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NÚMERO
37 - MARZO 2006
La historia de cuerpos aparecidos en las costas rioplatenses
RÍO REVUELTO
No sólo asesinaban: también arrebataban las identidades y coartaban la posibilidad del duelo. Los cadáveres encontrados en las playas durante los primeros años de la dictadura son el último eslabón de ese circuito macabro de represión. Sucedió en Uruguay, en Santa Teresita, y también a pocos kilómetros de La Plata: río y mar devolvieron decenas de cuerpos que habían sido arrojados en “vuelos de la muerte”. En Verónica, donde los testigos guardaron silencio más de dos décadas, varios estudiantes que no habían nacido cuando aparecieron los NN, unieron piezas del rompecabezas en busca de verdad y justicia.
Por Daniel Badenes
–Usted va a ver que hicimos cosas peores que los nazis –le dijo un capitán retirado al periodista Horacio Verbitsky hace una docena de años. En aquel entonces, libre de cargos judiciales, Francisco Scilingo buscaba a alguien que editara su confesión: aseguraba haber participado durante la dictadura de dos vuelos en los que él y otros militares arrojaron al Atlántico a unos treinta seres humanos desnudos y adormecidos por la aplicación de una inyección de penthonaval.
En verdad, nada nuevo había en su confesión: esa forma de exterminio de los prisioneros políticos había sido denunciada en 1976 y 1977 por Rodolfo Walsh (primero en cables de la Agencia de Noticias Clandestina; luego en su Carta Abierta a la Junta Militar), corroborada por la periódica aparición de cuerpos en las costas, luego relatada por sobrevivientes de los campos de concentración, e incluso fue mencionada en el libro Nunca Más. Por alguna razón, fue necesaria la palabra del criminal que se auto-inculpaba para ratificar algo que a buena parte de la sociedad le costaba asimilar, como traslucía un párrafo redactado por la CONADEP: “Cuesta creerlo, pero en el contexto general de esta salvaje represión, es lícito pensar que para sus autores no fue otra cosa que un método más de los tantos utilizados con la misma finalidad”.
Junto con la incineración de quienes morían en sesiones de tortura y el entierro clandestino de cadáveres sin identificación en cementerios, los denominados “vuelos de la muerte” fueron el último eslabón del circuito represivo desplegado por las fuerzas armadas y de seguridad entre 1976 y 1983. Este accionar criminal, distintivo del genocidio argentino, fabricó la condición de “desaparecido” en la que aún permanecen 30.000 ciudadanos.
Con los vuelos relatados por Scilingo, realizados casi todos los miércoles durante dos años, habrían desaparecido entre 1500 y 2000 personas en el mayor centro clandestino de detención: la Escuela de Mecánica de la Armada (ESMA). La operación tenía complicidades civiles, como la del médico que subía a los aviones para adormecer a las víctimas o la del capellán que ofrecía una “explicación cristiana” a esos asesinatos cobardes.
Mar adentro
Pero los vuelos ideados por los represores no funcionaron a la perfección. Desde marzo de 1976 se hallaron decenas de cadáveres en las costas del Océano Atlántico o el Río de La Plata. En Uruguay, unos 25 cuerpos encontrados en esa situación fueron enterrados en los cementerios de Colonia y Rocha. En Argentina, casi 50 fueron recogidos durante los tres primeros años de la dictadura en las costas de Santa Teresita y Mar de Ajó. “Todos son parte de un mismo plan sistemático de desaparición. Los subían a los aviones y los arrojaban. Por una cuestión relacionada con las corrientes, y por el lugar donde los tiraban, algunos aparecían en las costas del río y otros en las costas de Lavalle, que está un poco más allá de la Bahía de Samborombón”, asegura el abogado Roberto Cipriano. “No sabemos el número de gente que fue arrojada, pero no todos aparecieron”, explica Luis Fondebrider, del Equipo Argentino de Antropología Forense.
De los hallazgos a orillas del mar argentino se ocupó la película Playas del Silencio, surgida de la inquietud de dos estudiantes universitarios de Santa Teresita, que realizando un programa en el cable local habían escuchado relatos sobre los cuerpos aparecidos. Luego compartieron la indagación con un docente y otros compañeros, con quienes recogieron más testimonios de vecinos, bomberos, jefes comunales, personal del cementerio de General Lavalle, forenses y militantes por los Derechos Humanos. Finalmente hicieron, como producto de la Facultad de Periodismo de la UNLP, el documental que se conoció en 2003. “Empezamos la historia al revés”, contó Tomás Fernández, uno de los realizadores: “generalmente la historia sobre las víctimas de la represión se da a partir del secuestro, la tortura, la muerte, la desaparición... Nosotros la empezamos con la aparición de los desaparecidos: a partir de ahí se va hilando el relato”.
