NÚMERO 31 - JUNIO 2005

Arbolito
LA BANDA DE ROCK QUE ESCARBA LA TIERRA

Combinando ritmos y acentos folklóricos sin abandonar un sonido eminentemente rockero, los jóvenes músicos de Arbolito recorren el país en camioneta recuperando tradiciones relegadas, desafiando purismos musicales, en búsqueda permanente de lo latinoamericano en cada montaña, cada río, cada pueblo. Identificados con una concepción del arte popular hecho desde abajo, que escarba en las raíces perdidas del continente, en sus letras como fotografías cotidianas desechan estridencias y efectismos musicales y persiguen la herencia del viento. En estos días, en un recital organizado por La Pulseada presentarán en La Plata "Mientras la chata nos lleve", registrado en vivo durante todo 2004, que abarca sonidos y recorridos musicales de sus discos anteriores, como cierre de una etapa.
Por Patricio Féminis

"¡Judas!", escuchó Bob Dylan apenas comenzó a rasguear la eléctrica, la primera noche del Festival folk de Newport. El grito apático provenía de las primeras filas; la luz de la noche se ocultaba tras las nubes. Retomó la canción, pero los abucheos del público no le dejaron escuchar su propia voz. Cantó como pudo, conteniendo las lágrimas hasta terminar el show. Corría 1965: un caleidoscopio de sonidos hacía latir a los jóvenes de dos continentes, ajenos a promesas redentoras. Dylan -espíritu de su generación- resultaba demasiado insolente para el cenáculo folk, afecto a más de lo mismo. El rock encarnaba los descontentos sociales de la época, inseminando aires de cambio en la música popular, tomando distancia del cielo.

Hace ya varias décadas, los ecos del canto sin patria viajaron por América, se oyeron por las radios y se instalaron en la juventud del sur, cada vez más lejos de los preceptos artísticos tradicionales y la moral perdida. Para los defensores del arte de panteón -que se adjudican la responsabilidad de resguardar la voluntad del pueblo de todo tipo de influencias distorsivas- la música auténticamente folklórica no es otra cosa que rancho, vacas, vihuela, vientos secos. El verdadero arte permanece impoluto; la historia se vuelve circunstancia. Escuchando a Arbolito, la banda de Boedo que habla varias lenguas a la vez, dirían que no tiene salvación: provenientes del rock, con "Folklore", demo de 1998, comenzaron a desovillar el imaginario musical latinoamericano como una invocación colectiva y psicodélica, en la que Jimi Hendrix y Led Zeppelin son referencias apenas más lejanas que Los Jaivas o Violeta Parra, voces de una época sin tiempo.

Desde ese entonces hasta "La arveja esperanza" -2002-, influenciados por los vientos andinos de Uña Ramos y Ricardo Vilca, conjugan bailecitos y huaynos con climas agresivos, inesperados, que transportan a otra época: el devenir, sustento del ritmo y del baile, se vuelve repetición, festejo, psicodelia. Vientos de cordillera sobrevuelan una cueca cuyana a dos guitarras; un tinku boliviano vierte pinceladas de soledad, en búsqueda permanente de un canto generacional. "El rock va haciendo aperturas al país, conociendo los aires de otros lugares. Nosotros hacemos música de los lugares donde nace, donde existe. Los que viven en Capital no saben lo que es un arroyo con agua cristalina, una montaña nevada, un viento fresco. La apertura al país hace sentirse identificado", sostiene el charanguista, flautista y violinista Agustín Ronconi, de pelo largo y barba, como un juglar barroco.
Identificados con un arte autogestivo, al servicio de los movimientos sociales emergentes luego de la crisis de 2001, Arbolito recupera la herencia de la canción de protesta que años atrás encarnaron trovadores como Paco Ibáñez y Daniel Viglietti, cronistas -como Dylan- del absurdo, el desvelo y la memoria. A través del percusionista Juancho Farías Gómez -hijo del Chango, el creador de los Huanca Huá-, cuando estudiaban en la Escuela de Música Popular de Avellaneda supieron del Cuchi Leguizamón, el herético, el pianista de mil anécdotas que volcó imágenes impresionistas sobre las armonías del folklore, y su música dio un vuelco. "Cuando uno agarraba la viola, la eléctrica, tocabas dos tonos y no te salías de ahí. Por más que al principio salga medio cuadrado, está buenísimo el intento. Hay que mirar para adentro, salir del sonido rock", propone Agustín.

