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NÚMERO
29- ABRIL 2005
Iglesia Universal
del Reino de Dios
LA FE DIEZMADA
Cante, grite, llore. Levante sus brazos invocando al supremo
y destierre sus íntimos demonios. Presencie un exorcismo
en vivo, y ayude usted mismo a consumarlo. Después, deje
la décima parte de su sueldo o cualquier objeto de valor,
como lo hacen cientos de fieles cada viernes, en alguno de los cuatro
o cinco turnos que ofrece la sucursal platense de este particular
culto.
Por Laureano Barrera
Son las siete
y media de la tarde de un viernes de enero y hace un rato que el
sol cedió en su extenuante abrazo. El centro de La Plata
se apacigua con su luz moribunda, con sus voces que empiezan a bajar
el tono, y con las persianas metálicas de sus comercios que,
quejumbrosas, dejan oír sus estridencias de óxido.
Pero por acá no; por acá es todo lo contrario. A la
altura de las calles 55 y 56, en un compás lento, una marea
humana irrumpe en la avenida 7, como si alguien hubiera encendido
la hornalla y la cuadra entrara en ebullición. La mayoría
están desarrapados y presumiblemente sin un centavo. Llegan
desde todas partes y se congregan en el local donde alguna vez,
hace años, funcionó el cine Select. Se sirven de todos
los medios para asistir: largos peregrinajes desde los suburbios
con niños pequeños en brazos; kilómetros y
kilómetros de pedaleo en bicicleta; colectivos colmados que
se vacían frente al templo como si fuese el fin de sus recorridos,
servicios gratuitos de traffics que llegan repletas desde vaya uno
a saber dónde, y liberan familias enteras cuando se abren
sus puertas laterales. Bajo la marquesina del edificio, en lugar
de los afiches de películas, reluce hoy un corazón
rojo surcado por el vuelo blanco de una paloma, insignia distintiva
de la Iglesia Universal del Reino de Dios.
Otros visten camisas brillosas y llevan teléfonos móviles
enfundados en la cintura. Sin embargo, a quienes asisten a las reuniones,
cada día, cada turno, algo los iguala: el dolor. Enfermedades
crónicas o terminales, familiares agonizantes, hijos o hermanos
con hambre. Desesperados. Y cada uno, sin excepción, se entrega
a la Iglesia Universal jugando la última carta que los rescate
entre tanto desamparo.
Hoy es viernes: Día de liberación espiritual. En este
exacto momento, con precisión suiza, la epopeya bíblica
se repite en los santuarios de Puente La Noria, Mar del Plata, Caleta
Olivia o cualquiera de las 150 Direcciones de la Felicidad (suelen
establecerse en cines o teatros en quiebra, clubes sociales o sindicales)
que La Iglesia Universal ha izado vertiginosamente en cada rincón
del Conurbano, Capital Federal o el interior del país, desde
su desembarco en 1990. Más aun, fieles de un abanico enorme
de razas y nacionalidades, se abarrotan en este mismo minuto alrededor
de alguna de las más de 3000 sucursales que esta cofradía
ha levantado, en el viento de una década, en toda América
Latina, algunas ciudades de EE.UU., Europa, África y Asia.
Luz...
Cuando por fin no hubo ni una sola butaca libre, uno de los obreros
atravesó una falleba de hierro macizo entre las manijas de
las tres puertas de vidrio que son la única salida hacia
la calle. Una sensación creciente de nosotros o el mundo
invade el santuario. Sin medias tintas. Así parecen las cosas
en La Iglesia Universal del Reino de Dios.
Alrededor de 400 personas colman la sala, un lugar limpio y bien
iluminado por la luz blanquecina de tubos fluorescentes. Unos acordes
de piano brotan de parlantes dispuestos en las paredes laterales.
