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NÚMERO
31 - JUNIO 2005
El caso Christian Domínguez
Esa MALDITA
costumbre
Lo levantó
la policía por la noche y amaneció muerto en la Comisaría
1ra de Berisso. Para argumentar "suicidio", se apeló
a una historia inverosímil que contradice el propio médico
policial y desaparecieron pruebas claves. Familiares y amigos reclaman
justicia.
Por Pablo Antonini
Toda la vida
recordará Pedro Domínguez ese instante, con precisión
casi cinematográfica. Eran las 8:45 de la mañana,
detalla, del sábado 5 de febrero pasado. Oyó que golpeaban
las manos en la vereda, salió a la puerta de su casa, encontró
un patrullero estacionado y a un policía que preguntó
a quemarropa si ahí vivía Norma Noemí Guernica.
-Sí -dijo Pedro- es mi esposa.
-¿Ah, es su esposa?
-Sí.
-¿Usted es el padre de Christian Agustín Domínguez?
-Sí.
-Bueno, le vengo a notificar que su hijo falleció.
-¿Cómo?
-Que falleció.
"Date cuenta
la impresión", dice ahora este hombre de voz sonora
y grave, prolijamente vestido con saco y camisa, que a más
de tres meses cuenta la escena en las oficinas de la Asociación
Miguel Bru y parece que la revive minuto a minuto. "No sé,
me quedé helado". Todo se volvió confuso entonces...
Siguió escuchando que "nos manda el comisario a avisarle
con el móvil, para que lo acerquemos a la seccional".
Vagamente respondió que él podía moverse por
sus propios medios y volvió a entrar.
"Imaginate, todos levantándose, diciendo qué
pasó... Se murió Christian... Mi mujer, mi hija, llanto,
griterío...". Después llamar por teléfono
a sus dos trabajos, a los familiares, "no puedo ir, murió
mi hijo", reponerse del impacto, cambiarse como en el aire.
Calcula que pasó casi una hora hasta que salió nuevamente.
El patrullero seguía ahí.
"Me dice de vuelta: 'Señor, ¿lo acercamos a la
Comisaría?'. Entonces accedo, pero ya con otra idea. Subo,
hago dos cuadras y le digo al oficial que me acompañaba:
'¿Me puede decir la causa de la muerte de mi hijo?'.
-Se ahorcó.
"Esa palabra llegó a mi oído, pero ya no me entró
en la cabeza. ¿Cómo es eso de que se ahorcó
en una comisaría...? Ya te empieza a trabajar la cabeza y
decís 'no, no, no, no es, no es...".
-¿Cómo qué se ahorcó? -le preguntó
entonces a un comisario muy atento, que lo hizo pasar a su despacho
entre comentarios de "imagínese cómo me siento,
yo también soy padre de familia".
-Con el cinto.
-Quiero verlo.
-No está. Su hijo ya fue derivado a la morgue policial.
Después
todos los trámites, sigue acordándose... Recorrer
como un autómata casas de velatorios, escuchar la prevención
del encargado: "¿A la morgue policial, te dijeron? Noooo,
yo si querés ya te reservo, pero tenés mínimo
hasta medianoche, a lo mejor hasta mañana".
Recién en la sala de velatorio pudo la familia ver el cuerpo.
En medio del dolor y la ansiedad por conocer detalles, las sospechas
fueron creciendo junto con las incongruencias de la versión
oficial, hasta transformarse en una certeza que la familia Domínguez
está decidida a demostrar en la Justicia: que Christian no
se ahorcó, que lo mató la policía, y que su
muerte disparó una larga cadena de encubrimientos que quizá
está muy cerca de romperse.
Las últimas
horas
Christian Domínguez tenía 30 años, y una hija
que está por cumplir tres. "Estaba mucho con la gorda",
cuenta Gabriela Calderaro, su mujer, mientras contempla la foto
que prestará para acompañar esta nota "porque
yo trabajo en horario de comercio, prácticamente todo el
día. Era un papá muy cariñoso". Habla
con un tono sereno, curtido ya en los meses que pasaron.
"Era un excelente cocinero", agrega Pedro con orgullo.
"Yo hace 25 años que estoy en la gastronomía
y tengo título de maestro cocinero, pero él..."
y por única vez en la entrevista parece que va a quebrarse;
se le humedecen los ojos pero se contiene, "él para
mi era un profesor, un adelantado en la cocina".
