La invención de Graziano

El periodista local Martín Graziano acaba de publicar su primera novela de ficción, Sanputa, que transcurre en torno a la historia verídica de un monumental hotel abandonado en Villa Ventana. El texto le permitió algo que ansiaba: perderse tras las fisuras de la realidad.

Por Mercedes Benialgo
Fotos: Gabriela Hernández

El autor, junto a su primera novela de ficción

1. Presentación de la novela Sanputa (según el cuaderno de MB)
Jueves de lluvia, terminando una semana de más lluvia. 13 de junio de 2019. Piso por primera vez la Biblioteca Popular Teatral de La Plata “Alberto Mediza”. Me presentan a Martín Graziano , su autor, y a quien tendré que entrevistar por el libro en pocos días. Mejor me voy metiendo en tema. Escucho atenta a los dos presentadores: Cintia Kemelmajer
, periodista y amiga, y Sergio Pujol , historiador y profesor de la facultad. Me embelesan los comentarios de ambos. No escatiman en referencias al cine, la música y la literatura, y hablan de caer en un trance de la mano de personajes tan inquietantes como seductores: quiero leer esa historia llena de historias.

2. Domingo 15 de junio
Termino la lectura de Sanputa a la medianoche. Me dispongo a dormir, pero estoy intranquila. La tos de mi hija desde la otra habitación me sobresalta varias veces. Tengo pesadillas en las que un algo o alguien se esconde en mi casa. Sanputa ha calado hondo.

3. Jueves 20 de junio
Tarde de un feriado frío. Conozco a Martín Graziano
, generoso, agradable, verborrágico. La entrevista es extensa y entretenida. Martín habla espontáneo y honesto. Descubro que mi lectura de la novela no coincide con la suya, pero no me desanimo; todas las interpretaciones son igual de válidas suele decirse en el arte, y él lo dice en serio. Me voy caminando a casa, y comienzo a imaginar esta nota.

La novela Sanputa (Club Hem, 2019) transcurre en la localidad bonaerense de Villa Ventana en torno a la historia real de un mítico complejo turístico llamado Club Hotel construido sobre un cerro que tuvo una acotada época de oro entre 1911 y 1920 y una larguísima subsistencia como foco de leyendas siniestras y esotéricas. El incendio que lo consumió en 1983 no hizo más que añadir misterio a su biografía. El libro está estructurado en un formato de diario, como si husmeáramos el cuaderno de apuntes de su protagonista, Basilio Villareal (que en esas notas aparece como B.V.) 

Contar los hechos en el tono de algo que ya fue contado me habilitó a entrar en el juego de burlarme un poco de mí mismo, de tomar al periodismo y pervertirlo

Ese registro es lo que más me gustó de la escritura: contar los hechos en el tono de algo que ya fue contado. Supongo que es porque tiene que ver con la preparación de un artículo periodístico, que es a lo que me dedico, y me habilitó a entrar en el juego de burlarme un poco de mí mismo, de tomar al periodismo y pervertirlo, llevarlo para otro lado”, dice Martín acerca de su primera novela de ficción, esa que le permitió torcer la realidad como tantas veces antes había fantaseado. Ni su oficio de periodista ni sus anteriores libros Estación imposible (2006, reeditado en 2016), Cancionistas del Río de La Plata (2011) y Tigres en la lluvia (2017) se lo hubieran admitido.

¿Y cuán traumático puede ser ese pasaje del periodista que escribe sobre la realidad al del narrador que puede mentir con libertad?

Del Club Hotel de la Ventana hoy sólo quedan ruinas

Muy poco, para el autor de Sanputa, que creee que los hechos verídicos que enmarcan la historia sólo son eso: los bordes que delimitaron desde y hasta dónde tenía espacio para inventar. Así, la oligarquía conservadora, la geografía del pueblo, los nazis en la Argentina y los monjes franciscanos fueron los mojones de un relato en el que Martín se animó a fantasear con enajenados personajes de sospechosa generosidad, que en ocasiones se pasan la insan i a de uno a otro como si fuera una posta. Esa deformación de la realidad se logró a fuerza de mucho estudio de mapas, libros y artículos sobre el hotel y los lugares que se cuentan. “Los datos históricos y precisos son un montón, entonces yo decía bueno, en tal año pasó esto y en tal otro ocurrió otra cosa, a ver ¿cómo llego de acá hasta acá? Listo, tengo todo este rango para inventar . Los episodios históricos fueron mi base para imaginar y escribir”, afirma quien se describe a sí mismo como tan estructurado y disciplinado que necesitó planificar cuidadosamente ese margen para corromper la realidad que luego reconocería como el ejercicio que más disfrutó –“por lejos”– de todo el proceso de escritura. La gestación y construcción del hotel y todo lo ocurrido durante las sucesivas destrucciones que sufrió fueron el terreno para sembrar una ficción de doscientas páginas, 45 personajes, 6 ilustraciones y un sudoroso pavor que atraviesa el monte a cualquier hora del día y la noche.