El documental se reeditó en 2005, ampliado, tras una novedad trascendente en el caso: el reconocimiento de cinco personas exhumadas en Lavalle por parte del equipo de forenses. Entre ellas estaba la monja francesa Leonie Duquet y la fundadora de Madres de Plaza de Mayo Azucena Villaflor.
A fin de año se conoció otro documental que revela la historia de cuerpos anónimos devueltos por el agua. Esta vez, el protagonista era el Río de La Plata.
Aquí nomás
La Plata es una ciudad que sabe de terrorismo de Estado. Estadísticamente tiene la más alta “tasa de desapariciones”, ya sea en relación a la superficie o a la población. Se calcula que la cifra real supera las 2000. Fue el centro del “Circuito Camps”, poseyó la cárcel de presos políticos más grande (Unidad 9, ver La Pulseada Nº 36), tuvo acontecimientos emblemáticos como “La Noche de los Lápices” y vivió la génesis de varios organismos de Derechos Humanos. Sin embargo, hasta hoy la región parecía ajena a los vuelos homicidas y poca atención se prestó al entierro de cuerpos sin identidad.
“Habitualmente, cuando recorre el lugar, la gente pasa por acá”, dice Cipriano señalando una parcela de tierra del cementerio de Verónica, en el vecino Partido de Punta Indio: “parece un pasillo, pero acá hay cuerpos de personas desaparecidas”. El abogado presentó el caso ante la Justicia Federal de La Plata. Su inquietud, dice, se origina en la infancia: “Yo escuchaba que en el río había mucha gente que se ahogaba. Y después, en el verano, íbamos al río. Yo pensaba: ´si tanta gente se ahoga, ¿para qué me traen?´. De chico no me metía porque tenía ese miedo. En realidad, el río en Punta Indio no es profundo para nada, hay 200 metros donde el agua apenas llega al tobillo. Pero daban mucho temor los cuerpos que aparecían y aparecían...”.
Además de solicitar que se investiguen las identidades de aquellos restos humanos, el pedido que Cipriano realizó junto a su socio Darío Poeta, “busca delimitar las responsabilidades de las instituciones que en la dictadura encubrieron todo un procedimiento ilegal relacionado con la aparición de cuerpos en el río”.
En los cementerios de La Plata y Magdalena también hay enterrados cuerpos sin identificación. Están en sitios irreconocibles o apenas señalados por cruces de madera viejas y derruidas, colocadas con buena voluntad por los sepultureros. Se presume que muchos cuerpos corresponden a víctimas del terrorismo de Estado, hayan sido arrojados desde aviones o no. A mediados de los ´80, un estudio de la Subsecretaría de Derechos Humanos demostró que el número de cadáveres NN de los distintos cementerios del país se había duplicado o triplicado entre 1976 y 1977. Además, mientras las víctimas de 20 a 25 años nunca superaron el 15 por ciento de esa población, en ese período se convirtieron en más de la mitad de los enterrados sin nombre. En La Plata llegaron a haber 500 tumbas NN, aunque nunca se investigó exhaustivamente cuántas correspondían a desaparecidos.
“Vos no sabés lo que era...”, sugiere mientras camina entre cruces Adolfo Alberti, ex administrador del cementerio de Magdalena: “La mayoría no sabíamos ni cómo venían porque la Policía los traía de noche. Nosotros los enterramos humanamente, en cajones”. Durante la dictadura, recibieron ahí alrededor de 60 cadáveres NN, sobre los que hay sospechas fundadas de que provienen de “vuelos de la muerte”. Alberti asegura que a ese cementerio no sólo llegaron cuerpos desde las costas del Partido de Punta Indio: “los que venían del lado de Berisso, Punta Lara, esos venían desechos. Ahora... ¿por qué los traerían acá?”.