Christian era el segundo de cuatro hermanos. Los Domínguez
son una familia conocida en el barrio: viven desde hace décadas
en Berisso y quizás por eso el caso movilizó inmediatamente
a vecinos, familiares y amigos. Entre ellos está Daniel,
un amigo de Christian que también graba y toma nota silencioso,
para chequear que ninguna declaración interfiera con la instrucción
judicial en marcha; hace llamados, difunde comunicados y convocatorias.
"Ya es mi secretario", resume Pedro con afecto.
Entre todos han ido reconstruyendo las últimas horas de Christian,
la noche del 4 de febrero pasado. Primero estuvo un bar berissense,
donde mucha gente lo conocía. Christian era de carácter
alegre, "jodón", coinciden todos. Y esa última
noche, según todos los presentes con los que habló
la familia, no fue la excepción: "no, si Christian estaba
bien", escucharon una y otra vez, "tomó una cerveza
con tal, charló con una pareja en esta mesa... Se fue jodiendo:
chau ruso, chau loco... Normal".
A partir de que pisó la calle, empieza la nebulosa. Una primera
versión policial sugiere que el propio Christian paró
un patrullero en la esquina de Montevideo y 13 "porque quería
hacer una denuncia", algo que de por sí la familia considera
poco probable. En la Comisaría 1ra de Berisso, sin embargo,
aparece como detenido como contraventor por "ebriedad en la
vía pública".
Consta que fue llevado entonces al Cuerpo Médico policial,
donde le diagnosticaron una "ingestión de alcohol en
grado dos". Lo revisó la Dra. Mónica Méndez,
que en su declaración también da cuenta de un episodio
confuso con los agentes que lo custodiaban. Apenas lo había
despedido cuando escuchó ruidos detrás de la puerta;
al abrirla lo vio tirado en el piso con tres policías encima,
supuestamente para esposarlo.
Lo llevaron otra vez a la Comisaría y más tarde fue
trasladado al hospital Larrain, donde confirmaron el diagnóstico
inicial dejando constancia de que estaba "lúcido y ubicado
en tiempo y espacio". "Tenía el mismo aliento etílico
que cualquiera que se tome una o dos cervezas, sino nadie iría
a un cumpleaños de 15, a un casamiento ni a ningún
lado, ¡Porque salís a la calle, te para la policía
y estás en estado de ebriedad!", se enoja Pedro.
Christian había estado bajo tratamiento psiquiátrico
y todavía tomaba medicamentos que él mismo detalló
a los médicos que lo vieron esa noche. Sabiendo esto, los
policías que hablaron con la familia en el primer momento,
también adujeron que presentaba un estado de "alteración
nerviosa". Frente a estos comentarios y sus connotaciones,
Gabriela es tajante: "Así hubiera andado borracho, nervioso,
o lo que fuera, no tiene por qué terminar de esa forma".
Del hospital volvió a la Comisaría y el rastro se
pierde definitivamente. Horas después yacía muerto
en un calabozo.
Al volante de aquel patrullero estaban el sub-comisario Luciano
Principi y el cabo primero Raúl Rodríguez. La madre
de Christian tiene muy presente al subcomisario: "fue tres
veces a mi casa para hablar conmigo, a decirme que se sentía
mal porque no quería que pensáramos nada raro, que
los familiares imagináramos otra cosa... Yo todavía
estaba conmocionada, apenas se me ocurría contestarle: 'bueno,
a mi hijo no me lo devuelve nadie, ya está'. Quisieron asegurarse
de que aceptábamos eso, que lo sepultábamos y se terminó
el caso".
Pero ya desde el principio había demasiadas cosas raras.
¿Porqué no le quitaron el cinturón y los cordones?,
se preguntaban. ¿Por qué no tuvo derecho a una llamada,
ni había un imaginaria de custodia? ¿Por qué
no pudo la familia reconocer el cuerpo ni bien producido el deceso?
"Cuando murió mi madre -comparaba Pedro-, a mí
me llamaron de la morgue, me preguntaron tres veces si era ella
y hasta me pidieron los datos a ver si coincidían ¿Me
entendés? Y con mi hijo ni me llamaron ¡Yo me estaba
haciendo responsable de un cadáver por nombre y apellido!".
Cuando finalmente lo vieron, el cuerpo estaba lleno de marcas llamativas,
costuras extrañas y señales que no se correspondían
con la historia oficial.
