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NÚMERO
35 - OCTUBRE 2005
Historias Tobas en La Plata
LEJOS DEL CHACO, EN BUSCA DE LA IDENTIDAD
En el Barrio La Granja, a sólo 15 minutos del centro de La Plata, 37 familias tobas (q’om) recuperan lentamente el espíritu de comunidad, sus valores, en crisis por los sucesivos desplazamientos y la falta de oportunidades en el Chaco. “Si no nos unimos, no vamos a ir a ninguna parte”, aseguran, conscientes de que los planes sociales aquietan, dificultan la organización. Junto a ellos, dos educadoras y algunos docentes, impulsan “Los brazos del río”, un taller en el que acompañan la formación escolar de los chicos, con estrategias pedagógicas basadas en la educación intercultural bilingüe, en la lucha por recuperar el universo cultural toba, su lenguaje, sus símbolos.
Por Patricio Féminis
Bajo la superficie barrosa del Arroyo el Gato se traslucen ramas podridas, botellas de plástico aplastadas y bolsas de nylon con restos de polenta rancia, enterradas entre las piedras del fondo. Sobre el margen izquierdo, el curso del agua espesa se estanca en una montaña de residuos, latas de conserva abolladas y yerba ennegrecida. A unos metros, el Arroyo retoma su curso sinuoso, deforme, y se aleja del barrio La Granja, rumbo al sur, cerca de La Plata. Del otro lado del puente oxidado se extiende un manto fino de césped, a través del cual un camino angosto, mal trazado, se transforma cien metros más allá en la calle 140, que separa, entre charcos y pozos, la comunidad toba, a lo largo de una manzana y media, del resto de La Granja.
Unos niños corretean por la calle, seguidos por dos o tres perros que le ladran a la nada, quizás al viento, que golpea contra los techos de chapa de las casillas de madera. El paisaje, de llamarlo así, es tierra y charcos, cartones y papeles, por donde los chicos corren y se internan, tentados por ese mundo oculto, misterioso, cotidiano. Desde la vereda de enfrente sólo se perciben débiles luces, algún esporádico hilo de humo. La lluvia se avecina, y la comunidad toba (q’om) va quedándose quieta, a la espera de que el barro resbale bajo los pies, se meta dentro de las casas, la ropa, los cuerpos.
El Barrio Toba de La Granja, a la altura de 140 y 526, está conformado por 34 familias, en su mayoría gente joven, que durante los últimos cinco años llegaron del Chaco, escapándole a la muerte del ciclo del algodón, el acaparamiento de tierras bajo la vista gorda del Estado provincial y las incansables persecuciones de la policía. “Allá con el algodón no se puede hacer más nada: el destronque se da de vez en cuando, y hay otros problemas: se conoce pero no se publica la presión de los políticos; hace poco mandaron a reprimir, matar. Por eso salen de allá muchas familias. Los jóvenes vienen acá en busca de trabajo, pero hay explotación. Algunos empiezan a buscar cartones, diarios, botellas. Lo único que nos queda es eso. Pero el día de mañana no se va a poder hacer más nada, porque les piden secundario completo, y algunos ni han terminado la primaria. Tienen experiencia, son muy inteligentes pero no se los valora, y les exigen un certificado que lo avale. No pueden acceder a un trabajo como la gente”, sostiene Abel Celin, de 23 años, uno de los educadores bilingües del barrio.
A la falta de oportunidades se sumaron las miradas de reojo del “criollo”, las estigmatizaciones hacia la cultura aborigen, y dentro del barrio se reprodujo en menor escala la desconfianza: los tobas no lograban organizarse internamente para buscar soluciones colectivas a su drama cotidiano: la tenencia de la tierra y la precariedad de las viviendas, frágiles refugios contra la lluvia y el viento, en que se cuelan la desnutrición de los niños, alrededor de seis o siete por familia. Ninguna de las tres asociaciones civiles que se formaron desde los inicios, lograban establecer una política común hacia el afuera; sus respectivos líderes oficiaban más como caciques de antaño que como representantes democráticos de la comunidad, y a los reclamos pendientes se superponían miradas cabizbajas, aletargadas. Hermanados por la identidad q’om, la cultura y la necesidad común, la palabra los separaba; el espíritu comunitario se estancaba como los pies en el barro los días de lluvia.