Encantamiento y experiencia

El Club Hotel llegó a Martín hace más de dos décadas, cuando de adolescente pasó unos días con amigos en Villa Ventana, distante a poco más de 200 kilómetros de su Tres Arroyos natal. Era invierno y durmieron en carpa. Alguien les contó la historia del hotel abandonado y la intriga los llevó a conocerlo inmediatamente, sin saber que alucinarían con el hallazgo de restos de velas y otros elementos que imaginaron parte de algún ritual pagano en el umbral de las ruinas. Aunque diga recordar muy poco de aquel breve viaje iniciático, su inconsciente guardaría mucha información que luego volvió en forma de vivencias para Basilio. Mismo micro sobre la ruta, mismo camping, mismos baños, mismos relatos de los lugareños.

Lo que le pasa al protagonista es lo que a mí más me gusta de la vida: el desvío por una grieta de la realidad

Diez años más tarde buscó una excusa periodística para volver y propuso escribir una nota sobre el Club Hotel para la revista Rumbos , igual que Basilio. En esa estadía hizo lo típico: visitó el museo y la oficina de turismo, realizó entrevistas y subió un par de veces al cerro donde todavía se levanta lo que queda de la monstruosa construcción. Publicó la nota y nunca más volvió a Villa Ventana.

Sin embargo, sería el Club Hotel el que volvería a su vida siete años más tarde, esta vez en un sueño inquietante que lo asaltó una noche de verano en Claromecó. La secuencia onírica lo ubicó durante la fiesta de inauguración del albergue, un fastuoso evento sobre el que había leído bastante. En una habitación sucedía algo horrible, y al despertar escribió conmovido la pesadilla en dos páginas sueltas que serían la piedra fundamental de la novela. La historia siguió madurando en su cabeza y a lo largo del año siguiente tomó forma literaria, para alcanzar la primera versión completa un par de veranos después, aprovechando el tiempo ocioso que le dejó el haber perdido un empleo. Martín se puso el traje de Basilio y saltó de lleno a la ficción.

Lo que le pasa al protagonista es lo que a mí más me gusta de la vida: el desvío por una grieta de la realidad. En el momento en que Basilio toma la decisión de bajarse del micro en una parada que no era su destino, tuerce lo que iba a ser y lo que viene después. Eso es lo que me atrapa como lector o espectador de una película: alguien hace lo mismo todos los días, hasta que un día decide cambiar un hábito, tomar otra calle, y eso lo lleva a otro lugar, y entonces se produce un desplazamiento a partir del cual todo lo que sigue es inesperado. Eso me genera fantasía, aventura, lo que yo llamo un estado de encantamiento”, se entusiasma Martín.

Ilustración incluida en Sanputa, de Lucas Iannone

La versión que llegó a editarse no difiere mucho de la original, aunque sí tiene un único y gran cambio: el final. Si bien en términos generales Martín estaba contento con la novela y el título, algo le hacía ruido y decidió hacer caso a su intuición. Hoy va más allá y asegura que lo que pasaba era sencillo: aquel desenlace no sólo le disgustaba sino que le “daba vergüenza” porque no encajaba con el resto del relato. El problema fue que la ficha le cayó la noche antes de entregar el manuscrito a la editorial. ¿Cómo cambiarlo a esa altura? El mejor ejercicio vino de la mano de un consejo amigo: reescribir el último capítulo como lo harían sus directores de cine favoritos, y fue así que el remate de una novela tejida durante 20 años se resolvió en unas horas. Sin falsa modestia, el autor asegura que supo que ese era el libro y punto, porque entendió que no lo iba a hacer mejor. “Como esa frase de Ringo Bonavena que dice: La experiencia es un peine que te dan cuando te quedaste pelado . Así lo entendí: la experiencia es el proceso de aprendizaje, entonces terminé de escribir y dije ya está, ahora sí sé cómo hacer una novela, para la próxima lo pongo en práctica”.

¿Por qué elegiste debutar en la ficción con el terror?
Es un género que consumo mucho, y además se adaptaba perfectamente a la historia del Club Hotel: un lugar creado por y para la aristocracia que no funcionó, que encima está vacío y derruido en la cima de un cerro. De por sí es una imagen como de película gótica. Y después fui empujando el relato hacia otros registros: hay partes en las que caigo más en lo policial y en otras me quedo en el terror clásico. Creo que es el género que mejor encajaba.

