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NÚMERO
36 - NOVIEMBRE / DICIEMBRE 2005
Edición especial en homenaje a Carlos Cajade.
Chicos discapacitados venden la revista en Magdalena
Una “especial” manera de dar La Pulseada
Alumnos de una escuela para chicos con capacidades diferentes de Magdalena, encontraron en la venta de La Pulseada una salida laboral y una forma de pelearle a la vida. Se juntan todos los miércoles para leer cada ejemplar y, además de conocer más sobre el mundo que los rodea, estar mejor preparados a la hora de venderlos. A pesar de algún perro que los ha corrido en su recorrida callejera, ya sienten a la revista como propia y andan pensando en expandir la “empresa” a localidades vecinas.
Desde la primera edición de abril de 2002, quedó claro que La Pulseada, además de un medio de comunicación, constituía parte de un proyecto impulsado para ofrecerle respuestas a los marginados de un modelo económico y social excluyente. Una idea que no estuvo presente sólo en el discurso, sino también en el destino de lo recaudado, que sirve para remunerar a sus vendedores y colaborar con distintas entidades solidarias. La idea germinó en la ciudad de Magdalena, donde un grupo de alumnos de una escuela especial distribuyen la revista, y, de esa manera, dan la pulseada a favor de la vida y encuentran en la dignidad del trabajo una herramienta apta para insertarse en la estructura comunitaria.
La Escuela Especial Nº 501 “Ana Marta Eyrea” es la única del partido, ubicado a 50 kilómetros de La Plata, que atiende a alumnos con algún tipo de discapacidad, ya sea motora, visual, auditiva o mental. Los chicos concurren en doble turno, asistiendo a grupos pedagógicos y a talleres laborales y prelaborales. Entre las actividades que se realizan aparecen la fabricación de bolsas de residuos, trabajos de carpintería, jardinería, pintura, plomería, electricidad y economía doméstica (cocina, costura, lavado). Y, desde octubre del 2003, también la venta callejera de un medio de comunicación. En aquel momento los chicos con mayor antigüedad en el establecimiento, comenzaron a vender La Pulseada como una nueva propuesta laboral y actualmente Sabrina, Sebastián, Emmanuel, Leo y Jonathan, son los cinco vendedores que, ejemplar en mano, recorren diariamente las calles de la ciudad.
Cecilia Asnaghi, la maestra de música que coordina esta actividad, relató que “la idea de vender la revista fue de mi marido, que trabaja en el Bachillerato de Adultos que funciona en el San Juan de Dios y allí sus alumnos tenían que trabajar en un barrio en torno al proyecto de comenzar a vender la revista. Se interiorizó del funcionamiento de la revista, habló con el padre Cajade y se armó esta linda idea”.
Leo, uno de los chicos, recuerda el momento en que el director de la escuela les ofreció salir a vender La Pulseada: “Estuvimos hablando todos y Juan Carlos dijo que levante la mano quién quería vender, que era un peso para cada uno y la revista sale tres”. Según Yoni, algunos de sus compañeros no aceptaron la propuesta, “dijeron que era un bolazo salir por un peso, pero ahora le demostramos que no era ningún bolazo, porque estamos vendiendo y nos va bien”.
El establecimiento realiza anualmente una exposición, en la busca compartir con el resto de la comunidad las actividades que allí se desarrollan, lo cual se complementa con la participación de artesanos, artistas, comercios e industrias de la zona. En la edición del año 2003 se hizo el lanzamiento oficial de La Pulseada con la participación del coro del Consejo Profesional de Ciencias Económicas y la instalación de un stand con ejemplares de todos los números publicados hasta ese momento. Al principio la venta de la revista surgió como una experiencia, “para ver que pasaba”. En las primeras salidas a la calle, los chicos fueron acompañados por Cecilia y su marido. La docente explicó que la gente comenzó a comprar la revista como una forma de colaborar con la institución, “pero poco a poco fue entrando en cada uno el buen material que tenía en cada número, comenzó a gustar y entonces aparecieron nuevos suscriptores”. Yoni recuerda que en las recorridas iniciales “estuvimos un poco nerviosos pero de a poquito nos animamos, nos gustó y lo entendimos como un trabajo”.
Cada mes los chicos venden entre cincuenta y sesenta revistas, de las cuales la mitad las vende Yonatan, que nos explica la razón de su éxito: “No hay que pelearse para ver quién vende más sino que hay que ponerse las pilas y salir a vender… Si yo veo que el otro tiene más clientes, debo decir: ¡tengo que salir más seguido!”. Algunos de los clientes están suscriptos, incluso muchos coleccionan La Pulseada, pero otros la compran sólo ocasionalmente. “Hay que entender que la gente a veces no tiene plata”, explicaron, y añadieron con una sonrisa en la boca: “La gente nos trata bien aunque muchas veces ¡tenemos que salir corriendo por los perros!”.
Queda claro que la actividad está pensada como una salida laboral para los chicos, lo cual se complementa con la preparación que reciben desde los talleres. “Esto es para ellos. Así aparece el aprendizaje de saber manejar el dinero, de entablar un diálogo con la gente y de aprender a cuidar el producto”, resalta Cecilia. Por ejemplo, Sebastián y Leo dicen que son socios, porque salen a vender juntos y comparten la ganancia. Yoni cuenta que además de comprarse golosinas o cosas que le gustan, muchas veces ayuda con esa plata a su mamá.
De tanto “vocearla” en las esquinas y tenerlas debajo del brazo, los chicos ya sienten como propia a la revista. Como también fabrican bolsas de residuos, a cada ejemplar le ponen una envoltura con el nombre de la escuela, de manera de protegerla y, a su vez, difundir las actividades de los talleres. El año pasado, cuando los domingos se realizaban ferias en la plaza Mitre, los chicos tenían un stand con afiches y revistas para ofrecer. También un bolso y un chaleco de La Pulseada que los identifica como vendedores.
Cecilia cuenta que todos los miércoles se juntan a leer la revista para que los chicos conozcan de qué trata el numero que sale a la venta, y reflexiona: “Es interesante que ellos vean el contenido y lo puedan comentar a sus clientes”. La maestra también destaca que hay mucho interés en ver cada nuevo número, saber qué notas trae, qué temas trata, cómo son las fotos, cuál es el color de la tapa. Para los chicos, la revista “está muy buena.” Así cuentan que a Sabrina le encanta Baruyo y a Leo le gustó mucho una nota de agosto sobre los zurdos, ya que él también lo es, y otra de julio que hablaba de cuando el tren pasaba por Bavio.
De ahora en adelante, los chicos ya se han planteado nuevos objetivos. Y están bien claros. Por un lado, se proponen salir más allá de Magdalena. Ir por ejemplo hasta Atalaya, como ya lo hacen Seba y Leo con sus ‘bicis’; o a Bartolomé Bavio, como en un verano ya fue el propio Leo, aunque “ya es más lejos y tenés un gasto de pasaje, así que se hace un poco más difícil”. Otra de las inquietudes es poder visitar la imprenta Grafitos, “para ver cómo se hace la revista”, y conocer de adentro al Hogar del padre Cajade. Ellos saben que con la venta de la revista también están ayudando a los otros chicos que viven allí. Que al igual que ellos, “pulsean” con la vida cada mañana al levantarse.
Virginia Cáneva y Hernán Mendoza
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citando la fuente y remitiendo un ejemplar de la publicación
a La Pulseada.
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