La cosa no daba para más, hasta que tres meses atrás, Indio Manso (NO’ OXAXANAQ” TOBA) una de las Asociaciones, convocó a una reunión, para conformar una nueva comisión que representara a la mayoría. Cuentan quienes estuvieron, que no imaginaban que un 80 por ciento de la gente se convocaría aquel sábado por la mañana en el salón comunitario de ladrillos sin revocar, que Indio Manso construye de a poco en el centro del barrio, junto al pequeño comedor del MTD Evita (Movimiento de Trabajadores Desocupados), que funciona tres veces por semana, desde hace dos años, cuando la agrupación llegó a La Granja. “No esperábamos que fuera tanta gente. Se están dando cambios importantes en el barrio”, coinciden Lila Scotti y Elizabeth Vargas, Licenciadas en Educación e impulsoras, dentro de la comunidad, de un taller de educación intercultural bilingüe: además de dar apoyo escolar, desarrollan tres veces a la semana una propuesta pedagógica basada en el rescate de la identidad toba, sus tradiciones, su universo simbólico. A la par de ellas, Abel Celin y Román Aguirre enseñan el idioma q’om, que únicamente unos pocos hablan en el barrio.
“Sólo por cuatro votos”, festeja su victoria Faustino Lencina, no sin picardía. El nuevo presidente de la Asociación, que seguirá llevando el nombre de Indio Manso, reconoce que “votaron los nuevos vecinos, aunque el estatuto no lo estipule: lo permitimos porque consideramos que también son parte de la comunidad”, y explica, se dice a sí mismo, que necesitan recuperarse como comunidad, para trabajar entre todos. “Una comunidad no depende de una persona, ni del presidente. Debe decidirse todo en conjunto. La institución es casi la misma que antes, pero ahora tiene decisión. El presidente tendrá que estar empeñado en hacer una cosa u otra: ya sea que le pidan: ‘Faustino, necesito remedios’. Después le dirán a la comunidad, y a la comisión: ‘mirá, el presidente le dio a tal persona, por préstamo, o le dio definitivamente’. Ese es el trabajo”.
La donación invisible
“Según dijeron, vamos a trabajar en conjunto. Había tres comisiones antes; en ese tiempo estaba la Asociación Gente Nueva”, recuerda Agustina, y su marido larga aliento por la boca. Afuera de la casilla, la lluvia golpea en silencio contra la tierra húmeda. Agustina y toda su familia se cobijan alrededor de un brasero, hecho con una lata oxidada de dulce de batata, en la que pusieron a calentar unas tortas fritas, el reemplazo del pan por las tardes en el barrio. Javier, uno de sus hijos, se acomoda sobre un pedazo de tronco que encontró “por ahí, cerca del Arroyo”. El mate pasa de mano en mano. Para Agustina, “falta movilizar más a los que están de presidente, secretario, tesorero. Sería lindo que de afuera vengan a ver cómo estamos viviendo. Yo nací en el Chaco, vivía en el campo. Ya, en los cinco años que estamos acá tendríamos que tener una casita como la gente. Mínimo, de madera. Adentro hay una humedad terrible. ¿Viste?”. Absortos en lo que dice, sus hijos parecen contener la respiración, como si de fondo se escuchara un viejo disco de vinilo.
“Al lado de esa paredcita, ¿la ves? Ahí vivíamos nosotros”, señala Agustina, apenas con un gesto de su brazo. Su larga trenza negra asoma bajo el gorro de lana, del mismo color que su pulóver. Sus ojos se ven cansados, los párpados arrugados. “Donde estamos ahora es terreno ajeno -explica-. Planté mi casa y todavía le estamos haciendo un par de arreglos. Tengo que juntar algo de material para el piso, porque no se puede estar. El que quiere, puede; acá no se puede no querer”. Una criolla de La Granja reclama el terreno donde está su casilla, aunque ella sostiene: “no nos podemos ir, ya vivimos acá. Yo tengo cinco hijos, una está juntada y otro en cualquier momento se me casa. Si vienen a sacarnos, ¿adónde los pongo? Acá nunca vino nadie a preguntarnos qué es lo que nos hace falta. Por interés se han acercado los políticos, y después de las elecciones se borran”.