Al final del libro hay una lista de influencias no citadas en el texto, que van desde cineastas hasta folcloristas, pasando por un gran abanico de épocas y géneros. ¿Qué importancia les asignás?
En realidad no son influencias; si lo fueran ocuparían mucho más que un párrafo, creo que serían varias páginas porque pienso que las influencias son todo lo anterior, lo que lo ha formado a uno, el terreno sobre el que me paro para escribir, digamos. Lo que figura en el libro es una mención de los autores y obras de las que tomé cosas, o más bien debiera decir, de donde robé . Explico la diferencia: a mí me interesan los folclores muy antiguos, la tradición de las milongas camperas, por ejemplo. Si voy cada vez más hacia atrás en el tiempo, en un momento ya no hay más grabaciones, y cuando llegue a los autores anónimos lo único que voy a encontrar es especulación. En el caso de Sanputa yo quería trabajar de esa manera, trayendo muchos relatos, datos, letras de canciones o simplemente ideas que conozco, y re-imaginarlas en el marco de la novela. Si fuera periodismo, le hubiese puesto comillas, pero no lo era.

Hablando de influencias, tenés un gran bagaje en cuanto a conocimientos de cine, literatura y música teniendo en cuenta que te dedicás al periodismo cultural. Pero hoy vivimos un boom de series de TV, ¿sos consumidor?
No, no mucho. Si tengo que elegir, me quedo con las comedias, más precisamente Seinfield , que me parece que está a la altura de las obras completas de algún escritor consagrado. Pero en general me pasa que empiezo a ver alguna y, cuando la noto muy estandarizada, la abandono sin hacerme demasiado problema. La crítica que hago hacia el consumo cultural de hoy es pensar que a través de Internet tenemos acceso a todo, cosa que no es cierta, porque al final todos terminamos mirando lo mismo. Entonces eso me lleva a poner en crisis la idea de libertad, y en mi fuero íntimo trato de ir un poco en contra de eso: quiero generar mi propio itinerario. Al mismo tiempo entiendo que es muy difícil romper con esta lógica porque está atada a la necesidad creada por las redes sociales de ser parte de la discusión o el tema del día. Es lo que nos rige, es la regla. Hace poco se estrenó el documental de Bob Dylan y al minuto había gente poniendo “visto”. Yo les preguntaría: ¿Quién está esperando que digas algo? Hay cosas muy buenas para consumir, pero lo lindo es llegar a ellas naturalmente, no por imposición. Está bien el estímulo, pero dejame que marque mi propia pauta. Vemos los recitales a través de la pantallita del celular, ahí hay una aniquilación de la experiencia; estamos ahí pero no estamos. Frente a situaciones así, yo paso, gracias, prefiero faltar.

La gestación y construcción del hotel y todo lo ocurrido durante las sucesivas destrucciones que sufrió fueron el terreno para sembrar una ficción de doscientas páginas

La novela tiene algo poco usual: incluye ilustraciones. ¿Cómo llegaron a ser parte del formato?
Es cierto, no es usual, pero en este caso los dibujos estuvieron presentes desde el vamos ; siempre formaron parte de Sanputa porque yo quería que cada parte del diario de notas en que está estructurada la novela tuviera una estampita. El ilustrador es Lucas Iannone , columnista de cine en el programa de radio ( El Fondo de la Noche por Radio Universidad , conducido por el propio Graziano ), y cuando hablamos del tema él pensó enseguida en una película de Roman Polánski que se llama La última puerta ( The ninth gate , 1999), y que incluye un segmento con una serie de imágenes de corte medieval sobre las cuestiones sobrenaturales de las que trata. La idea era que Lucas pudiera incluir algo de este estilo sin retratar hechos precisos de la novela sino más bien plasmándolos de manera simbólica y dejando líneas de fuga, es decir rastros que sugirieran otras cosas que también podrían estar pasando aunque no se digan. En ese sentido la novela también fue suya y tuvo total libertad para crear.

¿Estás escribiendo algo ahora mismo?
Sí, ya estoy con la próxima novela. El género es el mismo, así que también es oscura pero más divertida. Transcurre aquí en La Plata y precisamente narra el ambiente de esta ciudad y la mirada que hay respecto al interior de la provincia. Algo que se destaca es que profundizo lo que hablábamos de inventar y deformar la realidad mucho más que en Sanputa ; la nueva obra directamente es un disparate. 


Tedio y elogio

Sanputa se presentó el 13 de junio en la Biblioteca Popular Teatral de La Plata “Alberto Mediza”. Durante la presentación, por su calidad narrativa varios pasajes del libro recibieron elogios. Martín se sintió sorprendido: él define como “tediosos” a los extractos elegidos. No parece asumir su nivel de escritura. Afortunadamente, hay otras opiniones posibles, y los que escuchamos objetivamente supimos apreciar en esos párrafos excelentes piezas descriptivas que Martín Malharro , el profesor de narrativa más exigente y renegado que haya tenido la Facultad de Periodismo de la UNLP, hubiera calificado con un diez.

El cierre del evento fue con un mini recital de Míster América, para Martín la banda favorita “del mundo y de todos los tiempos”.

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