NÚMERO 28 - MARZO 2005

Editorial
INDIGNACIÓN PARA ALIMENTAR LA ESPERANZA

Queridos amigos:

Un nuevo año empieza a amanecer en nuestra tierra y La Pulseada comienza a despuntar el sueño de su pequeño gran aporte, para que la vida le gane a tanta muerte en estas latitudes del planeta.

No podemos dejar de recordar dos dolores que vivimos antes de fin de año: el tsunami, esa ola que provocó tanto dolor en la humanidad y, en nuestro país, la muerte de tantos jóvenes ahogados en el encierro de esa otra ola tóxica que cubrió una disco del barrio de Once. Dios quiera que, como reacción ante tanto dolor, se levante una ola de justicia que ayude a que en el futuro se evite lo evitable y una ola de aire puro para dar una mano a las víctimas de semejantes tragedias.

Otro suceso que ocurrió hace algunos días y que ocupó a todos los medios, fue lo que sucedió en la cárcel de Córdoba. Apoyándose en las imágenes dolorosas que tomaba la televisión de un preso lastimando a un guardia, algunos medios y muchas personas sostuvieron que los reclusos no tienen ningún derecho a vivir. Nosotros les contestamos desde nuestra querida revista que no queremos más muertes en las cárceles, que cada vez son más... las cárceles y las muertes; que no queremos ver más que en celdas que son para tres personas tengan que sobrevivir diez; y que en una cárcel hecha para 500 personas tengan que sobrevivir 3000.

Pero además -y disculpe la reflexión a modo de pregunta-: ¿Ud. sabe, por ejemplo, si hay alguien preso por el robo más grande de América Latina, que fue la "Aduana Paralela" en tiempos del menemismo? Casi seguro que no, porque las cárceles, prácticamente en un ciento por ciento, están abarrotadas de pobres.

La opción es clara: o le apuntamos al sistema distribuyendo cada vez más el pan y el trabajo, o techamos el país con cárceles para los excluidos.

En medio de esta reflexión, me acaban de llamar por teléfono para decirme que Ayelén, la hija de 11 años de Estela, que trabaja con nosotros en la Comisión Provincial por la Memoria y que vivía en 160 entre 49 y 50, ha muerto de hantavirus, una enfermedad provocada por roedores en las zonas más pobres.

Un verdadero signo de las miserias humanas es que en este día el intendente y un concejal, a pocos cuadras de los mismos roedores, hayan protagonizado una escandalosa pelea por no perder el poder que ya hace muchos años se alejó de las necesidades de la gente.

Haber acompañado el dolor de esta familia me dejó sin tema para continuar. ¿Qué más se puede decir ante la muerte de Ayelén?

Que este nuevo ángel desde el cielo, junto con la legión de chicos pobres que se nos van antes de tiempo por culpa de los amarretes de la Tierra, sigan iluminando en este año a La Pulseada para que contribuya a que recuperemos la indignación necesaria para seguir peleando en defensa de la vida.

Un abrazo,
Carlos Cajade

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