En el barrio nadie sabe con certeza a quién pertenecen las tierras: aseguran que un tal Lino Prado es el propietario de toda la manzana: se dice que las donó en nombre de una de las asociaciones, pero faltan los papeles que lo certifiquen. En una reunión de Indio Manso, surgió el comentario de que no es el único: “esta tierra tiene cuatro dueños. Que uno lo está pagando, que otro donó sin saber; ahora salió que otra señora es dueña. No se entiende lo que pasa acá. Como comunidad, para mí sería esencial que podamos tener algo digno: una casa que podamos levantar nosotros y tener nuestros chicos abrigados, calientitos adentro de la casa. Eso es lo que siempre digo”, remarca el marido de Agustina, “pero por eso estamos luchando para ver si logramos conseguir aunque sea la mitad de estas tierras. Lino dice que todo le pertenece a él, hasta al arroyo”.
Las tortas fritas ya están calientes: al latir dejan caer pequeñas, esporádicas, gotas de grasa sobre el brasero. La tarde se hace eterna sin mucho para hacer; sólo esperar que el barro y el agua, por esta vez, no enfríen demasiado los pies. Casi nadie en la comunidad posee un trabajo permanente: en general viven de changas, y muy de vez en cuando consiguen algo en la construcción. El 70 por ciento de la gente recibe planes, y algunos de ellos llevan adelante el Comedor del MTD Evita. La mayoría, para sobrevivir, junta cartones o metal y los venden en un taller de la zona. “Sale laburo, y trabajamos. Y si no, hay que salir a cartonear. Lo vendemos en 139 y 41. Hay algunos que tienen una maquinita de cortar pasto y prueban con eso”, dice el marido de Agustina.
Conseguir un trabajo fijo es inviable para los tobas. “Te piden currículum, secundario completo, miles de cosas. Sino, piden alguien ‘bien presentable’. ¿Qué significa ‘bien presentable’?”, cuestiona Faustino Lencina, con un hilo de voz inaudible. El 31 de julio se terminó la última changa que había conseguido: realizar encuestas de población indígena, a personas seleccionadas de La Plata. Le asignaron City Bell y Villa Elisa: le daban un nombre y un domicilio, él iba y tocaba timbre. “Algunos niegan ser aborígenes, porque ya tienen una casa hermosa. Me tocó una casa en un country: el tipo era aborigen o descendiente de aborígenes, pero no quiere reconocerlo, porque tiene miedo de que los vecinos lo maltraten, o digan ‘mirá, es un indio’. No hay que negar la sangre”.
La mirada de los jóvenes
Es sábado a la tarde y se despejó el cielo: a lo lejos, desde uno de los árboles que bordean el Arroyo el Gato, un pájaro emite un pitido repetitivo y nervioso. El sol dobla la espalda, como un manto adormecedor. Rodeada por dos paredes de alambrado a media altura, en la calle interna del barrio brillan pequeños círculos de agua embarrada, que esquivan unas nenas que sonríen en silencio. Una ligera brisa golpea contra una montaña de papeles y cartones regados en un terreno vecino, de donde provienen ruidos indefinidos. Coco aguarda en una silla de plástico, de espaldas a su casa. Su hijita se acercó y le sonríe, sin dejar de mirarlo. Le dedica algunos balbuceos, sólo para él, como si nadie los pudiera ver. Coco la llama con suavidad y debajo de la silla se oyen las risas; ella amaga escaparse y finalmente sale corriendo. De tanto en tanto, se asoma por la puerta, haciéndole muecas.
La hija de Coco, como otros niños en el barrio, tiene forúnculos enrojecidos en el cuero cabelludo; en la comunidad es un comentario instalado que se debe al alto grado de contaminación del Arroyo, que nadie se ocupa en sanear. Otros dicen que podría ser una enfermedad que transmiten los perros del barrio, compañeros inseparables cuando cae la noche. Mientras, desde la puerta, la niña no deja de sonreír, y Coco se tienta: aunque “las cosas van a cambiar con los años”, asegura, y ella no va a acordarse, él se lo contará: a los 27 años, no recuerda cuándo aprendió a sentirse un extraño, de un lado a otro.