Según testimonios reunidos por estudiantes de la Escuela Media Nº 2 de Verónica, la mayoría de los cadáveres aparecidos en su localidad fueron llevados a Magdalena. Así lo afirman bomberos voluntarios y empleados comunales de la época, que recogieron los cadáveres, siempre acompañados por policías, y los transportaban hasta la localidad vecina. “No se hacían fotografías, ni pericias, ni autopsia, ni denuncias penales: no se hacía nada”, remarca Cipriano. Varios cuerpos aparecieron en zonas casi inaccesibles, donde no hay playa sino juncos. Solían tener signos de tortura, impactos de bala y quebraduras. El ex bombero Edgardo Barragán recuerda que “algunos estaban atados con alambre, con un adoquín en los pies”. Sólo seis fueron a parar al cementerio local, donde ni siquiera figuran en las actas de ingreso, lo que agrega al caso el carácter de inhumación clandestina.
A principios de 2005, la Justicia dictó una medida cautelar sobre dos tumbas, y la exhumación se ordenará cuando exista una hipótesis sobre la identidad de los cadáveres. Para Cipriano, además del recuerdo de su infancia, su denuncia derivó de “saber que en el cementerio donde algún día voy a estar enterrado, hay gente que no tiene ni un palo de madera donde se escriba su nombre ni se le reconozca su historia. Y pensar que hay gente que los está buscando, que los está extrañando, que quiere saber que están en un lugar para ir aunque sea a llorar y hacer el duelo que todo ser humano, por una cuestión cultural, hace”.
Noche y Niebla
El cuerpo resulta indispensable en los rituales fúnebres: “Sobre él se habla, sobre él se llora, se colocan flores, se pronuncian discursos, se da el último adiós. El cuerpo condensa y domestica la muerte. La torna concreta, definitiva, presente, individual, identificada”; por eso, “la desaparición puede ser pensada como una muerte inconclusa” , asegura la antropóloga Ludmila Da Silva Catela, autora del brillante libro No habrá flores en las tumbas del pasado, publicado por la editorial platense Al Margen.
Las tumbas NN que se multiplicaron durante la dictadura, son la contracara de la condición de desaparecido, que imposibilita la concreción del duelo.
La presencia de esos cadáveres, sumada a investigaciones judiciales e históricas, ofrecen hoy la certeza de que los desaparecidos fueron asesinados, pero las historias personales no pueden cerrarse sin saber qué pasó y dónde está el cuerpo. La controvertida consigna “Aparición con vida. Con vida los llevaron, con vida los queremos”, defendida por las Madres de Plaza de Mayo a comienzos de los ´80, reflejaba esa necesidad y denunciaba la falta de respuestas oficiales. “Las madres consideraban que si nadie les había informado, ni les había proporcionado datos respecto a lo que había pasado con los desaparecidos, no serían ellas las que decretarían la muerte” , analiza Catela, que se doctoró en Antropología en Brasil con un estudio sobre el modo en que los familiares de desaparecidos reconstruyeron sus vidas a partir de la “situación límite” del secuestro de un ser querido, y recibió un premio a la mejor tesis en Ciencias Sociales de ese país.
Según esta especialista, los parientes suelen anhelar la recuperación del cuerpo, ya sea para darle una sepultura o “esparcir sus cenizas en señal de libertad”. Eso explica el valor otorgado al trabajo del Equipo Argentino de Antropología Forense, creado informalmente en 1984 por estudiantes de arqueología, antropología y medicina que se juntaron para colaborar con Clide Snow, un norteamericano convocado para organizar exhumaciones de cuerpos NN. En aquellos años se requerían profesionales bien alejados de las estructuras del Estado, pues los forenses locales eran parte de la policía o el sistema judicial, por lo que solían ser cómplices de la dictadura, por acción u omisión. “Entre 1982 y 1984 la Justicia había hecho exhumaciones en varios cementerios, especialmente en los de la Provincia de Buenos Aires, utilizando sepultureros o palas mecánicas, que produjeron una gran destrucción de restos que imposibilitaron su identificación”, recuerda Fondebrider, que tenía 18 años cuando participó de la fundación del equipo.
Hoy tienen en su haber la identificación de 250 cuerpos, y contribuyen a los procesos legales contra sus verdugos. “Hay que estar en los zapatos de un familiar para saber qué sienten”, percibe Fondebrider: “La mayoría de la gente con la que trabajamos en estos 21 años expresa que es un dolor muy grande y por otro lado un alivio porque se cierra un ciclo: recuperan el cuerpo, pueden tener una sepultura en un cementerio; de alguna manera se reinserta nuevamente en la sociedad a quien se le había quitado el nombre...”