"En un principio -cuenta Andrés Fariña, bajista- en la banda había un porcentaje mayor de chacareras y zambas. Ahora abundan otros ritmos bailables, sin la estructura tradicional." Sobre una progresión de acordes distorsionados de la eléctrica, el ritmo sincopado de la batería introduce a la flauta travesera, que esparce pinceladas melódicas que se desvanecen con los arpegios del charango en tono mayor. En tercer plano se oye un grito, finaliza el pasaje instrumental y Jusid entona a media voz una letra de barricada, como una canción a un viejo amor. En el track que sigue, los rasguidos de charango se anticipan a un redoble de candombe; un coro mixto se funde, disonante, con la voz del cantante. La flauta retoma la melodía: sobre el final, irrumpe un samba brasileño y los purismos se desvanecen. "Hoy el rock es un montón de cosas. En los '70 el rock era rock. ¿Qué es el rock hoy?: cosas diferentes", compara Ezequiel Jusid, guitarrista y primera voz, protegiendo cada palabra como si temiera perderla.

Trovadores errantes
"Somos expansionistas", bromea Ezequiel: "Nos ha pasado que la gente de afuera se identifique con nuestras canciones, que salieron de Buenos Aires sin ser parte de esos lugares. La apertura de la gente al reconocerse en cada lugar influye en los modos musicales, en las letras", apunta. Agustín Ronconi recuerda que "en una época hicimos un montón de pueblos de la Provincia de Buenos Aires, porque ése era el alcance que tenía nuestra camioneta. Ahora tenemos un vehículo más grande, como de 60 km por hora".

En un enero que se volvió solemne por la tragedia de Cromañón, encararon una gira que los llevó por González Chávez, Tandil, Mar del Plata, Necochea y Monte Hermoso. Rumbo al sur, en Neuquén los esperaban los obreros de Zanón, para quienes ya habían tocado en diciembre pasado bajo una carpa instalada en Plaza Congreso, en el festival de apoyo a la fábrica: "estuvimos tocando afuera de Zanón, en La Vuelta de Obligado. Fue impresionante haber estado ahí; ver cómo pusieron en marcha esa fábrica enorme y la relación que tejieron con la comunidad", determina Andrés. "Iban a perder la fábrica, todo lo conseguido. Y la pelea sigue", acota Sebastián "el chino" Demenstri, percusionista, la voz algo cansada.

Recorrieron 6000 kilómetros en 20 días y dieron alrededor de 14 recitales, aunque "se suspendieron un par: cayeron bajo el efecto Cromañón y están cerrados", determina Ronconi. En Bariloche llenaron un teatro y tuvieron gran repercusión en Lago Puelo y El Bolsón. "Toda la gente que se juntó nos escuchaba por primera vez, pero fue como si nos conocieran de antes", se sorprende. La noche anterior al recital de Lago Puelo, en un asado en la casa de un amigo, tocaron una versión de "Sobran políticos", un reggae inédito. "Lo tienen que hacer mañana", les había rogado el dueño de casa. En su sala de ensayo de Boedo, rodeados de equipos e instrumentos escuchan la toma definitiva, que incluyeron en "Mientras la chata nos lleve", el disco que empezaron a grabar en marzo de 2004 en el ND Ateneo y presentan el 24 de junio en La Plata, con versiones en vivo de temas de sus discos anteriores.

Sujetos a una evolución permanente, aunque los encargados de las composiciones son Agustín y Ezequiel, durante los ensayos los temas se arman y desarman entre todos. "Sobran políticos" había pasado por ocho ritmos diferentes hasta que desentrañaron su esencia. "Incluso había llegado a ser punk. Hay temas que en dos ensayos salen a la cancha -explica Agustín-. A otros les damos un tiempo, unos meses hasta que estén listos... por ahí hay temas que pasan dos años y los volvemos a agarrar: es un proceso natural. Estuvo bueno este período de descanso para escucharnos. Ahora iniciamos otra etapa", vislumbra.

