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NÚMERO
32 - JULIO 2005
Taller "Juntos por una Nueva Generación"
SOLIDARIDAD
QUE CRECE DESDE ABAJO
En el Barrio
Malvinas, un grupo de vecinos y colaboradores está sosteniendo
un comedor y un taller recreativo para los chicos de la zona. Sobra
voluntad y esfuerzo, pero falta casi todo lo demás.
Por Pablo
Antonini
El taller "Juntos
por una Nueva Generación" empezó, casi literalmente,
en el aire. Más precisamente a partir de un programa de radio
que un grupo de diez amigos sostenía "a pulmón"
en FM Cualidades, ubicada en 145 y 66. "Era a micrófono
abierto", cuenta Carmen Gutiérrez, asistente social
actualmente desocupada y principal inspiradora del proyecto. "Se
llamaba 'Consignas', porque la consigna la ponía la gente.
La idea inicial era visitar a todos los que nos llamaban, pero como
la mayoría de la gente no tenía teléfono empezamos
acercarnos nosotros".
Comenzaron a tener repercusión en la zona y a utilizar el
espacio para darse formas de organización concretas. Primero
fue el reclamo por la muerte de una joven atropellada por un camión
en la 66. Después fueron organizando actividades de distinto
tipo: una copa de leche, una feria de ropa, "lo que se pudiera,
según proponía la gente, con las cosas que acercaban
a la radio. Y así, recorriendo -explica Carmen-, llegamos
también a este barrio".
En Malvinas encontraron una particularidad: "nos llamó
la atención -rememora Mariano, su pareja y compañero
en el proyecto- la cantidad de chicos que había. ¿Qué
hacen estos chicos?, preguntamos. Nada, sino tienen nada para hacer".
Y conocieron a Elsa Niz, que desde hacía rato tenía
ganas de hacer algo con "el galponcito del fondo" de su
casa en 34 entre 153 y 154. "La idea yo siempre la tuve -cuenta
Elsa-, pero no tenía quién me acompañe. Ahora
por lo menos tengo la satisfacción de que los chicos vengan
y se vayan con algo nuevo para compartir".
Elsa, Carmen y Mariano hablan con La Pulseada en un alto en el trabajo
que, sábado tras sábado, les demanda el taller. Es
un raro día otoñal de sol intenso y en el galpón
de madera se arremolinan chicos de 4 a 12 años, que llegan
corriendo desde la calle como una marea multicolor entre la que
apenas pueden identificarse alguna camisetas de Gimnasia, Boca y
la selección nacional. Se ingresa por un estrecho pasillo
lleno de plantas y flores, hasta un patio dividido por una lona
de arpillera celeste. Detrás hay gallineros y un perrazo
atado con una cadena, que ladra y seguirá ladrando sin cansarse
durante toda la tarde.
Hay apoyo escolar los lunes y viernes, clase de tejido dos veces
por semana, merienda reforzada los sábados porque durante
la semana comen en la escuela. Con el armazón de un viejo
lavarropas hicieron una cocina a leña: la olla descansa sobre
un enrejado de alambre y la madera va donde estuvo el tambor. La
parte de abajo, que alguna vez albergara un motor, sirve de horno.
"Están caras las garrafas y necesitaríamos una
cocina. Pero bueno, por ahora nos arreglamos con ingenio",
explica Elsa.
A veces, como ahora, no queda más remedio que servir la leche
fría. Mientras se prepara la merienda, los chicos toman posición
alrededor de la mesa entre gritos, chiflidos, risas, algún
lagrimón aislado del que Carmen toma rápidamente nota
"para charlar después con la familia", según
comentará más tarde, "a ver si hay algún
problema".
Contrastando con el alboroto general, en una cabecera de la mesa,
dos de los más chiquitos dibujan muy concentrados y en silencio.
Están entre "los talentosos"... En el grupo están
buscando organizarles un curso con estudiantes de Bellas Artes.
Todavía no hay nada concreto, "lo estamos armando",
cuentan, pero no es fácil.
Carmen está ahora en la cabecera de la mesa. Lleva puesto
un delantal a cuadros, con un gran bolsillo canguro en el que mete
las manos y saca hojas, fibras, lápices de colores. "Voy
a poner acá plasticola; no tenemos mucho, así que
hay que compartir", les dice. Pero ellos piden todo el tiempo
más, a la manera implacable de los chicos.
-¿Goma tenés, seño?
-¿Tenés sacapunta, seño?
-Al final no tenés nada, vos.
Después reparte hojas secas, verdes, marrones y amarillas,
para pegar en los dibujos. En las paredes cuelgan guirnaldas, mapas,
un afiche de Perón y Evita, papeles con frases didácticas,
escritas con fibrón, que sirven de ayuda-memoria para las
clases de apoyo, respondiendo preguntas como "¿Por qué
nos llamamos argentinos?".
"Que
repartan parejo"
Llegó un momento, el año pasado, en que fue necesario
elegir: el taller o el programa de radio. Los diez integrantes de
"Consignas", cinco de los cuales están desocupados,
venían sosteniendo el espacio a duras penas y no podían
sumarle la nueva tarea territorial que emprendieron y mantienen,
hasta hoy, sin ningún tipo de apoyo más que las "vaquitas",
colectas y donaciones ocasionales de comercios o vecinos. Entre
la tierra y el aire, eligieron la tierra, pero las carencias se
siguen haciendo sentir en el trabajo.
-Ah, de La Pulseada -se interesa una señora- ¿Y qué
te parece? Bueno, ustedes claro, han andado muchos comedores ¿Pero
habías ido alguna vez a uno tan pobre, tan chiquito como
éste?
-¿Va a venir el cura a bendecirnos? -quiere saber otra- ¿A
darnos apoyo?