Sobre el escenario hay un estrado y un micrófono. A la izquierda,
una canasta de mimbre con rosas místicas (se reparten los
sábados en dos horarios durante cinco semanas consecutivas);
a la derecha, el manto de los imposibles (una frazada violeta que
los fieles deben tocar con las fotos de sus familiares para curarlos
de enfermedades terminales) migajas envasadas de pan y botellas
de jugo puro de uvas (la carne y la sangre de Jesús, que
se ofrecen los domingos de Santa Cena); y sobre la pared del fondo,
custodiado por una barricada de adoquines y un par de columnas de
yeso, está el altar, donde se dejan los petitorios a Dios.
Completan la escenografía una cruz de madera recortada sobre
una luz tenue, una inscripción que reza Jesucristo es el
Señor, y una moderna cámara de video que apunta al
auditorio y registra, inquisidora, cada pormenor de lo que sucede.
Minutos antes del comienzo, tres chicas que no superan los quince
años, vestidas con enteritos de estampados infantiles, recorren
cada butaca reclutando los niños pequeños que puedan
dificultar a sus padres la entrega total al Señor. Una de
ellas toma de la mano una niña muy flaca: tiene la piel pegada
a los huesos, en su rostro pálido se entretejen surcos de
venas violáceas. Aleccionada, la niña acepta su suerte
con la sumisión que sólo infunde la certeza de un
destino sellado, irreversible. Mira a sus padres, les sonríe
y se deja llevar.
Unos 20 obreros pululan por los pasillos del templo oficiando de
acomodadores para quienes todavía están parados, o
atendiendo las dudas de los devotos en pequeños bancos de
colegio dispuestos a la entrada, como si fueran agentes de viaje
o empleados de algún ministerio. Argentinos y jóvenes,
los obreros son los peones más rasos dentro del poder piramidal
de La Iglesia, pero lucen como exitosos empresarios: zapatos brillantes,
sobrios pantalones negros y camisas de un blanco inmaculado, que
resaltan el azul de las corbatas.
...cámara...
De golpe el bullicio se extingue y el pastor sube al escenario,
acercándose a la tarima donde la Biblia siempre está
abierta. No lleva sotana. Apenas una chomba blanca ceñida
a un torso fibroso y trabajado, pantalones holgados, cinto de cuero
y zapatos, también blancos, que le otorgan cierto aire estereotipado
de latino con negocios dudosos en película yanqui. No alcanza
los cuarenta, tiene la piel trigueña, y el pelo negro rapado
a cepillo.
-Bienvenidos hermanos, bienvenidos a la casa de Deus. Amen. Amén.
Aunque conserva algunos modismos portugueses, tiene un castellano
nítido. Habla con una sugestión particular, una cadencia
casi melódica en la que las palabras fluyen con una naturalidad
asombrosa.
-La mayoría de nosotros, alguna vez, le hemos abierto al
demonio las puertas de nuestro cuerpo.
Lo han hecho, según La Iglesia Universal, los mentirosos,
los pobres; los que han ido al curandero, los adúlteros,
los travestis ("los hombres que quieren ser mujer tienen el
demonio de la prostitución"); los adictos a la cocaína,
el cigarrillo, el alcohol; Fidel Castro ("¿como se llama
lo que fuma este Fidel Castro?"), y hasta quienes no encuentran
una cura para enfermedades letales, como el SIDA o el cáncer.
-Ahora tomen sus pañuelos rojos-, ordena el pastor.
Casi todos lo exhiben en alto; es un rectángulo de tela roja
humedecido por la transpiración de sus manos. Cada viernes
al retirarse, cada fiel recibe uno, que debe exhibir la semana siguiente.
La llaman cadena de oración: quienes lo tienen demostrarían
así un compromiso real con Dios.
-Cierren sus ojos y apóyenlo sobre su cabeza: vamos a orar
para que el demonio abandone sus cuerpos.
El pastor camina inquieto de una punta a otra del escenario exigiéndole
al diablo que abandone aquellas almas irredentas. Sazona las palabras
con una música tan hipnótica que cada frase suena
como la revelación milagrosa de una profecía. La sala
se enfervoriza. Algunos concurrentes, extasiados, alzan los brazos
al cielo y claman a Dios que los libere del influjo del mal. Tiemblan,
gritan, se sacuden.
