NÚMERO 30 - MAYO 2005

Adrián Abonizio
CANCIONES PARA LOS ÁNGELES CAÍDOS

Fue uno de los fundadores de la Trova Rosarina que a principios de los '80 trajo aires de renovación para la música nacional. Luego continuó componiendo canciones notables, para ser interpretadas por él mismo o por artistas de la talla de Sabina, Baglietto, Amelita Baltar o Liliana Herrero. De paso por La Plata, Adrián Abonizio dialogó con "La Pulseada" acerca de, entre otros temas, las ventajas de tener una identidad cultural por construir, la decadencia del llamado "rock nacional", su admiración por los grandes autores del folklore y el tango y su predilección por las historias de los derrotados.

En una apacible noche de marzo pasado, en una casa de Gonnet, unas cincuenta personas, incluidas familias completas con sus chicos, improvisaron una platea distribuyendo sus reposeras por el césped. Al frente, ubicados bajo un alero, tres músicos ofrecieron un impecable concierto, de casi dos horas de duración. Se trataba de Adrián Abonizio y Sergio Sainz, quienes -acompañados por Rodrigo Aberastegui- fueron presentando uno a uno los temas de su último disco.

Las razones de la presencia de estos artistas en La Plata pueden rastrearse en el material impreso que acompaña al compacto. Allí puede leerse: "Gracias a los 'Willys' (Muni/Ñato/Peter/Marcos/Canario/Willi/Esteban)". "Estamos acá -dice Adrián-, no sólo porque esta gente nos ofreció su apoyo para editar el último disco sino también porque cada vez que nos encontramos, que es menos frecuente de lo que desearíamos, descubrimos que tenemos muchas cosas en común. En señal de gratitud con estos amigos, entonces, lo menos que podemos hacer es venir a tocar para ellos, tratando de hacerlo del modo más profesional y más afinado posible".

Adrián Abonizio es uno de los miembros más destacados del movimiento que, desde principios de la década del '80, se conoce como Trova Rosarina. Un conjunto de artistas que trajo aires nuevos a la música argentina y que también incluye, entre otros, a Juan Carlos Baglietto, Jorge Fandermole, Lalo de los Santos y Rubén Goldín.

Ya en 1976, Abonizio integró "Irreal", una banda de la que también formó parte Baglietto y que intentó a su modo la fusión del jazz y del rock. Después, además de actuar como solista, formó el grupo "Los Rosarinos" junto a Lalo de los Santos y Rubén Goldín.

Asimismo, es autor de temas que han grabado, desde Juan Carlos Baglietto (que popularizó más de treinta composiciones suyas) hasta Joaquín Sabina, pasando por Amelita Baltar y Liliana Herrero. "Mirta, de regreso", "El témpano", "Dios y el diablo en el taller", "La historia de Mate Cosido" ("es así, con 's', porque al tipo le tuvieron que coser la cabeza") y "Príncipe del manicomio", son algunas de sus obras más difundidas.

Ahora, Abonizio está presentando un nuevo disco realizado junto al "Muerto" Sainz, ex bajista de Baglietto. Con invitados tales como Liliana Herrero, Raúl Carnota, el Chango Spasiuk, Lucho González, Adrián Iaies y el Mono Izaurralde, registraron dieciséis temas, entre los que se destacan el que le da título al CD, "Cualquier tren a ningún lado", soberbiamente cantado por Sainz con el único acompañamiento de un cello; una estupenda versión de la "Oración del Remanso" de Jorge Fandermole y "La historia de Mate Cosido", interpretada a dúo por Raúl Carnota y Liliana Herrero.

