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NÚMERO
35 - OCTUBRE 2005
Casa de los Niños de Los Hornos
LA MÍSTICA DE LA SOLIDARIDAD
En el galpón de lo que alguna vez fue el club 18 de Febrero, las decenas de avioncitos de papel atascados en el techo son un indicio: ese lugar, en la periferia de Los Hornos, se llena diariamente de vida y color. Unos ochenta pibes reciben alimentación, apoyo escolar y contención para sobrellevar la pobreza en la que nacieron. Como en tantos otros rincones de la ciudad, en Chispita demuestran que hay tantas necesidades como proyectos solidarios y ganas de salir adelante.
Chispita, es el pan y la sal.
Chispita, quisiera encontrar
la suerte que el destino le ha de dar.
Chispita, enciende la luz.
Chispita, abraza una cruz.
Pues en el alma vive la inquietud.
(Timbiriche, 1983)
“Uno nace con esta inquietud, con esta vocación de servir a los chicos”, dice Claudia, que jamás escuchó la canción infantil que el grupo mexicano Timbiriche grabó hace más de dos décadas. “Uno se enamora de estos lugares”, agrega para hablar del galpón ubicado en 151 y 70, donde ella y otras mujeres ligadas al Hogar de la Madre Tres Veces Admirable reciben diariamente a unos 80 chicos del sur de La Plata. “Están en una zona bastante humilde, que va de la pobreza a la miseria”, explica Gustavo Princi, el primer coordinador de Chispita: “la demanda que existe en esos barrios es enorme: hay desocupación, hay marginación, hay desprotección, y los servicios municipales llegan poco y nada. Y hay muchos comedores, de grupos políticos o de la Municipalidad, pero son eso: comedores”.
A quienes esta Chispita les enciende pasiones, no les gusta que le digan “comedor”: “No es lo mismo ser comedor que hogar. Esto no es asistencialismo. Acá te reís, a veces llorás todo, renegás... te involucrás con los chicos, charlás y terminás superando todos los problemas. Esto es más familiar. Esto es una familia”, aclara Claudia, una de las educadoras de esta Casa de los Niños, que cuenta con tanto entusiasmo lo que hace, que apenas frena para respirar. Ella conoce bien la zona: su familia se mudó allí cuando tenía 4 y hoy, a los 42 y con dos hijos, sigue y cada vez más comprometida. Su padre fue presidente del 18 de Febrero, el típico club de barrio con cancha de bochas, peñas, reparto de juguetes en Navidad y “esas cosas de otros tiempos”. La actual estudiante de psicología socialtambién colaboró con el grupo Siembra, que se hizo cargo del lugar que dejó vacante el club para hacer obras de caridad. Más tarde, se instaló allí un jardín de infantes, de gestión privada pero solidaria, que se sostenía con una mínima cuota. “Pero esta comunidad es muy humilde, así que no se podía solventar muy bien y nunca pudimos tener más de dos salitas. Mis chiquitos fueron a ese jardín y colaboraba en la cocina, haciendo la leche”, recuerda. Cuando el jardín tampoco se pudo sostener, dos mujeres vinculadas a Siembra que conocían a Carlos Cajade y sus emprendimientos propusieron donar el terreno y las instalaciones. “Hicimos una reunión, invitamos al padre Cajade y todo el grupo estuvo de acuerdo. Ahí se le hizo la donación del jardín para que él lo use, siempre para su obra”. La construcción disponible ofrecía buenas posibilidades. Sólo faltaba (volver a) llenarla de vida. Así empezó la historia de la segunda Casa de los Niños del Hogar de la Madre Tres Veces Admirable.
El pan
La donación fue una sorpresa, porque Los Hornos era “el otro lado de la ciudad” para una experiencia solidaria que tiene como centro al Barrio Aeropuerto. El cura enfrentó el desafío convocando a Gustavo Princi, que hasta 1991 había sido educador en su Hogar, donde lo apodaron Chispita: lo hizo el Chino, uno de los chicos que vivía con él, alegando que era parecido a ese personaje de historietas, el hermano menor de Meteoro. Más allá de sus esporádicos traslados, como su paso por el seminario de Jaime De Nevares en Neuquén, Princi era de Los Hornos y por eso parecía ser “el indicado”. Su idea fue desarrollar ahí una Casa de los Niños. Y el apodo con que lo conocían se convirtió en el nombre del nuevo emprendimiento, que inauguraron en agosto de 1999.