Desperdigados por el recinto, los obreros vigilan todo con mirada
severa. Uno de ellos, apenas mayor de edad, envuelve con sus palmas
la frente de una pareja de novios. Cierra los ojos y la expresión
de la cara se le desencaja. Con un discurso parecido al del pastor,
intenta la sanación él mismo, como si todo el poder
y la voluntad de Dios confluyeran ahora en la yema de sus diez dedos.
Con un grito final de ¡sana! abre los ojos, recobra súbitamente
la mesura y se aleja sin siquiera mirarlos.
Después de aquella fascinación purificadora, los feligreses
vuelven a ocupar sus butacas completamente relajados. Todos cantan
a capella una canción que empieza a oírse por los
baffles. El clima es distendido. El pastor baja del escenario y
se adelanta junto a un estrado. Después da media vuelta y
señala a sus espaldas.
¡Acción!
-Yo no puedo ocultarles la verdad, esta señora lleva el demonio
en su cuerpo.
Una vieja encorvada, de espaldas a la gente, jadea y emite gemidos
roncos. El pastor se acerca y le habla al oído.
-¿Cuántos demonios hay en este cuerpo?-. La vieja
sólo jadea y gime.- ¿cuántos? ¡Contesta!
Después de dos o tres veces de oír la pregunta, sin
mostrar la cara, la vieja contesta.
-Dos...- dice con un hilo de voz apenas audible, aflautado, sórdido.
-¿Cómo es tu nombre demonio? ¡Contesta! ¡Dinos
cómo te llamas!- replica el pastor, con tono cada vez más
imperativo.
-Eyu...
-Eyu qué? ¡Contesta!
La vieja gruñe como una fiera arrinconada. Contorsiona el
cuerpo y vuelve a gemir, como si en su interior se desatara una
contienda ancestral entre las fuerzas del bien y del mal.
-Eyu Calavera-, responde como si le hubieran arrancado las palabras.
El pastor le quita la mano de la frente y se dirige al auditorio
con la seriedad del clínico que informa el cuadro crítico
de un pariente enfermo.
-Eyu Calavera es un demonio que ataca los huesos y los órganos
del cuerpo. Es muy peligroso. Yo no conozco a esta señora,
pero se que está sufriendo. ¿Qué dolores te
aquejan?
Entre rezongos bestiales la vieja le confiesa que sufre del hígado
hace diez años, el mismo lapso de tiempo que lleva al demonio
alojado en las entrañas. Después pide la ayuda de
los presentes para poder extirparlo, y recita con voz profética:
-Sal de ahí, Eyu, huye de este cuerpo, permite que esta persona
pueda volver al reino del Señor.
Lo que sigue es un exorcismo colectivo: pastor, obreros y fieles
articulan oraciones de redención mientras agitan sus brazos
de atrás para adelante. La mujer grita como si estuviera
pariendo hasta que, de repente, se endereza y abre los ojos, como
si despertara de un largo trance. El pastor le pregunta su nombre;
Pilar, le contesta ella, con la voz limpia, clara. Pilar dice no
saber por qué está ahí, delante de un montón
de personas que la miran con ojos devotos:
-Hace unos minutos te manifestaste; ahora el demonio se ha ido,
pero esta es una lucha que tú debes continuar con tu fe en
Dios, que te ha salvado-. Hace una pausa y pregunta: -¿cómo
te sientes del dolor en el hígado?
-Perfecto. Ya no siento más nada.
Productor
ejecutivo
-¿Saben qué es esto? -dice el pastor agitando una
hoja blanca- Esto es la factura de la luz. Vence el 24, este lunes,
y es por un monto de
2940 pesos. Es por eso que les pedimos
el dinero; no es para el bolsillo del pastor ni de los obreros.