-Alguna vez dijiste que fue bueno nacer en una ciudad-puerto como Rosario, un lugar atravesado por variadas influencias pero sin una identidad definida, porque eso te obliga a trabajar para construir un modo de ser propio. ¿Seguís pensando lo mismo?
-Sí, sigo creyendo que nacer medio huérfano de cultura hace que uno tenga que fabricársela. No creo en la angustia de la página en blanco. Por lo menos, uno tiene la oportunidad de llenar esa página. Y el tiempo y los demás dirán después si ha hecho buena letra o apenas un borrón. Cuando empezamos nosotros, hace 25 años, al único que teníamos como referencia en Rosario era a Litto Nebbia. Esa casi total ausencia de antecedentes obraba como un desafío: acá no hay nada y tendríamos que hacer algo. Creo que, en definitiva, algo se hizo. Nos tocó jugar un partido importante. Fuimos una especie de cuadro chico que llegó a la final y la ganó…

-¿Ustedes eran conscientes, a comienzos de los '80, de estar impulsando una renovación poética y musical? ¿Se lo habían propuesto deliberadamente?
-Siento al respecto, al mismo tiempo, un orgullo enorme y una grandísima modestia. Yo siempre soñé que algo íbamos a protagonizar. Un amigo de aquel entonces, el Sapo Aguilera, que tocó con Juan (Carlos Baglietto) en la primera banda, se reía cuando yo le decía: "vas a ver lo que va a pasar de acá a dos años…" Y pasaron dos años y el pronóstico se cumplió. Porque no se trataba de algo tan inconsciente. Uno palpitaba cosas, veía que había algo nuevo que estaba dando vueltas. Sólo se angustiaba al pensar que quizás no se pudiese realizar. Ahora no sé si en Rosario se cortó o no la cadena. Veo pibes que tienen las mismas dificultades que teníamos nosotros hace veinte años y me preocupa pensar en lo que les pasará. Hablo de gente con talento, que se esfuerza mucho, que trata de no repetir, que no quiere cantar como Montaner sino que quieren ser ellos mismos. Cuando puedo los ayudo. Les digo que tienen que cobrar real dimensión de lo que están haciendo, que es muy bueno. En ese sentido, debo decir que tengo muchos amigos de veinte años. Conservo mis amistades de siempre, que tienen más de cuarenta o cincuenta, pero entre mis nuevos amigos, hay más chicos de veinte años que gente de mi edad. De cualquier manera y pese a todas las dificultades, creo que algo está pasando en Rosario, que ya hay algún germen de lo nuevo.

-En tus temas hay cierta predilección por los marginales: presos, locos, delincuentes…
-Creo que son como el alter ego de uno. No sé si sufrí tanto de chico. Pero durante la infancia, en la escuela, en el barrio, observé muchas cosas. Y siempre me detuve a mirar, sobre todo, el costado perdidoso del asunto. Vi que eran más los que perdían que los que ganaban. Y que incluso los supuestos triunfadores se imponían porque había formas prestablecidas para que ganasen siempre los mismos. Entonces me importó detenerme en las diferentes formas de la derrota. Me parece que es más fácil ganar que perder. El triunfo puede venir muy rápido y cualquiera puede ganar. El tema es saber perder y mantenerse digno en la derrota. Y no es que haya querido convertirme en el abanderado de los que perdieron, ni que trate de hacer un culto de eso. Simplemente ocurre que, cuanto más gente conozco, más me doy cuenta de que los que perdieron son muchos más que los que ganaron. Todos hemos perdido algo, además de plata: hemos perdido amigos, hemos perdido ideales, hemos perdido belleza, hemos perdido salud. No somos Dinamarca ni Suecia: somos Latinoamérica. Yo lo veo como un principio, más que evangélico, cristiano, que consiste en sentir ternura hacia tantos ángeles caídos. Me enternece mucho ver a la buena gente que sufre. No a la mala gente que padece por no poder llegar a un lugar de supuesto poder o de pretendido éxito. Veo que la mayoría tiene muchos cascotazos encima y desconfío de los que siempre se muestran indemnes. No se trata de ensalzar el sufrimiento: se trata de comprender que quien no se golpeó nunca ni padeció jamás una derrota, no es en realidad humano.