Hace cuatro años que llegó del Chaco, pero recién ahora siente que el barrio es su lugar. “Allá no teníamos un trabajo, nada. No había forma de subsistir. A mi familia la formé en La Granja. Si lo hubiera hecho allá, no sé qué haría con un chico de bajo peso. Acá tenés para comer hoy, y después capaz que por dos días no”, cuenta. Cuando llegó el MTD Evita y propuso anotarlos para que recibieran planes, Coco no dudó: hoy es el representante dentro del barrio; su rol es coordinar a la gente para las movilizaciones, “explicarles por anticipado, por qué están excluidos de la sociedad, para que sepan por qué marchan: vamos a tal lado y por tal motivo. ¿Querés ir?, vamos. Y si no querés, no tenés que ir”, se contesta a sí mismo. El MTD Evita les provee arroz, fideos y polenta; los paquetes están guardados dentro de cajas de cartón, uno arriba del otro. “Nos dan un poco de mercadería; cocinamos, trabajamos, cobramos un plancito. Somos 18 personas que estamos trabajando”, dice Coco. Cuando se puede, alcanza para la copa de leche, y disponen de un horno para el pan casero. “Hay veces que bajan bastante harina, y otras, no bajan nada -explica Agustina-. Ahora que está subiendo el pan, mandan 40 kilos para todo el mes”.
A unos metros, alguien martillea una y otra vez sobre los restos de una vivienda: lo que queda de la estructura parece deshacerse entre sus manos. Mira de reojo alrededor suyo y continúa removiendo escombros, pedazos de casilla incinerada que caen sobre la tierra. Hace menos de una semana, en un rapto de borrachera y desesperación, el vecino de Coco prendió fuego su casa. Esa noche, los del MTD habían marchado al Teatro Argentino para el lanzamiento de campaña de Cristina Fernández de Kirchner a senadora nacional por Buenos Aires, y se enteraron pasada la madrugada. Los que estaban, se despertaron y apagaron el incendio con lo que encontraron: esa casilla quedó destruida, inhabitable. Al día siguiente, en la comunidad decidieron expulsar al vecino. “Gente así, que genere líos, no podemos tener acá adentro”, sostienen en el barrio, en forma tajante.
Aunque el MTD Evita, alineado al proyecto del presidente Kirchner dentro del Frente para la Victoria, sostiene un discurso de ruptura con el PJ, en la práctica reproduce varios de sus características caudillistas: no existe en el barrio un mínimo desarrollo autogestionado, ni han organizado cursos para poner en marcha algún emprendimiento productivo. Días antes, cuenta Coco, fueron de los anteúltimos de la periferia de La Plata en recibir del MTD una “ayuda” de 500 pesos: no en concepto de dinero, aclara, sino “una cama, un colchón, un ropero, un lavarropas, un ventilador, una estufa, un calefón. Dependía de tu necesidad. Gracias a eso uno se puede ir haciendo su casa. Ahora estamos viendo si nos pueden dar casas de machimbre. Estamos peleando por eso”. En lo del vecino sólo queda una pared en pie, ya enclenque. Cada golpe de martillo queda flotando en el aire unos segundos, como un eco intenso e inarmónico.
A unos metros espera Javier, que llegó del Chaco en febrero: se dice evangelista y tiene 26 años. Cuando no trabaja en el comedor del MTD, practica con su guitarra algunas canciones religiosas. Está convencido de que deben pelear por sus derechos, tomar conciencia, unirse como comunidad. Un camino, entiende, son los talleres que lleva a cabo Indio Manso con las maestras. Para él, “los del MTD todavía no me dieron nada. Sí me dieron un plato de comida: ayudo en el comedor haciendo el pan, el almuerzo. Pero no depende de ellos, sino de uno. La que venía acá del MTD Evita, no vino más. Sólo vienen las maestras que hacen talleres: lunes, viernes y sábados”.