El plan original era un “segundo hogar” para que asistieran chicos de 6 a 13 años, a contraturno de la escuela. Pero la realidad pudo más que la teoría, y todos traían a sus hermanitos de 2 o 3 años. “Lo que se trató de hacer fue cubrir las necesidades. Se hacía apoyo escolar y otro grupo funcionaba como guardería. Comida y apoyo educativo había para todos, y tratábamos de identificar a las familias más necesitadas para hacer un apoyo más profundo”, cuenta Princi, que recuerda con orgullo al primer grupo, coordinado por él y su compañera Mariluz: “trabajábamos con una cocinera, Raquel, Daniel Miño como encargado del mantenimiento y cuatro educadoras populares entre las que estaban Claudia Auge y Roxana Penno, que son las dos de fierro y que actualmente siguen estando...”. Princi no pierde el lazo con la casita, aunque se alejó en 2001 cuando lo designaron delegado municipal de Los Hornos, tras una votación no vinculante en la que recibió un apoyo mayoritario. Las diferencias entre la Municipalidad y una delegación que respaldaba los reclamos vecinales hicieron que no durara mucho en el cargo. Ahora se postula para concejal por el Proyecto Popular, aunque sigue acudiendo cuando en Chispita necesitan una mano.
Claudia, que convive con los pibes todos los días, cuenta orgullosa que “les gusta mucho la comida; se comen hasta tres platos”, aunque aclara que la contención ofrecida no es sólo de alimentación, sino que el apoyo escolar fue y es tarea central: “primero se hacen los deberes, porque hay una deserción escolar tremenda. El tema –opina y se preocupa- pasa por la familia, porque acá hemos apuntado mucho a la escuela y no hay caso. Te dicen que van, se ponen el guardapolvo y todo, pero dan la vuelta manzana y vuelven a la casa... Hay muchas problemáticas familiares, padres ausentes, madres solas que tienen que trabajar”. Pero eso no la resigna: “vos sabés que no les vas a cambiar la vida, pero le podés mostrar un modelo. Y aprendés vos, como adulto, a hacerte cargo de una parte de la sociedad que existe, que es real... Acá no terminás nunca de aprender, ni aunque tengas cien años”.
El incentivo lúdico es otra ayuda fundamental para los chicos. Princi afirma que “en este nivel social a veces pierden eso: desde chiquitos no saben jugar, por la presión que viven en sus casas. Entonces se hacen muchos juegos, tomándolos como una herramienta de aprendizaje”. Muchas veces, reconoce Claudia, lo hacen aún sin nada a mano: “armamos rompecabezas caseros, hacemos el dígalo con mímica, jugamos a la escondida acá adentro, o lo que se nos ocurra. O solamente contamos historias. A ellos les encantan los cuentos, así que les invento cada historia...”
Los chicos no se cansan nunca. Corren, juegan al fútbol, bailan. Camino al patio, La Pulseadarecorre una habitación llena de color, sonido y movimiento. “Y salta, y salta”, es el mandato de la canción pegadiza, y los pibes lo cumplen al pie de la letra. En verdad, se trata de un salón vacío, completamente vacío, como se podrá notar unas horas más tarde. “Son los pibes los que le ponen vida”, explican quienes lo comprueban diariamente.
La cruz
“Lo que buscamos es que aparte de la comida haya mística”, cuenta el primer coordinador de Chispita: “No la mística de rezar, como plantean otros sectores del cristianismo, sino una mística desde la problemática cotidiana de los que más sufren. Creemos que una de las mejores cosas que le damos a los chicos en esta obra es poder vivir con una fe y una esperanza que les va a ayudar a pasar miles de problemas, más en el contexto en el que ellos nacen. Eso es lo que el cura nos dio a nosotros: la herramienta de entender por qué hacemos lo que hacemos, y transmitirle eso a los chicos”.
Se trata, para Claudia, de que la extrema necesidad no quiebre la solidaridad: “A mí me duele mucho que se esté perdiendo la costumbre de compartir con el vecino y de ayudarse. Acá hay una comunidad que defiende mucho este lugar, pero también está el vecino que no te devuelve la pelota, que se olvida de que este es un lugar de chicos. Eso es lo más triste: en los adultos se van perdiendo esos valores y la conciencia de qué significa esa pelota que los embroma”.