-Además -y contra lo que plantea el mito hollywoodense de que sólo con voluntad y tesón individuales se puede lograrlo todo-, en estas sociedades nuestras parece que el éxito y el fracaso ya están escritos de antemano…
-Sí, claro que es así, incluso para un tipo como yo, que siendo chico creyó en los héroes de película tipo "Rocky". Cuando era pendejo creía que esas epopeyas que contaban las películas de Hollywood eran posibles. Pero empecé a mirar alrededor y me convencí de que no era así. Entonces comencé a sentir cierta piedad hacia los demás y, sobre todo, hacia mí mismo. Porque también respecto de mí mismo empecé a sentir ternura y me perdoné la vida un montón de veces. Las cosas cambiaron cuando por fin encontré mi oficio. Sabía que me tocaba jugar en un equipo que quizás no fuese el mejor de los clubes de primera. Pero me propuse jugar siempre de una manera que, al menos para mí, tuviese cierto brillo. Tratando, en lo posible, de no joderle la vida a nadie. Troilo decía: "no hay que avivar giles, porque se te vuelven en contra". Yo pienso lo contrario. Hace más de diez años que doy cursos para enseñar a hacer canciones. Trato de que la mayor cantidad de gente posible se entere de cómo son estos misterios de la creación. Les muestro todos los "yeites" y todo lo que deben evitar hacer. Después, que cada uno decida si sirve o no para esto…

-Has dicho que el llamado "rock nacional" te parecía un género en decadencia, que había sido devorado por el "show bussines"…
-Sí, creo que es así. Actualmente es una tentación muy grande que usen tu tema de cortina para "Los Roldán". O que te llame Susana Giménez para que cantes. Uno no puede menos que confundirse cuando ve a cantantes de esa supuesta contracultura que es el rock, actuando en telenovelas o llevando una vida excesivamente liviana. Si el rock, que supuestamente es, no digo una voz opuesta, pero sí al menos distinta, cae en eso… Litto Nebbia, cuando empezó, fue distinto al resto: tuvo su propio sello, se peleó con SADAIC, fue combativo… Spinetta también se ha mantenido siempre en sus trece. Charly (García), a su manera, también. ¿Pero después qué? ¿Dónde está hoy lo que nos muestra un camino distinto? Hay demasiados que se conforman con que los invite Mirtha Legrand. Muchos pavos dando vueltas por ahí que no tienen nada para decir. Quizás las cosas puedan empezar a cambiar, pero yo ya no espero mucho del rock… Y no lo digo desde la arrogancia de creerme mejor que otros. Acepto que alguien venga y me recrimine: "¿Y vos, qué?".

-Quizás ya constituya todo un triunfo haberse mantenido consecuente, sin aceptar ciertas cosas…
-Sí, claro. Se trata, como decía Dolina (Alejandro), del valor de la renuncia. Para renunciar hay que ser mucho más valiente que para aceptar cosas que sabés que apenas te van a dar un brillo momentáneo. Hay tipos como Spinetta que, cuando muchos daban un paso adelante, supieron dar un paso atrás. Y por eso uno los respeta. En general, lo que pienso es que tiene que haber coherencia entre lo que se dice y el modo en que se vive. Yo me fijo en cosas muy elementales: cómo trata alguien a sus músicos, cómo les paga, si es capaz de compartir su vida con ellos… Y a los que pasan esas pruebas los respeto mucho más, tanto artística como humanamente.

-¿Qué distingue "Cualquier tren a ningún lado" de otros discos tuyos anteriores?
-Bueno, por un lado, se trata de un disco más volcado hacia el folklore, lo cual a mí me gusta mucho. Por otro lado, debo decir que, salvo en "Rosarinos", en discos anteriores míos descuidé mucho la producción y la parte vocal. Hay algunos que a los 20 años ya se dan cuenta de que eso es muy importante. Yo me di cuenta después de los 40. Y entonces empecé a cuidarme. Gracias a esas prevenciones, fueron mejores los resultados. Algo puede ser muy bello, estar muy bien concebido, pero si no está bien terminado, te termina avergonzando. Es como pretender jugar bien con una pelota desinflada. Entonces, capitalizando los errores que va cometiendo a lo largo del tiempo, uno se vuelve más profesional. Dicen que los médicos entierran sus errores (risas). Los músicos tenemos el testimonio vivo de nuestros errores del pasado en los discos anteriores. Pero yo, a pesar de ser ya mayorcito, siento que nunca termino de empezar.