Ya no cuesta creerlo
“Esta historia está para ser descubierta y contada”, dice Berta Chudoba al inicio de NN, el documental que jóvenes de la Escuela de Educación Media Nº 2 presentaron en diciembre pasado en Chapadmalal, en el encuentro de cierre del programa “Jóvenes y Memoria”.
16 estudiantes, coordinados por un docente de Cultura y Comunicación, realizaron una investigación que partió del expediente judicial iniciado por Cipriano. La indagación duró casi un año y más de una vez se toparon con el silencio. En determinados casos, fue evidente que para algunos vecinos sus preguntas disgustaban: así quedó retratada en el audiovisual una mujer que convirtió la encuesta callejera en un interrogatorio hacia los chicos:
–¿De dónde sacaron eso? ¿De dónde sos vos para tener ese conocimiento?
De todos modos los testimonios fueron floreciendo y vincularon la presencia de los NN del cementerio local con la aparición de cuerpos en las playas, entre diciembre de 1976 y mediados de 1979. Titulado NN, ni en el río ni en las tumbas, el documental recoge las voces de los abogados que hicieron la denuncia, la Madre de Plaza de Mayo Laura Conte, el premio Nobel Adolfo Pérez Esquivel y, sobre todo, los protagonistas locales: un ex delegado municipal, un médico, lugareños, bomberos y empleados municipales de ayer y de hoy. Los pibes lograron quebrar el silencio: “Una mujer de uno de estos señores me dijo: nunca me había contado nada. Después de esto me tuvo dos días contándome todas las cosas que había visto”, ejemplifica Ricardo Navoni, el docente que coordinó el trabajo.
Las repercusiones del video en Verónica, un pueblo ubicado a 100 kilómetros de La Plata, aún están por verse. Hasta ahora, los chicos lo presentaron en Chapadmalal y en una sesión exclusiva para sus familias. Para difundirlo en la comunidad, buscaron un momento propicio: se proyectará el 24 de marzo, repudiando el golpe de Estado de 1976 en su trigésimo aniversario.
En aquel entonces, ellos ni siquiera había nacido, pero hoy conviven con las consecuencias del genocidio y no se consideran ajenos al reclamo de verdad y justicia. En la plaza, sentada junto a sus compañeros, Berta lo resume con la frescura de sus 15 años: “Nosotros queremos lograr que estos cuerpos, algún día, puedan llegar a tener una identidad, un nombre, un lugar en el mundo, que alguien les pueda llevar una flor...”.
Recuperadores de identidad
Fueron noticia el año pasado, cuando lograron identificar a la monja francesa Leonie Duquet y las madres de Plaza de Mayo arrojadas al mar en plena dictadura. También lo habían sido en 1997, cuando rescataron los restos del Che Guevara. Pero el Equipo Argentino de Antropología Forense lleva veintiún años de trabajo y ya logró revertir la infame condición de “desaparecido” en unos 250 casos.
El grupo está formado actualmente por trece profesionales, más varios estudiantes que trabajan como voluntarios. La tarea de identificación se organiza en tres etapas. En la investigación preliminar cumplen la función de historiador: analizan fuentes escritas y orales para elaborar una hipótesis sobre dónde puede estar enterrada una persona desaparecida. “El Estado fue dejando huellas de su accionar”, cuenta Luis Fondebrider: “hay libros de cementerios con el ingreso de los cuerpos, libros con las ubicaciones de las sepulturas, certificados de defunción, archivos de policía o de las fuerzas armadas...”. En la segunda etapa, con técnicas arqueológicas, buscan los cuerpos, de los que después de tantos años sólo quedan huesos y eventualmente, “evidencia asociada” como proyectiles de armas de fuego. La última etapa es de laboratorio: se trata de determinar las características de la persona en vida y se comparan con información suministrada por familiares, para alcanzar una identificación.
“Hemos trabajado en el cementerio de La Plata varias veces recuperando cuerpos de personas desaparecidas”, recuerda Fondebrider. En una de las primeras exhumaciones, en 1985, hallaron a Laura Carlotto, la hija de la presidenta de Abuelas. En las tareas arqueológicas “normales”, las prendas encontradas distan del uso cultural de la época. Por eso, un miembro del equipo comprendió cabalmente el significado de la dictadura cuando desenterró la parte inferior de aquel cuerpo: los huesos de las piernas estaban envueltos en medias de nylon, casi intactas.