Los relatos policiales variaban y hasta se contradecían:
no terminaban de decidir si fue a hacer una denuncia, cayó
detenido, se había ahorcado de un estructura metálica
que cubre la lámpara, de los barrotes de la ventana...
Buscando asesoramiento, se contactaron con la Asociación
Miguel Bru. Expusieron el caso y sus dudas. Consiguieron apoyo y
patrocinio legal para encaminar su accionar en la justicia, y enseguida
empezó a haber resultados.
Alborotando
el avispero
A la semana consiguieron la exhumación y re-autopsia de Christian.
Se allanó la Comisaría y se secuestró el Libro
de Guardia. Comenzó la instrucción judicial a cargo
del juez de Garantías Guillermo Atencio y el fiscal Leandro
Heredia, que en un primer momento se excusó ante la familia
por no haber concurrido al lugar de los hechos argumentando que
"estaba cansado".
Es que el fiscal Heredia se toma sus tiempos y prefiere pisar sobre
seguro. Cuando se realizó la primera autopsia, el médico
policial Pablo Vilela dejó claro en su informe que el cuerpo
no presentaba signos de ahorcamiento. Heredia lo llamó por
teléfono en tono perentorio para preguntarle por qué
había escrito eso, a lo que el médico contestó
sencillamente: "porque no había signos de ahorcamiento".
Vilela dejó constancia de esa llamada cuando le tomaron declaración,
donde además volvieron a hacerle la misma pregunta, para
recibir idéntica respuesta.
Mientras tanto, misteriosamente desapareció el "paquete
vasculo-nervioso", órganos de la garganta que pueden
demostrar un ahorcamiento del cuerpo de Christian. Se los quitaron
en la primera autopsia, y el frasco debía estar en Patología
Policial. Pero ante un pedido del perito judicial, nadie pudo acreditar
dónde está esa prueba clave.
Sí se conserva el cinturón de Christian, otra prueba
de suma importancia que, sin embargo, ya no sirve de mucho: apareció
cortado en cuatro pedazos. Tampoco se preservó el lugar donde
apareció el cuerpo: todo fue removido, desordenado o manipulado
con una desprolijidad que contradice las más elementales
normas de procedimiento.
Al cierre de esta edición, Heredia era imprevistamente separado
de la UFI 1, que quedó a cargo de la Dra. Ana Medina. La
Asociación Miguel Bru ya había pedido la remoción
del fiscal por su comportamiento en otras causas. En el caso Domínguez,
los familiares tenían muchas quejas y venían recolectando
elementos para hacer ese pedido, pero todavía no lo habían
formalizado. "Se nos adelantaron", le comentó sorprendido
Daniel a La Pulseada, apenas conocida la noticia. Para Pedro, es
un síntoma claro: "Se está alborotando el avispero".
Y es que mantener una fábula tan mal armada, a esta altura,
implicaría seguir elevando los grados de responsabilidad,
del comisario a cargo de la seccional Miguel A. Chayle hasta la
Jefe de la Departamental de Berisso, Comisario Inspector Adriana
Bustichi, y quizás más arriba. Todo, calculan los
familiares, hasta el sentimiento corporativo, debe tener un límite.
Hasta ahora, apenas se encuentran apartados preventivamente el sargento
Víctor Gómez (que estaba de imaginaria) y el oficial
subinspector Germán Cernuschi (que labró el acta por
la supuesta contravención), acusados solamente de "negligencia".
El jueves 19 de mayo, sin embargo, se pudo constatar que ambos volvieron
a cumplir funciones en la misma dependencia, y al cierre de esta
edición se gestionaba una audiencia con el ministro de Seguridad,
León Arslanián, para que garantice el cumplimiento
de la medida.
Pero las cosas se están precipitando: los familiares ya están
convocando movilizaciones para pedir justicia, y aseguran que hay
hipótesis y líneas de investigación avanzadas,
cuyos detalles prefieren reservar por el momento para no interferir
con el proceso judicial en marcha.
"A mi hijo no me lo devuelve nadie", reitera Noemí
con voz firme, ya superada la conmoción y en un tono muy
distinto al que escuchaba el sub comisario en aquellas primeras
visitas, "pero no pienso permitir que los responsables queden
impunes". Los próximos acontecimientos demostrarán,
confía, que la sociedad tampoco.
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citando la fuente y remitiendo un ejemplar de la publicación
a La Pulseada.
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