El nuevo disco "contiene instrumentales, canciones, lentos, temas fiesteros. A todos nos gusta bailar un poco, zapatear", bromea Agustín y se acomoda el cabello. Desplegando el sonido Arbolito, en el que conviven trombón, trompeta, armónica y una banda de sikuris, Ezequiel Jusid adelanta que en el disco se oirá mucho folklore y un tema más rocanrolero; "incluso música italiana y un tema de Víctor Jara. Participan Osvaldo Bayer, Verónica Condomí y el platense Diego Rolón en guitarrra. El año pasado tocamos con un montón de gente: lo que más nos gustó está expuesto ahí", agrega.

La figura de Osvaldo Bayer sobrevuela la charla y los proyectos de la banda, como un viejo amuleto. El nombre "Arbolito" lo tomaron de un relato de Bayer publicado en su libro "Rebeldía y esperanza": durante el gobierno de Bernardino Rivadavia, quien buscaba consolidar el modelo agroexportador de materias primas hacia Europa, la presencia indígena obturaba la conquista del sur. En 1826, Rivadavia contrató al Coronel Rauch, un militar prusiano, para que limpiara el terreno: sin escatimar golpes de sable, asesinó a 4000 indios. Arbolito, el indio ranquel más flaco que un arrayán, tramó la venganza: esperó en una hondonada y al oír el caballo rampante, se arrojó sobre Rauch y le cortó la cabeza. En el disco "Mientras la chata...", la historia se escucha nuevamente de los labios de Bayer. Cerca de Tandil, un pueblo va tomando conciencia de que debe llevar otro nombre.

Pinceladas entre géneros
A mediados de los '70, el rock argentino se multiplicaba en suites progresivas extensas, música de fogón y experimentaciones cercanas al jazz. En 1972, Gustavo Santaolalla y Ara Tokatlián propusieron en Arco Iris un rock espiritual e inasible que incorporaba quena, saxo y charango, rastreando una identidad posible. El hombre nuevo, pendiente, necesario, se hallaba en la naturaleza. Mirado de reojo por el panteón folklórico, Litto Nebbia había cantado por esos días "Vamos, negro", acompañado por los bombos de Domingo Cura. La combinación de lenguajes y sonidos se interrumpió con la dictadura del '76: asfixiado, el rock comenzó a teatralizarse a sí mismo. Su espíritu libertario recibió la extrema unción en el Festival de Solidaridad por Malvinas, pidiendo paz en dictadura, llorando una guerra desde lejos, por canal 9. En una entrevista de Cristian Vitale a Arbolito, para Página/12, Agustín Ronconi decía: "el camino entre ellos y nosotros se cortó por la dictadura, por los desaparecidos y los exiliados. Nosotros somos un producto de los últimos 20 años, de lo que aprendimos y vimos en este punto de la historia."

El cambio, la reapertura de estilos no provino del rock: en 1983 el Chango Farías Gómez -creador de los Huanca Huá- hizo nacer Músicos Populares Argentinos (MPA) de una reunión de amigos, electrificando ritmos, quitándole mañas telúricas al folklore. Por aquellos años Horacio Guarany vituperaba a Juan Carlos Baglietto y León Gieco por parecerse a Los Beatles. "De Ushuaia a la Quiaca", el raíd con el que Gieco y Gustavo Santaolalla abarcaron el país, despertó sonoridades relegadas. "León siempre siguió su línea; hubo bandas que removieron la tierra y desde el rock escribieron temas", comenta Ronconi. Recién durante el menemismo, bandas como Divididos y Los Visitantes comenzaron a tejer redes entre los géneros: Atahualpa Yupanqui dejaba de ser una sombra ominosamente relegada.

Para Arbolito, el rock folklórico está en crecimiento, explora permanentemente nuevos caminos. "Hoy veo más gente del folklore tendiendo hacia el rock y fusionando sin demasiado problema. Desde el rock hacia el folklore hay intentos, pero faltan conocimientos musicales, rítmicos: el folklore es mucho más complejo. Si nosotros no hubiésemos ido a la Escuela de Avellaneda, nos hubiera resultado imposible tocar una chacarera con un mínimo de tierra", señala Andrés Fariña, marcando acentos en su rodilla: "Uno puede hacer el chorizo con pan: 'tum chi ca tum tum, chi ca tum tum', pero otra cosa es comprender realmente cada ritmo. Hay que ponerse a estudiar e investigar".