Explica con rigor que la otra semana pagaron 14.000 pesos de alquiler
y que necesitan más dinero para, entre otras cosas, solventar
el programa televisivo.
-Dicen que es para el narcotráfico. Si el dinero fuera para
el tráfico de drogas, hermanos, ustedes serían narcotraficantes.
Después se queda unos segundos en silencio mirando un punto
fijo en el techo. Hasta que una ráfaga -aparentemente espontánea-
lo aparta del libreto:
-¡Obreros! ¡Apaguen todas las luces!
Enseguida, sus subordinados se disparan buscando los interruptores.
Uno de ellos rodea el recinto al paso, y al oír el chasquido
de los dedos del pastor, empieza a correr por el pasillo.
-Dije todas las luces - repite una y otra vez-, allá todavía
veo luz. La luz del altar también; dije todas las luces.
El templo queda casi en tinieblas, invadido apenas por el resplandor
anaranjado del alumbrado público. Parado en el centro de
la sala, con el micrófono desconectado, el pastor habla casi
a los gritos.
-¿Ustedes quieren que hagamos las reuniones así? ¡Porque
no se pueden hacer en el cielo o en la calle!
La negativa es unánime. Y se prolonga con un tono infantil,
como un coro de niños de escuela primaria:
-Noooooo...
Pasaron dos minutos a oscuras que parecieron largos como una noche
de julio.
-Ya pueden volver a encenderlas- dice finalmente el pastor, sosegando
su voz.
El reino
de este mundo
Durante cada reunión, muchos creyentes reciben un sobre blanco
con la palabra viernes sellada al dorso, que deben llevar la semana
siguiente con la décima parte de su salario, muchas veces
miserable. Es el diezmo; según este culto voraz, la décima
parte del fruto de la Tierra, la obligación de los siervos
con su Señor. Unos veinte de esos siervos, algunos muy pobres,
forman fila al pie del altar mientras el resto debe cerrar los ojos
y orar, por enfático pedido del pastor.
Después es el turno de las contribuciones voluntarias. Tres
obreras uniformadas en cortas polleras azules y camisas pinzadas,
se paran al final de los corredores que conducen al escenario como
niñas cantoras de la lotería. Tienen entre sus manos
grandes bolsas de terciopelo morado, donde los fieles deben depositar
sus ofrecimientos a Dios: si no hay efectivo, se aceptan relojes,
teléfonos celulares y cadenas de oro. El pastor reanuda su
fervorosa perorata. Incita a ceder ofrendas glosando pasajes bíblicos.
Y la subasta comienza.
-Pasen al frente quienes puedan dejar de 200 a 20 pesos. Hasta 20
pesos, no menos.
Ahora se levantan unas 30 personas, que a cambio de su ofrenda reciben
un libro de oraciones y mensajes de Edir Macedo. Todo es seguido
de cerca por los obreros que, erguidos con disciplina de granaderos,
flanquean con perfecta simetría la zona de las butacas. Con
semblante duro de hombre de la noche, otra persona vestida de blanco
supervisa todo al pie del escenario. Mientras, con elocuencia de
rematador profesional, el oficiante va reduciendo la suma para que
todos los fieles tengan oportunidad de demostrar su amor profundo
hacia Dios.
-Ahora quienes tengan una moneda- dice el pastor cerrando la subasta,-
hasta las monedas de 5 centavos son muy valiosas.
Son muchas las personas que se acercan a dejar todo lo que tienen,
que es mucho menos de lo que hubieran querido. El pastor pide la
hora a un obrero e invoca por última vez a Dios para sanar
familiares o amigos al borde de la muerte. Antes de escabullirse
por una puerta de madera detrás del escenario, convoca a
los fieles al domingo de Santa Cena y a la conferencia empresarial
del lunes, o a sumarse a la campaña de Israel. La gente abandona
la sala a paso lento, secándose las lágrimas. Se sienten
renovados, listos para volver a hundirse en sus calvarios cotidianos,
como lo hacen ahora mismo otros varios millones de fieles en todo
el planeta bajo un cielo ¿protector?