-A propósito de tu amor por el folklore, recién decías que te enorgullecerías menos de conocer a los Rolling Stones que de haber estado personalmente con Atahualpa Yupanqui o con Jaime Dávalos...
-Es que, sin proclamar un nacionalismo tonto, me conmuevo más por eso. También tuve la suerte de tener al lado mío, tocando en el living de una casa, al Cuchi Leguizamón o a Virgilio Expósito... Algunos vienen y te cuentan: "¡No sabés! ¡Estuve con Paul McCartney!" o "¡Estuve con Sting!". A mí esos artistas me gustan, pero no me emocionan. Me conmueve la gente que tiene que ver con uno, esos que son como tus parientes. Esos próceres totales que se vinculan con nuestra infancia, con lo que hemos vivido. Tenerlos un día al lado es algo que no tiene precio y que no podés creer. Por eso, cuando alguna gente se me acerca -salvando las distancias, por supuesto- trato de darles bola y de estar a la altura del momento, porque sé que para ellos es muy significativo. Uno sólo va a pasar un ratito por la vida de esa persona, entonces tiene que estar atento a cómo se comporta.

-Sos más conocido como autor que como intérprete. ¿Qué te pasa cuándo escuchás tus temas cantados por otros? ¿Has sentido que los deformaban? ¿O quizás que les descubrían aspectos que para vos mismo habían pasado inadvertidos?
-Más bien me ha ocurrido lo segundo. En caso contrario, hubiese tratado de pararlo a tiempo. Pero en general he tenido mucha suerte. Juan (Baglietto), Amelita (Baltar), han cantando mis temas de tal forma que lo único que se me ha ocurrido es callarme. Me he callado para escucharlos cantar. No tengo nada que reprocharles, sino todo lo contrario. En otros casos, como el de Liliana Herrero, con quien somos tan amigos que es como una hermana para mí, me pasa que me olvido de incluirla entre quienes han cantado mis temas. Me agradeció tantísimo que la haya invitado a participar del último disco, cuando es al revés: soy yo el que tiene que estarle agradecido. Supongo que es lo que pasa cuando la gente se conoce y se quiere tanto.

-Tenés publicados un libro de poemas y otro de aguafuertes. ¿Cómo es tu faceta de escritor?
-Yo soy sólo un escritor de canciones, aunque me estoy preparando para poder escribir otras cosas. Y no es que considere que quien escribe una novela es mejor que quien escribe una canción. Son disciplinas distintas. Y hay grandes novelistas, que admiro profundamente, que serían incapaces de escribir una canción. A la inversa: a mí me encantaría escribir una novela, pero sé que es un género muy específico, con reglas que todavía no domino. No obstante, aspiro a poder narrar alguna vez algo original. Me gustaría tener la lira para poder contar la historia de mi generación. Y hacerlo de un modo que no sea demagógico ni inútilmente verborrágico, sin golpes bajos ni sensiblerías. Sé que tengo adentro algo que merece ser contado. Todavía no me sale. Pero estoy en eso…

Carlos Gassmann

Título: Pibe del sur

Arrastraba la soledad como
una hiedra sin pared.
De a ratos cantaba, con esa pena de no ser.

Se llamaba Juan, o tal vez
Pedro o Francisco, da igual.
Dormía porque dormir es morir un poco más.

Era un pibe bueno del sur.
No se bancaba andar sin fe.
Por eso se apresuró a saltar ya de una vez.
Cruzó de a pie hasta el final.
Y se ríe: "si me llaman, no estoy más".

Parece fácil vivir; te complican hasta la razón.
Y por no transigir, se tomó todo el alcohol.

Entrando a la estación, los camiones vienen y van.
Va por vos esta canción, que de arriba escucharás.

(Tema compuesto por Adrián Abonizio y Raúl Carnota,
incluido en el CD "Cualquier tren a ningún lado")

 

volver


* Se autoriza la reproducción total o parcial del contenido, citando la fuente y remitiendo un ejemplar de la publicación a La Pulseada.

BAJAR LA NOTA(35kb)