¿El MTD les exige que movilicen para seguir cobrando planes? “Antes sí; se pedía colaboración para participar. Había un corte y los anotados tenían que ir. Pero es diferente la política que hace el MTD Evita: si vos no vas, podés mandar un suplente”, resume Viviana, su hermana de 18 años, una bella morena de mirada triste y cabellos despeinados que se acercó desde su casilla junto al Arroyo. “Mi marido es el que recibe el Plan. Cuando no tenemos nada, venimos al comedor y ayudamos. A mí a veces me salva, por mi chiquito y los demás chicos. Acá a la vuelta hay un comedor, pero a los tobas no se los atiende bien. Como somos indios, nos dejan para lo último, cuando ya pasaron todos los criollos. Hacemos el comedor acá para que no se vayan para el otro, donde los miran mal por la raza”.
En La Granja, la discriminación se esparce como un murmullo seco y rancio.
Javier, con los pelos parados, cuenta que los discriminan por el color de la piel y por cómo hablan: “algunos no se saben expresar bien; otros ni hablan español. En ese comedor prácticamente les están dando las sobras a los chicos. Es una lástima, pero no para nosotros. Si vamos por ley, la tierra vendría a ser nuestra. Los que inmigraron son los españoles”, define, haciendo memoria. Agustina, su madre, dirá que golpear puertas no les sirve de nada: “No tenemos ninguna posibilidad: muchas veces por vergüenza no salimos a ningún lado”. La vez que se animaron a ir al Ministerio de Desarrollo Humano, llegaron a las 6 de la mañana pero los hicieron entrar a las 11. Había que esperar a Belén, la Directora General de Comedores Comunitarios del radio de La Plata, pero ella los derivaba a su secretaria, que repetía: “tenés que esperarla a Belén... Tenés que pedir una nueva cita con ella”.
Agustina y Javier se muestran entusiasmados con el nuevo proyecto que les “bajó” el MTD Evita, para limpiar el Arroyo el Gato. Van a emplear a siete personas, y les aseguraron que cobrarán 300 pesos por mes. “Tenemos que hacer el curso, igual -señala Agustina-. Acá se había bajado también un proyecto de vivienda y otra para hacer el zanjeo, pero no llegaron. Éramos 16 personas anotadas para trabajar. Ahora estamos en éste: las cosas ya están. Nos dijeron que una vez que hagamos el curso, se compra la ropa y sale”.
Una lengua, diversos aprendizajes
“Algunos en el barrio me conocen por ‘Tonolec’. Los hermanos de la Asociación me eligieron para ser educador bilingüe. Estamos rescatando la cultura, que se está perdiendo”. Cuando habla Abel “Tonolec” Celin, las consonantes de cada una de sus palabras parecen proyectarse a tierra, enterrarse en ella, como si preanunciaran un canto ritual. De tanto en tanto, desliza algún término en lengua q’om. “Es mi lengua materna: en mi familia todos lo hablaban, por eso nunca lo dejé. Lo hablo cuando me encuentro con algún hermano que también lo hace, sino tengo que hacerlo en castellano”, grafica. Apenas algunos son “pasivos”: comprenden el q’om pero no lo saben hablar.
El sistema escolar no sólo acarrea los vestigios del modelo neoliberal, que descentralizó el financiamiento educativo y erosionó los contenidos, segmentando saberes, compartimentándolos. Aunque en los programas de la Ley Federal de Educación se prevé el derecho a la diferencia y el respeto por las identidades culturales, la concepción cultural dominante persiste en las aulas: la historia de las comunidades aborígenes permanece como un relato fantasma, detenido en el tiempo, ejemplos pintorescos del “respeto a la diversidad”. “En la escuela prevalece la enseñanza de lo que pasó -considera Abel-, de que siempre la historia quedó atrás. Siempre se habla del triunfante, del más saludable, y nunca se muestra lo que pasó en realidad. La escuela cumple con el trabajo de tapar estas historias y no agarrar la parte aborigen, no sólo del toba, sino de todas las comunidades”.