La multiplicación
Desde que fue fundada en 1977 en Río de Janeiro, la Iglesia
Universal del Reino de Dios (IURD) ha esparcido sus 3000 templos
en más de 80 países. Se calcula que, sólo en
Brasil, tiene influencia sobre 35 millones de personas con quienes
actúa a través de un banco, dos periódicos,
una revista, 30 emisoras de radio y la cadena televisiva TV Récord
con 25 repetidoras. Un obispo disidente la acusó en 1995
de estar vinculada con el lavado de dinero del Cartel de Cali.
Edir Macedo, su fundador, se proclamó Obispo de su propio
culto; editó más de 30 best-sellers con de tres millones
ejemplares vendidos; estuvo preso en 1992 por defraudación
y malversación. Hoy, desde una de sus mansiones de Nueva
York, dirige una corporación religiosa y mediática
que, según los diarios brasileros, triplica las ganancias
de Autolatina, empresa privada top de Brasil y no paga impuestos
por tratarse de un culto religioso.
En Argentina apoyó el primer pie en 1990. Hoy tiene 150 sucursales
en las que todos los días, en varias reuniones diarias, los
fieles son invitados a dar sus diezmos para una Iglesia a la que
el periodista Alfredo Silleta acusa de ser "una de las cien
sectas más peligrosas del mundo".
En el aire
La Ley de Radiodifusión vigente -dictada durante la dictadura
militar- impide a un culto extranjero poseer un medio de comunicación
en Argentina. Según el diario La Nación, Ricardo Cis
(quien reconoció ser el representante de IURD en Argentina
en el programa televisivo Telenoche Investiga), compró en
1999 las acciones de Radio Buenos Aires (AM 1530) por 15 millones
de dólares, pese a haber declarado un patrimonio de sólo
de 29 mil pesos. La IURD incursiona también en espacios televisivos:
el cierre de transmisión de América y algunas franjas
en el canal de cable CVN.
El Diego
-¿Qué es el diezmo y de dónde viene?
-Diezmo es el 10% de todos nuestros ingresos, el cual pertenecen
a Dios. Es una práctica muy antigua llevada a cabo por todos
los que temen a Dios.
-¿Puedo usar yo el diezmo para una necesidad y pagarlo después?
-Absolutamente no. (...) La correcta actitud de un diezmista es
pagar el diezmo primero, ante cualquier circunstancia y después
como fiel diezmista usted puede confiar, e incluso exigir la ayuda
de Dios para cumplir con sus otros compromisos, como Él promete
en Su Palabra.
-¿Y si no estoy trabajando?
-Todos reciben algo para sobrevivir de una forma u otra. Si usted
no recibe salario, ustede debe diezmar de la ayuda que usted reciba:
pensión, dinero de familiares, regalos, alquiler, etc...,
lo que ustede reciba, sea poco o mucho, siempre dé el 10%
a Dios. Si ustede está desempleado, endeudado, en la ruina,...
ahora es el tiempo de comenzar a diezmar, porque es la única
forma que Dios puede cambiar su situación. No espere hasta
poder tener para diezmar, ponga a Dios a prueba ahora, y verá
cómo abrirá las ventanas de los cielos sobre usted.
(Preguntas y respuestas textuales que figuran en la página
de la IURD www.iglesiauniversal.com.ar)
¿DÓNDE
ESTÁ DIOS?
