NÚMERO 34 - SEPTIEMBRE 2005

Nuevas publicaciones con viejos nombres

TIEMPO DE REGRESOS

Ya reapareció Caras y Caretas, la revista que relató las primeras décadas del siglo XX argentino. Crisis, un emblema del compromiso intelectual de los ´70, apuesta a la primavera e intentará salir desde octubre. La revisión del lugar que ambas ocuparon en sus épocas de gloria plantea un difícil reto a sus resucitadores. Y la pregunta por las razones de tanta remake editorial discurre entre la falta de creatividad, una búsqueda de raíces históricas, el marketing de la nostalgia o un nuevo tiempo político. Pasen y vean.

Por Daniel Badenes

  Caras y Caretas no se cansa de regresar. Tal es así que su época de gloria que todos evocan es, en rigor de verdad, la segunda. La trayectoria comenzó en 1890, cuando el poeta y humorista español Eustaquio Pellicer fundó el semanario en Montevideo. La que siempre se recuerda es la iniciada en Buenos Aires el 8 de octubre de 1898. Pellicer llegó al país invitado por Bartolomé Mitre y Vedia, hijo del ex Presidente, a quien la publicidad inicial del proyecto anunciaba como director. Pero a papá Mitre no le agradó que su apellido apareciera en una revista que proponía satirizar a los dirigentes políticos, por lo que Bartolito cedió su lugar al entrerriano José Sixto Álvarez, más conocido por uno de sus seudónimos: Fray Mocho.

  La publicación de este “semanario festivo, literario, artístico y de actualidades” –tal la fórmula con que se presentaba– coincidió con la declinación de Don Quijote, un periódico dedicado a la sátira política, del que Mocho había sido co-fundador. En el nuevo proyecto, el nombre de Álvarez aparecía secundado por Pellicer y el dibujante Manuel Mayol. La atípica inclusión de este último en un trío de responsables, anunciaba uno de los destacados aportes: el cuidadoso tratamiento gráfico que convirtió a Caras y Caretas en el gran semanario ilustrado. Aunque sus tapas siempre albergaron caricaturas, también fue notable la inclusión de fotografías, muchas recogidas en concursos. El historiador Sergio Pujol lo recalca: “en un momento en que los diarios venían pelados, con la hoja sábana, con una tipografía cerrada, la revista introduce de manera profusa el color, las ilustraciones, las fotos”.
  Otro signo distintivo fue “una masa inmensa de avisos que se intercalaba en las notas: ya no había una sección publicitaria”, explica César “Tato” Díaz, profesor de Historia del Periodismo. Los avisos tenían su propio atractivo y en 1920 llegaron a ocupar la mitad de la revista.

  Además de a campañas políticas y temas urticantes como los problemas fronterizos, Caras y Caretas dedicó sus páginas a notas sociales y relatos costumbristas. “Ojeando la colección uno encuentra –ejemplifica Pujol– la convivencia de la cultura criolla con la cultura inmigrante; siempre hay un espacio dedicado a las colectividades, a la música, a la literatura. Es muy rica como registro de los intercambios y síntesis que sucedían en la cultura porteña. Y, por su agenda, es absolutamente moderna”.

  La revista era barata y su tamaño manuable permitía leerla en los trenes y tranvías. Superó los 60.000 ejemplares. “Más de 50 o 60 periodistas vivían exclusivamente de ese trabajo, cosa que de muy pocas publicaciones actuales se puede decir”, comenta Pujol. Se trata, precisamente, de la época en que la escritura se profesionalizó y surgió un nuevo periodista, “que sueña con escribir cuentos y novelas, y se gana la vida en el periodismo. Ya no viene de la élite, de la oligarquía, de la clase alta, sino que es un hombre de la clase media o media baja, muchas veces de familias inmigrantes, que hace sus experiencias de escritura dedicándose a ese oficio”. Además de Fray Mocho, en las páginas de Caras y Caretas escribieron Horacio Quiroga, Leopoldo Lugones, Rubén Darío, Raúl Scalabrini Ortiz. Varios cuentos de Roberto Payró aparecieron allí antes de integrar el libro Pago Chico (1908).

  “Es indudable que el momento rutilante de Caras y Caretas fue la época de Fray Mocho”, sostiene Díaz.Como se refleja en su contenido, ese tiempo coincidió con el segundo mandato de Julio Argentino Roca: en 1899, por ejemplo, cuando el Presidente viajó al sur, Mayol lo caricaturizó junto a su vice vestido de mujer, en una situación en la que Roca se despide y pregunta: ¿Me serás fiel?

