Proyectos de vida en situaciones adversas

La Pulseada fue invitada por los compañeros del Movimiento Ecuménico por los Derechos Humanos al cierre de una serie de encuentros que se organizaron durante el año para trabajar sobre problemáticas tales como violencia familiar y social, adicciones, embarazo adolescente, derechos de la juventud ante el maltrato policial, y derechos humanos de ayer y de hoy, junto a jóvenes delegados de una decena de centros y casas asistenciales ubicados en el conurbano bonaerense.

Este cierre fue el miércoles 15 de diciembre en Buenos Aires, en la sede del MEDH. Allí, de la mano del pastor Arturo Blatezky y el trabajador social Alejo García (coordinador del espacio de pibes del MEDH), se juntaron más de 20 personas para reflexionar sobre cómo construir proyectos de vida en condiciones adversas. La Pulseada agradece la invitación a este broche de oro del que volvimos hinchados de optimismo.
Uno de los invitados fue César González (alias Camilo Blajaquis), que compartió su historia de vida, de su paso por el instituto de máxima seguridad para menores Belgrano, a su recuperación a través de la escritura y su proyecto actual de mantener talleres barriales de escritura y la revista temática “Todo piola”, que él edita. César alentó a todos a trazarse un proyecto de vida para escapar al mandato perverso y dicotómico que dice que para los pibes villeros, “la fábrica o la cárcel”. “Se necesita autoconvencerse, no automarginarse y tener algo de rebeldía”, asegura.
También participó Maxi, “el poeta maldito de González Catán”, que llegó a la poesía a través de The Doors, hoy escribe, labura, “dejó de pegar” y proyecta viajar y rendir materias. Y estuvieron Hernán, uno de los realizadores de «Va a servir», en el barrio «Un techo para todos» (proyecto Cine en Movimiento), y Noelia, realizadora de «Noticias Ocultas», de Solano. Y Sandra, que sostiene, con 22 años, el centro «Zapatillas gastadas», en Ezpeleta. Y muchos más.
Se charló sobre la situación actual de los jóvenes, sobre la importancia de la participación en la defensa de nuestros derechos, sobre la tiranía del consumo para “pertenecer”, sobre el arte y la poesía como válvulas de escape.

La magia del afecto
“Aprendí a escribir y empecé a informarme estando encerrado”, contó César, o Camilo Blajaquis. Parte del empujón se lo dio “Patricio”, un mago que llevaba un taller de magia para los pibes encerrados en el instituto Belgrano. Antes de conocerlo, el sueño de César era “salir y robar de nuevo”. Hacía dos años que estaba encerrado. Había caído con 16 años y 56 kilos; jalaba poxi, merca, Rivotril, pasta base… “Estaba en el fondo”, resume. Pero Patricio lo hizo verse de otra manera: “Ustedes acá no están presos por delincuentes sino por boludos. Unos boludos bárbaros”, les dijo a los pibes del Belgrano. “Ustedes son una consecuencia social y una resaca política”.
Para alguien acostumbrado a ser victimario, chorro y responsable de casi todos los males de la Tierra, costó entender qué significaba ser “una consecuencia social”. Pero a César eso le quedó dando vueltas. Pese a carceleros y psicólogos que le decían “no te hagas el que pensás”, para subrayar las chances de su vida de pibe pobre. Pese a que un 24 de marzo, en Ezeiza, lo torturaron seis horas “por leer”. “Fue feo”, dice. “Pero también fue satisfactorio: me torturaron porque soy un negro que piensa, no por robar”.
El primer poema, que nadie quiso recibir intramuros, César lo escribió a partir de la fascinación que le produjo leer la prosa atrevida, incorrecta y callejera de Roberto Arlt. Hoy, acaba de editar un número de “Todo piola” dedicado a la lengua, a los “berretines” villeros, a los puentes y abismos del lenguaje. Los números anteriores hablaron del trabajo, la soledad o la vida en el barrio.
Al mago Patricio lo echaron a los tres meses porque “abrazaba mucho a los pibes y eso los podía confundir”, dice César. Y sigue: “Patricio no tenía miedo de lo que le dijeran la burocracia, el orden, los guardias, los psicólogos. Por eso me cayó bien. No nos veía como monstruos. Nadie nos daba afecto. El único discurso era que éramos malos. Y él nos decía que éramos víctimas”.
A César le faltaban tres años de condena y siguió escribiendo. “Me propuse como proyecto de vida contradecir al sistema, a los medios, que te hacen creer que porque uno es de una villa tiene que limpiar pisos y bailar cumbia nada más. Me propuse eso. Contradecir el egoísmo y el racismo contra los negros y pobres”. Hoy tiene un blog y una revista (“Soy mi propio patrón”, afirma), da talleres barriales y fue entrevistado en medios hasta de Moscú (“hasta en Clarín, aunque sea una mierda”, dice. “Yo elijo a quién y por qué”).
César, camiseta de Racing y sonrisa tamaño oficio, seis hermanos, madre soltera, clase ’89, nacido en un barrio donde no había nada, “no había un puto centro cultural y sólo quedaba robar o cartonear para recuperar lo que el porvenir no te había dado”, hoy está de regreso en su barrio “bien picante” de Morón sur. Y su vida cambió. Tiene un proyecto de vida y son las palabras. Sin dejar de cavar comillas en el aire, dice: “La gente piensa que con sólo trabajar sos honesto. Pero capaz que sos un sorete que no hace nada por el otro. En este mundo abundan las caras de orto. Y lo que ayuda a combatirlas es la cultura”.
(Para quienes no lo conocen, aquí está César, entrevistado por Víctor Hugo Morales ).
Acá, uno de los cortos hechos por pibes, que el MEDH proyecta en su muestra este jueves en el asentamiento «Un techo para todos»

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