Por Carlos Cajade
Pocas veces
leo una nota de nuestra revista antes de ser publicada. Esta vez
lo hice y mi primer reacción fue decir: "esto no tiene
nada que ver con Dios". Claro, porque se trata de una secta
que no por casualidad nace en la Argentina de los años '90,
cuando el neoliberalismo profundizó las diferencias entre
ricos y pobres y hundió a la mayoría de la población
en la más absurda y exasperante miseria. A la Iglesia Universal
justamente llega la desesperación,
porque eso es lo que origina la pobreza y esta sociedad de consumo
que golpea el alma y también el cuerpo. Es este sistema el
que provoca que muchas personas desesperadas, busquen desesperadamente
un poco de la paz que no encuentran en esta manera de pensar el
mundo que hoy domina el planeta. Todo eso produce ciertos deterioros
interiores que hacen que ese tipo de religiones pululen y que siempre
haya gente dispuesta a inmolarse y a ofrecer parte de su bolsillo
para sentirse protegido en un mundo que no protege, para sentirse
incluido en un mundo que excluye, para sentirse integrado en un
mundo que desintegra. Sin embargo, las víctimas de este sistema,
son llevadas a pensar que ellos mismos son los culpables de lo que
les pasa. En el fondo, es este tipo de religión que Marx
calificaba como "el opio de los pueblos", porque no sirve
para transformar la realidad y hacerla más humana y más
justa. Es una religión que se "agarra" de Dios
pero que no le interesa el hombre. Decía al principio que
"esto no tiene nada que ver con Dios" porque la Biblia
expresa: "no se puede amar a Dios a quien no ves si no amas
a tu prójimo a quien ves".
También es cierto que en la Iglesia Católica hay un
gran éxodo hacia el ateísmo o hacia otras manifestaciones
religiosas. Indiscutiblemente esto tiene que ver con una concepción
de la Iglesia Católica que de alguna manera también
le escapa al desafío de enfrentar la posibilidad de transformar
el mundo. Es una Iglesia Católica que se distancia de ser
alma del mundo y luchar por la justicia, por la verdad, por el amor,
y hacer un mundo de hermanos y creer que Dios es amor, y piensa
que fugándose del mundo, ellos son los buenos y todo lo que
está en el mundo es malo. Esta manera de pensar niega la
posibilidad de que muchísima gente que aporta grandes cosas,
grandes valores a la humanidad, se integre dentro de la Iglesia.
El Concilio Vaticano II dice: "Los gozos y las esperanzas,
las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo,
son los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de
los discípulos de Jesús", porque no hay nada
verdaderamente humano que no repercuta en el corazón de Dios.
Esto que se escribe con la mano, muchas veces la misma Iglesia lo
borra con el codo al no buscar que el hombre pueda llegar a ser
más feliz en la Tierra. Es por eso que vemos un éxodo
muy grande de gente que, cansada de ceremonias religiosas sin contenido
humano y divino, empieza a tomar a la Iglesia como si fuera una
secta más.
Sin embargo, en la Iglesia Católica existe también
otra concepción. Y por ser consecuentes con esa otra concepción
hay mártires como Angeleli, Mugica, los palotinos... y gente
que ha sufrido persecuciones terribles como Monseñor De Nevares,
Monseñor Novak y como tantos otros sacerdotes, justamente
por tener una visión de la Iglesia que une lo humano y lo
divino. Dentro de estas iglesias electrónicas, esa veta no
existe porque allí nadie cuestiona el sistema. No tiene nada
que ver con aquello de que "no se puede amar a Dios a quien
no ves, si no amas a tu prójimo a quien ves". En la
Iglesia Católica hay muchas grietas. Hace poco la Iglesia
española intentó permitir el uso del preservativo
para prevenir el HIV, el SIDA que es una peste que está matando
a tanta gente; la Iglesia de Buenos Aires se alegra y manda un comunicado
de adhesión, pero salió el Vaticano a decir que el
preservativo no existe y entonces las dos iglesias se alinearon
con Roma. Pero el debate está ahí. El debate está.
Indiscutiblemente hay un subsuelo dentro de la Iglesia Católica,
que formamos todos los que debatimos las mejores ideas para la humanidad.
Hay una diferencia de ideas bastante grande y algún día
se va a tener que producir un debate porque se corre el riesgo,
con el tiempo, de volver a dividirla en dos.