El conocimiento del idioma q’om es el principal artífice de la recuperación de la cultura, de la identidad despojada por los sucesivos desplazamientos que erigieron la dominación del criollo sobre el indio. Los tobas de La Granja lo saben: junto a Lila Scotti, Liz Vargas y un grupo de maestras, Abel y Román trabajan para que de a poco los niños se familiaricen con el q’om. Los padres van tomando conciencia de ello, y se animan a mandar a sus hijos al taller para que aprendan la historia del toba, “pero la mayoría dice que no puede rescatar eso, porque no hay nadie que lo transmita”.
Todo comenzó hace menos de tres años: la gran mayoría de los chicos que habían llegado del Chaco no estaban escolarizados. Las educadoras, autorizadas por los padres, evaluaron a cada uno de ellos, para insertarlos en el sistema educativo, de acuerdo al grado que les correspondía. Desarrollaron un proyecto con la escuela de E.G.B. Nº 41 de 520 y 139, para que los chicos asistieran en los tres turnos.
Convinieron en que un adulto, Román o Abel, fuera a la escuela tres veces por semana, durante el ciclo lectivo, para hablar de la cultura toba y que el aprendizaje fuera intercultural. “Queríamos que fueran juntos el castellano y el toba. El proyecto se vino abajo porque el Director de la Escuela 41 no quiso saber nada. Las maestras sí querían implementarlo: iba a ser la primera provincia en hacerse. Lo peleamos pero quedó en la nada: tenían la posibilidad de hacerlo y nos dejaron afuera”, lamenta Abel.
“Hace falta que haya educadores bilingües, en quechua y guaraní también. Hay hermanos guaraníes que no entienden mucho cómo habla la maestra, pero aprenden de a poco a hablar, comprender las explicaciones”, anhela. Del barrio, a la 41 asisten 15 chicos a la mañana y 20 a la tarde: se les exige un nivel de rendimiento que no condice con su propia experiencia cultural, y el aprendizaje se dificulta, se retrasa. “Nosotros teníamos otro método -prosigue Abel Celin-. No sólo incluía mucha lectura o matemática. Vas enseñando primero los animales, cómo se llaman; después el color, de qué está hecho, y así los chicos van aprendiendo. Y eso fue una entrada muy grande para nosotros y comprendían más rápido. Aparte de la matemática, hablando del cielo, de las estrellas, y se podía hacer. Lo más importante es rescatar la cultura y transmitirla, porque ellos son los que van a seguir peleando”.
Cada vez menos artesanos
En el jardín de la casa de Carlos Barreto, casi en la esquina de 140 y 526, cinco perros encadenados ladraban a todo lo que se movía; uno aullaba en busca de su dueño, otro mostraba los dientes, mientras tiraba fuertemente de una soga, anudada a un palo enterrado en el barro. Carlos se asomó por la ventana, con un gorro de lana hasta las orejas, como un cosaco recién salido de la ducha. Sonrió, e hizo callar de un grito a los perros.
Adentro de la casa, que comparte con “Panty” Rodríguez, su esposa, el frío del mediodía parece atenuarse cuando prenden el equipo de música, dispuesto a un costado de la mesa de trabajo en la que Barreto confecciona artesanías en arcilla. Las luces anaranjadas y amarillas del equipo titilan, alumbran en forma intermitente un ejército de pequeñas lechuzas trabajadas a mano, sin terminar. Con el extremo de una lapicera BIC vacía, Carlos define suavemente la forma de los ojos; luego presiona alrededor con la punta del capuchón, trazando un contorno de plumas. Una vez trabajada cada pieza, la deja a un costado para que se afirme; al rato, explica, llevará todas al horno, para que fragüen.
Las lechuzas son las figuras que más le solicitan, en el puesto que alquila todos los fines de semana en la Feria Hippie. Carlos quisiera poder vender mejor unas manos, que moldea en pocos minutos, como si pensara en otra cosa: mientras habla del barrio, apoya un dedo de arcilla blanda sobre una base cóncava, en forma de palma hacia arriba; les da unidad con sus propios dedos y las dispone en fila: las piezas, cada una distinta a la otra, forman una procesión de manos apuntando al cielo, con los músculos en tensión.
