión, pidió por él ante la CIDH y al tiempo lo liberaron, no sin antes saquearle la casa.

Durante la dictadura, los fotógrafos más comprometidos eligieron las agencias de noticias antes que los medios gráficos. “Eran fotoperiodistas, estaban en contacto diario con la realidad”, explica Aldo Amura. Por eso en las muestras de fotos organizadas bajo la dictadura la mayoría de los participantes pertenecían a las agencias. Y pese a los riesgos, esas muestras fueron más politizadas de las que le siguieron: un auténtico documento histórico de los años duros del país.

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