Porque yo no quiero, dentro de 500 años, pedirle perdón
a la humanidad como lo tuvimos que hacer con Galileo Galilei que
decía que era la Tierra la que se movía y no el Sol.
No quiero, dentro de 500 años, pedir disculpas a la humanidad
por el HIV, por la miseria, por la pobreza y por la muerte de niños
producto del hambre y de guerras injustas. Yo quiero decirlo hoy...
Hay una Iglesia que es voz de esa humanidad. Claro, está
muy tapada porque no tiene un protagonismo en los niveles más
jerárquicos, pero está dentro de la Iglesia Católica.
Esa es la diferencia con las otras iglesias.
Hay una iglesia que está en ebullición en un montón
de temas, desde lo social hasta lo afectivo: la mujer, la homosexualidad,
el HIV, la paternidad responsable... Hay respeto, pero hay miles
de temas que están ahí esperando debatirse, porque
el Concilio Vaticano II nos enseñó que la iglesia
tenía que ser alma de la humanidad y ayudar a transformar
la humanidad. No obstante, hay gente en la Iglesia que dice: "no
es misión de la iglesia transformar el mundo; su misión
es hablar de la otra vida". Es cierto que hablar de la otra
vida es la misión esencial de la Iglesia, porque en el fondo
vos decís que existe Dios, que la muerte ha sido vencida,
pero el tema es cómo llegás allá... ¿Cómo
hacés para que algún día seas abrazado por
Dios? Sólo si vos trataste de hacer el Cielo en la Tierra,
si vos trataste de construir algo de aire en la humanidad, porque
si te escapaste y dijiste: "todos esos son unas basuras. Yo
amo a Dios", tené la seguridad de que cuando llegues
allá arriba Dios te va a decir, como dice el Evangelio: "no
te conozco". "Pero si yo hablé por vos...".
"No sé ni quién sos". La Iglesia tiene que
dar su aporte para hacer el Cielo en la Tierra. Juan XXIII decía:
"la Iglesia tiene mucho de experta en humanidad". Bueno,
esa experiencia, que tiene en 2.000 años, la debe proponer
a la humanidad para seguir caminos más humanos.
Hay una iglesia que busca unir lo humano y lo divino. Es la que
trata de ser alma del mundo, la que se preocupa de los dolores de
la humanidad y intenta ver cómo calmarlos; la que busca poner
su brújula de 2.000 años de aprendizaje al servicio
de los intereses del ser humano; la que sabe decir que "no"
cuando hay intereses económicos y de poder o cuando hay algún
tipo de corrupción... Ese tipo de iglesia, aunque parezca
mentira, es la iglesia que hoy más valora la humanidad. Si
la Iglesia tomase ese camino es muy posible que la humanidad se
ponga a compartir la fe. Pero si la Iglesia se aleja, la humanidad
termina en la desesperación, agarrándose de estas
sectas, o termina diciendo: "si Dios es así, mejor ni
creo".
Juan Pablo II decía al principio de su pontificado: "un
mundo sin Dios se construye contra el hombre". Y nosotros desde
nuestro Hogar, debatimos esa idea y la completamos: Sí, pero
ojo porque "un mundo sin el hombre se construye contra Dios".
Le agregamos esa frase... "no se puede amar a Dios a quien
no ves si no amás a tu prójimo a quien ves".
Está clarito. El creyente sabe que la plenitud del hombre
se encuentra en la misteriosa vinculación con Dios, pero
ojo: "un mundo sin el hombre se construye contra Dios",
porque el primer preocupado para que la humanidad sea humana es
Dios, porque sino no hubiese venido y no lo hubieran hecho pomada
como lo hicieron. Es muy sencillo: aquel que no se preocupa por
el futuro del hombre en la humanidad, más que parte de una
Iglesia forma parte de una secta.
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* Se autoriza la reproducción total o parcial del contenido,
citando la fuente y remitiendo un ejemplar de la publicación
a La Pulseada.
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