De las 34 familias, sólo siete personas se dedican a las artesanías, en pasta de arcilla o madera. “O hacen arcos, como un vecino que vive de eso en la feria de Plaza Italia. A veces, cuando surgen eventos culturales, se manda para vender su producción”, señala Carlos, quien no disimula sus críticas para los que no se identifican con las artesanías. “Prefieren hacer otras cosas y no esto, que es propio de la cultura. Son changarines, trabajan en la construcción o de lo que pueden. El que no tiene ningún oficio y no sabe hacer nada, junta cartones”, describe.
¿Los tobas deberían volver a ello? ¿Deberían dedicarse a hacer artesanías? Uno de los factores que sostiene la exclusión de los pueblos originarios, el desconocimiento y la marginación de su cultura, es la idea de que su filosofía, creencias y modo de vida no progresan al ritmo de la historia, sino que permanecen arraigados a un pasado mítico, pintoresco, idealizado. Desde cierta mirada aparentemente comprensiva, el indígena “tipo” es el que puede hallarse los domingos en las ferias, vendiendo artesanías y tejidos. Su identidad se vuelve pieza de museo, comentario al pasar, como si la herencia aborigen se hubiera caído de la historia.
Carlos Barreto fue dirigente de la Asociación Gente Nueva (Q’om dal-laxaic), y unos de los referentes en el barrio; hicieron funcionar un comedor durante tres años, hubo problemas internos y la mercadería del Ministerio de Desarrollo Social dejó de llegar. Cerraron de un día para el otro; hoy sólo queda la estructura, al lado del salón de la Iglesia Evangelista. “No vinieron más: mucha de la documentación figura a mi nombre, y están esperando que yo vaya para poder rehabilitarlo”, asegura, tajante.
Reconoce algunos errores -“cierto paternalismo”-, pero no se muestra entusiasmado con los cambios en el barrio, las novedades de los últimos meses. Tres años atrás, cuando el comedor de Gente Nueva estaba en actividad, presentaron al IPAC -Instituto Provincial de Acción Cooperativa- un proyecto para el barrio (“una panadería, o una fábricas de pañales o escobas”), pero no pudieron organizarse y quedó en la nada. “No se juntó la cantidad de gente: no les llamaba la atención involucrarse. Recién estaban saliendo los Planes Jefes y Jefas y no te pedían nada: igual te ganabas los 150 pesos. Lo que no entendían -agrega Carlos- es que en una cooperativa iban a ganar más de 150 pesos. Estaban dadas las condiciones, pero no hubo entusiasmo”.
“La gente no se hace problema: algo te van a dar. Están acostumbrados. El PJ, desde el Estado de Bienestar -afirma Barreto- lleva adelante estas prácticas. Y la gente se conforma, mientras le den algo. Aunque no sirva: no importa. Desde la base -el jardín, la primaria-, se va formando a la gente para que tenga esta actitud pasiva y sumisa. Está planificado así, no es al azar”. Panty, con rostro adolescente y ojos tensos, escucha a su esposo y asiente. Ella es una de las manzaneras de La Granja, y asegura que las cosas que ve día a día la inundan de contradicciones, de replanteos; también de certezas: “Todos los comedores que hay en esta zona son clientelares, así que no es extraño que haya en una manzana dos o tres, porque todos responden a un puntero político, porque esta es la gente que después ellos se llevan a movilizar; es la gronchada de la política, como le digo yo”.
-¿Y qué sucede con la mercadería?
-Acá llega polenta del Plan Más Vida, pero la gente no la come: la tira en el Arroyo El Gato, o me la da a mí para los perros. La polenta viene toda sucia, es de segunda y tiene mucha mugre; es amarga y tarda mucho en cocinarse. Es de descarte, como casi todas las cosas que le dan a los pobres. Nosotros hemos charlado con el jefe de Plan Vida, David Jara, pero uno no tiene acceso a otros funcionarios. Aparte el Plan está dividido, porque la mercadería la da Provincia, la leche depende de Municipalidad, y hay problemas internos entre ambas dependencias. Ni siquiera están organizados entre ellos. Ahora se van a volver más generosos; este mes nos dijeron que repartamos dos litros de aceite por familia, cuando repartíamos uno por familia. Empezó a venir generosamente el fideo, el azúcar: esta bienaventuranza se la atribuyo a las elecciones, y creo que van a ser más generosos aún.
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a La Pulseada.
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