Con el tiempo la tarea profesional adquirió más práctica y más elementos. “Avanzamos mucho en el reconocimiento de la forma de actuar y de operar de la represión”, explica Fondebrider: “Y ha mejorado muchísimo la tecnología genética: hoy podemos recuperar ADN de un hueso o un diente y compararlo con una muestra de sangre de un familiar. Cuando comenzamos no existía esa posibilidad”.
El equipo argentino de forenses, reconocido en todo el mundo, realizó trabajos en Sudáfrica, Bosnia, Kosovo y casi toda América Latina. Para este año planean relevar todos los cementerios bonaerenses, para dilucidar qué queda en condiciones de reconocer.
Jóvenes y memoria
El documental NN, ni en el río ni en las tumbas fue el producto final del trabajo de un año, en el marco de un programa que la Comisión Provincial por la Memoria realiza desde 2002 con docentes y alumnos de escuelas medias bonaerenses (La Pulseada Nº 19). Con la consigna “Recordamos para el futuro”, los estudiantes desarrollan proyectos para reconstruir la historia del autoritarismo en sus comunidades, reciben capacitación para concretarlos y participan de talleres donde discuten sus investigaciones. En 2005, la Escuela Media Nº 2 de Verónica fue unas de las setenta escuelas participantes.
Investigar sobre la dictadura no fue fácil, sobre todo con un único docente a cargo y sin apoyo institucional. Desde que un padre se quejó cuando supo de las charlas con que introdujeron a los chicos al tema, hubo que pedir permiso hasta para pasar un video que ni siquiera tenía escenas de violencia. “La escuela no asumió como propio algo que yo lo hubiera asumido”, reflexiona el profesor Ricardo Navoni: “Esto es conocer y escribir la historia, fomentar la ciudadanía, que es algo que se siembra, no que aparece de un día al otro. Yo creo que las instituciones locales no están preparadas para fomentar una política de producción de conocimiento relacionada con los derechos humanos. Esta escuela no entendió la magnitud de lo que es descubrir la verdad”. Finalmente, trabajando con los más interesados fuera del horario de clase, la investigación llegó a buen puerto. La Planta, un grupo de rock local, les compuso un tema: “Por el camino del 76”. Natalia Chudoba y Ana Inés Castelli, diseñadoras de La Pulseada, colaboraron en imagen y fotografía. Y para la producción del audiovisual tuvieron la ayuda de Martín Frías, un estudiante avanzado de cine, muy crítico y, curiosamente, hijo de un militar.
Los silencios de Punta Indio
Verónica, el pueblo donde un grupo de estudiantes investigaron la historia silenciada de los NN aparecidos en las playas, integra el Partido de Punta Indio. Allí, entre Verónica y La Costa, hay una Base Aeronaval que tiene gran influencia económica y cultural sobre la ciudad.
Los vecinos creen o quisieran creer que aquella base de aviación naval poco tuvo que ver con el despliegue represivo de la dictadura. Sin embargo, lo que se sabe de los “vuelos de la muerte” es que algunos habrían salido de ella o al menos pasaban por allí a cargar víctimas. “Punta Indio era la otra base operativa de la Marina (además de la ESMA), para hacer todos estos operativos de represión siniestros”, asegura Adolfo Pérez Esquivel. “Es la autoridad militar de la zona. La policía obedecía órdenes de los militares en aquel entonces”, agrega Cipriano.
Dos jóvenes que iniciaron el servicio militar obligatorio en 1976 en la base de Punta Indio están desaparecidos desde julio de ese año: Augusto Conte Mac Donell y Horacio Daniel Margeli. Ambos salieron “en comisión” con indicaciones que nunca llegaron a cumplir. Sus padres los buscaron incansablemente pero jamás obtuvieron una respuesta satisfactoria, sino la perversa decisión de la Armada que los declaró desertores.
“Nosotros convivimos con la Base”, remarca Cipriano: “Yo me crié jugando con un amigo cuyo padre era militar. Y a veces me quedaba en la casa de él, o él en mi casa, y me llamaba la atención; bah, no me llamaba la atención, era normal: el padre trabajaba de noche. Incluso me contaba que de noche salía a volar”.
En 1998 los antropólogos forenses hallaron un cuerpo a orillas del río, muy cerca de la Base Aeronaval. Correspondía a Rosa Ángela Corbalán, desaparecida en mayo de 1976.
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