  El alma mater de la revista murió en 1903. Para entonces, además, empezó a aumentar la competencia, con publicaciones como PBT y El Hogar (1904), Mundo Moderno (1911), Fray Mocho (1912) y más tarde Atlántida (1918). No obstante, Caras y Caretas siguió estando presente hasta 1941. Incluso tuvo un programa en Radio Belgrano, en 1936. “Al mapear tanto tiempo de nuestra historia, es una fuente histórica”, señala Díaz con razón: la revista registró la política y las costumbres de cuatro décadas del siglo XX argentino.

  Será por eso, quizá, el tesón de usar su nombre en sucesivos proyectos editoriales. “Quisimos hablar de temas de ahora en clave de algo que nos identificara. Y bueno, ‘Caras y Caretas’ es una marca, casi diría, de argentinidad. Al haber permanecido durante tantos años, ancló muy fuerte en la memoria de los argentinos”, justifica Cecilia Fumagalli, la secretaria de Redacción de la publicación modelo 2005, la sexta que recurre al mismo sello, y que ignora los revivals que la precedieron: la edición que sale a la calle este mes llevará el número 2.190, una cifra menor a la que utilizaban las de los ´80.

  Hoy mismo, los uruguayos editan Caras y Caretas: un semanario que poco se parece al de antaño, salvo por el nombre. Por otra parte, en Argentina, la revista glorificada por Fray Mocho tuvo una breve reaparición en los años ´50 y otra en 1983. Esta última, que acompañó el regreso de la democracia y recogió testimonios del horror, conservaba poco del formato tradicional. Lo central ya no era la ilustración sino el texto político. Y los nombres de sus redactores y los principales entrevistados (Vicente Zito Lema, Eduardo Galeano, Heriberto Muraro), estaban más asociados a Crisis, otra publicación que hizo historia. Y que tampoco deja de volver.

Pensar, militar, publicar

  La historia completa de cómo en 1973 la iniciativa de un empresario arriesgado, Federico Vogelius, se convirtió en la inolvidable Crisis, nunca fue contada públicamente. Se sabe que primero la pensaron un grupo de escritores que no llegaron a buen puerto. Se dice que entre ellos estuvo Ernesto Sábato. Y se rumorea que originalmente llevaba el nombre KRISIS; que era un proyecto culturoso más que cultural, y a Vogelius no lo convencía. Hasta que llegó Eduardo Galeano: el uruguayo, que acababa de exiliarse de su tierra, formó un nuevo equipo y esbozó una revista acorde a ese “momento muy especial para el país, cargado de fervores”. “Pienso que en la espuma de aquella ola de ascenso popular había lugar para una revista así; había necesidad de ella”, interpretó Galeano en 1984, interrogado por una de las tantas Caras y Caretas.

  Crisis fue un emblema de la “primavera política” que se vivió entonces y tuvo “la virtud de abrirse a toda la vertiente progresista, tanto del peronismo como del no peronismo, tanto de la guerrilla como de la lucha social”, según reconoce Pedro Cazes Camarero, que militaba en el PRT-ERP.

  Díaz sostiene que “convivieron un montón de periodistas de muy diversas ideologías, que tenían en común una visión de la cultura, del arte, que estaba muy vinculada a lo popular y a lo masivo”, y remarca que la revista rompió “la tradición según la cual la literatura era para un coto de literatos muy avezados y selectos”. Quizá por eso, aunque era de “ideas, letras y artes”, y no “de interés general”, vendía más de 50.000 ejemplares.

  “’Crisis’ es una revista vinculada a una generación: la asociamos a los años ´70, a ciertos proyectos de transformación social”, sintetiza Pujol: “fue una revista comprometida; era mucho menos inocente que ‘Caras y Caretas’”. Justamente por eso fue perseguida hasta que dejó de publicarse, en septiembre de 1976. Y sus protagonistas vivieron la represión en carne propia: Vogelius fue secuestrado y torturado; Haroldo Conti, uno de sus principales colaboradores, está desaparecido.
  Crisis tuvo su primera remake entre 1986 y 1989. Tenía nombres en común con la fundacional, como los de Zito Lema y Carlos María Domínguez. El propio Vogelius, enfermo de cáncer, estuvo inicialmente. El retorno generó bastante expectativa y cada edición rondó los 9000 ejemplares. “No era para hacer plata, pero era una empresa próspera que se autofinanciaba con comodidad. Cerró por un vaciamiento comercial”, acusa Cazes Camarero, que fue su director en esa segunda época y lo será en la tercera.