Agustín Ronconi delimita: "hay que ver la música como un lugar de exploración y libertad. Nosotros podemos tocar una chacarera y nada que ver a un santiagueño. El repiqueteo del bombo, el rasgueo de la guitarra. No se trata de ver quién toca mejor o peor. Lo importante es estar tocando". Fariña asume que no se trata de tocar la chacarera como el santiagueño, ya que "cada uno toca como le sale y está bárbaro, porque sale de adentro. Sino sería poco genuino". A un costado, apoyado contra unas tumbadoras, Sebastián Demenstri reflexiona, acariciándose la barba: "Los Fabulosos Cadillacs, con sonidos centroamericanos, cumbia, merengue, aprendieron viajando, conociendo la música de otros países. Otra, Soda Stereo, una banda súper pop, hacía temas como 'Cuando pase el temblor', que es un cachetazo a la música, un tema inmortal."

Si bien coinciden en que hoy es común encontrarse con bandas de rock que usan charango, el acercamiento hacia los géneros populares provino desde los márgenes: la cumbia, asociada a la degradación cultural de los años ´90 dio una vuelta de tuerca y se volvió villera, despojada, latinoamericana. Munidos de candiles y columnas de sonidos, los guardianes de la tradición volvieron a elevar sus plegarias. Para Ronconi, sin embargo, triunfó la apertura: "antes la cumbia estaba marginada pero ahora nos gusta a todos". Andrés Fariña sostiene que "es más centroamericana, no tan urbana. Hay un montón de grupos de rock del conurbano que suenan igual que las bandas prefabricadas. El ritmo que hacen es 'ts tstss, ts tstss': va totalmente diferente el tumbado de la cumbia colombiana respecto a la cumbia boliviana. Es diferente la rítmica: donde van los graves y los agudos. En la cumbia colombiana tenés el tumbadito: 'tch tum tum, tch tum tum'. Al decir cumbia, uno dice muchas cosas."

Entretejen sonidos, desafían preconceptos, bucean en la mala reputación de la América dormida. Contra la denominación de fusión con que se difuminan los cruces entre géneros, los caminos escurridizos de la música popular, Arbolito es muchas bandas en una: de pueblo en pueblo, con el morral cargado de sonidos y desafíos, no temen abandonarse al cambio permanente. La América perdida, lo esencialmente latinoamericano, van dejando de ser enarbolados. Para ellos y tantos otros, afirmarse en la diversidad y hallar la voz autóctona, son apenas una parte del futuro pendiente.

Cromañón: el manoseo afectó a la gestión cultural independiente
Desde que el rock surgiera hace 40 años derritiendo prejuicios, en épocas de crisis recrudecen las letanías. Para ciertos pastores mediáticos, "la cultura rockera impulsa una especie de libertad anárquica, incompatible con la vida cristiana". El gobierno, los medios y los padres son responsables de "los vicios de los jóvenes." Cultura de la noche, secularización, Estado ausente: la paranoia post-Cromañón se esparció por el país: las bandas debieron suspender recitales y espacios de expresión. Ezequiel Jusid cuenta que "teníamos fechas en Esquel y no pudimos tocar. Terminamos tocando en la calle, al aire libre".

Andrés Fariña asume que "Callejeros tenían una movida parecida a la nuestra: eran independientes y nos pegó un montón. Se percibe el circo que armaron alrededor: todo el mundo salió a cubrirse cerrando boliches, diciendo cualquier cosa y dejando sin laburo a un montón de gente. Se generó una movida política que no tiene nada que ver con la tragedia. Decir: 'listo: cerré 12 boliches; por seguridad suspendí todos los recitales que había en cualquier lado'". Ezequiel considera que "les pasó a ellos pero nos pudo haber pasado a nosotros, a cualquier banda. Si nos ponemos a pensar en los lugares donde tocamos todos... pudo pasar algo así. Qué vas a pensar en preguntarle al dueño del boliche cómo es el techo. Un lugar tiene que estar habilitado para una banda que lo alquila. Ahora resulta que los músicos tenemos que empezar a preguntar si tienen los matafuegos llenos, o en qué condiciones está el techo". Como público, además de como músicos, "entrás, te metés entre la gente y no sabés qué puede pasar, a dónde está la salida. Hay que replantear todo", evalúa Agustín.

