Opciones

“…esta puta suerte que nos puso en frente a un tipo impresentable que nos ganó el corazón y la cabeza y se fue” (Verona, en un mail)

“Nos sorprendieron estos años reconociéndonos como oficialistas, aunque sea en una reunión para hincharle las pelotas a un interlocutor miserable” (Mariano, en su blog)

“Yo no sabía que éramos tantos…” (Brienza, en Facebook)

La primera vez que escribí sobre Kirchner (no fueron muchas) fue en un diario local, en marzo de 2003. El director era candidato a intendente por un partido que habían fundado Luis Duhalde y Ramón Torres Molina, por entonces de los poquitos definidos como “kirchneristas”. Me acuerdo que no le gustó. Mi nota era una invitación a votarlo, pero el argumento era “el mal menor”. Sí, yo soy uno de esos: un kirchnerista de segunda vuelta. Y como el balotaje se canceló, no llegué a votarlo para Presidente.

Después vinieron algunas sorpresas. El kirchnerismo fue menos de lo que queríamos pero más de lo que esperábamos; y, siendo sinceros, quizá más de lo que merecíamos. No olvidemos que en aquella elección, los dos candidatos de una derecha explícita -que sugerían sacar las fuerzas armadas a la calle- sumaron cerca del 50% de los votos positivos. Al pingüino no lo había votado casi nadie (El año pasado, sin ir más lejos, perdió las elecciones con De Narváez).

Hubo políticas valiosas, otras de mierda. Todas las discutimos. Lo más interesante fue eso: de a poco, volvió la militancia. No la trajo Kirchner solo, claro; nadie se olvida del 2001 y antes. Pero el kirchnerismo reabrió la posibilidad de debatir en el espacio público y politizó, a favor y en contra. Muchos jóvenes se encontraron con la política como algo nuevo: ése es, siento, el testimonio de mi generación.

Pienso en mi época del colegio secundario. Los que estábamos en el centro de estudiantes éramos medio bichos raros. Así nos daban a entender compañeros que estos últimos años descubrí movilizados, haciendo y discutiendo política apasionadamente.

Para mi no era tan nueva, porque tuve suerte con la familia que me tocó. Pero me acuerdo que cuando empecé a prestarle atención, lo mejorcito que uno encontraba en la tele era el Frepaso. Ay… Me vienen imágenes. Hacían apagones contra las tarifas de Edesur. Pedían organismos de control… Progresista era combatir la corrupción y nada más.

Algo de eso escribí hace dos años y medio, cuando sucedió el conflicto entre el gobierno y las patronales del agro por el aumento de las retenciones, y en La Pulseada apuntamos unas columnitas de urgencia. La medida me parecía insuficiente y el debate mal planteado, pero yo expresaba mi alegría: sentía que la discusión política retornaba a la vida cotidiana. Volvían palabras olvidadas y se corría el horizonte de lo discutible.

Por esa misma reivindicación de la política, a fines de octubre me dolieron las noticias. Primero el asesinato de Mariano Ferreyra –sí: en manos de una burocracia sindical que avalaron- y luego la partida de Kirchner, que también murió militando. Porque no falleció “un ex presidente”, como Alfonsín: murió un diputado que hace unos meses destrabó el matrimonio igualitario; murió el secretario general de la UNASUR, la comunidad latinoamericana que acababa de frenar un golpe de Estado. Murió un tipo que estaba en todas, incluso varias que no comparto. Murió y quedamos con la boca abierta, quizá temiendo perder aquello que no reconocíamos haber conquistado.

Leí por ahí a un amigo hablando de bonapartismo y me enojé con Marx. Volví a escuchar clientelismo y respondí con ironía: “sí, estaban todos por el pancho, la coca y la netbook». Miré de lejos por tele. Hablé por chat hasta que me harté, y al final opté por ir a la plaza que se había ido llenando en el día. Llegué ahí, digamos, en segunda vuelta.

La plaza desbordaba. Desbordaba de gente y desbordaba a aquellas etiquetas fáciles que suelen explicarnos la política. Desbordaba también a los esquemas de los militantes viejos, porque no había zonas delimitadas ni se disputaba demasiado el protagonismo de las banderas. Y desbordaba las palabras, porque nadie encontraba una que nombrara esa extraña suma de dolor, miedo y esperanza, de angustia y sorpresa, de cuántos qué somos, de ahora qué hacemos… ¿Qué haremos?

Seguramente votemos a Cristina el año que viene. Ojalá vaya con Sabatella, dijimos. Ojalá lea aquella plaza: esa juventud sin aparato, esos sueños sin recetas.

-Otra vez, uno termina siendo kirchnerista por obligación –me dijo un amigo por MSN, al final del segundo día monotemático, pegados a la compu y el televisor. Pero no. No es una obligación: es una opción. Uno elige. Y sí: opta por el mal menor, por la sorpresa, por algunos proyectos y algunos compañeros, por Bonaparte, por el tipo impresentable que ahora extrañamos. Y en esa opción, también construye, porque las cosas también ocurren de abajo hacia arriba.

Tengo la sensación de que lo que viene será de una forma por lo que hubo en la plaza esos días. Y que si no, sería diferente. En ese sentido, no soy pesimista. Creo que vienen tiempos interesantes, como todos estos años en América Latina. Me da gusto vivir esta época. Optar en ella. Incluso equivocándome.

Daniel Badenes
Publicado originalmente (29/X/10) en el portal LTM

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