Volveré y...

  “Un día va a salir Leoplán de vuelta”, bromea el escritor Andrés Rivera al recordar cuando hace tres meses un kiosquero de Río Cuarto le preguntó si conocía una revista nueva llamada Caras y Caretas. “Se la compré. Siete pesos con noventa; un papel lujosísimo... ¡Juro que no había nada para leer! Llamé a María Seoane (asesora de la publicación) y le dije: ´escucháme,¿vos sos cómplice de esta porquería?´. Ella me contestó que esperara el segundo número, que iba a ser mejor. Yo le dije que eso suponía...”. Sus palabras críticas encierran una curiosidad: Rivera figura en el staff de esa misma revista; y aunque se queja porque lo pusieron sin consultarlo, sigue apareciendo.

  Regresada de la mano de Felipe Pigna, Caras y Caretas agotó 36.000 ejemplares en julio y, según sus editores, el segundo mes salió a la calle con 50.000. La revista, que tiende al rescate de temas y personajes históricos, plantea como eje el “camino al bicentenario”, se subtitula “la revista de la patria”, fue presentada desde el Cabildo y, por si quedaban dudas, sacó su primer número el 9 de julio. Así busca el nexo con su predecesora, que retrató la espera y la llegada del primer centenario.
  “Nos basamos en la vieja revista pero hacemos una puesta a punto; la actualizamos”, aclara Fumagalli: “rescatamos las ilustraciones, las viñetas, las aguafuertes como género...”. Artículos y chistes sobre la televisión evidencian la renovación temática. Pero la crítica de Rivera no es en vano: con excepciones como la “cosecha roja” de Ricardo Ragendorfer, hay muchas notas con escasa profundidad, títulos trillados y demasiado interés por personajesindividuales.

  El controvertido escritor no abre juicio sobre Crisis, porque aún no está en la calle, aunque sugiere que “si se reedita, no debería estar hecha por hombres de mi edad, sino por jóvenes”. “Conocí la Crisis anterior: era muy buena revista, vista desde ahora; y en su época suscitó polémicas”, agrega Rivera, para explicar una de sus dudas sobre este retorno: “el gusto por la polémica ha desaparecido entre los intelectuales argentinos”. Además cree que ya no es posible el “periodismo de sobrevivientes” que se hacía en los ´70, cuando “poníamos dinero de nuestro bolsillo para sostener publicaciones”.

  No todos piensan igual. Por eso en junio se reunieron más de cincuenta intelectuales de varias generaciones para recuperar Crisis. Entre ellos estaban el historiador Osvaldo Bayer, el filósofo León Rozitchner y el ex “ministro rojo” Floreal Ferrara (La Pulseada Nº 3). “La revista tiene un gran prestigio; hay muchos intelectuales, políticos y militantes sociales que están interesados en que vuelva a salir”, asegura Cazes Camarero: “Esperamos mantener el modelo de Vogelius, el de una revista independiente, innovadora, de vanguardia intelectual y política. O sea que mantener la tradición implica hacer una revista completamente nueva”. Sus impulsores aspiran a que, desde octubre, se publiquen Crisis y los monográficos Cuadernos de Crisis.

  Y un interrogante sigue zumbando: ¿por qué tantos regresos?

Seré negocio

  Pujol se declara “escéptico frente a estas resurrecciones” y cree que “no tienen ningún vínculo con las revistas originales y es imposible que lo tengan. Incluso la propia ‘Caras y Caretas’ de los ´30 tiene poco que ver con la de los años ´10: es solamente el nombre, una apelación a un momento luminoso, fundacional del periodismo argentino. Quizás conserve la mirada un poco satírica, pero esa mirada está también en otros medios. Está en la revista Barcelona y en otras”.

  Para Tato Díaz, el motivo de los regresos “es el marketing: quieren explotar una vez más una marca que fue exitosa... Decí que murió Timerman, sino estarían pensando en volver a sacar La Opinión”.