Para Andrés, "las bengalas eran lo más común. En el momento en que la inseguridad llegó a extremos, nos fuimos acostumbrando a hacer todas las cosas al límite. Los recursos son pocos: si tuvieras que salir a comprar todo material ignífugo... no quedan opciones. Si los de la banda la hubiesen pensado un poco mejor... El lugar se había prendido fuego dos veces; en sus shows se prendían bengalas... lugar con techo bajo, media sombra: en el medio de la vorágine evidentemente no lo pensaron." El rock funciona como chivo expiatorio. La falta de planificación es una constante en los recitabes, se oye por los medios. Se busca capitalizar la tragedia, apropiarse del tiempo libre de los jóvenes y su lectura de la realidad. "Pero no tiene nada que ver con lo que pasó -se indigna Ezequiel-: se prendió fuego un lugar lleno de gente, como pudo haberse prendido un cine. ¿Vos viste que estén abiertas las puertas de emergencia de un cine?. Si algún gil prende un pucho, lo tira y se enciende la alfombra... tratá de salir de ahí, con la sala llena y a oscuras..."

Andrés reitera: "era una banda idependiente, hecha de abajo. Al borde, al margen". El manoseo del tema terminó afectando a la gestión cultural independiente y autogestionada, consideran. El arte sin estridencias ni artificios se invisibiliza, se vuelve clandestino en democracia. "Es más fácil atacar lo esencialmente cultural. Hasta se vuelve a decir: 'Ah, bueno, droga y rocanrol...'. Categórico, escueto, Ezequiel se queja porque "no se puede tocar en ningún lado. Salvo el Luna Park, o lugares así. Es lo que sufrimos bandas como nosotros. A Diego Torres no le va a importar, a Rebelde-way tampoco. Va a afectar a lo alternativo, a gente del rock y del teatro que se presenta cuando puede, que lucha para montar una obra en un sótano".

-Con lo que cuesta mantener un lugar independiente. Gente que trabajó toda su vida, poniendo el hombro. La decisión facilista es: "no toques, por las dudas". Eso percibimos en los viajes. Este es un año difícil para muchos.

-Hay que buscar lugares alternativos, nuevos. No nos vamos a quedar esperando.
-En ese sentido, nosotros estamos con algo más de posibilidades. Las bandas que son pura y estrictamente roqueras, que no pueden hacer una fecha en el Parque Lezama a la tarde, están complicadas. De alguna manera vamos a tocar.
Volveremos al interior. Pero da bronca el manejo político, las pavadas que se oyeron en la Legislatura. Y que a ninguno de ellos le importe la cantidad de músicos sin laburo. Como dijo claramente el titular del Sindicato Argentino de Músicos (SADEM): los músicos están sin laburo desde principios de año.

Orgullo ajeno
Por Verónica Condomí *

Yo entré en contacto con Arbolito a través de los chicos de Eppurse Muove, que me habían invitado a cantar en un festival. Allí los escuché por primera vez y me interesó lo que hacían: me hizo acordar a MPA en un montón de cosas. Luego empezaron a tomar clases de canto conmigo y después me invitaron a cantar en vivo. Las cosas funcionaron, fue lindo y ahí surgió la idea de participar en su disco "La arveja esperanza", donde grabé una improvisación. Me encanta lo que hacen: son un grupo que me producen orgullo ajeno; tienen una energía y un desarrollo en lo musical con aciertos grandes, luminosos, y eso se ve en la recepción de la gente.

Toda búsqueda es importante, verdadera. Desde Divididos para acá con "El arriero", que es una obra de arte, hay muchos grupos "fusionados" tratando de encontrar un lenguaje, y algunos lo logran, como Arbolito. A mí me interesa que gente de otros ámbitos sean capaces de compartir (a mí me han invitado a participar Divididos, Arbolito, Eppurse Muove, Karamelo Santo), tener la posibilidad de integrarse, ver la música desde un mismo lugar: en todo el país hay muchísima gente creando cosas nuevas, sonidos nuevos. En el Litoral, en el Norte argentino, en Santiago, Córdoba, Mendoza hay mucha música nueva pero que no tiene masividad; los artistas siguen dependiendo de su circulación por Buenos Aires para ser escuchados.

* Cantante y compositora. Integró los grupos Músicos Independientes Asociados (MIA), Músicos Populares Argentinos (MPA) y La Nota Negra. Cantó y grabó con Chango Farías Gómez, Jacinto Piedra, Peteco Carabajal, Divididos, Los Piojos, Jaime Roos, Liliala Vitale y Ernesto Snajer, entre otros.

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