Claudia hace una pausa y observa a Walter, un petisito de flequillo que tiene la nariz achatada y los cachetes colorados, que se divierte logrando que los grandes se disputen a quién quiere más. “Este invierno fue duro”, sentencia de pronto ella, y lo prueba evocando una de las mañanas más difíciles: “eran las ocho y media y llegaban los chicos con poca ropa, en ojotas, sin medias. Salían calentitos de la cama, sin peinarse y hacían dos cuadras temblando. Estaban cagados de frío. Y entonces la desesperación nuestra: buscamos ropa y zapatillas, los abrigamos, los ubicamos al lado del horno, les dimos la leche caliente”, dice y su tono de voz transmite la adrenalina de aquel día.
La siguiente anécdota se corta para saludar a una chiquita de buzo naranja, Ludmila, que viene a despedirse con un beso y sale corriendo a pasitos agigantados. Ya casi son las cuatro. Cuando los grandes quedan solos, se arma una ronda en medio del galpón.
La luz
Sobre una pared hay dibujado un sol bien amarillo, con cara de pícaro, que saca la lengua; y una breve leyenda: “feliz cumpleaños”.
El 14 de agosto fue el aniversario de Chispita, de quien su “familia” habla dándole entidad de persona:
–Seis años... Ya empezó a caminar... –dice Claudia, mientras devuelve el mate dulce que le cebó Nati, una compañera de risas y gritos. Ambas están sentadas en pequeñas sillitas y saborean las exquisitas tortas fritas preparadas en la cocina.
–Hablar, habla muchísimo –bromea Tony Fenoy, un incondicional de la obra de Cajade que acaba de sumarse a la experiencia de 151 y 70. Todos ríen alrededor a la mesita hexagonal donde entre mate y mate repasan el día y, ante la presencia de La Pulseada, la historia. También lo hace la “socia vitalicia” del lugar, que sabe que alude a ella. A Marcos se le ocurre otra forma de ver las cosas:
–Si Chispita hablara, las cosas que diría...
Él lo sabe muy bien. De chiquito, fue uno de los tantos que jugaron, comieron y crecieron allí. Hoy participa de la panadería “El viejo Pepe” (La Pulseada Nº 21) y es uno de los tantos que no pierde el vínculo con aquella casita de Los Hornos. Claudia cuenta que “muchos grandes, que ya tendrían que haber egresado, siguen viniendo porque crecieron acá. Les encanta ayudarnos con los chicos. El otro día uno de ellos me decía: ´cuando vos ya no quieras estar más, yo voy a estar más grande y te voy a poder reemplazar´. Si de algún modo somos sus modelos, quiere decir que aprendieron algo de este lugar”.
La conversación se interrumpe cuando Mecha, una vecina que los tenía preocupados, llega con una noticia tranquilizadora: acaba de sacar a su hijo de la comisaría tercera, una seccional que se empeña en detener menores por portación de cara. “No sé por qué lo llevaron, porque había ido a comprarse un pantalón. De casualidad me enteré porque si no quedaba ahí. Hoy se perdió un examen que tenía que dar”, cuenta entre enojada y resignada a quienes forman la ronda, mientras espera que se desocupe el consultorio jurídico donde terminará de aclarar los tantos.
Uno tras otro entran al box de madera y sin techo montado en una esquina del galpón. El principal tema de consulta son las demandas por alimentos, discontinuadas por la realidad de parejas que van y vuelven. Pero a medida que el servicio se ha extendido –lleva casi tres años– aparecen nuevas problemáticas, como las irregularidades en la propiedad de los terrenos del barrio.
Actualmente, la asesoría legal es la principal actividad de Chispita, además de la contención diaria de los pibes. El año pasado hicieron también talleres sobre derechos y obligaciones, sexualidad y drogadicción.
El viejo galpón del Club 18 de Febrero, claro, sigue repleto de inquietudes y proyectos. Seguramente, los próximos pasos del emprendimiento serán para instalar consultorios psicológicos, médicos y odontológicos. Pero tampoco dejan de pensar en un futuro jardín maternal, una casa de los bebés y, por qué no, un transporte que traiga a los pibes de más lejos.
–Hasta hay lugar para hacer una huerta comunitaria –imagina Tony, lleno de iniciativa.
Como él, todos ahí tienen sueños a los que no renunciarán. Porque son de esa gente que vive y sobrevive con la costumbre de dar y la esperanza de recibir. Con esa inquietud en el alma, saben que los proyectos se pueden concretar el día menos pensado, y que a veces sólo hace falta que una chispita los encienda.
Daniel Badenes
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* Se autoriza la reproducción total o parcial del contenido,
citando la fuente y remitiendo un ejemplar de la publicación
a La Pulseada.
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