  Pujol coincide en que “falta imaginación y hay poco riesgo. Se especula con la memoria fresca de la gente más o menos instruida, de lectores cuarentones o cincuentones que son los que más compran y más leen revistas. Pero el recurso de la nostalgia se agota en seguida. Después las publicaciones hay que sostenerlas con recursos propios, con agendas nuevas, incluso con nuevos lenguajes y periodistas, así que todo es una incógnita. “De todos modos -agrega-, es interesante que se haga memoria de un periodismo argentino ilustre, que fue realmente muy bueno. Eso es válido: el hecho de que tengamos conciencia de que aquí hubo una historia periodística a la que siempre debemos revisar y de la que podemos nutrirnos”.

  Tanto Caras y Caretas como Crisis, igual que Satiricón, fueron reeditadas después de 1983, como expresión de una época con mayor libertad. La revuelta de fines de 2001, los novedosos movimientos sociales y ciertas reivindicaciones tomadas por el gobierno nacional, indican otro nuevo tiempo. ¿Podrá esa primavera justificar los regresos?

Seré memoria

  A esa explicación adhieren, por supuesto, los impulsores de los retornos. Fumagalli los asocia a una especie de auge por la historia argentina, reciente y no tan reciente, que a lo mejor tiene que ver con algo que ocurrió en 2001... Pienso que esa crisis operó como una especie de bisagra para que nos preguntemos ¿por qué nos pasa lo que nos pasa? (...) Paralelamente, surgieron experiencias dirigidas a  divulgar la historia, a sacarla de los museos y acercarla a la gente, como Felipe Pigna, que es el director de nuestra revista”.

  Más allá de una necesidad de reencontrarse con la historia, Cazes Camarero sostiene que se vive un momento clave para escribirla: “las viejas generaciones, a las que les han quebrado el espinazo con la represión, las hiperinflaciones y la desocupación, van siendo naturalmente reemplazadas por generaciones no tan golpeadas, que irrumpen en el escenario con toda la polenta y la creatividad de la juventud. Por otro lado, estamos saliendo de una etapa de marasmo que duró tres décadas, desde el hundimiento de los grandes proyectos revolucionarios de los ´70, y aparece un poco de brisa fresca, crecen las luchas sociales, hay un fenómeno de primavera política a nivel mundial”.

  Se trate de necesidades políticas, revisiones históricas o engaños marketineros, los regresos suceden y su éxito está por verse. La otra pregunta del millón es si esta época hallará su propio medio gráfico, más allá de los sellos del pasado. Pujol cree que ese espacio aún está vacante: “la revista ‘Debate’ está muy bien, ‘Lezama’ está bárbara, pero no tienen la llegada que tuvieron aquellas revistas. ‘Noticias’ marcó los ´90, de la misma manera que ‘Crisis’, ‘Primera Plana’ o ‘Confirmado’ fueron emblemas de su época. Evidentemente, en esta década del 2000 no ha surgido todavía una revista que uno pueda asociar a la época”.

Otros retornos

SATIRICÓN: legendaria revista del humor gráfico argentino, probó este año un nuevo regreso (el cuarto) bajo la forma de un anuario.

HUMOR: un libro de Andrés Cascioli compiló historietas y notas publicadas durante la dictadura por esta revista, extinguida hace seis años.

PERFIL: el diario que en 1998 apostó a convertirse en un grande de la prensa y sólo duró 84 días en la calle, también tendrá su revival con ediciones dominicales que saldrán desde este mes, acompañadas por una lujosa revista.

Seré libros

  Crisis y Caras y Caretas también son referencias para libros de muy reciente publicación, como 30 años después, de Aníbal Ford, y Revolución en la lectura, de Eduardo Romano.

  El primero, editado por la Facultad de Periodismo platense, presenta las exposiciones de Ford de 1973 en la legendaria cátedra de Introducción a la Literatura. Además de aquellas clases, el libro repone otros materiales de y sobre esa época. En ese marco aparece, por ejemplo, una página de Crisis escrita en 1975, tras recibir amenazas de la Triple A. También se reproduce una entrevista de 1990, en la que Ford –ex secretario de Redacción de la revista– es tajante: “Para mí Crisis ya pasó y no me gusta formar parte de ningún club de viudas”.

  El texto de Romano, editado por Catálogos, se dedica al “discurso periodístico-literario de las primeras revistas ilustradas rioplatenses”. A partir de la experiencia de Caras y Caretas en Buenos Aires y Rojo y Blanco en Montevideo, estudia una época caracterizada por la profesionalización de la escritura, la expansión de las ilustraciones y un fuerte interés por temas costumbristas.

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