Y es que falta de todo: alimentos, muebles, útiles escolares.
"Yo anduve por todos lados buscando ayuda -asegura Elsa-, pero
no hay caso. Sería bueno que los funcionarios se acerquen
más a los barrios, vean la necesidad de cerca y que no les
den todo siempre a los mismos, por política. Que repartan
parejo".
Todavía está fresco el recuerdo de la última
Navidad, que hasta el último momento vivieron como una penosa
cuenta regresiva porque estaban sin juguetes, ni nada para darles
a los chicos. Cuentan que la angustia les crecía un poco
más con cada esperanzada pregunta y cada nota que llegaba
para un Papá Noel que no tenía escala programada en
Malvinas.
El 23 a la tarde, salvaron la fiesta los compañeros de trabajo
de Leticia Diez, una joven abogada que también integra el
grupo y suele asesorar informalmente a los vecinos. Todavía
tiene fresco el momento en que "llegué a mi casa y encontré
un papel bajo de la puerta. Yo había comentado que había
muchos chicos, que se necesitaban juguetes y bueno... La gente cuando
ve que hay algo en serio, se moviliza".
Leticia también empezó a partir de aquel programa
radial. Nunca imaginó que aquella experiencia iba a derivar
en esta; ahora ayuda con los más chicos y no deja de sorprenderse
por cómo le tomó el gusto.
-Yo pensaba que no les tenía paciencia a los nenes... -sonríe-
Fue todo un descubrimiento.
Carmen cree que no hay casualidades: "Esa Navidad teníamos
que repartir 70 juguetes. Los chicos estaban esperando acá
y juntamos 70 juguetes... Justo, ni uno más ni uno menos.
Terminamos apenas antes de las doce con los paquetitos, consiguiendo
papel para hacer moños y dedicatorias; apareció el
almacenero donando gaseosas y fiambre, armamos sanguches y al final
fue una Navidad muy especial. Por eso yo siempre digo: hay que creer
y hay que dar. No queda otra".
"Nosotros no necesitamos tanto -asegura-; necesitamos lo que
nos corresponde". Habla de cosas elementales, ayudas básicas
que están pero no llegan, trámites administrativos
que se hacen interminables, como la personería jurídica
de la Asociación Civil creada hace casi un año, indispensable
para tantas gestiones.
Por ahora, siguen trabajando sobre el día a día. En
el patio ya hay una extraña tranquilidad. Los chicos se van
de a poco, una vecina saluda con su hijo en brazos. Alguien acerca
un mate: hay que organizar la semana que viene.
Nelly: La
solidaridad como remedio
Resulta difícil imaginar quieta a esta mujer que va y viene
preparando la merienda, atendiendo a los chicos, resolviendo los
problemas propios de cada taller. Por eso sorprende cuando cuenta,
con naturalidad, que "hasta hace poco yo estaba postrada".
Si ella no lo comentara, nada en la actitud y el desenvolvimiento
de Nelly delatarían que tiene un cáncer terminal.
Pero se había dejado abandonar, recuerda, pasaba casi todo
el día en la cama cuando empezó a escuchar el programa
"Consignas".
Un día empezó a llamar por teléfono. Se identificaba
con el programa, notaba que se hacía con esfuerzo y siguió
llamando, hasta que propuso "dar una mano en lo que quisieran".
Y así pasó al otro lado de la línea, atendiendo
los llamados en la radio.
Enseguida notó que "llamaba mucha gente de la tercera
edad, que tenían preguntas o estaban solos".
Nelly había tramitado ya su pensión, y descubrió
que la mayoría no sabía siquiera que podía
acceder a una. "Entonces empecé con los abuelos y los
discapacitados, primero respondiendo dudas, después acompañándolos
para que hicieran valer sus derechos. Sacando pensiones... pero
así, sola, eh", aclara, "como cualquier hijo de
vecino, sin conocer a nadie, ni el apellido de un político.
Pensiones de vejez, tarjetas para discapacitados, esas cosas. Cuando
me quise acordar había un montón de gente. Ahora todo
el tiempo me llaman 'Nelly, me salió la pensioncita, me salieron
los 120 pesos'. Eso te fortifica, es maravilloso".
Con esa fuerza recorre barrios, recibe consultas, hace trámites,
"tengo el instinto de ayudar" afirma, y es para creerle.
Con el mismo ímpetu encaró el taller, y está
orgullosa de los resultados: "¿Ves esa nena?",
señala disimuladamente "Cuando llegó no podía
ni agarrar la taza. Fuimos a hablar con uno, con el otro, trajimos
un señor de Buenos Aires para que le diera un plancito, aunque
sea, a la familia...
ahora ya está contenida la nena, pero no tiene qué
comer. Y por ahí ves otras personas con un ropero enorme,
todo para ellos, que abren una alacena gigante y tienen diez tarros
de arvejas, veinte paquetes de fideos, mientras las gente común
sigue pateando. Yo eso no lo entiendo. A mi siempre que me dan reparto,
si me dan tres fideos me quedo con uno y lo demás reparto".
Alguien la llama desde la casa y se disculpa: hay que seguir trabajando.
La pausa ya fue demasiado larga para esta mujer que no se permite
descanso.
-Yo por mis viejos doy todo -remarca antes de irse, por si quedaran
dudas- Hay muchos que están solos, quedan solos y ni siquiera
saben que tienen derechos, entonces voy, ayudo, acompaño.
Bueno, en realidad digo "mis viejos" pero algunos son
más jóvenes que yo, porque tengo 65 años
-¿En serio? Parece mucho más joven
-Sí, me hubieras visto hace unos meses... parecía
de 80.
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* Se autoriza la reproducción total o parcial del contenido,
citando la fuente y remitiendo un ejemplar de la publicación
a La Pulseada.
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